martes, 16 de junio de 2020

Cura de humildad (1)

Oculto en la respetabilidad


Andy viene escocido de la prueba anterior. Las muestras de displicencia que brindaba a sus compañeros de concurso quedaron malheridas al oír el veredicto del jurado de MasterChef. Su labor como capitán no estuvo atinada y ahora le tocaba defender su continuidad en el programa en la prueba de eliminación. Presenta su plato y lo llama ‘Cura de humildad’, que le sirve para salir airoso del trance. Quizá el apuro pasado produzca algún efecto en su actitud futura.


La tendencia al orgullo es algo que nos da la lata a lo largo de toda nuestra vida. Está tan apegado al ser humano que se dice que sobrevive unas horas al finado. A veces se manifiesta con claridad como en aquellos con los que se haría un gran negocio si se compraran por lo que valen y se vendieran por lo que creen que valen. Pero en otras ocasiones queda soterrado tras una conducta cercana a la bonhomía; es lo que detecto en Larry, el protagonista de El filo de la navaja, una novela de Somerset Maugham que narra la vida de alguien a quien conoció y, cuyo comportamiento poco convencional le sirvió de inspiración: “Larry es, me parece, la única persona que he conocido completamente desinteresada. Esto hace que su conducta parezca estrambótica. Y es que no estamos acostumbrados a ver personas que hacen cosas sencillamente por amor a un Dios en quien no creen.” (1)

¿Por qué alguien tiene que morir para salvarme la vida? Es la pregunta que carcome interiormente a Larry desde que observa las consecuencias de la maniobra de un compañero para resguardarle del ataque enemigo en el transcurso de la Gran Guerra. A partir de ahí buscará con ahínco una respuesta que le complazca: apartándose del estilo de vida anterior, leyendo, viajando, realizando distintos oficios y sometiéndose temporalmente a modos de vida alejados del mundanal ruido. Tan solo se sentirá algo aliviado con las directrices de la filosofía vedanta que le transmitirá un santón indio, que incluirá una experiencia eremítica.

Antes de ello participará de la vida monástica al aceptar la invitación de un monje al que conoce en una pensión, que se lo ofrece como una opción que le puede ayudar a resolver sus dudas. No satisfará sus pretensiones, aunque agradece el trato recibido, que le permite desenvolverse a su aire: “Permanecí allí tres meses. Fui muy feliz. Aquella vida me gustaba. La biblioteca era buena y leí mucho. Ninguno de los frailes procuró influir en mí lo más mínimo, pero todos parecían encontrar placer en charlar conmigo” (2). Pero no encuentra lo que anhela: “Aquellos santos frailes no me ofrecían respuestas satisfactorias para mi inteligencia ni para mi corazón a las preguntas que me tenían perplejo.”

Reconoce que hay cualidades que nos sobrepasan: “el don de la fe no me fue concedido; quería creer, pero no podía hacerlo”. ¿Cuál es el problema? La clave puede estar en una disposición interior que opaca la luz divina, porque el criterio propio se interpone, la eclipsa. Se manifiesta en la expresión “Si yo hubiera sido Dios”, con la que se juzga a la divinidad con el propósito de enmendarle la plana. La criatura mira desde arriba al Creador para dictarle como se debe comportar. Su estructura mental no estaba preparada para dar cabida al Dios del que le hablaban aquellos monjes: “Yo no estaba dispuesto a creer en un Dios omnisciente que no tuviera sentido común”.

Con cortesía abandona su estancia lamentando no haber cumplido con las expectativas que él creía que tenían sobre él: “Mucho me temo, padre, que se haya llevado usted una desilusión conmigo”. Sin embargo, la respuesta va en otra dirección: “No -respondió-. Es usted un hombre profundamente religioso que no cree en Dios. Dios le buscará. Volverá usted. Si ha de volver aquí, o si hallará a Dios en algún otro lugar, solo Dios puede saberlo.” Como todo aquel que ama, Dios no desiste en su empeño de atraernos hacia Él, pero no forzará nuestro consentimiento.

Este fragmento del relato se puede relacionar con las palabras de san Pablo: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus juicios y qué inescrutables sus caminos! Pues ¿quién conoció los designios del Señor?, o ¿quién llegó a ser su consejero?, o ¿quién le dio primero algo, para poder recibir a cambio una recompensa? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas” (3). El sentido de esta última frase es uno de los motivos que confunden a la visión excesivamente introspectiva de Larry.

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Santa Teresa dice que la humildad es andar en verdad. Es una virtud que nos sitúa a la altura que requiere nuestra situación en cada momento, para que al dirigirnos al horizonte no perdamos de vista lo cercano. Nunca estaremos en disposición de saberlo todo de aquello que nos concierne, pero sí está a nuestro alcance saber lo suficiente para orientar la trayectoria de nuestra vida hacia el fin más preciado. La humildad va limpiando las cataratas que nos impiden ver la realidad tal como es, aportando nitidez al camino que conduce a la felicidad.

* Comentario tomado de https://es.slideshare.net/crashboat/dom-ord-22-c 

(1) William Somerset Maugham: El filo de la navaja. Título original: The Razor’s Edge (1944). Editorial: Debolsillo – Colección: Contemporánea – 1ª edición (2010). Traductor: Fernando Calleja. 387 páginas. Capítulo cuarto
(2) Maugham: El filo de la navaja, capítulo sexto. Esta cita y las siguientes
(3) Carta de san Pablo a los Romanos, capítulo 11, versículos 33-36. Ver enlace https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/romanos-11
(4) Santa Teresa de Jesús: Las Moradas. Moradas sextas, capítulo 10. Ver en enlace: https://hjg.com.ar/teresa_moradas/moradas_6_10.html
“Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira.”

miércoles, 10 de junio de 2020

Leer la Biblia

Itinerario de aprovechamiento


Desafiando a las protestas protagonizadas tras la violenta muerte de George Floyd, Donald Trump se dirigió a una iglesia cercana a la Casa Blanca y se fotografió en sus aledaños con un ejemplar de la Biblia en la mano. Su principal rival a la presidencia de los Estados Unidos, Joe Biden, se sirvió de esta imagen para decir en un mitin en Philadelphia: “El presidente levantó la Biblia en la iglesia de San Juan ayer. Solo desearía que la abriera de vez en cuando en lugar de blandirla. Si la abriera, podría haber aprendido algo. Que todos estamos llamados a amarnos unos a otros como nos amamos a nosotros mismos” (1).

El uso que hacen Trump y Biden de la Biblia, y la utilidad que les reporta para sus vidas, es algo que convendría circunscribir a su esfera personal, aunque luego tenga una repercusión pública, porque un texto tan extenso y sugerente puede tener para sus lectores efectos muy diversos que escapan a cualquier forma de encasillamiento. En el conjunto de libros que la componen quedan reflejadas las diversas manifestaciones en que se expresa el ser humano de todos los tiempos y, por ello, se puede encontrar en su contenido situaciones análogas a las que nos encontramos a diario -si se hace el esfuerzo de prescindir de lo coyuntural-, así como respuestas a muchos de los interrogantes que nos inquietan.

Un itinerario de aprovechamiento de las Sagradas Escrituras lo expone Servais Pinckaers en su extenso tratado sobre la moral cristiana, inspirándose en la doctrina de los llamados 'Padres de la Iglesia', de los que destaca que “su lectura estaba en relación directa con su vida y quedaba iluminada por la experiencia, lentamente formada en ellos, de la realidad y de la verdad de lo que creían.”

Con esta premisa intenta explicar el método que seguían asimilándolo al proceso de elaboración del pan:

“Con gusto diríamos que poseen el arte de hacer pan nutricio con el grano de la Escritura. Efectivamente, muy bien se pueden comparar los textos de la Escritura al grano, pues con frecuencia están compuestos de cortas sentencias que contienen en algunas palabras un tema, una rica doctrina, como un germen de vida. Veamos, pues, cuáles son las etapas de este trabajo espiritual.

La primera operación consiste en eliminar el cascabillo que recubre el grano, en despojar a la Palabra de sus envolturas humanas: la lengua, los géneros literarios, las particularidades del autor, del medio, de la época, etc.… Para llegar a captar el grano vivo, la fe es tan necesaria como la mano, pues sólo ella abre nuestra inteligencia a la Palabra, la deja penetrar en nosotros para que toque nuestro corazón, y, por lo mismo, la fe nos hace penetrar en la Palabra para captarla y comprenderla.

Servais Pinckaers
Pero después, como se muele el grano para hacer la harina, hay que meditar la Palabra y triturarla mediante la reflexión, en unión con la vida, sirviéndose de la memoria y de la experiencia.

La meditación lleva a la práctica, que es comparable al acto de amasar, pues las exigencias de la acción, con sus dificultades, sus resistencias y sus lentitudes, nos amasan verdaderamente. Este trabajo no puede tener éxito sin el agua de una oración regular.

Por último, el pan que ha tomado forma debe ser puesto al horno, es decir, debemos necesariamente pasar por el fuego de la prueba significada por el oro de la Palabra siete veces refinado, lentamente purificado.

Solamente entonces el pan puede ser ofrecido como alimento, sólo entonces el lector de la Escritura llega a ser capaz de presentar a los otros una explicación substancial de la Palabra de Dios, como hacían los Padres en sus comentarios.” (2)

Limpiar (despojar lo accesorio); moler (reflexionar, meditar); amasar (poner en práctica sus enseñanzas); hornear (sufrir las consecuencias -incomprensiones, persecuciones, aislamientos…-); nutrir (hablar y testimoniar). Un itinerario que tiene relación con las diferentes actitudes ante la palabra revelada que expone Jesús en la parábola del sembrador (3).

“The president held up the Bible at St. John’s Church yesterday,” Mr. Biden, a practicing Catholic, said, referencing the photographs for which Mr. Trump posed. “I just wish he opened it once in awhile instead of brandishing it. If he opened it, he could have learned something. That we’re all called to love one another as we love ourselves.”
(2) Servais Pinckaers: Las fuentes de la moral cristiana. Título original: Les sources de la morale chretienne (1985) Editorial: Eunsa – Facultad de Teología Universidad de Navarra Colección Teológica, número 60 – 3ª edición (2007). Traductor: Juan José García Norro. 543 páginas. Capítulo VIII, páginas 250 y 251-252
(3) Ver Evangelio según san Mateo, capítulo 13, versículos 1 a 23 (específicamente 3 a 9 y 18 a 23). Se puede consultar en el enlace: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/mateo-13