Cómo lo llevas
Ricos y pobres, eterna
discusión que alimenta la demagogia de políticos y charlatanes. Quién es rico,
quién es pobre: dónde situamos el listón, porque según el lugar del globo
terráqueo en que nos encontremos será uno u otro. Hablo de la riqueza o pobreza
material, porque hay otras pobrezas o riquezas que no son objeto de este
escrito aunque no dejan de tener alguna relación; todo lo que afecta al ser
humano está relacionado. La exclusión se hace presente en los polos de ambas
realidades; unos están en riesgo de exclusión, otros buscan ambientes
exclusivos.
¿Qué es pobreza? ¿Qué es
riqueza? Lo plantea un fragmento de Les
terres promeses. Lucía habla de sus vivencias en un islote cubano el
periodo anterior a la revolución castrista: «¿Que como era la vida en el cayo?
La vida en el cayo, ¿qué les podría decir? Por encima de todo recuerdo los
olores. Porque una cosa es la pobreza y otra la escasez. Nosotros no éramos
pobres, porque la pobreza surge de la comparación con la riqueza. Y a los ricos
de La Habana nunca los veíamos por nuestra islita. Digamos, pues, que íbamos
escasos. Y eso de la escasez sólo lo aprendes cuando vas por el mundo y te
entretienes a estudiar el contenido de los cubos de basura y a mirar por las
aceras y hurgar en las papeleras, y entonces piensas que la escasez es, al fin
y al cabo, un lugar donde nunca habrá ni papeleras ni basura, porque en la
escasez no hay nada que sobre... En la escasez nada huele mal. Sólo apesta lo
que no se puede aprovechar. La peste de lo que ha salido del cuerpo y nunca más
volverá al cuerpo. Pero la sabiduría de la gente consiste en saber transformar
el olor en aroma» (1).Al leerlo pensé en la
generosidad de mi madre, que no se hacía preguntas –como yo sí me las hago-
para dar una limosna cuando veía a alguien pidiéndola. O a lo que me contaba de
mi abuela, su madre, que regaba el huerto de su ‘casa barata’ con las aguas
residuales que bajaban por la calle sin alcantarillar, mi madre decía que ella
y sus numerosos hermanos encontraban la cosecha buenísima. A pesar de su
situación precaria, mi abuela enviaba a mi madre regularmente con
un paquete de comida para que la llevara a una familia que consideraba que
estaba más necesitada. Hay ejemplos que nos invitan a reflexionar sobre la
actitud que adoptamos ante estas realidades.

En el evangelio la Misa
dominical del 25 de septiembre se leía la parábola del rico anónimo, mal llamado
Epulón, y el pobre Lázaro (2). Uno de los puntos de reflexión propuestos en evangeli.net era una cita de san
Agustín: «Aprended a ser ricos y pobres
tanto los que tenéis algo en este mundo, como los que no tenéis nada. Pues
también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se
humilla. ¡Dios mira al interior!» (3). Una de las cosas que noto a faltar
en muchas citas es que se indique el autor pero no de dónde procede la cita. En
este caso descubrí que forma parte del comentario que el santo de origen
africano -universal por sus escritos- hace del primer versículo del Salmo 85: ‘Inclina
tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado’ (4).
Vale la pena seguir el
razonamiento de san Agustín, que sirve tanto para valorar la riqueza y la
pobreza, como para examinarnos acerca de cómo usamos los bienes que poseemos:
«Inclina, Señor, tu oído, y escúchame, que soy un pobre desamparado.
Luego no inclina su oído al rico, sino
al pobre y al indigente, es decir, al humilde y al que reconoce su necesidad de
misericordia; no al que vive en la hartura, y que se engríe y se jacta,
como si nada le faltase, y dice: Gracias te doy porque no soy como ese
publicano. El rico fariseo se jactaba de sus méritos; el pobre publicano
confesaba sus pecados (5a).

No toméis con rigor,
hermanos, lo que dije, que Dios no inclina su oído al rico, como si no prestase
atención a los que tienen oro, plata, servidumbre y campos; sea que nacieron de
familia adinerada, o que ocupen una tal posición social; lo único que sí quiero
es que recuerden lo que dice el Apóstol a Timoteo: Dile a los ricos de este mundo
que no se ensoberbezcan (5b). Porque los
que no son soberbios, ante Dios son pobres; y es a los pobres, a los indigentes
y desamparados, a los que Dios inclina su oído. Pues saben muy bien que su
esperanza no puede estar en el oro, ni en la plata, ni en las cosas en que
parecen abundar temporalmente. Basta con
que las riquezas no les pierdan; que no les sean un obstáculo, ya que tampoco
les van a beneficiar. Al contrario, es provechoso como obra de
misericordia, tanto para el rico como para el pobre: para el rico, por deseo y
por obra; para el pobre basta con la sola voluntad. Cuando uno tiene actitud de desprecio hacia todo aquello por lo que la
soberbia se suele engreír, éste es pobre a los ojos de Dios; y entonces
Dios inclina su oído hacia él, pues ve un corazón contrito y humillado. Sin
duda, hermanos que leemos y creemos lo de aquel pobre cubierto de llagas, que
se hallaba a la puerta del rico, y fue llevado por los ángeles al seno de
Abrahán. Y en cambio el rico, que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba
opíparamente cada día, fue llevado al infierno, al lugar de tormentos (5c).
¿Por ventura el pobre fue llevado por los ángeles como premio a su pobreza, y
el rico, en cambio, fue llevado a los tormentos por el pecado de sus riquezas?
Debemos interpretar bien que en el pobre
se recompensa y se alaba la humildad, y en el rico lo que se condena es la
soberbia. Por cierto, el pobre fue llevado al seno de Abrahán, del que
curiosamente dice la Escritura que poseía en este mundo abundante oro y plata,
y que fue rico en la tierra (5d). Si el rico es arrojado a los tormentos, ¿cómo
es que Abrahán había precedido al pobre, para recibir en su seno al llevado por
los ángeles? Está claro: Abrahán, en
medio de sus riquezas, era pobre, humilde, respetuoso y cumplidor de todos los
mandamientos. Hasta tal punto tenía en nada sus riquezas, que Dios le ordenó
inmolar a su hijo (5e), para quien él las conservaba. Aprended, pues, a ser ricos y pobres a la vez, sea que tengáis algo en
este mundo, o que no tengáis nada; pues os encontraréis con el mendigo que
se ensoberbece, y con el acaudalado que se humilla y confiesa su miseria. Dios se opone a los soberbios, estén
vestidos de seda o de harapos; pero da su gracia a los humildes (5f), ya
posean haberes mundanos, o carezcan de ellos. Dios ve nuestro interior: allí pesa, allí examina; tú no ves la balanza
de Dios, la que calibra tu pensamiento. Fijaos en el motivo que el salmista
pone para ser escuchado: Porque yo soy un pobre desamparado. Cuídate, no sea
que tú no lo seas; si no lo eres, no serás escuchado. Todo lo que haya en ti o a tu alrededor, que pueda hacerte presumir,
arrójalo lejos de ti. Sea Dios toda tu presunción: siéntete indigente de
él, y así serás de él colmado. Todo lo que poseas sin él, te causará un mayor
vacío» (5).(1) Joan Barril: Les terres promeses (2010). Editorial: Edicions 62 – Edición especial para Unnim Obra
Social (2011). 244 páginas. Premio Sant Joan Unnim 2010. Segona part: Nàufrags,
página 51
(2) Ver Evangelio según san
Lucas, capítulo 16, versículos 19-31
(3) Ver https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-09-25
(4) Extraído de https://www.franciscanos.org/oracion/salmo085.htm
(5) San Agustín: Exposición sobre el Libro de los Salmos,
comentario del Salmo 85, puntos 2 y 3. Extraído de https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_104_testo.htm
Referencias bíblicas del
texto:
5a Lucas 18, 11-13
5b 1ª Carta de san Pablo a Timoteo
5, 17
5c Lucas 16, 19-24
5d Génesis 13, 2
5e Génesis 22, 10
5f Carta de Santiago 4, 6