¿Las lenguas son un
problema en sí mismo? No. Es una manifestación la forma en la que los miembros
de una comunidad se comunican entre sí y es vehículo de expresión de su cultura, que queda reflejada en su léxico. Los lingüistas podrían aportar muchas más
razones.
Hay quien puede achacar a la
diversidad de lenguas el ser fruto del castigo bíblico asociado a la construcción
torre de Babel, pero eso no justificaría la inquina con que algunos quieren
enfrentar una lengua a otra. Pienso que en los conflictos políticos que surgen por este motivo subyace, sobre todo, la pretensión de ejercer un dominio o
control a los ciudadanos.
Hace unos días acabé de
leer una selección de artículos de Jose María Pemán que conforman el libro Signo y viento de la hora. Son retratos
de la vida cotidiana de la época en que fueron escritos. Algunas cuestiones
tratadas son coyunturales, otras tienen un recorrido más largo, al menos en el
fondo de la cuestión desarrollada. Entre ellos me sorprendió un artículo
dedicado a la lengua catalana, teniendo en cuenta el momento en que fue
redactado y la fama que acompaña al autor. Cuando se eliminan los prejuicios, en
muchas ocasiones lo que parecía un obstáculo se convierte en una riqueza.
Pienso que vale la pena
reproducir íntegramente este texto, aunque juego con el tamaño de la letra y el
formato para destacar lo que me parece más sustancial.
Venir a Madrid, de cuando
en cuando, es un modo de encontrarse los problemas socio-políticos ya
planteados; ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia
en el segundo acto: cuando el desenlace se vislumbra cercano, y las fuerzas
dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.
En esta ocasión me
encuentro - ¡otra vez! - el problema del idioma catalán revivido con ocasión de
la enseñanza en las escuelas. Pienso que
el primer problema del catalán como idioma es este de calificado como
«problema». En este caso, como
en otros muchos, el problema es el modo
de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema: es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son
manejadas por los políticos, ¡que esos sí que son problema!
Ahora el tema echa chispas,
porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza se ha dicho que se tuviera cuidado con el
catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la
suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se
vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en
los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos
inoficiales con este texto: «No hables catalán, habla la lengua del Imperio.»
Se iniciaba esa fórmula que había de
emplearse en muchas cosas: contestar a los hechos con los vocabularios. A
mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los «Jochs Flarals», que
iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de
unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en
catalán. También confidencialmente se me rogaba que no hiciera la
exaltación de Juan Boscán, el primer poeta catalán que, a fines del siglo XV,
escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se
organizaba un acto «separatista»:
que de una raya o frontera tanto puede
uno separarse de un lado como de otro; y por una ley de dinámica social el
tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.
Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en
la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días en
el orden cultural se armó revuelo cuando D'Ors publicó una «lista de las cosas
que los griegos no tenían», en la que enumeraba, al lado de las gafas o la
bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con
igual convencionalismo: los partidos, el parlamento, la Prensa... el idioma
catalán. Clasificadas así las cosas se les aplicaban soluciones absolutistas: enmendándole la plana
a Dios; que, por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en
salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que
los hombres se suban el cuello del abrigo, y otra porción de cosas que
indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando al enfermo se
cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que
en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del
que hace la prohibición.
Para darse cuenta de que el
catalán es una realidad evidente y biológica, basta observar el actual
episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos, y le replican a coro
la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XXIII, donde dice que hay que «promover el
desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua,
su cultura o sus costumbres». Se citan también parecidas consignas de la
UNESCO. Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentes muy por encima
de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley
económico, mercantil, financiero, acuden a opinar, convocados o
espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero
cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden
con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubs de fútbol, los
catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes
almacenes... Está bien claro: es la «vida» en su totalidad espiritual y física
la que se ha sentido convocada.
Todas estas realidades
vivas se sienten dolidas al ver que como se propone cachear a los viajeros de
las líneas de aviación, previendo la piratería aérea, se propongan algunos
cachear al catalán por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos
ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez
Pelayo fue mantenedor de unos «Jochs Florals», pronunciando en catalán parte de
su discurso; y en que el poeta premiado con la «englantina de oro» era Jacinto
Verdaguer, que declamó parte de su «Atlántida»; desde ese día había un hecho
irreversible, que la política no podía desconocer: porque no era de la familia
de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física como
la montaña de Montserrat, del Llobregat o el Mediterráneo.
Todavía son muchos los que
escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen
que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus
palabras una gran literatura. Nadie puede votar contra Curros Enríquez, Rosalía de
Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes
que aunque hablen perfectamente el castellano piensan en catalán. No vale dar
distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el
enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por
personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la
Hispanidad al que no valore en el pleito del catalán lo que es ser la lengua
del pensamiento.
Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las
cosas en un sentido pasivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el
Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la
Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que
había llegado el Papa porque no tenía más remedio. Sin entender que el episodio
tenía un valor positivo; y lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades
de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla
del ayuno: que es a lo que el Papa quería poner remedio. Lo que nos asombra no
es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa
suspicacia de impureza, frente a una criatura tan limpia y transparente como el
agua.
Del mismo modo, el catalán no es un
hecho que se «conlleva» o al que se resigna uno. Es un hecho, no pasivo, sino
activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el
contenido y el cristalino continente, nada hay en este tema que sea resignación
o componenda. Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se
trata de beber un vaso de agua clara.
* Publicado por el diario
ABC el 19 de abril de 1970. Formó parte de la selección de artículos del mismo
autor que hizo Emilio Gasco para conformar el libro Signo y viento de la hora publicado por Salvat dentro de la
colección Biblioteca básica Salvat, libro RTV 84.







