martes, 30 de julio de 2019

Penetrar en el misterio

Más allá de la letra


Al inicio de su primera encíclica, Benedicto XVI toma como referencia un versículo de la primera carta de San Juan para especificar que supone ser cristiano: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. (1)

En Las Confesiones, San Agustín da cuenta de sus limitaciones para encontrar por sí mismo el camino que conduce a ese encuentro: “siendo yo débil e incapaz de encontrar la verdad con las solas fuerzas de mi razón, comprendí que debía apoyarme en la autoridad de las Escrituras y que tú no habrías podido darle para todos los pueblos semejante autoridad si no quisieras que por ella te pudiéramos buscar y encontrar.” (2)

En la lectura del texto sagrado Agustín descubre dos niveles de comprensión: “tanto más venerable y digna de fe me parecía la Escritura, cuanto que por una parte, quedaba accesible a todos y por otra reservaba la intelección de sus secretos a una interpretación más profunda. A todos está abierta con la simplicidad de sus palabras y la humildad de su estilo, con la cual ejercita, sin embargo, el entendimiento de los que no son superficiales de corazón; a todos acoge en su amplio regazo, pero a pocos encamina a ti por angostas rendijas.” (2)

El conocimiento de las Escrituras  conduce al umbral del misterio, pero para traspasarlo hace falta algo más: una disposición interior para acoger la palabra y permitir que germine. A esa disposición se refiere Benedicto XVI en el prefacio de La fuerza del silencio, el libro que recoge un conjunto de reflexiones del cardenal Robert Sarah:

“¿Qué significa percibir el silencio de Jesús y reconocerlo por su permanecer en el silencio? Sabemos por los Evangelios que Jesús pasó de continuo noches a solas en el monte rezando, en diálogo con el Padre. Sabemos que su hablar, su palabra, proviene de permanecer en silencio y que solo en el silencio podía madurar. Es iluminador, por eso, el hecho de que su palabra solo puede comprenderse de modo cabal si se penetra también en su silencio; solo si se aprende a escucharla a partir de su permanecer en silencio.

Ciertamente, para interpretar las palabras de Jesús se necesita una competencia histórica que nos enseñe a conocer el tiempo y el lenguaje de entonces. Sin embargo, solo eso no basta, en cualquier caso, para captar el mensaje del Señor en toda su hondura. Quien lee hoy comentarios de los Evangelios, vueltos cada vez más voluminosos, al final queda defraudado. Aprende muchas cosas útiles sobre el pasado, y muchas hipótesis, pero que en nada propician la comprensión del texto. Se acaba con la sensación de que a esa exuberancia de palabras le falta algo esencial: penetrar en el silencio de Jesús, del que nace su palabra. Si no conseguimos introducirnos en ese silencio, siempre escucharemos tan solo superficialmente la palabra y así no la comprenderemos de verdad.” (3)

(1) Benedicto XVI: Carta encíclica Deus caritas est. Introducción, punto 1
(2) San Agustín: Las confesiones. Libro VI, capítulo V, punto 8
(3) Robert Sarah: La fuerza del silencio. Prefacio de Benedicto XVI

domingo, 21 de julio de 2019

Aceptar para despegar

Puertas que se cierran… Ventanas que se abren


Cuando fallece una persona a la que se ha estado muy unido se inicia un proceso de recomposición afectivo-emocional que ha de conducir a la asunción plena de la ausencia. Es el duelo, que como aclara Alfons Gea en Acompañando en la pérdida (1) no se circunscribe exclusivamente al entorno de un óbito: “Para entender el duelo, en primer lugar debemos entender lo que se denomina apego, afección o vinculación. El duelo… remite a una pérdida. Se pierde algo que se valora, y esto provoca dolor.” Afecta a las relaciones personales, a la economía, al patrimonio, a los proyectos, a las expectativas profesionales, a la reputación… Cuanto mayor es el apego, más intenso será el dolor que se padece por esta causa. Del trance a veces se sale solo, pero suele ser necesario recibir ayuda, como se explica en el libro mencionado y en los videos que ha colgado el autor en youtube.

Una situación asimilable de duelo es la que padecen los afectados por una enfermedad inhabilitante, incurable y degenerativa, como la de Andrés, el protagonista de El árbol desnudo (2), una novela con tintes autobiográficos del periodista Manuel Lozano Garrido (Lolo). Asumir la dolencia en toda su crudeza mientras se produce el deterioro físico que da al traste con las expectativas y aspiraciones que se han forjado, aceptar las renuncias que conlleva y proyectar la vida a partir de esa realidad que tanto se aleja de lo que era previsible, es un proceso de reencuentro con uno mismo que se ha de aprender a sobrellevar.

Miriam Fernández
durante esa intervención
No es fácil, por supuesto, y de ello daba testimonio Miriam Fernández, una joven cantautora que nació con parálisis cerebral, en uno de los congresos organizados por la Fundación Lo que de verdad importa (3). Durante su intervención expuso el momento en el que se produjo el punto de inflexión: “Mi vida cambió cuando dejé de preguntarme por qué a mí y empecé a pensar para qué.” Quedaba aún por fijar el rumbo y había dos opciones: “amargarme y amargar a quien está a mi alrededor o ser feliz y contribuir a la felicidad de los otros.” Escoger la segunda opción no solo ha dado sentido a su vida sino que lo ha contagiado a otros: “La primera vez que alguien me dijo que mi testimonio le había dado ganas de vivir aluciné.”

Manuel Lozano Garrido
antes de manifestarse
la enfermedad
En el relato de Lolo se trata con delicadeza –no confundir con edulcoración- el desarrollo de la enfermedad de Andrés -su alter ego- desde que empieza a manifestarse, pasando por el fracaso de los distintos remedios y tratamientos a los que paulatinamente se va sometiendo, fundamentados casi todos ellos en diagnósticos desacertados que alumbran falsas esperanzas sobre todo entre sus allegados, especialmente su hermana Emilia. El ánimo se va deteriorando conforme se desvanecen las posibilidades de mejora: «¿Es que no te acuerdas que en la cartera tengo un certificado de inutilidad? Inútil es el hombre que sólo sirve para clavarle en una esquina y que venda avellanas», le dice a su novia aludiendo a lo que constaba en su cartilla del Servicio Militar, periodo en el que se manifestaron los primeros síntomas.

Como último recurso para revertir el curso de la enfermedad accede sin mucho entusiasmo a la propuesta de su hermana para unirse a un convoy de enfermos que se dirige a Lourdes, donde ella viajará como enfermera. Allí percibirá que comparte con los centenares de enfermos que se congregan el anhelo de ser  bendecidos con la curación física de sus dolencias. En su caso, sin embargo, el ‘milagro’ se manifestará de una manera distinta.

Será Emilia quien lo exprese: «ningún milagro es tan grande como el que se opera con el hecho de aceptar. Decir que «Sí», ya es dar, y dar es toda una potencia de milagro». Poco después de su regreso Andrés iniciará su actividad periodística y literaria. Y Emilia que ha renunciado voluntariamente a proyectos humanamente más atractivos para dedicarse a cuidar a su hermano se siente confortada: «Me gusta este aire de mar en calma que acaricia la nueva vida de Andrés. Lo he deseado tanto y tanto he forcejeado por él que ya no me hago a esta relajación de las sienes y las palmas de las manos. Soy feliz así, tremendamente feliz, aunque la factura que todo esto me gira sea tan costosa de solventar

Aceptar la realidad que trunca el camino que habíamos trazado consciente o inconscientemente para nuestra vida, es un paso fundamental para salir del desconcierto o bloqueo en que nos ha sumido y estar preparados para descubrir otras veredas que conducen a colmar nuestros más nobles anhelos de felicidad.


(1) Alfons Gea Romero: Acompañando en la pérdida. Título original: Acompanyant en la pèrdua (2007) Editorial San Pablo - Colección Salud y Vida número 12 – 2ª edición (2007). Traducción: Teresa Rofes y Buró Egara. 183 páginas
(2) Manuel Lozano Garrido (Lolo): El árbol desnudo (1969). Editorial: Edibesa – Colección: Vida y misión, número 48 (2000). 262 páginas

(3) Crónica de Rosa Cuervas-Mons: En busca de la felicidad. Alba del siglo XXI, número 302 del 3 al 9 de diciembre de 2010. La intervención de Míriam Fernández se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=5kaUvGb-6U0

viernes, 12 de julio de 2019

Novela de cortapega

Contrición del escritor… de aquella manera


Es la primera vez que leo a un escritor poner reparos a una de sus obras en el mismo texto donde se reproduce. Lo hace Juan Manuel de Prada en una edición de Las máscaras del héroe (1) que sale al mercado doce años después de que la obra se publicara por primera vez. Utiliza el epígrafe Agradecimientos de forma un tanto enmascarada por su habilidad literaria y el amplio dominio del léxico: “hubiese requerido un prólogo con morrión, en el que justificase los excesos y carencias de la juventud y su desalmada búsqueda de la brillantez avant toute chose, pero ya se sabe que cualquier ejercicio retrospectivo puede degenerar en palinodia… Muchas aguas discurrieron bajo el puente desde que el joven que yo era hacia 1996 se estrenara como novelista con este libro; y algunas de esas aguas discurrieron turbias y arremolinadas hasta su desembocadura en el mar, que es el morir… Dicen que el tiempo todo lo muda, pero siempre hay algo que sobrevive al rigor de sus guadañas.”

Juan Manuel de Prada
¿Bisoñez? ¿Ardores de juventud? ¿Afán de notoriedad?… La obra fue premiada y catapultó a su joven autor a la fama, consolidada un año más tarde tras ganar el Premio Planeta con La tempestad. ¿Qué le puede chirriar a de Prada de Las máscaras del héroe una docena de años más tarde? No he descubierto ningún documento más explícito que el expuesto. En cualquier caso, observo que el tono de la obra se aleja de la imagen y el discurso con que de Prada se expresa públicamente en la actualidad.

Pedro Luis de Gálvez
con sus hijos
El libro es en su mayor parte un cortapega de documentos, que se inicia con una “Carta de Pedro Luis de Gálvez a D. Francisco Garrote Peral, inspector de prisiones, fechada el 14 de octubre de 1908 en el presidio de Ocaña” y continua con dos bloques que abarcan la mayor parte de la obra (90% aproximadamente): “Los textos reunidos bajo los epígrafes de Museo de espectros y La dialéctica de las pistolas forman parte de unas memorias hasta ahora inéditas de Fernando Navales (1896-1942); la ordenación en capítulos, así como la exclusión de algunos pasajes que no afectaban al curso de esta historia, son de nuestra entera responsabilidad.” Tan solo en el apartado final, Coda, el escritor se expresa en forma de epílogo -impreso en letra bastardilla-, aunque también ahí se aprovecha para reproducir una extensa carta -significativa, eso sí- de Pedro Luis de Gálvez a Fernando Navales, los protagonistas principales de la obra.

Más que ante una novela nos encontramos con un apaño, donde el escritor se ha dedicado básicamente a publicar las memorias de Navales con el pretexto de mostrar la azarosa vida de Pedro Luis de Gálvez y el clima social, político y cultural de un periodo convulso de la historia de España (1908-1936) contemplado desde la perspectiva de quien, como secretario del empresario del Teatro de la Comedia de Madrid se relacionó con el ambiente bohemio de la capital. La aportación propia del autor es inferior al 5%.

Unas memorias tienen una elevada carga de subjetividad y probablemente algún grado de fantasía. Cuando apenas había leído 100 páginas estuve casi decidido a abandonar la lectura hastiado por su tono mordaz y escabroso. El editor califica a Navales de nihilista y canalla en la contraportada, una actitud que debería ser tenida en cuenta cuando se vierten afirmaciones difamatorias de conocidos personajes y se describen con detalle abundantes manifestaciones libidinosas y burdas que nada aportan al conjunto de la historia, salvo el atractivo que para algunos lectores pueda proporcionar la morbosidad. Prescindiendo de estos fragmentos innecesarios, según mi opinión, los aspectos positivos del texto en cuanto a retratar una época desde un ambiente cultural determinado sin decantaciones ideológicas, quizá debido al cinismo de quien lo transmite, hubieran quedado más resaltados y la lectura más provechosa al eliminarse aspectos distorsionadores. También es posible que hubiera tenido menos éxito.

'Lo escrito, escrito está', es una de las frase lapidarias de Pilatos. A pesar de ello, el pasado es tan solo una referencia que forma parte de nuestra mochila vital, que no tiene por qué ser determinante de lo que ahora somos. Desde hace unos años he seguido intermitentemente a de Prada, me gusta leer u oír sus razonamientos, aunque en ocasiones no esté de acuerdo con ellos. La posición crítica respecto al libro mencionado no altera mi opinión.

(1) Juan Manuel de Prada: Las máscaras del héroe (1996). Editorial: Seix Barral – Colección: Biblioteca breve – 1ª edición (2008). 575 páginas