viernes, 28 de enero de 2022

Tal para cual

La obsesión por homogeneizar el ser humano

Qué pereza da volver a escribir después de vivir, primero de forma colateral y luego en primera persona, la presencia y los efectos omicronianos. Conviene despertar, porque la enfermedad, aunque sea transitoria nos puede sumergir en un acomodo hipocondríaco que nos atenaza.

En nuestros pensamientos, decisiones y comportamientos subyace una raíz antropológica. Aquello que pensemos que es el ser humano influye en nuestra trayectoria vital y determina, en muchos casos, nuestros posicionamientos, tanto en lo que consideramos cosecha propia, como en lo que adoptamos del exterior. El ser humano es un ente complejo en el que convergen factores genéticos, ambientales y personales.

Desde tiempo inmemorial se ha intentado homogeneizar al ser humano, moldearlo para que responda a unas características determinadas que varían con el paso del tiempo. Quizá en el mejor de los casos la pretensión es conformar una vida en sociedad amable, carente de conflictos y materialmente confortable; pero en el fondo, como parte de una desconfianza en el ser humano en sí, se busca domesticarlo para que quien ejerza el poder pueda hacerlo sin apenas molestias –a poder ser ninguna-.

Steven Pinker

Las utopías sociales y políticas, que tanto daño han hecho y siguen haciendo, favorecidas ahora por las posibilidades tecnológicas, parten de una visión chata –reduccionista- del ser humano y no conciben que –en el momento en que consiguen el poder- alguien se salga del raíl que han construido. Dice Steven Pinker: «Los deseos humanos innatos son un incordio para quienes albergan ideas utópicas y totalitarias, que a veces son lo mismo. Lo que se interpone en el camino de la mayoría de las utopías no son pestes y sequías, sino la conducta humana. De modo que los utópicos han de pensar en la forma de controlar la conducta, y cuando la propaganda no sirve se intentan técnicas más empáticas» (1).

En el extenso tratado sobre la naturaleza humana titulado ‘La tabla rasa’ Pinker se refiere en uno de los fragmentos a las coincidencias con respecto a la concepción del ser humano de dos ideologías aparentemente antagónicas. Me ha parecido especialmente interesante darlo a conocer, confiando en que sirva de ayuda para entender la base antropológica que subyace en algunos movimientos en auge en nuestra sociedad que, a pesar de su actualidad, no tienen nada de novedoso.

«El nazismo y el marxismo compartían el deseo de reconfigurar la humanidad. “Es necesaria la transformación de los hombres a escala masiva”, decía Marx; “la voluntad de crear la humanidad de nuevo” es el núcleo del nacionalsocialismo, dijo Hitler (1*). También compartían un idealismo revolucionario y una certeza tiránica en la persecución de su sueño, sin paciencia para esperar una reforma o unos ajustes incrementales guiados por las consecuencias humanas de sus políticas.

Bastaba con esto para elaborar una receta para el desastre. Como escribió Aleksandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag: “Las autojustificaciones de Macbeth eran pobres, y su conciencia le devoró. Sí, también Yago era un tanto débil. La imaginación y la fuerza espiritual de los malvados de Shakespeare se detenían ante una docena de cadáveres. Porque no tenían ideología.

La conexión ideológica entre el socialismo marxista y el nacionalsocialismo no es descabellada (2*). Hitler leyó detenidamente a Marx mientras vivía en Munich en 1913, y tal vez sacó de él un postulado funesto que las dos ideologías compartieron (3*). Es la creencia de que la historia es una sucesión preordenada de conflictos entre grupos de personas, y que la mejora de la condición humana sólo puede surgir de la victoria de un grupo sobre los demás. Para los nazis, los grupos eran las razas; para los marxistas, las clases. Para los nazis, el conflicto era el darvinismo social; para los marxistas, la lucha de clases. Para los nazis, los destinados a la victoria eran los arios; para los marxistas, el proletariado. Las ideologías, una vez llevadas a la práctica, condujeron a atrocidades en pocos pasos: la lucha (muchas veces un eufemismo de “violencia”) es inevitable y beneficiosa; determinados grupos de personas (las razas no arias o los burgueses) son moralmente inferiores; las mejoras en el bienestar humano dependen de su sometimiento o su eliminación. Aparte de ofrecer una justificación del conflicto violento, la ideología de la lucha entre grupos prende fuego a una característica inmunda de la psicología social humana: la tendencia a dividir a las personas en grupos de dentro y grupos de fuera, y a tratar a los grupos de fuera como menos humanos. No importa que se piense que los grupos están definidos por su biología o por su historia. Los psicólogos han descubierto que pueden crear una hostilidad inmediata entre grupos clasificando a las personas a partir de cualquier pretexto, incluido echar su suerte a cara o cruz (4*) (2).

(1) Steven Pinker: La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana. Título original: The Blank Slate (2002). Editorial: Paidós – Colección: Transiciones, número 49 – 1ª edición (2003). Traductor: Roc Filella Escolà. 704 páginas, capítulo 9: El miedo a la imperfectibilidad.

(2) Steven Pinker, obra citada, capítulo 8: El miedo a la desigualdad.

Referencias que incluye Pinker al texto reproducido:

(1*) La cita de Marx es de Leslie Stevenson y David L. Haberman, 1998, Diez teorías sobre la naturaleza humana pág. 146; la cita de Hitler es de Jonathan Glover, Humanidad e inhumanidad: historia moral del siglo XX, 1999, pág. 315.

(2*) Alain Besançon, The intellectual origins of Leninism, Oxford, Basil Blackwell, 1981. -, «Forgoten communism», páginas 24-27, 1998.

(3*) George Watson, The idea of liberalism, Londres, Macmillan, 1985.

(4*) Henry Tajfel, Human groups and social categories, Nueva York, Cambridge University Press, 1981 (Grupos humanos y categorías sociales, Barcelona, Herder, 1984)