lunes, 31 de diciembre de 2018

El sentido del contrasentido

Un testimonio que desborda

No lo tenía previsto pero me encontraba en la tesitura de decidir postergar la compra de un libro que me interesaba o adquirir otro para que el importe de ambos completara aproximadamente el valor del billete que tenía. No había quien me pudiera dar cambio en la parroquia donde estaban expuestos para la venta, tan solo una rendija para introducir el dinero. Así es como llegó a mis manos una semblanza biográfica de Clara Badano (1).

Todavía lo estoy leyendo, este tipo de textos me gusta degustarlos poco a poco, en este caso a capítulo diario, pero me llamaron la atención algunos comentarios de su autor en la introducción al relato. En primer lugar que glosaba la figura de una joven mujer beatificada por la Iglesia Católica quien se confesaba alejado de la fe –va dejando constancia de ello durante la narración-, pese a estar bautizado, haber pertenecido al mismo Movimiento que Clara y contar con múltiples testimonios ejemplares a su alrededor de fieles que la han vivido o la están viviendo con intensidad. Algo que confirma lo que he oído repetidamente, que la fe es un don inmerecido –aunque cueste entenderlo a quienes hemos sido bautizados en la niñez y vivido en un ambiente cultural con abundantes referencias cristianas-. También que es una virtud que crece con la práctica, no exclusivamente en su manifestación externa, sino básicamente en el modo de afrontar las múltiples experiencias a las que nos enfrentamos. Pienso que la vida de fe está entretejida de microconversiones que ayudan a avanzar y cuando estas faltan se resquebraja, pudiendo llegar a marchitarse.

Franz Coriasco
Han pasado ocho años desde que se publicó el libro y desconozco si la relación de Franz Coriasco con Dios sigue siendo la misma. Conoció a Clara desde su infancia porque era la mejor amiga de su hermana menor Chicca, que le animó a escribir sobre ella. Me ha gustado su planteamiento (2): “intentar huir en la medida de lo posible de las trampas y tópicos propios de toda indagación retrospectiva. Y no descuidar los recovecos, sobre todo los menos trillados por las hagiografías clásicas, quizá hurgando por donde el fulgor de la santidad ensombrece y anula los detalles y el contorno”. ¡Cuántas biografías de santos, quizá con la intención de realzar su figura, los presentan como si fueran seres anómalos a la condición humana!

Los padres de Clara: Ruggero y
Maria Theresa, con Chicca Coriasco
Prosigue: “Te confieso que también albergo la esperanza de encontrar en Chiara Luce * unos cuantos defectos… porque creo que una de dos: o un santo sin defectos no es lo bastante santo, o, a diferencia de lo que siempre me han contado, la santidad no está hecha para todos.” Quizá pensaba en aquellas palabras de San Pablo: “ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”. (3)

El último párrafo que quiero destacar es la percepción de la santidad que le ha dejado a Coriasco profundizar en el camino recorrido por Clara: “Si pienso en la beata Chiara Luce por como la conocí, sólo dos cosas sé o presumo. Primero: uno no nace santo, pues la santidad es un oficio –además de una opción- que se aprende sobre la marcha. Segundo: una historia de santidad no tiene un final feliz, porque es una historia que no termina nunca.

Felicitación de Navidad en 1989
Cuesta entender, como deja patente Coriasco, porque la enfermedad se ceba en una persona joven y vital que comparte la mayor parte de las inquietudes de las chicas de su edad. ¡Cuántos proyectos truncados!, podemos pensar. Pero la vida no es una estadística que crea unas expectativas en la esperanza de vida. A Clara le faltaban unas pocas semanas para cumplir diecinueve años cuando falleció como consecuencia de un cáncer que se manifestó dos años antes y exigió un duro y doloroso tratamiento para intentar superarlo. Físicamente no lo logró, pero la grandeza de alma con que lo afrontó no se improvisa, sino que brota como consecuencia de lo que había ido madurando en su interior, que está dejando una fructífera estela.

(1) Franz Coriasco: Clara Badano. “Chiara Luce” vista de tejas abajo. Título original: Dai tetti in giù. Chiara Luce Badano raccontata «dal basso» (2010). Editorial: Ciudad Nueva. Colección: Testimonios. 157 páginas.
(2) Libro citado, capítulo Promesas y premisas, página 9
(3) 1ª carta a los Tesalonicenses capítulo 4, versículo 3
* Sobrenombre que le puso la fundadora del Movimiento, Chiara Lubich

domingo, 23 de diciembre de 2018

Piel dura, corazón sensible

Dejar espacio a la trascendencia



Dice el villancico:

Los pastores son los primeros
que en la Nochebuena
fueron a adorar al Niño de Dios

Quizá eran rudos y su rostro reflejaba las señales que deja estar muchas horas a la intemperie. Eran marginados sociales pese al beneficio que aportaba su trabajo a la sociedad en que vivían. Y, sin embargo, tuvieron el privilegio de ser los primeros en recibir el anuncio del nacimiento de Jesús (1): “hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.” Nos cuesta entender que la lógica de Dios transcurra en sentido inverso a la de los convencionalismos humanos.

Estaban acostumbrados a permanecer en vigilia: “Dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche” y eso pudo ayudarles a oír el mensaje, pero tuvieron que tomar una difícil decisión: fiarse del anuncio y arriesgarse a abandonar su rústico acomodo para ponerse en camino: “Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado”. Se jugaban también su futuro profesional y quizá algo más si el rebaño se dispersaba o sufría algún daño. Su arrojo fue recompensado: “encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre”. Y se abrió su mente: “Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño.”

Cree para comprender, comprende para creer”, dice San Agustín. Sin dejar resquicio para que penetre la trascendencia es muy difícil llegar a captar someramente todos los misterios que rodean la conmemoración de la Navidad, aunque se perciban sus efectos en tantas tradiciones nobles que la rodean –prescindamos de las parasitarias que se aprovechan de ella-.

Tener la piel dura, como consecuencia del trabajo que se realiza, no impide ser sencillo –no confundir con simple-. Probablemente las manos de esos pastores eran callosas pero demostraron tener un corazón muy sensible.

¡¡Feliz Navidad para todos vosotros y los que os rodean!!

(1) Cfr. Lucas 2, 8-20

lunes, 17 de diciembre de 2018

Los jóvenes y el empleo

Hambre de retos


Se podría pensar que la cita de Nicholas Carr mencionada en la publicación anterior (1) suponía una crítica a Google. Pienso, sin embargo, que eso sería una interpretación errónea. El autor incidía en la actitud del usuario ante este buscador y el cambio de hábitos que le pueden producir si se deja llevar por las facilidades que proporciona la herramienta. El problema radica en la gestión de la información que suministra Google, el riego que llegue a monopolizar el acceso a las fuentes y excitar en demasía la curiosidad. Será provechoso en la medida en que se aprenda a delimitar su uso, a realizar las preguntas adecuadas para obtener eficazmente los resultados esperados y aprender a seleccionar entre la multitud de opciones que nos ofrece. Como en los ejemplos que expone La gran adicción (2), todo lo relacionado con Internet, tiene un poderoso atractivo, con capacidad para dominar y robarnos gran parte de nuestro tiempo, como los hombres grises de Momo (3).

Es la visión de un usuario entrado en años de la herramienta que escudriña en la red, origen de la fama y relevancia que ha adquirido Google en el mundo entero y le ha permitido crecer en extensión geográfica, en oferta de productos y en la puesta en marcha de ambiciosos proyectos. Pero, ¿cómo se contempla desde Google a la generación que se ha venido en llamar de nativos digitales? Hace unos días (4) recogía un fragmento de las declaraciones de Fuenciscla Clemares, responsable para España y Portugal de la compañía, en las que exponía el perfil que buscaban entre los candidatos a trabajar en la empresa. Hoy me centraré en sus comentarios sobre el comportamiento de sus empleados más jóvenes.

Bajo la premisa que los jóvenes no tienen miedo al cambio, le requerían si consideraba positiva esta actitud para las empresas tecnológicas: “Sin duda, porque en nuestra industria todo avanza muy rápido y las empresas estamos obligadas a transformarnos permanentemente. De modo que contar con personas con esa capacidad de adaptación, sin miedo al cambio y que pide más retos, es muy necesario. Sin embargo, en ocasiones me enfrento a una dificultad de otro tipo y es que, habitualmente, los jóvenes son impacientes. Muchas veces todavía no le han sacado el máximo partido a un puesto, a un determinado cargo, y ya están pensando cuál es el siguiente, cuando una empresa también necesita una estabilidad. Ese tipo de impaciencia es muy difícil de gestionar.

¿Cómo puede la empresa retener el talento en esta tesitura?, es la siguiente cuestión que se plantea: “Con nuevos retos porque, en general, estamos buscando e incorporando a nuestra plantilla personas ambiciosas, curiosas y muy bien preparadas. Como una consecuencia de lo anterior, una vez que piensan que están haciendo bien una labor, te piden el siguiente reto. Entonces, o eres una empresa que está en crecimiento y transformación permanente, donde se generan nuevas oportunidades, o es difícil retenerles. El segundo elemento es la cultura empresarial. Los empleados quieren sentirse a gusto, cómodos, que los compañeros puedan ser amigos… El entorno, si atrae, retiene.” (5)

Aunque las declaraciones de Clemares hacen referencia a la experiencia de su empresa, dejan entrever algunos factores que son característicos del entorno social en que nos movemos. La adaptación al cambio se convierte en una necesidad en un mercado laboral donde proliferan los contratos de duración determinada (temporales). La impaciencia tiene que ver con lo que ya apuntaba Susanna Tamaro en Querida Mathilda: “Nuestra época es la época de la aceleración y de la prisa: una época en la que… todo se usa y se tira. Cuando nos cansamos de algo, incluso si todavía sirve, lo sustituimos por otra cosa nueva. Cuando una relación cansa, se «tira» a la persona.”(6) Otros ejemplos en la misma línea: la inmediatez de respuesta que se espera de un Whatsapp, la precipitación al tuitear, los objetivos empresariales fijados a un plazo de tiempo cada vez a más breve… Por último, cuando la sobreestimulación se convierte en un hábito no hay tiempo de reposo para asimilar o disfrutar lo conseguido, los retos y no los objetivos se convierten en un fin.


(2) Enric Puig Punyet: La gran adicción. Editorial: Arpa editores
(3) Michael Ende: Momo. Editorial: Alfaguara
(5) Fuenciscla Clemares, entrevista de Blanca Rodríguez Gómez Guillamón, publicada en Nuestro Tiempo, número 699, Verano 2018. Páginas 78-81
(6) Susanna Tamaro: Querida Mathilda, no veo el momento en que el hombre eche a andar. Título original: Cara Mathilda - Non vedo l'ora che l'uomo cammini (1997). Editorial: Seix Barral (1998). Traductor: Atilio Pentimalli Melacrino. 188 páginas. Fragmento en capítulo: 23 de julio. Lecciones de silencio

jueves, 13 de diciembre de 2018

Dependencia tecnológica

¿Quién ejerce el dominio?


Nicholas Carr
Hace unos años Nicholas Carr (1) alertaba de los cambios vitales que producían las facilidades que nos proporcionan plataformas como la de Google: “En los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neuronal, reprogramando la memoria… No estoy pensando del modo que antes lo hacía.”

Como escritor lo notaba especialmente en el modo de afrontar la lectura: “Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo… Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda… se ha convertido en una lucha.”

Donde radica, para él, el problema: “Desde hace ya más de una década, he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet.” No oculta, sin embargo el beneficio que le ha reportado: “La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos “clics” rápidos en hiperenlaces y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que andaba buscando.”

Las palabras de Carr hacen hincapié en cómo nos afectan los hábitos que adquirimos y la importancia que tiene que seamos capaces de controlar las herramientas que usamos. Sabemos que la tecnología puede crear dependencia, por ejemplo nomofobia, pero su uso resulta beneficioso siempre que los aparatos no se adueñen de nuestra vida, ocupando los primeros lugares entre nuestras prioridades y generando estados de necesidad e inquietud que nos trastornan. Quizá nos convendría hacer un chequeo periódico para calibrar nuestro nivel de dependencia tecnológica y la capacidad para soportar periodos de abstinencia sin que nuestra salud se vea comprometida.


(1) Artículo completo en: http://asociacioneuc.org/documentos/docsEUCs/62EUCNicholasCarr.pdf