martes, 28 de febrero de 2017

El aparte en escena

Recurso dramático difícil de representar

John Golden Theatre
Mientras leía Extraño interludio de Eugene O’Neill me quede intrigado sobre cómo podría resolverse en un escenario lo que Mary E. Farrell en la presentación de la obra expresa como “contrapunto entre los diálogos y los monólogos interiores de los ocho personajes” para que “el público presencie la lucha del consciente con el subconsciente. La voz exteriorizada intenta mantener las formas, la interior quiere estallar con la verdad que hace daño.” (1)

La obra está llena de estos monólogos interiores y me preguntaba cómo pueden representarse en un teatro conjugándola con la acción, sin que las interferencias resulten una carga demasiado pesada para el espectador o le hagan perder el hilo del relato.

En las Notas para una breve biografía de Eugene O’Neill que anteceden al texto de Largo viaje hacia la noche, Ana Antón-Pacheco expone cómo se escenificó la obra teatral cuando fue estrenada: “En toda la obra de O’Neill se percibe como constante temática una investigación en los diferentes niveles psicológicos de los personajes, lo que realiza no solamente mediante la introspección, sino también mediante aquellos elementos técnicos que puedan coadyuvar funcionalmente a lograr este fin. Cuando en 1928 se estrena Extraño interludio, en el escenario del John Golden Theatre de Nueva York, aparece un nuevo recurso dramático cuyo fin apunta a la afloración del subconsciente individual: el aparte. O’Neill, que conocía la obra de Freud sobre el inconsciente, utiliza este recurso en el personaje de Nina Leeds para intentar plasmar esta dicotomía. Esta traslación al lenguaje dramático del monólogo interior de la novela fue resuelta por el director, Philip Moeller, «congelando» sobre el escenario a los personajes que, aun estando presentes, quedaban marginados de la acción por la utilización del aparte. A pesar de su extremada longitud, de su morosidad, y de lo forzado de la solución técnica dada, Extraño interludio obtuvo tal éxito de taquilla que sorprendió incluso a los más optimistas.” (2)

Ana Antón-Pacheco
Sigo teniendo curiosidad por ver la obra representada en un teatro; no sé si tendré oportunidad de hacerlo o, como pasa tantas veces, si se mantendrá vivo el interés cuando surja la posibilidad. Quién sabe. De momento pasa a formar parte de la abultada carpeta de asuntos pendientes.

(1) Eugene O’Neill: Estrany interludi. Strange Interlude (1928). Edicions 62 / la Caixa. Col·lecció Les millors obres de la literatura universal del segle XX nº 26. 1ª edició 1988. Traducció Victòria Alsina i Keith. 363 pàgines (l’obra ocupa les planes 9 a 206)

(2) Eugene O’Neill: Largo viaje hacia la noche – Long Day’s Journey into Night (1940) – Cátedra – Colección Letras Universales número 51 – 5ª edición 2005 – Traducción: Ana Antón-Pacheco – 219 páginas

sábado, 25 de febrero de 2017

¿Polémica interesada?

Expectativas ilusorias

Ser madre no está respondiendo a las expectativas de Samanta Villar, puede deducirse de unas declaraciones a EFE (1) que están levantando mucha polvareda en las redes sociales. (2) No me parece excepcional la frase que ha centrado la polémica: «tener hijos es perder calidad de vida», siempre que estas palabras se refieran al estado de ánimo de la periodista y no pretendan hacerse extensivas a todas las madres. La ‘calidad de vida’ a nivel individual es una percepción que no todo el mundo comparte de la misma manera, aunque se sostenga en datos objetivos.

Se puede comprender también que “«lo mejor es ser tía» porque «es lo más cercano a la madre», pero se ahorra «el dolor físico del agotamiento y el hundimiento moral de decir: ¡no puedo más!»”. Es decir, prefiere un afecto indoloro: sin responsabilidades, preocupaciones o molestias. ‘Qué bonitos son los hijos de los demás’ decía una compañera de trabajo cuando alguna empleada venía a la oficina a presentar a su hijo recién nacido.

Sin embargo, me sorprende que afirme que “«hay un relato único de la maternidad como un estado idílico, que no coincide con la realidad y estigmatiza a las mujeres» que lo viven de manera distinta”. ¿En qué mundo vive? No hace falta acudir a especialistas o leer sesudos ensayos para darse cuenta que no hay un ‘relato único de la maternidad’. Basta relacionarse con el entorno -familia, amigos, trabajo, vecinos…- para comprobarlo. Además, su profesión le abre las puertas a otras fuentes de información. ¿Dónde está el olfato periodístico?

Para Samanta el proceso gestación/maternidad ha sido una aventura personal y profesional que se ha plasmado en un libro, que puede haber encontrado un incentivo promocional en la polémica surgida. Sin embargo, me cuesta creer que la reportera haya afrontado engañada la experiencia maternal. Soñar con situaciones idílicas puede ser agradable y bonito, pero para disfrutar de lo que la vida nos aporta hay que estar muy despiertos.

Una madre responde a Samanta Villar, que dijo que sus hijos le quitan "calidad de vida"
Carmen Pinos ha escrito una carta abierta a Villar en Facebook que se ha hecho viral en la red social, aunque ha sido eliminada. En el enlace está el texto íntegro.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Contra gustos no hay disputas

Las referencias no ayudaron

Hay una expresión referida a los espectáculos que viene a decir que cuando hay 'mucha expectación', acostumbra a producirse una 'gran decepción'.

Me ha ocurrido algo parecido al leer También esto pasará de Milena Busquets. (2) Lo pedí a la biblioteca movido por el entusiasmo con que otro usuario hablaba de él a la empleada del centro. Alguna otra referencia de un espacio televisivo recordaba y abrigaba curiosidad por leerlo.

Desde el principio me chocaron tanto el contenido, que discurría sobre todo en la superficie -lo sensible-, como la manera de contarlo y el lenguaje descarnado utilizado. Tras leer los primeros capítulos me planteé si valía la pena seguir; y continué haciéndolo sin esperanzas de encontrar algo distinto, como así fue.

El relato narra las vivencias de Blanca en primera persona -como si fuera un narrador que retransmite lo que está ocurriendo- durante unos días de verano posteriores a la muerte de su madre, que es el espejo en el que quiere reflejarse la protagonista, intentando encontrar sentido a su experiencia vital: “Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada y me parecía tan incontestable y perpetuo que nunca me molesté en averiguar cuál era. No está mal, he conseguido ser una niña hasta los cuarenta años, dos hijos, dos matrimonios, varias relaciones, varios pisos, varios trabajos, esperemos que sepa hacer la transición a adulto y que no me convierta directamente en una anciana.

Cadaqués
lugar donde se ubica
buena parte de la novela
Blanca ha vivido en un entorno que se podría calificar como existencialista (1) donde se imponen las sensaciones y los sentimientos como orientadores del timón de la existencia: “En casa, nunca nadie se sentía culpable de nada, uno pensaba y actuaba en consecuencia y, si se equivocaba, no valía sentirse culpable, se apechugaba con las consecuencias y punto. Creo que jamás te escuché un «lo siento».” El bienestar emocional se construye a flor de piel: 'carpe diem' aderezado de sexo y drogas, si es preciso; asociado a la despreocupación por el porvenir, que es sana cuando nos aleja de la obsesión enfermiza y bloqueadora, la ‘preocupacionitis’.


Milena Busquets
Sin embargo Blanca no se cree en un legado de su progenitora tras la muerte de su padre: “«También esto pasará»…  «El dolor y la pena pasan, como pasan la euforia y la felicidad.»” Vive atrapada en una permanente dicotomía entre dejarse llevar por la fuerza de las emociones y la tensión interior que proyecta el recuerdo de su madre: “Ahora sé que no es verdad. Viviré sin ti hasta que me muera. Me diste los flechazos como única forma posible de enamoramiento (tenías razón), el amor al arte, a los libros, a los museos, al ballet, la generosidad absoluta con el dinero, los grandes gestos en los momentos adecuados, el rigor en los actos y en las palabras. La falta total de sentido de culpa, y la libertad, y la responsabilidad que conlleva.

Transmito mis impresiones, no pretendo con mi comentario desanimar a los que tengan interés en leer esta novela, que se ha vendido mucho y su difusión ha traspasado las fronteras hispanas. Quizá me ha traicionado esperar demasiado de ella debido a su éxito, pero me consuela pensar que de todas las experiencias se puede sacar algún provecho, aunque sólo sea para valorar adecuadamente otras de más agradables.


(2) Libro leído: Milena Busquets: También esto pasará (2014). Editorial Anagrama. Colección: Narrativas hispánicas número 541. Tercera edición 2015. 172 páginas.

jueves, 16 de febrero de 2017

Alimento de la ciencia

Educación y curiosidad

Manuel Toharia
¿Por qué le interesa a un niño pequeño saber por qué el cielo es azul?” fue la respuesta que recibió Manuel Toharia de Moncho Núñez cuando le preguntó por qué le interesaba saber la población de vacas. Esta respuesta de un gallego, haciendo honor al tópico, condujo a Toharia a concluir que “el niño pequeño pregunta eso porque quiere saber más de todo, le sirva o no le sirva para algo”.

Pepa Fernández
Lo comentaba en la sección Cienciaria del programa radiofónico No es un día cualquiera que conduce Pepa Fernández (1), para recalcar la importancia de la curiosidad para la ciencia: “la curiosidad innata del ser humano… es la capacidad número uno de un científico, antes que estudiar muchas matemáticas…, un científico tiene que ser curioso, esencialmente curioso, y la curiosidad es la que nos lleva a preguntarnos estas tonterías de cuántas vacas, cuántos cerdos… porque esa curiosidad es la que ejerces después en tu oficio de científico y reivindico aquí… la enorme necesidad de despertar en nuestros jóvenes la curiosidad, esa es la madre de la ciencia”. Pepa Fernández hizo una breve aportación: “Al final es el ser humano, las personas las que deben ser curiosas en general, porque la curiosidad es el motor de la vida...” Comentario que fue interrumpido por Toharia para apostillar: “Somos curiosos y nos lo mata la educación… la educación mata muchas veces la curiosidad porque es muy reglada, muy cerrada, muy absolutista, es esto y no otra cosa.
Ramón (Moncho) Núñez Centella

Los descubrimientos, los avances científicos  son el fruto de una retahíla de porqués. Interrogaciones que los niños formulan de forma natural y espontánea sin atender al momento, lugar y forma… si tienen al lado quien les escuche. Sabemos que no siempre es fácil seguir la dinámica cuestionadora de los menores; a pesar de las buenas disposiciones hay momentos que cansa, sobre todo cuando el sinfín de preguntas encadenadas no da visos de agotarse.

La falta de interlocutor con quien compartir aquello que llama la atención es uno de los condicionantes que impiden desarrollar esta curiosidad innata, sana e inocente, que no puede resolver la tecnología, por muy perfeccionada que esté, porque sus respuestas siempre serán pautadas. Pero, Toharia ponía el acento en una educación muy estructurada como responsable de la destrucción de la curiosidad. Sería más bien el fruto de una actividad docente concebida como adiestramiento, lo que Carl Jung sintetiza en la frase: «Todos nacemos originales y morimos copias». Con este planteamiento, la potencialidad creativa de cada niño queda marginada, porque de lo que se trata es modelar seres humanos de acuerdo con unos estándares establecidos.

En el extremo opuesto se encontraría la sobreestimulación que, tomando como referencia la plasticidad del cerebro humano, pretende acelerar los ritmos de desarrollo intelectual y ampliar la capacidad de acumular conocimientos. Se trata de forzar el sistema neurológico con muchos estímulos para mejorar el rendimiento. Esto provoca la saturación de las primeras fuentes de aprendizaje, los sentidos, y deja al menor sin margen para la iniciativa.

Santiago Álvarez de Mon
En ambos casos, el educando deja de ser el protagonista para convertirse en un producto social generado por una educación que sólo se proyecta desde el exterior del ser humano. Un camino que lleva al activismo o a la apatía, pero que no sirve para cubrir esa necesidad de “despertar la curiosidad” que reivindica Toharia. Por el contrario, Catherine L’Ecuyer “reivindica que la educación es un viaje desde el interior de la persona hacia el exterior de su entorno, aventura maravillosa en la que los docentes tienen el rol de meros facilitadores.”, según expresa Santiago Álvarez de Mon en el prólogo de Educar en el asombro. (2)

Catherine L'Ecuyer
L’Ecuyer dice en la introducción: “Si nos fijamos bien, constatamos que los niños pequeños tienen un sentido del asombro realmente admirable y sorprendente ante las cosas pequeñas, los detalles que forman parte de lo cotidiano… Este sentido del asombro del niño es lo que le lleva a descubrir el mundo. Es la motivación interna del niño, su estimulación temprana natural. Las cosas pequeñas mueven al niño a aprender, a satisfacer su curiosidad, a ser autónomo para entender los mecanismos naturales de los objetos que le rodean, a través de su experiencia con lo cotidiano, motu proprio. Tan solo tenemos que acompañar al niño proporcionándole un entorno favorable para el descubrimiento.

Cuando presentamos al niño pequeño estímulos externos de manera que estos suplantan su asombro, anulamos su capacidad de motivarse por sí mismo. Sustituir lo que mueve a la persona es anular su voluntad. Al final, el niño se apalanca y no es capaz de ilusionarse ni asombrarse por nada. Tiene el deseo bloqueado.

Cada ser humano es depositario desde su nacimiento de un gran potencial, que tanto él como su entorno pueden ayudar a desarrollar si encuentran espacio para ello. La educación no puede convertirse en un corsé que limita el movimiento o unas orejeras que orienten en una determinada dirección; sino que ha de ser el vehículo que permita aprender a encauzar las inquietudes y abra nuevos horizontes.

(1) http://www.rtve.es/alacarta/audios/no-es-un-dia-cualquiera/neudc-120217-hora-2-2017-02-12t10-05-496201339/3911632/ (el fragmento recogido transcurre entre los minutos 16:00 y 18:20. La sección comienza en el minuto 4:55)

(2) Libro leído: Catherine L’Ecuyer: Educar en el asombro (2012) – Plataforma editorial – Colección: Plataforma actual – 14ª edición (2015) – 184 páginas

sábado, 11 de febrero de 2017

Honestidad y sufrimiento por amor

Fácil de pregonar, costosa de cumplir

Dicen que del roce nace el cariño. Es lo que le ocurre a William Whittlestaff, que ha acogido en su casa a Mary Lawrie, cumpliendo la promesa que le había hecho al padre de ésta, para que no quedase desamparada cuando él y su esposa, madrastra de Mary, hubieran fallecido. Su propósito es tratarla como una hija en una casa donde el servicio es gobernado por la temperamental Dorothy Bagget, ama de llaves. William tiene 50 años, está soltero y arrastra un desengaño amoroso en su juventud que le hirió profundamente. Mary tiene 25 y sigue enamorada –sin manifestarlo públicamente- de John Gordon, un joven con el que vivió un idilio platónico, porque topó con la oposición de sus padres, que veían con malos ojos la relación, por la quiebra económica de la familia de John.

La convivencia con Mary va tejiendo un intenso sentimiento de amor en William y barrunta la idea de convertirla en su esposa. Pero el señor Whittlestaff tropieza con dos obstáculos: su honestidad y la sinceridad de Mary. Al proponerle matrimonio, Mary le confiesa su amor por John; a pesar de que hace bastante tiempo que no sabe nada de él, mantiene viva la esperanza de que regrese para unirse a ella. Aun sorprendido y contrariado, William no detecta especial peligro en la persistencia de este recuerdo y no cambia sus planes, conminando a Mary para que le dé pronto una respuesta.

La señora Bagget considera que es un deber para Mary complacer a su señor, como prueba de gratitud por las atenciones que le ha dispensado, aunque a ella le perjudique en la posición preeminente que tiene en la casa. La presión que ejerce hace mella en Mary para aceptar la propuesta de William. Pero despues de consentir aparece de pronto en escena John, que ha hecho fortuna en Sudáfrica y ha regresado para retomar la relación con Mary.

Anthony Trollope
William sabe que para convertir a Mary en su esposa tiene a su favor el compromiso de ésta, que sabe que no se atreverá a romper unilateralmente; la complicidad –no solicitada- de su ama de llaves y la seguridad económica que puede ofrecer a su amada. A John le favorece su juventud y la interferencia de un alocado clérigo amigo y las hijas solteras de un hacendado vecino de William.

William es honesto. No quiere que Mary sea una esposa sumisa o insensata. Por ello, todos los pasos que dará irán encaminados a desentrañar qué es lo mejor para ella. Este sentimiento prevalecerá sobre todos los demás. Sabe que ella no dará un paso sin su consentimiento; sabe que John no instigará para ganarse el favor de Mary.

La trama de la obra póstuma de Anthony Trollope, El amor de un hombre de cincuenta años (An Old Man’s Love) *, publicada dos años después de su fallecimiento, se desarrolla en la Inglaterra victoriana del siglo XIX, una época retratada prolíficamente en libros y películas. El estilo de vida sosegado y ceremonioso de la clase social acomodada, contrasta con los modos de vida actuales en los países desarrollados, algo que no debería distraer al lector del trasfondo que transmite el relato. Destaco dos mensajes que he percibido: la entraña de la honestidad y la lógica del amor de pareja, que tantas veces se aparta de la lógica racional.

La honestidad es muy apreciada pero difícil de convertirla en un hábito, porque hay que enfrentarse a un sinfín de obstáculos internos y externos. Hay que vencer las tendencias interiores al ensimismamiento. Se necesita también fortaleza para imponerse a la presión del entorno en los ámbitos en que las actitudes deshonestas se convierten en rutinarias, o se alientan o, incluso, se presume de ellas. Ir a contracorriente siempre es complicado, pero en ambientes turbios está además mal visto o se considera una afrenta.

La narración de Trollope deja un regusto agridulce, pensando en la situación en la que queda el señor Whittlestaff, quizá porque su honestidad se sustenta exclusivamente en el deber y carece de un ingrediente necesario para que hacer el bien se convierta en alegría: la esperanza.


P.S. Es noticia de esta semana que el tenista Rafael Nadal ha renunciado a jugar el torneo de Rotterdam aconsejado por sus preparadores. Lo sorprendente es la extrañeza que expresan algunos comunicadores al saber que el tenista que el tenista podía percibir 1.000.000 de euros presentándose al torneo, aunque se hubiera retirado por molestias durante el primer juego del primer partido. ¡Cuántas veces se asocia honesto a tonto! Y luego nos quejamos de que haya tantos deshonestos recalcitrantes.

* Libro leído: Anthony Trollope: El amor de un hombre de cincuenta años. An Old Man’s Love (1884). Editorial Funambulista. Colección Grandes clásicos. 1ª edición 2012. Traductoras: Alma Fernández Simón y Maite Roig Costa. 281 páginas.

viernes, 3 de febrero de 2017

La educación frente al prejuicio y la pasividad *

A propósito de una viñeta

Escribí en una carta dirigida a El Periódico: «La viñeta de Ferreres publicada hoy me recuerda la frase de Einstein: "es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio". Añado además que no sólo educa la escuela y que la eficacia de una enseñanza depende tanto del emisor como del receptor.»



El 3 de febrero envío otra carta ampliando este breve texto:

Envié anoche una carta a propósito de la viñeta de Ferreres publicada el dos de febrero. Observándola con más detenimiento descubro otros ingredientes que pienso que vale la pena reseñar para ampliar mi escueto comentario.
La viñeta me recordaba a la siguiente frase de Einstein: "es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio". Hay prejuicio en la actitud de los escolares diciendo «‘No me gustan los negros, ni los moros, ni los chinos…’; ‘No hay nada como la raza blanca’». También hay prejuicio en el diálogo de los viajeros adultos que están sentados: «‘los alumnos de las escuelas elitistas cada vez pisan más fuerte’; ‘les educan para ser líderes, y ya practican desde la infancia; modelo Trump’». Pero además en estos últimos se añade la pasividad, esa bonhomía cómoda e indolora que se conforma con criticar sin hacer nada que esté en su mano para corregir o afear una conducta reprobable.

En el caso de los insultos recibidos por Tehja Genard (1) en un convoy de los Ferrocarrils de la Generalitat, los hechos son los que son y conviene no sacarlos de quicio, aunque cada uno es muy libre de expresar su opinión sobre la respuesta de los implicados en este suceso. Sin embargo, me parece oportuno subrayar que la educación no es exclusiva de la escuela y los seres humanos no son robots que responden mecánicamente a unas instrucciones. Para que una enseñanza sea eficaz es necesaria tanto la pericia del emisor como la buena disposición del receptor.

* Ayer escribí en el blog quimmontoliu.blogspot.com un comentario (El incidente y el prejuicio) sobre el suceso que ha inspirado la viñeta, que también reproduje al final del escrito


miércoles, 1 de febrero de 2017

Obcecación e insensibilidad

La profesión es sólo una parte de la vida

Junto a la tumba de su amigo Willy, Charlie se dirige al hijo de éste, Biff, y le dice: “Nadie culpa a este hombre. No lo entiendes! Willy era un viajante y la vida del viajante nunca tiene un fondo seguro: no enrosca tornillos, no redacta leyes, ni receta medicamentos. Es un hombre solo en medio de la nada que depende de una sonrisa y de unos zapatos bien lustrados, y cuando empiezan a no devolverle la sonrisa... el mundo empieza a desmoronarse. Y entonces, te manchas el sombrero, y ya estás acabado. Nadie culpa a este hombre. Un viajante debe soñar, chico. Viene incluido con el sector que te toca. Nadie culpa a este hombre”. Una frase sentenciosa tras el triste final de una vida.

En el Willy que nos presenta Arthur Miller en Muerte de un viajante (1) confluyen dos circunstancias que condicionan gravemente su vida profesional y familiar: delirios de grandeza e inadaptación al cambio. Lleva un montón de años trabajando para la misma empresa recorriendo miles de kilómetros y abriendo nuevos mercados. Con el paso del tiempo la respuesta que encuentra a su fidelidad es trabajar a comisión -cobras si vendes y por lo que vendes-. Su trayectoria no se tiene en consideración y no se le ofrece ninguna alternativa cuando pide un cambio de destino que le evite los largos desplazamientos tras haber sufrido varios accidentes. Y cuando apela a su vinculación con la empresa y a los sentimientos del dirigente -te vi nacer, te puse el nombre- se le replica que ‘el negocio es el negocio’. Y ante su desesperada insistencia es premiado con el despido.

Volker Schlöndorff
Pero Willy no sólo se enfrenta a un empresario ensimismado e insensible, sino que además es víctima también de su propio orgullo y obstinación. Ha soñado siempre con ser un triunfador, una obsesión que ha querido inculcar a sus hijos, y ese anhelo le ha incapacitado para reconocer sus errores y limitaciones, percibir los cambios, escuchar los consejos de los que le querían y aceptar la ayuda que le hacía su mejor amigo para continuar trabajando y no tener que depender de préstamos. La tensión profesional le ha desarbolado y vive en una nube atrapado en unas ensoñaciones que le alejan de la realidad.

La historia que nos plantea Miller es muy dura y la película me ha dado una sensación algo claustrofóbica. La tensión dramática es intensa al ver a un ser humano sufriente incapaz de reaccionar, de salir del caparazón mental en el que se ha refugiado. Es un caso extremo pero no extraño en el mundo laboral. He sido testigo de un episodio cercano en un comercial que se encontró de la noche a la mañana sin el prestigio que había atesorado por los buenos resultados conseguidos durante más de un lustro. ¿El motivo? La llegada de un nuevo director general que le fue relegando y minusvalorando profesionalmente, sumiéndole en una depresión que acabó con el abandono de la compañía, pues estaba gravemente en riesgo su salud. Tardó en recuperarse, pero pudo sobreponerse gracias sobre todo a su esposa y a la doctora que le atendió; lo que le permitió meses más tarde volver a la misma actividad profesional en otra empresa.

Hay estrategias empresariales con resultados trágicos como ocurrió en France Telecom entre 2007 y 2010 (2), algo que debería hacer reflexionar a muchos dirigentes empresariales acostumbrados a tomar decisiones sin prestar apenas atención a la repercusión que tienen sus políticas en los empleados. Para ellos sólo son un recurso más. Sin embargo, no por ello se ha de apelar a un paternalismo que además de ineficiente suele ser pernicioso a largo plazo. Y eso lo tiene que tener claro cada trabajador cuando se incorpora a un empleo. Los excesos de confianza que llevan al apoltronamiento tarde o temprano se pagan y lo que parecía seguro se vuelve de repente inestable y si a uno le pilla dormido le puede costar mucho recuperar el equilibrio.

En Willy se unen el hambre con las ganas de comer. Insensibilidad y obcecación. Spencer Johnson llama la atención en ¿Quién se ha llevado mi queso? –un breve y sugerente texto- para no quedarse quietos cuando las circunstancias que daban seguridad y bienestar cambian. Como dice Ward: ‘el pesimista se queja del viento’; ‘el optimista espera que cambie’; ‘el realista ajusta las velas’.

(1) Película : Death of a Salesman. Estrenada en 1985. Dirigida por Volker Schlöndorff. Guión: Arthur Miller. Duración 135 minutos.

Libro leído: Artur Miller: La mort d’un viatjant. Death of a Salesman (1949). Edicions 62 / la Caixa. Col·lecció Les millors obres de la literatura universal del segle XX nº 26. 1ª edició 1988. Traducció Mireia Llinàs i Grau. 363 pàgines (l’obra ocupa les planes 207 a 362)