viernes, 23 de julio de 2021

Preparando la emancipación

 Soltar amarras

¿Somos demasiado condescendientes con los hijos? Había leído una de las conferencias reproducidas en Vivir, amar y aprender de Leo Buscaglia, en el que hay un fragmento donde el autor expone una experiencia personal que le hizo espabilar. Al principio no le di especial importancia; sin embargo, unas horas más tarde me pareció que valía la pena compartirlo. Mientras lo releía en el ordenador, me acabó de decidir un comentario de mi esposa de lo que le había dicho una compañera acerca del desinterés de sus hijos por las cosas de la casa. Pensé que era una buena ocasión para leer en voz alta el fragmento pese a que el auditorio estaba entretenido con la Wii o plegaba ropa. Lo hice tras hacer la oportuna advertencia y no percibí desinterés manifiesto por escucharlo… ¡Quien no se consuela es porque no quiere!

Dice Buscaglia:

«Lo que verdaderamente nos hace falta son buenos modelos. Necesitamos modelos de amor, personas que nos lo demuestren.

Muchos de ustedes saben que me crie en una enorme, fantástica y cariñosa familia italiana. Aprendí muchas cosas de mis modelos, y la mayoría de ellas me fueron enseñadas sin saberlo. Por empezar, aprendí que necesitamos ser amados. Por eso me he pasado la vida amando, y me ha encantado.

También me enseñaron a compartir. Teníamos una casa pequeña y una familia inmensa, ¡y cómo se aprendía a compartir! Ahora construimos casas enormes donde nos podríamos perder. Nosotros éramos muchos pero teníamos un solo baño. ¡Cómo voy a olvidarlo! Era el centro de la casa. Todo el mundo entraba y salía del baño continuamente. Cuando uno lograba entrar y sentarse tranquilo treinta segundos, enseguida oía: 'Sal de ahí, que es mi turno'. Aprendimos a compartir, a salir de nosotros mismos, a usar el mismo lavabo y dormir en las mismas habitaciones, sin darnos cuenta. Sin embargo, actualmente tenemos un baño para Mary, otro para Sally, otro para papá y un cuarto de vestir para mamá. Es una pena porque no necesitamos tanto espacio.

Así aprendí a compartir y adquirí de mi madre un notable sentido de la responsabilidad. Era una mujer inculta. Pero cuando ella decía algo, le entendíamos. Esto siempre me pareció gracioso cuando fui a la universidad y estudié todas esas teorías sobre el asesoramiento y aquellas ideas de permisividad. Mamá era la más magnífica asesora permisiva que conocí. Nos decía: '¡Cállate la boca!' y siempre sabíamos lo que quería decir. Era una estupenda forma de interacción con la familia. No debe sorprender, por lo tanto, que ninguno de nosotros haya tenido jamás problema mental alguno.

Recuerdo que, de chico, quise ir a París. 'Niño, eres demasiado joven para viajar'. 'Pero mamá, yo quiero ir'. En esa época Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir habían irrumpido en escena con el concepto del existencialismo, y deseaba ir allí porque había oído que los hombres se sentían angustiados y quería probarlo todo. 'Está bien, irás, pero si te marchas, te declararás un adulto y después ya no podrás pedirme nada. Eres mayor. Eres libre, vete'.

Fue fantástico. No tenía demasiado dinero, pero pude vivir el sueño de muchos. Me instalé en un cuarto muy pequeño. Desde mi claraboya podía ver los techos de París. Me sentaba cerca de Sartre y de Beauvoir (aunque no comprendía ni una palabra de lo que decían) y disfrutaba ampliamente. ¡Cuánto sufría también! Fue estupendo también vivir a base de queso camembert y vino francés. Muy pronto me quedé sin dinero. No tenía verdadera conciencia del dinero. Compartía lo mío con todos. Siempre había una botella de vino que todos venían a beber conmigo. Así me habían criado, esos habían sido los modelos. Cuando llegaba el cartero a casa, papá lo convidaba con un vaso de vino. 'Pobre hombre, todo el día trabajando. Le hace falta un poco de vino'. Nosotros nos oponíamos: '¡Papá, no le des vino!'. Era terrible cuando venía la maestra y papá le ofrecía vino. 'La maestra no va a beber'. Después nos quedábamos azorados al comprobar que sí bebía. ¡No era tonta!

Pero recuerdo haber llegado a un punto en que casi se me había acabado el dinero. Fui a la oficina de telégrafo de París y, para ahorrar dinero, envié un simple mensaje: 'Me muero de hambre'. Pocas palabras pero importantes. Veinticuatro horas más tarde recibí un telegrama de mi madre que decía: '¡Muérete de hambre!'. ¡El momento de la verdad! Finalmente me había convertido en un adulto. ¿Qué podía hacer? Les diré lo que eso me enseñó. Me enseñó el hambre, el frío, no sólo físicamente sino el frío de no tener botellas de vino para compartir y no ver más a los supuestos 'amigos'. Mucho fue lo que me enseñó, y jamás lo habría aprendido si mamá me hubiese enviado un cheque. Me quedé allí sólo para demostrarle que podía hacerlo. Varios meses más tarde, cuando volví a casa, ella me dijo una noche: 'Fue muy difícil para mí también, pero nunca habrías crecido'. Era verdad.» (1)

Mi esposa comentó: ‘Está bien pero yo sería incapaz de desatender a mis hijas en esas circunstancias’. Yo recordé lo que me dijo mi madre cuando le dije entusiasmado a mi madre: ‘¡He aprobado la reválida de cuarto!’ Y me dijo: ‘Entonces ya puedes buscar trabajo’. Tenía catorce años y mi tarea los días siguientes consistío en observar las ofertas de trabajo en La Vanguardia y recorrer la ciudad para visitar las empresas. Pocos días después empezó mi vida laboral, que meses más tarde había de compatibilizar con la continuación de los estudios académicos.

(1) Leo Buscaglia: Vivir, amar y aprender. Título original: Living, loving & learning (1982). Editor: espaebook. Capítulo: Juntos.

martes, 20 de julio de 2021

Aprovechamiento de la educación

Conjugar la emancipación con el arraigo

Contrapone Chantal Delsol lo que sería propio de una visión particularista que corresponde a «alguien que pertenece a un grupo pequeño y ve el mundo a partir de su propia mirada, careciendo de objetividad y desconfiando de lo universal» con lo que se atribuye a un ciudadano, que «se caracteriza por su universalidad, su capacidad de contemplar la sociedad desde el punto de vista de lo común, y no desde el punto de vista personal. Es decir, su capacidad de dejar a un lado el prisma propio.» Añade además que «la democracia está fundada sobre la idea de que todos, gracias al sentido común y a la educación, podemos acceder a ese punto de vista universal, que es el que forma al ciudadano» (1).

Uno de los personajes de Generaciones, la novela de Cristóbal Zaragoza, llamado Emerenciano Adell, en el marco de la Guerra Civil Española, recela abiertamente de los que se conducen de acuerdo con la visión particularista que les impide tomar partido: «Yo, dicen, a lo mío, que es mi trabajo y mi familia. ¡Y no es así, córcholis! Su familia no es esa cosa pequeñita y cerril que se reúne en torno a la mesa a la hora de comer. Así únicamente se consigue hacer hijos insolidarios. Egoístas. Su familia somos todos. La Humanidad entera es la familia de uno. Esto es lo que tenéis que entender los jóvenes».

Su interlocutor, Alejandro Acosta, que es uno de los principales protagonistas de la obra, le plantea: «¿Y la causa del pueblo? Supongo que los pobres, el trabajador español, están antes que la Humanidad. Necesitan ayuda.» La réplica de Emerenciano acentúa su desconfianza en las personas poco ilustradas: «El pueblo es desagradecido. Mira lo que ha hecho aquí. Robar, matar inocentes. A la gente pobre, e ignorante, se le hace un flaco favor hablándole de libertad y de igualdad. Es algo así como ponerle al burro una chistera. ¿Para qué quiere la chistera el burro? Al pueblo hay que enseñarle que la libertad hay que conquistarla día a día. Que no es algo que se regala. Y la única forma de que te comprendan es dándoles cultura. ¡Ésa es la verdadera libertad! Una persona digna, y humana, si además tiene cultura, sabrá compartir con los demás. Lo que sea. Un plato de fideos, unas pesetas o lo que uno sabe. El problema de España es un problema de cultura. Nada más.» (2)

En el contexto, la palabra cultura cabe asociarla a la educación e instrucción públicas. Un mayor conocimiento de las cosas y del pensamiento humano que excede el ámbito de la experiencia propia proporciona una mente más abierta a hacer nuevos descubrimientos, a ampliar horizontes y a mejorar la comprensión de la realidad. Pero la experiencia nos demuestra que es insuficiente para calibrar por si solo el nivel de calidad humana de una persona, que estará condicionada por la actitud que adorne los saberes y experiencias que acumule. Es cierto que no se ama lo que no se conoce, pero el hecho de conocerlo no obliga irremediablemente a actuar de una manera determinada.

A modo de ejemplo de que no hay una correlación directa entre el grado de instrucción de una persona con el comportamiento benefactor hacia sus semejantes, resulta reveladora la transcripción de una carta que la directora de un colegio le envió al psicólogo y educador Haim Guinott que Leo Buscaglia incluye en Vivir, amar y aprender:

«Soy sobreviviente de un campo de concentración. Mis ojos vieron cosas que ninguna persona debería presenciar. Cámaras de gas construidas por ingenieros de verdad. Niños envenenados por médicos. Infantes muertos por enfermeras diplomadas. Mujeres y bebés asesinados por graduados secundarios y universitarios. Por eso desconfío mucho de la educación. Mi pedido es: ayude a sus alumnos a ser humanos. Sus esfuerzos nunca deben producir monstruos eruditos o psicópatas educados. La lectura, la escritura, la ortografía, la historia y la aritmética sólo son importantes si sirven para que nuestros alumnos sean más humanos» (3).

No hay que desconfiar de la educación académica, pero tampoco conviene sublimarla. El ser humano se nutre de múltiples experiencias externas que son también educativas: familiares, ambientales, sociales, culturales… que debe ir digiriendo con la ayuda de sus aptitudes (habilidades físicas y cognitivas) para conformar su personalidad. El conocimiento teórico, práctico y reflexivo que uno logra acumular necesita de una actitud honesta para ser provechoso; así se engrandece uno interiormente y se beneficia a los demás. De este modo se puede llegar a ser un ciudadano digno y humano, lugar en el que convergen  las tres citas reproducidas.

(1) Chantal Delsol: PopulismosTítulo original: Populisme. Les demeurés de l’Histoire (2015). Editorial: Ariel -1ª edición (2015). Traductora: María Morés. 185 páginas. Introducción, página 12.

(2) Cristóbal Zaragoza: Generaciones (1979). Editorial: Plaza & Janés (1982). 539 páginas. Capítulo VII, epígrafe Valencia, Julio de 1938, páginas 480-481

(3) Leo Buscaglia: Vivir, amar y aprender. Título original: Living, loving & learning (1982). Editor: espaebook. Traducción: Raquel Albornoz. Capítulo: El arte de ser plenamente humano.

sábado, 17 de julio de 2021

Condenas prejuiciosas

La perversidad del estigma social

Los estigmas sociales son una de las realidades más injustas y lacerantes que contaminan y corrompen la sana convivencia de una sociedad. El ser humano individual queda marginado para ser englobado en un relato construido desde la deformación que proviene de la murmuración, la maledicencia, el prejuicio, la codicia, la envidia, el temor… En los testimonios recogidos por Svetlana Alexiévich en La guerra no tiene rostro de mujer  (1) quedan plasmados algunos, pero quizá el que más incomprensión me produjo fue el que sufrieron muchas mujeres jóvenes soviéticas, que combatieron en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, una vez finalizada la contienda.

La mayor parte de ellas se habían alistado por fervor patriótico. La invasión del ejército alemán fue el detonante de su decisión. Pese a que la sociedad asignaba esta tarea exclusivamente a los hombres, ellas dejaron de lado los convencionalismos y porfiaron por alistarse para combatir. No querían quedarse de brazos cruzados mientras su tierra y su modo de vida estaban siendo amenazados por el avance de las tropas invasoras.

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A las penalidades que comporta cualquier conflicto bélico se unió para ellas que la intendencia militar no estaba preparada para albergar mujeres, plasmándose, por ejemplo, en la falta de vestuario y productos de higiene apropiados. Además tenían que sobreponerse a la desconfianza con que acostumbraban a ser recibidas. A pesar de ello lograron en general ganarse el respeto y, en muchos casos, también la admiración de sus compañeros.

Sin embargo, al finalizar la guerra su labor en defensa de su país no fue reconocida hasta pasados muchos años por los gobernantes soviéticos y, además, muchas de ellas vivieron en sus propias carnes los efectos de un rechazo social que se había ido fraguando mientras ponían en riesgo sus vidas: dificultades para encontrar pareja, ser tachadas de frívolas o busconas, ser consideradas un lastre para sus propias familias…

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Entre los diversos testimonios recogidos por Svetlana Alexiévich que corroboran esta apreciación reproduzco el último de los recogidos en el texto, protagonizado por Yamara Stepánovna Umniáguina, una mujer que ejerció durante la guerra como cabo mayor de Guardia y técnica sanitaria. La felicidad que le produjo poderse casar con su prometido y, como ella, combatiente una vez acabada la guerra quedó truncada por la reacción de la familia de su marido, que deja de manifiesto el estigma que marcaba a estas mujeres en una gran parte de la sociedad soviética:

«El 7 de junio era mi gran día, el día de mi boda. Nuestra unidad nos organizó una fiesta a lo grande. A mi marido lo conocía desde hacía mucho tiempo: era capitán, el comandante de la compañía. Los dos nos lo prometimos: “Si sobrevivimos, después de la guerra nos casaremos”. Nos concedieron un mes de permiso…

»Fuimos a Kineshma, en la provincia de Ivánov, donde vivían sus padres. Yo me sentía una heroína, nunca se me había pasado por la cabeza en cómo recibirían a una chica del frente. Habíamos recorrido un camino tan largo, habíamos devuelto tantos hijos a sus madres, tantos maridos a las esposas… Y de pronto… Entendí lo que es un ultraje, escuché palabras ofensivas. Antes de eso no había oído otra cosa que no fuera: “Hermanita querida”, “Hermanita mía”. Y además yo no era una cualquiera, era guapa. Y me habían dado un uniforme nuevo.

»Por la noche nos sentamos a tomar el té, la madre llamó a su hijo a la cocina y lloró: “¿Con quién te has casado? Es una fulana del frente… Tienes dos hermanas pequeñas. ¿Quién querrá ahora casarse con ellas?". Incluso ahora lo recuerdo y me vienen ganas de llorar. Imagínese: llevé un disco, me gustaba mucho. La canción decía: “Tienes todo el derecho a calzar los zapatos de moda…”. Se refería a una chica que había combatido. Puse esa canción, su hermana se acercó y delante de mí rompió el disco, como diciéndome que yo no tenía derecho a nada. Ellos destruyeron todas mis fotografías del frente… Ay, querida, no tengo palabras para eso. No tengo palabras…» (2)

Es un ejemplo de la perversidad que acompaña a cualquier estigma social, que debería ayudarnos a ser más cautos cuando juzgamos a las personas y evitar dejarse arrastrar por habladurías relacionadas con alguna de sus características.

* Fotografías recogidas de https://mpr21.info/el-papel-de-la-mujer-sovietica-en-la/

(1) Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer. Título original: U voini ne zhenskoe lizo (2004). Editorial: Debate – 1ª edición (2015). Traductoras: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. 365 páginas.

(2) Alexiévich, obra citada, capítulo «De repente sentí un irresistible deseo de vivir…», página 362