viernes, 19 de marzo de 2021

Dignificante del trabajo

Silente y decidido

El predicador comentó que conoció a un ‘señorito’ cortés, piadoso y con don de gentes, que no trabajaba, no lo necesitaba para su sustento. Le había comentado que algunas veces tenía la tentación de ponerse a trabajar; “¿qué haces entonces?”, le había preguntado el clérigo; “me meto en la cama hasta que se me pase”, le había respondido. Otro predicador decía que algunos no habían entendido bien el relato bíblico que en el Génesis dice “comerás el pan con el sudor de tu frente” y lo interpretaban como “comerás el pan con el sudor del de enfrente”.

 

Actitudes que no concuerdan con lo poco que nos cuenta el Evangelio de san José; lo suficiente, sin embargo, para que quede salvaguardada la dignidad del trabajo profesional, alejándola del estereotipo que, malinterpretando las consecuencias que se relatan del pecado original, lo considera un castigo divino. Hoy es la fiesta de este santo del que no conocemos una palabra, pero sí gestos y decisiones significativos que denotan su gran talla humana y espiritual. Además, tuvo el honor y la responsabilidad de ocuparse junto a su esposa María del desarrollo humano de Jesús.

El papa Francisco ha establecido que se celebre un Año especial de San José que finalizará el 8 de diciembre de 2021 y ha escrito una carta apostólica, Patris Corde, dedicada a él, deteniéndose en siete características que adornan su vida. Una de ellas está relacionada con el trabajo y es la que elijo en esta ocasión para incidir en el pensamiento del Papa sobre esta cuestión:

«Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su relación con el trabajo. San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.

En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una conciencia renovada, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?

La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!» (1)

(1) Papa Francisco: Carta apostólica Patris Corde. Punto número 6: Padre trabajador. Texto completo en http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/papa-francesco-lettera-ap_20201208_patris-corde.html

jueves, 18 de marzo de 2021

El gran reto

Reconocer el valor del trabajo

El roto que está produciendo la pandemia a todos los niveles, empezando por el inmenso número afectados y fallecidos, tiene una de sus vertientes más funestas en el aumento vertiginoso de las cifras de paro real motivado por las restricciones impuestas a la movilidad para frenar el efecto dañino de la propagación del virus.

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Los esfuerzos de las administraciones públicas por dar cobertura económica a las personas que han perdido su puesto de trabajo, o están stand by (ERTE), deberían ir acompañados de medidas que estimulasen la reactivación y fortalecimiento de una economía productiva que ha de permitir generar suficientes puestos de trabajo para absorber todos los que se ha destruido y rebajar los niveles de desempleo anteriores a la irrupción de la pandemia.

Porque el trabajo es mucho más que un medio de sostenimiento económico; contribuye eficazmente al desarrollo personal, a la convivencia y al progreso social. A esos y otros aspectos se refiere el papa Francisco en uno de los puntos de la encíclica Fratelli tutti que reproduzco a continuación:

«El gran tema es el trabajo. Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insisto en que “ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo” (2). Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque “no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo” (3). En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo.» (1)

(1) Papa Francisco: Carta encíclica Fratelli tutti, Capítulo V: La mejor política, punto 162. Texto completo en http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html

(2) Recogido de la Carta encíclica Laudato si, punto 128.

(3) Recogido del Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede el 12 enero 2015.

# Recogido de https://pt.slideshare.net/tatianamunoz7965692/valor-del-trabajo-borrador/3


 

martes, 9 de marzo de 2021

Reflejado en tu mirada

Desvelando la interioridad

Nuestra personalidad se nutre del carácter, el temperamento, el conocimiento, la experiencia, el ambiente… pero se testa en todo lo relacionado con el trato con los demás.

Retomando el diálogo entre Sócrates y Alcibíades, el filósofo hace notar al joven que necesitamos un espejo para contemplarnos físicamente y en la pupila queda reflejado lo que miramos, como queda plasmado misteriosamente en los ojos de la imagen de Virgen de Guadalupe impregnada en la tilma de Juan Diego (1). Cuando dos personas se miran en la pupila de cada uno de ellos está reflejado el rostro del otro.

El fragmento en el que Sócrates desarrolla lo que significa para él la inscripción en el templo de Delfos lo resume el pedagogo Gregorio Luri indicando que no debemos «buscarnos mediante la introspección, sino fuera, en los ojos de las personas con las que nos relacionamos. Lo que en realidad trataba de decir (Sócrates) es que la intervención de uno sobre sí mismo (lo que los griegos llamaban la psykhé tékhne, esto es: ‘la acción eficaz del cuidado de sí’) no es independiente de la intervención en el cuidado de nuestras relaciones de copertenencia (la politiké tékhne) o, por decirlo mejor, que para intervenir sobre nosotros mismos necesitamos la mediación del otro (2)

A la necesidad de relacionarse para que la personalidad aflore todo su potencial se refiere el papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti: «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud “si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (3). Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: “Sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro” (4). Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar

¿Cuáles son las consecuencias, según el Santo Padre?: «Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte» (5).

¿Basta la relación con los demás para llegar al conocimiento íntimo de uno mismo? Sócrates deja entrever que hay que recurrir también a otra instancia: «En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y contemplar allí todo lo divino, es decir, Dios y la sabiduría, para conocerse a sí mismo perfectamente.» Un conocimiento que ha de ir acompañado de un comportamiento: «Ante todas cosas es preciso, pues, que pienses en ser virtuoso» (6). Como dice la frase atribuida a Pascal: ‘Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas’. 

(1) Ver artículo en https://es.aleteia.org/2016/10/12/el-misterio-de-los-ojos-de-la-virgen-de-guadalupe-sigue-abierto/

(2) Gregorio Luri: El deber moral de ser inteligente (2018). Editorial: Plataforma editorial – Colección: Plataforma actual – 1ª edición (2018). 226 páginas. Epígrafes: ‘Educarnos en la limitación’. ‘El cuidado del alma’, página 187

(3) Cita de la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, número 24

(4) Cita de De la negación a la invocación de Gabriel Marcel, en Obras selectas, ed. BAC, Madrid 2004, volumen II, 41

(5) Papa Francisco: Carta encíclica Fratelli tutti. Punto número 87. Referencia: http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html

(6) Platón, El primer Alcibíades o de la naturaleza humana. Recogido de http://www.filosofia.org/cla/pla/azc01117.htm

sábado, 6 de marzo de 2021

Educando a un prepotente

Sabiduría magisterial

¡Menuda pieza el Alcibíades retratado por Platón! Todos los que han intentado influir en su formación han fracasado; incluso pasa de su tutor, el gran Pericles, que se desentiende de él: «Tengo yo la culpa, por no haberme aplicado a nada de lo que él me ha dicho». Sócrates se mantiene al margen sin dejar de interesarse por él, esperando el momento oportuno para intervenir. Cuando lo hace, reprocha la actitud servil de algunos de sus mentores: «En todo el tiempo que ha durado mi silencio, no he cesado de mirar y juzgar la conducta que has observado con mis rivales; entre el gran número de hombres orgullosos que se han mostrado adictos a ti, no hay uno que no hayas rechazado con tus desdenes, y quiero explicarte la causa de este tu desprecio para con ellos»; así como muestra poco aprecio por la destreza pedagógica de su tutor: «¿Puedes nombrarme alguno a quien Pericles haya hecho hábil?» (1)

El piadoso Sócrates actúa cuando todos los demás han desistido: «Mientras eras joven y no tenías esta gran ambición, Dios no me permitió hablarte, para no malgastar el tiempo. Hoy me lo permite, porque ya tienes capacidad para entenderme En el preámbulo del diálogo Sócrates expone a Alcibíades las notas que caracterizan su arrogancia: «Tú crees no necesitar de nadie, tan generosa y liberal ha sido contigo la naturaleza, comenzando por el cuerpo y concluyendo con el alma. En primer lugar te crees el más hermoso y más bien formado de todos los hombres… En segundo lugar, tú te crees pertenecer a una de las más ilustres familias de Atenas… Por tu padre cuentas con numerosos y poderosos amigos, que te apoyarán en cualquier lance… Pero a tus ojos el principal apoyo es Pericles… cuya autoridad es tan grande, que hace todo lo que quiere…». Agraciado físicamente, con buenos contactos y un poderoso padrino: ¿no son ingredientes apetecibles para triunfar social y políticamente?, ¿no son acaso suculento alimento para la prepotencia?: «Todas estas grandes ventajas te han inspirado tanta vanidad, que has despreciado a todos… como hombres demasiado inferiores a ti, y así ha resultado que todos se han retirado».

La actitud de Sócrates intriga a Alcibíades: «tenía intención de preguntarte yo el primero qué es lo que justifica tu perseverancia… no puedo menos de sorprenderme de esta conducta tuya, y será para mí un placer el que me digas cuáles son tus miras.» Sócrates le anticipa su propósito: «te voy a descubrir otros pensamientos bien diferentes sobre ti mismo, y por esto conocerás que mi terquedad en no perderte de vista no ha tenido otro objeto que estudiarte Luego hurga en su punto débil para ganarse su atención: «como tú tienes esperanza de que desde el momento en que hayas hecho ver a tus conciudadanos lo digno que eres de los más grandes honores, ellos te dejarán dueño de todo, yo espero en igual forma adquirir gran crédito para contigo desde el acto en que te haya convencido de que... pueda darte el poder a que aspiras... como más digno que ningún otro..., auxiliado de Dios.» Y Alcibíades se pone a tiro para escuchar: «¿cómo conseguirás probarme que con tu socorro llegaré a conseguir las grandes cosas que medito, y que sin ti no puedo prometerme nada?»

A partir de ahí Sócrates desarrolla su peculiar método pedagógico cargado de preguntas orientadas a que aflore el pensamiento de su discípulo sobre la cuestión tratada (educere: guiar) para instruir luego (educare: enseñar). Puede resultar cansino para el que se somete a ello, incluso llegar a desesperar o desconcertar cuando no se atisba próximo el fin del interrogatorio: «Te juro, Sócrates, por todos los dioses, que yo mismo no sé lo que me digo, y que corro gran riesgo de estar dentro de algún tiempo en muy mal estado, sin apercibirme de ello».

Sócrates le hará ver que para conseguir aquello que pretende no basta fiarlo todo «en su belleza, en su talle, en su riqueza y en las dotes de su espíritu», sino que hay que prepararse a conciencia para estar en condiciones de poder dirigir con diligencia, «porque la mejor prueba de que se sabe bien una cosa, es el estar en posición de enseñarla a otros En los primeros compases del diálogo quedarán patentes las lagunas de Alcibíades en cuestiones cruciales hasta llegar a un punto en el que Sócrates le aconseja al mismo tiempo que le advierte: «obedece al precepto que está escrito en el frontispicio del templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, porque los enemigos con quienes te las has de haber son tales, como yo los represento y no como tú te imaginas. El único medio de vencerlos es la aplicación y la habilidad; si renuncias a estas cualidades necesarias, renuncia también a la gloria fuera y dentro de tu país, gloria a que has aspirado con más ardor que otro alguno.»

El diálogo continúa porque Alcibíades reconoce la honestidad de Sócrates: «Puedes explicarme, Sócrates, ¿cuál es el cuidado que debo tomar de mí mismo? porque me hablas, lo confieso, con más sinceridad que ningún otro Lo trataré en otro momento.

Observo en este diálogo un cierto paralelismo con el diálogo evangélico de Jesús con la samaritana. Así como la prepotencia de Alcibíades podía retener a Sócrates, las inexistentes relaciones entre judíos y samaritanos convertían en imprudente el contacto de Jesús con la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». Como Sócrates, Jesús rompe el hielo haciéndose el encontradizo y declarándose portador de un mensaje que le interesa conocer a su interlocutora: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva»; antesala de un diálogo respetuoso donde la interlocutora descubre el origen de lo que le impide crecer como persona: «me ha dicho todo lo que he hecho». En ese punto, la conversación se encamina a iluminar la senda que permite a la oyente dar sentido a su existencia y ser capaz de dar lo mejor de sí misma.

El buen maestro siempre está al quite y presto para actuar cuando sea preciso, sin necesidad de avasallar, con respeto; porque confía en las posibilidades de mejora de su discípulo, porque está dispuesto a servirle de ayuda cuando lo requieran las circunstancias.

(1) Las citas del libro de Platón: El primer Alcibíades o de la naturaleza humana, corresponden a la versión incluida en las Obras completas de Platón, por Patricio de Azcárate, tomo primero, Madrid 1871, páginas 117-199, extraída del enlace: http://www.filosofia.org/cla/pla/azc01117.htm

(2) El episodio de la conversación de Jesús con la samaritana se encuentra en el Evangelio según san Juan, capítulo 4, versículos 5 a 42