Más allá de uno mismo
Alguna cuña publicitaria navideña ha utilizado un refrán popular: ‘No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita’ (1). Sin embargo, es habitual que aspiremos a tener una vida mejor, según entendamos cada uno qué supone tener una vida mejor, pero ese deseo suele ir acompañado de tener más de algo. Una tendencia que es alimento de la ambición, una pulsión que el diccionario define como ‘deseo ardiente de conseguir algo’. Surge entonces la cuestión: ‘¿a costa de qué?’, porque en cada decisión que tomamos para dirigirnos hacia ese anhelo hay alternativas que quedan marginadas.«Se dio cuenta del abismo al que iba a precipitarse. Y se negaba a creer que hubiese podido consentir en ello. Se percató claramente de lo que iba a hacer: inmolar su último hijo a su orgullo, sacrificar la última posibilidad de dicha que le quedaba en su intento de salvar una obra que, ahora lo veía claramente, no era más que un embuste. Arrancó brutalmente el velo que nublaba su facultad de pensar, aventó de su mente toda la bruma acumulada por su soberbia y se confesó a sí mismo que lo que a fin de cuentas se proponía era hacer abortar a su hija, recabar para el Centro la ayuda del amante de Fabienne y apartar de su lado a su hija, perderla, sacrificarla. Esa odiosa y cruda verdad le horrorizó. No, eso no era posible, él no llegaría hasta ese extremo. Y de pronto, como un alud irresistible, invadió su ser un hondo sentimiento de cariño hacia Fabienne...»
» …Aunque su amor propio y su terquedad nihilista se desgañitaran, Doutreval era incapaz de ir más lejos. Algo en él se negaba a salir adelante. Capitulaba, cedía a la ternura humana, a la necesidad de amar, a la piedad, a un instinto más poderoso que él, que dominaba su razón. No, no podía resignarse a ese último y salvaje sacrificio de su hija. Sería la bancarrota de su vida, de todos sus principios, de todas sus afirmaciones... La destrucción de toda su obra, el derrumbamiento de todos los holocaustos hasta entonces consentidos. ¡Qué más da! Había llegado el momento en que el orgullo, el yo, reclamaban de él, después de todo lo ocurrido, el sacrificio de su último hijo. Y eso era mucho, demasiado.»
Se da cuenta adónde le ha conducido el orgullo y recuerda las palabras de su hijo antes de la ruptura: «¡Pides demasiado para mí!» Y Maxence van der Meersch, autor del relato, apostilla: «Se percataba de pronto de la salvaje inhumanidad del nuevo ídolo. Se daba cuenta de que sería incapaz de darle entera y total satisfacción, y, por vez primera en su vida, de esa cosa sorprendente y consoladora: de que muy pocos hombres han podido vivir un ateísmo total, llegar hasta las extremas consecuencias del nihilismo... “¡Me pides demasiado!” A él, el hombre cruel y despiadado, le había llegado el turno de ceder, de sacrificarse por un sentimiento de ternura, de piedad...»
Haciendo un hueco al ejercicio introspectivo de Doutreval sobre su trayectoria, van der Meersch comenta: «¡Memoria, inteligencia, razón, altas facultades del alma de las cuales nos gloriamos, sujetas, en cambio, a la rosa de los vientos del orgullo!» (2). Inevitablemente, suele suceder en estas situaciones que la oscuridad se cierne sobre el pensamiento, sólo se es capaz de ver el mal que se ha hecho: «Solo, apoyado en un añoso árbol, bajo la luz del crepúsculo, Doutreval, por vez primera, hacía examen de su vida y se juzgaba a sí mismo: “¡Un genio! ¡Un gran hombre! ¡Una gloria! Sí, quizá es eso. ¡Vanidad, presunción, mentira, bajezas, robos, crímenes! Y ni siquiera sin que uno se dé cuenta. ¡El orgullo! ¡Ah, el orgullo!»
Pero nunca
está todo perdido. Hay que salir del bucle siniestro de la autocensura, de la
autocondena. Será su hija quien le rescatará del abismo interior en que está
sumido al sincerarse con ella. Su hija le hará ver las luces que ha observado
en su trayectoria. Entonces «sentía una opresión en el pecho. Se sentó sobre un
tronco de álamo, sacó el pañuelo y lloró. En su abatimiento y su miseria, las
palabras de su hija cobraban para él una íntima dulzura y un inexplicable
sentimiento de aliento. Pues uno de los mayores goces que el hombre pueda
experimentar es encontrar en su pasado el recuerdo de un gesto surgido del
fondo de sí mismo, realizado sin proponérselo, sin haberlo querido, casi
inconscientemente; un gesto de pura bondad, que le impele a creer en el bien. Y
más allá del bien, que lo sepamos o no, está siempre la presencia de Dios. Pues
los amores del hombre se cifran en el amor a sí mismo o en el amor a Dios. Sólo
esos dos amores existen»
«Ambicionad
los carismas mayores», propone san Pablo a los Coríntios, antes de mostrarles y
mostrarnos «un camino más excelente», aquel en que
cualquier logro que se busque o se consiga va acompañado de la caridad (4). Va
bien recordarlo por Navidad y esforzarnos por llevarlo a la práctica todos los
días del año.
(1) Ver
https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=59165&Lng=0
(2) Maxence
van der Meersch: Cuerpos y almas. Título original : Corps et ames (1943). Editorial: Luis de Caralt – 1ª edición (1962)
de Las novelas de la medicina. Traductor: Cristóbal Rivero. Segunda
parte, capítulo IV.



































