sábado, 22 de abril de 2023

El respeto en la medicina (2)

Afrontar las interferencias externas


Abogados y políticos interfieren significativamente en el trabajo del personal sanitario. Los primeros instando a los usuarios descontentos a interponer demandas, los segundos promulgando leyes que contravienen los principios éticos formulados en el juramento hipocrático. Las consecuencias de ello afectan a la relación médico-paciente; los protocolos establecidos se anteponen a lo que aconseja la atención personalizada –no hay dos pacientes iguales-. Estas situaciones revierten en una burocratización de la atención médica, un distanciamiento en el trato entre profesionales y usuarios y, derivado de ello, una mutua quiebra de la confianza.

Sirvan de ejemplo dos párrafos de Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida, el libro que escribió Mariam Suárez contando su experiencia en el diagnóstico y tratamiento de su enfermedad:

«Realmente creo que en Estados Unidos llevan las cosas a extremos que no favorecen a nadie, aunque la profesión médica no sea la única culpable de esta situación. Ellos deberían ser algo más que mecánicos del cuerpo humano, y las clínicas y hospitales no deberían convertirse en impersonales talleres de reparación. Para mí es importante que el médico que se ocupa de nosotros, sea el mismo que nos aconseje, que esté presente cuando algo falla

En Estados Unidos se aprende a palos, castigan a los profesionales por el más mínimo error, son más prácticos, más fríos. De ahí se derivan todos esos formularios que hay que rellenar. Todo ese papeleo forma un muro de contención contra el error por parte de los médicos» (1).

En los fragmentos que siguen de la conferencia del Dr. Herranz se abordan estas cuestiones desde la perspectiva del respeto como herramienta configuradora de la actuación del médico como agente moral de la sociedad.

«La piedra de toque de los principios éticos viene a ser su operatividad, su capacidad de inspirar buenas acciones, de promocionar la beneficencia de los agentes morales…»

continuación

«El médico hipocrático está obligado a ser experto en percibir la vida humana, ha de poseer también en su espíritu una agudeza visual que le permita descubrirla bajo todas sus pleomórficas (2) apariencias. La percibe tanto en el sano como en el doliente, en el anciano lo mismo que en el niño, en el embrión no menos que en el adulto en la cumbre de su plenitud. Todas ellas son vidas humanas, disfrutadas por seres humanos, suprema e igualmente valiosos. Lo que a esos seres humanos les pueda faltar de tamaño, de riqueza intelectual, de hermosura, de vigor físico, todo lo que les falte, lo suple el médico con su conocimiento y su arte. Porque, como dice Hipócrates, «donde hay amor al arte, hay amor al hombre».

Tras la percepción, la aceptación. El médico no sólo considera a todos iguales: se compromete a prodigarse por igual con todos los que acuden a él. No nace este compromiso de que el médico sea un activista del derecho de todos a la salud y a la atención médica, sino del reconocimiento del valor único e insustituible de cada vida humana. Todo hombre –y esto lo sabía el médico antes de que lo enseñara Kant– es valioso en sí mismo, independientemente de cualquier otra consideración…

El respeto habilita para responder al valor máximo de cada vida humana. El médico hipocrático se entrega a la curación, la preservación y la rehabilitación de sus pacientes, y cuando no puede curar, a las operaciones, importantísimas y exigentes de alto nivel profesional, del alivio paliativo y del consuelo. Le corresponde también la protección de los valores personales del hombre debilitado o incapacitado por la enfermedad. Es aquí donde la función de suplencia a la que aludí hace un momento cobra su mayor relieve. Cuanto más débil o indefenso sea el paciente, tanto más atenta y puntual, y también tanto más competente y científica, ha de ser la intervención del médico…

J. R. Sosnowski
En la demolición del concepto de inviolabilidad de la vida ha sido empleada a fondo la técnica de persuasión que John Richard Sosnowski ha llamado gimnasia semántica (3). Así como la gimnasia, mediante la práctica repetitiva de determinados movimientos, permite adquirir ciertas habilidades, gracias a un apenas perceptible incremento del esfuerzo dirigido, así la introducción y aceptación de las nuevas actitudes intelectuales y éticas puede lograrse por un adoctrinamiento que tiene el mismo carácter programado, gradual y dirigido de la tabla gimnástica

Hasta no hace mucho, la Medicina la hacían unos hombres en favor de otros hombres. En los últimos años, y cada vez más intensamente, la hacen en presencia y bajo el control del Estado. En cualquiera de esas situaciones, ni unos ni otros pueden dejar de tomar partido por alguna concepción del hombre y esa toma de postura es de efectos éticos inmediatos, es en sí misma una opción ética fundamental. Así, pues, la práctica profesional coloca al médico en un campo de fuerzas científicas, sociales y éticas del que no puede escaparse

La Medicina es intrínseca e inevitablemente una actividad ética. Pero sucede, además, que la influencia social de la Medicina de hoy es tan grande, que la relación médico–enfermo no es ya una cuestión que se circunscribe a dos personas. Lo que hace el médico influye de modo decisivo en el ethos social. Veámoslo con un ejemplo. Una actitud anuente del médico ante el aborto por demanda, ante el aborto libertario, consolida en la sociedad la noción de que la vida humana, y en concreto la del niño, es algo de poco valor, desechable, sustituible. Entonces, el niño compite, como un simple factor más de la cuenta de gastos e inversiones, con otros bienes deseables dentro del presupuesto, siempre tensado por las necesidades que la publicidad crea artificialmente. El niño termina por ser considerado como un objeto cuya adquisición se puede retrasar más o menos indefinidamente, pues es un gasto permanente, que, una vez hecho, ya no es permutable y que obliga a prescindir de muchos objetos y de algunas comodidades. Cuando la tensión entre nivel de vida y programación familiar alcanza un determinado nivel, el número óptimo de niños es cero (4)

Así, pues, como el ejercicio de la Medicina no es ni inocente ni neutro, el médico tiene necesidad, para mantener su integridad profesional, de recuperar plenamente el respeto como actitud ética fundamental. Unas veces tendrá que ser el defensor del enfermo contra el propio enfermo o contra la familia o la sociedad. Otras, deberá defender a la sociedad de la conducta abusiva o irresponsable de simuladores y parásitos. El médico, con su respeto a la vida, a la integridad de la persona y a la salud del individuo y de la colectividad, está llamado a ser un agente moral de primer orden en la sociedad.

En los años venideros, la tensión entre ética y posibilidades técnicas se irá atirantando cada vez más. No le faltarán entonces al médico ocasiones para demostrar la fibra moral de que está hecho…

Sólo el respeto nos puede vacunar contra la insensibilidad y la indiferencia que adormecerán la conciencia de la mayoría. La práctica de la Medicina exigirá entonces, más que ahora, una gran medida de independencia intelectual y de juicio crítico, para que la presión psicológica del ambiente permisivo, que lo tolera todo menos la disidencia, no acorche la conciencia ni corrompa la inteligencia de los médicos.»

(*) Gonzalo Herranz (1931-2021): El respeto, actitud ética fundamental en la Medicina. Lección inaugural del curso 1985–86 en la Universidad de Navarra. El documento completo se puede obtener o consultar en https://www.unav.edu/web/unidad-de-humanidades-y-etica-medica/material-de-bioetica/el-respeto-actitud-etica-fundamental-en-la-medicina

(1) Mariam Suárez (1963-2004): Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida (2000). Ed: Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores – número 34496 – 2ª edición (2000). 237 páginas. Capítulo IV: Autotrasplante

(2) ‘La noción de pleomorfismo se emplea en el terreno de biología para aludir al desarrollo de diversas formas estructurales de un organismo en el marco de su ciclo vital.’ Extraído de https://definicion.de/pleomorfismo/

(3) John Richard Sosnowski (1921-2013): “The pursuit of excellence”: Have we apprehended and comprehended it? Publicado en American Journal of Obstetrics and Gynecology, volumen 150, apartado 2, 15 septiembre 1984, páginas 115-119: "El Dr. J. Richard Sosnowski, presidente de la Asociación de Obstetras y Ginécologos del Sur de los Estados Unidos declaró en 1984: «No me parece algo excelente practicar una gimnasia semántica en una profesión… También me preocupa que, sin ninguna evidencia científica para justificar el cambio, la definición de la concepción, como la exitosa penetración espermática del óvulo, haya sido redefinida como la implantación del óvulo fertilizado. Me parece que la única razón de esto fue el dilema que causó la posibilidad de que el dispositivo intrauterino funcionase como un abortivo»" (Párrafo extraído de https://www.bioeticaweb.com/la-anticoncepciasn-de-emergencia-nuevo-engaapo-del-movimiento-antivida/). Referencia del texto completo: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0002937884800010

(4) Ver Michel Schooyans (1930-2022): L’avortement. Approche politique. 3.ª edición. Louvain–la–Neuve. Université Catholique de Louvain, 1981.

jueves, 20 de abril de 2023

El respeto en la medicina (1)

La relación médico-enfermo 

Gonzalo Herranz
‘Cuando le oíamos entrar por la puerta ya estábamos medio curados’, le oí decir muchas veces a mi madre hablando del doctor Venanci Castellanos, un médico de familia que tenía su consulta en el barrio barcelonés de Horta y atendía también a domicilio sin importarle el nivel social de los pacientes; la familia de mi madre vivía en Las Casas Baratas, hoy barrio de Can Peguera (1).


El trato del médico con sus pacientes tiene muchas facetas que hay que coordinar para que la atención sea eficaz; junto a los conocimientos científico-técnicos, la deontología profesional juega un papel muy importante que repercute en la salud de los enfermos, un aspecto que trató con profundidad el doctor Gonzalo Herranz, que destacó en su labor en el campo de la Anatomía Patológica y en Ética Médica.

Al inicio del curso 1985-1986 el doctor Herranz pronunció una conferencia en la Universidad de Navarra centrada en el respeto, como una actitud fundamental en el ejercicio de la medicina. A pesar del tiempo transcurrido, su contenido es tan actual como lo era entonces. Leí un amplio resumen que publicó la revista Nuestro Tiempo en noviembre de 1985 de la que he extraído algunos fragmentos que expongo en dos entregas. La intervención completa del doctor Herranz está publicada en internet en el enlace que indico en la nota (*) al final del escrito.

«La responsabilidad del médico es ahora mucho mayor que antes, pues es también mucho mayor su poder. Es tanto lo que la Medicina significa, en términos económicos y en capacidad configuradora de la sociedad, que es preciso preguntarse si los progresos técnicos de los médicos van acompañados de un afinamiento paralelo de su sensibilidad ética; si su creciente dominio sobre lo biológico se asocia a un cuidado proporcionado de la dignidad de sus pacientes…

Para Jean-Louis Lortat-Jacob (2), la noción ética del respeto informa toda la Ética médica y tiene tal fuerza que se basta para prohibir ciertas acciones que le son contrarias, para fundamentar la imprescindible confianza del enfermo en su médico, para elegir la independencia del médico en sus acciones diagnósticas y terapéuticas, cualesquiera que fueran las modalidades de su ejercicio profesional y, finalmente, para imponerse a sí mismo la obligación de la competencia profesional

Cuando se habla de respeto a la vida y a la integridad de la persona humana, en realidad, ¿qué se quiere decir? Mucha gente piensa que el respeto tiene que ver con la corrección educada, con la guarda de las convenciones de la urbanidad. Esas muestras de buena crianza son muy importantes, pues manifiestan una disposición de aprecio hacia ciertos valores culturales y sociales que hacen llevadera, o incluso grata, la convivencia. El respeto que al enfermo debe el médico incluye esas convenciones, pero no se agota en ellas. El médico debe ser correcto en el trato y en el vestir, y, además, atento y puntual con sus pacientes, porque está obligado a comportarse como una persona del alto nivel de educación que se supone en él. Por la particular situación de vulnerabilidad que se da en cada paciente, en la relación médico-enfermo están fuera de lugar la desenvoltura, la ironía o la arrogancia…

Ralph Crawshaw
No son irrelevantes estos aspectos del respeto cortés para comprender la dimensión ética, pues, hasta cierto punto, la prefiguran. Ralph Crawshaw (3) ha descrito como el respeto puede llegar a injertarse en nuestro espíritu como consecuencia de experimentar repetidamente la vivencia de que los débiles también tienen importancia. Por su valor educativo para el estudiante de Medicina y para el médico joven, transcribo estas líneas suyas: “La idea de que los débiles son importantes puede pasarle por la cabeza a una muchacha cuando de pronto se da cuenta de que decir ‘por favor’ no es un simple formulismo que su madre le imbuyó, sino un sutil intercambio de aprecio con otra persona; o a un muchacho, que comprende de pronto que abrir la puerta a un anciano no es un deber pesado, sino que advierte que el momento y el esfuerzo empleados son un regalo que se ha hecho a sí mismo y al anciano. Estos átomos de sensibilidad social, el comprender que la otra persona, aunque débil, tiene sentimientos y necesidades, pueden ser vivencias fugaces. Pero son también los brotes que maduran para convertirse en respeto; son la materia prima del comportamiento humano, la capacidad inicial de comprender que siempre puedo escoger entre lo que es mejor para mí solo y lo que es mejor para el otro y para mí.

De estos principios humildes germina la práctica del respeto. Ahora bien, el respeto como actitud ética fundamental es mucho más que la buena educación. Viene a ser la pieza central, algo así como el sistema nervioso, del organismo ético. La vida moral depende, en su abundancia y en su calidad, de la capacidad de captar los valores morales. Y eso sólo lo conseguimos cuando nuestra sensibilidad ética está afinada por el respeto.

Pero el respeto no es simplemente un aparato sensorial para percibir estímulos morales: el verdadero respeto es un aparato de alta precisión que integra los estímulos morales en una imagen real, libre de aberraciones, fiel, por tanto, a lo que las cosas son en sí mismas. El respeto lleva a reconocer que los demás seres son algo valioso en sí, que existen independientemente de la persona del observador, que poseen un valor propio. El respeto es un poderoso inhibidor de la manipulación caprichosa, de la falsificación de los datos de valor. El respeto vacuna contra el subjetivismo ético. Por eso el hombre respetuoso sabe que él no es el amo del mundo, titulado para tasar en cada momento la cotización de los valores éticos, haciéndolos depender de situaciones coyunturales.

La piedra de toque de los principios éticos viene a ser su operatividad, su capacidad de inspirar buenas acciones, de promocionar la beneficencia de los agentes morales…»

continuará

(*) Gonzalo Herranz Rodríguez (1931-2021): El respeto, actitud ética fundamental en la Medicina. Lección inaugural del curso 1985–86 en la Universidad de Navarra. La intervención completa se puede obtener o consultar en https://www.unav.edu/web/unidad-de-humanidades-y-etica-medica/material-de-bioetica/el-respeto-actitud-etica-fundamental-en-la-medicina

(1) Ver una breve glosa sobre el doctor Castellanos en el enlace https://memoriadelsbarris.blogspot.com/2013/06/reivindicacio-de-can-peguera.html

(2) Ver Jean-Louis Lortat-Jacob (1908-1992): Guide Européen d’Etique et de Comportament professionel. Presentada a la Conferencia Internacional de Ordenes Médicas y de Organismos de atribuciones similares el 14 de enero de 1980

(3) Ralph Crawshaw (1921-2014): Humanism in Medicine — The Rudimentary Process, publicado en The New England Journal of Medicine el 18 de diciembre de 1975. Referencia https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJM197512182932513

lunes, 17 de abril de 2023

El arte de persuadir

Los candidatos a examen

El mes que viene se celebran elecciones en todos los municipios y en la mayoría de Comunidades Autónomas de España. Proliferarán aún más, si cabe, en los espacios Informativos de todos los canales de comunicación la referencia a los discursos políticos que se vayan produciendo. Los distintos candidatos intentarán atraer el voto de los electores haciendo uso de las herramientas de que dispongan y sus dotes oratorias. Es por ello que me ha parecido interesante reproducir buena parte de un artículo de Manuel Casado Velarde (*) cuando era profesor de Redacción periodística y Decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra hablando de oratoria, retórica y persuasión.

«Para muchas personas, las palabras "retórica y persuasión publicitaria" presentan sospechas de estar directamente emparentadas con estratagemas sofísticas. Afortunadamente ese prejuicio es falso. Porque, de ser cierto, sería muy difícil encontrar una persona honrada. En efecto, puede decirse que todos los hombres estamos con gran frecuencia ocupados en persuadir a otros de que piensen o actúen de la manera que a nosotros nos parece más acertada y deseable. Todos, inconscientemente, usamos de cierta retórica infusa. Vivimos defendiendo y objetando puntos de vista, y tratando de convencer a otros. «Rara es la persona –escribe el filósofo Mortimer Jerome Adler- que puede evitar por completo la actividad persuasiva. La mayoría estamos ocupados en esa actividad diariamente, casi todo el tiempo» (1).

Desde la antigüedad clásica, la actividad persuasiva comenzó a regularse mediante el arte de la retórica... Pero ya en la Grecia clásica se empezaron a producir también las primeras perversiones de la retórica, conocidas con el nombre genérico de sofística. Como toda técnica, la del manejo del lenguaje puede usarse para fines benéficos o maléficos, para defender la verdad o para imponer la mentira. Los sofistas consideraban justificado cualquier medio con tal de conseguir el fin perseguido: triunfar frente al adversario…

Aristóteles dejó establecidas en la Retórica las tres tácticas principales que hay que emplear si se quiere persuadir con éxito: ethos, pathos y logos.

La palabra griega ethos significa carácter de una persona. La determinación de quién es el que trata de persuadir es siempre previa a todo intento persuasivo. El que intenta persuadir quiere aparecer como la persona más adecuada para la finalidad que persigue. Para la audiencia a la que se dirige debe ser el que mejor conoce aquello de lo que se trata con el fin de que se pueda confiar en él por su prestigio. Sólo cuando uno se ha ganado el respeto y la confianza de los destinatarios de un determinado mensaje, tiene posibilidad de convencerles. Y esa credibilidad se logra, según Aristóteles, «cuando el discurso se dice de tal manera que hace digno de fe al que lo dice, pues a las personas decentes las creemos más y antes»...

Manuel Casado Velarde
El elemento pathos consiste en estimular los movimientos emotivos, pasiones y sentimientos de los destinatarios, orientándolos hacia la dirección que intereses con vistas a la acción. Constituye un factor de motivación, destinado a suscitar impulsos emotivos favorables. La importancia del pathos estriba en que, como señala Aristóteles, «no concedemos igual nuestra opinión con pena que con alegría, ni con amor que con odio».

Para emplear con efectividad este ingrediente persuasivo, es preciso que el orador conozca los deseos profundos que anidan en el corazón de todo hombre y que son capaces de motivarle…

Viene por fin el logos, componente retórico que pertenece al orden racional. Solamente una vez que se han logrado los sentimientos favorables del público hacia la persona del orador y hacia los fines prácticos que persigue, se pueden utilizar las razones y argumentos para reforzar los movimientos de simpatía y adhesión.

Aconseja la retórica evitar los argumentos largos y complicados. No se trata de producir la convicción propia de un razonamiento científico o de una demostración matemática. La retórica se conforma con menos. La ciencia demuestra; la retórica persuade. Aquella con proposiciones lógicas, absolutas y necesarias; ésta con lo contingente y lo verosímil. Y para ello basta con emplear argumentos sencillos, formados por razonamientos elípticos, condensados, en los que se omiten muchos pasos que podrían hacer tediosa la exposición. A este razonamiento simplificado se le denomina entimema (2)

Si no se quiere abusar de la palabra retórica, habrá que asociarla inseparablemente a los conceptos de verdad y de honradez y denominar sofistas a los que sostengan que esas dos nobles realidades son susceptibles de transacción o componenda. La pericia en el uso del idioma, si no va unida a la veracidad, se convierte inmediatamente en instrumento de manipulación de las personas. El que engaña a otro, lo desinforma y lo incomunica; no lo trata como persona, como a un igual. «El que es capaz de embaucarnos con un juego de palabras –dice John Dennis en Gentelman’s magazine-, también será capaz de robarnos la cartera» (3). Por eso, puede afirmarse con el filósofo alemán Josef Pieper que todo abuso del lenguaje es un abuso de poder.

Aunque la exigencia de veracidad es un postulado retórico y ético que nadie se atreve a discutir a nivel teórico, con frecuencia vemos que en la práctica dista mucho de regular la actividad humana. Magna qua stio est de mendacio, grave problema es este de la mentira, se lamentaba Agustín de Hipona. Sin embargo, es de absoluta necesidad fomentar y defender la pasión por la verdad en todos los ámbitos de la sociedad. Es la propia comunidad humana en cuanto tal la que se tambalea cuando la mentira sofística se adueña de las relaciones interpersonales. «No hay sociedad duradera –pudo afirmar Tomás de Aquino- si sus miembros no se dan crédito los unos a los otros» (4).

Y hoy día abundan demasiados síntomas de que asistimos a una devaluación de la palabra, a una inflación lingüística, como ha sabido muy bien diagnosticar el ensayista francés Jacques Ellul en su obra La parole humilié.

Hay que poner de moda la verdad. Guy Durandin ha enumerado incluso razones de estrategia para demostrar que ir con la verdad por delante es siempre la mejor solución: «Porque generalmente es más sencillo decir la verdad que construir una mentira; porque se corre menos riesgo de ser desmentido; y porque se adquiere así cierta fama de credibilidad» (5).

Urge cerrar el hiato existente entre retórica y verdad, entre persuasión y honradez. Urge, por eso mismo, volver a los clásicos de la retórica, para quienes no existía ese divorcio, auténtica piedra de toque para diferenciar a los oradores de los sofistas. El orador, el maestro en el arte de la retórica, aunaba en su persona un escrupuloso respeto por la realidad –sin el cual no hay respeto a los demás- y una consumada destreza en el uso del lenguaje. Era el vir bonus dicendi peritus, como definía Catón al orador (6). Y la retórica no es otra cosa que ars bene dicendi, el arte del bien decir; pero -advierte Quintiliano- no hay bien decir sin bien pensar, ni bien pensar sin rectitud (7).»

(*)Manuel Casado Velarde - catedrático emérito de Lengua española en la Universidad de Navarra-: El arte de decir y convencer. Prólogo del libro La publicidad ese impulso dinámico de Clemente Ferrer Roselló, publicado en la revista Nuestro Tiempo, número 377, noviembre de 1985

(1) Mortimer J. Adler: How yo speak, how to listen. Editorial: Macmillan, Nueva York, 1983

(2) En lógica, entimema es el nombre que recibe un silogismo en el que se ha suprimido alguna de las premisas o la conclusión, por considerarse obvias o implícitas en el enunciado. Al entimema se le conoce también como silogismo truncado. Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Entimema

(3) John Dennis (1657-1734): “A man who could make so vile a pun would not scruple to pick a pocket.” In The Gentleman's Magazine (1781). Extraído de https://www.oxfordreference.com/display/10.1093/acref/9780191866692.001.0001/q-oro-ed6-00003554

(4) Santo Tomás de Aquino: Escritos catequísticos, Exposición de los dos mandamientos del amor y de los diez mandamientos de la ley, §11: Segundo mandamiento, en la página 109 del texto reproducido en http://www.traditio-op.org/biblioteca/Aquino/Escritos_Catequisticos_Sto%20Tomas_de_Aquino_OP.pdf

(5) Guy Durandin (1916-2015): La mentira en la propaganda política y en la publicidad (1983). Editorial Paidós – Colección: Comunicación

(6) De Marco Porcio Catón –Catón el Viejo- (234-149 a. C.). Citado por Quintiliano en Institución oratoria –volumen XII-: «Es pues para nosotros el orador que queremos formar, tal como lo define Catón: un hombre de bien que sabe hablar (vir bonus dicendi peritus) Extraído de https://artedehablarbien.blogspot.com/2016/09/el-orador-perfecto.html

(7) Marco Fabio Quintiliano (35-96): Institución oratoria -12 volúmenes: «Considera más allá mi modo de pensar. Porque no solamente digo que es necesario que sea hombre de bien el que va a ser orador, sino que no puede ser orador sino el que sea hombre de bien» (volumen XII, 1, 3). Extraído de https://artedehablarbien.blogspot.com/2016/09/el-orador-perfecto.html


miércoles, 12 de abril de 2023

Miembros activos de la sociedad

Hacia un "humanismo cívico"

Octavo y último fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.

«Desde esta dimensión básica –la cultural- se puede entender lo que significa la llamada “nueva ciudadanía” como factor de integración y responsabilidad cívica en la presente complejidad social.»

continuación

«
Lo que de entrada distingue a la nueva ciudadanía de la ciudadanía convencional o típicamente moderna es precisamente su estrecha conexión con la acción humana. Ser ciudadano no significa hoy principalmente pagar impuestos, recibir prestaciones sanitarias, tener la propiedad de un inmueble o vender unas acciones en la Bolsa. Ninguna de estas situaciones evoca en nosotros el sentido fuerte y sustantivo de
“ciudadanía” que se ha de referir al libre protagonismo cívico en la configuración de la sociedad. Tal es la médula de lo que hoy queremos entender por “democracia”. Si una sociedad democráticamente configurada no facilita y fomenta la activa intervención de los ciudadanos en proyectos con relevancia pública, la frustración que provoca es inmediata y continua, justo porque actualmente las responsabilidades y los afanes que merecen el calificativo de “ciudadanos” o “cívicos” no son de tipo político o económico sino de índole cultural y ética, es decir, de creación de sentido y de autorrealización de la propia identidad.

En cambio, intuimos la figura del ciudadano en quien participa en la organización de una operación de ayuda a un país en vías de desarrollo que acaba de sufrir una catástrofe natural; en quien promueve junto con otros padres la creación de una escuela  en su pueblo; en quien organiza una campaña pública para salvar una especie natural en trance de extinción; en quien se reúne con otros vecinos para ver los modos de mejorar las condiciones de vida de los emigrantes que viven en el barrio; en quien crea una comisión eficaz para conmemorar el centenario del artista más destacado del entorno geográfico, incomprensiblemente olvidado por las autoridades educativas; en quien se empeña en ampliar la biblioteca municipal, dotarla de servicios de internet al alcance de los usuarios y conseguir un presupuesto suficiente para la permanente adquisición de fondos bibliográficos abundantes… o sea, en actividades que pueden ser calificadas de “voluntariado social y cultural”. A este conjunto de actividades cabe denominarlo “humanismo cívico” en cuanto que esta actitud fomenta la responsabilidad de las personas y de las comunidades ciudadanas en la orientación y desarrollo de la vida común. Postura que equivale a potenciar las virtudes sociales como referente radical de todo incremento cualitativo de la dinámica pública.

Por lo tanto, se puede describir el “humanismo cívico”
como aquella concepción teórica y práctica de la sociedad en la que se valoran y promueven tres características que mutuamente se exigen y potencian entre sí. La primera y más radical es, sin duda, el protagonismo de las personas humanas reales y concretas, que toman conciencia de su condición de miembros activos y responsables de la sociedad, y procuran participar eficazmente en su configuración política. En segundo lugar figura la consideración de las comunidades humanas –en sus diferentes niveles- como ámbitos imprescindibles y decisivos para el pleno desarrollo de las mujeres y los hombres que las componen, los cuales superan de esta forma las actitudes individualistas, para actuar como ciudadanos dotados de derechos intocables y deberes irrenunciables. Por último, el
“humanismo cívico” vuelve a conceder un alto valor a la esfera pública, precisamente porque no la concibe como un magma omniabarcante, sino como un ámbito de despliegue de las libertades y como instancia de garantía para que la vida de las comunidades no sufra abusivas presiones de poderes ajenos a ellas.

Si a esta idea de la ciudadanía se la califica de humanista, es justo porque estima que el respeto a la libre iniciativa de los ciudadanos representa un correlato de su dignidad como personas. Y es que yo no considero que se esté respetando mi dignidad simplemente porque no se atenta de manera directa contra mi mente o contra mi cuerpo, ni porque mi privacidad o intimidad permanezcan intactas. El respeto a mi propia dignidad no se cumple porque me dejen en paz conmigo mismo y con lo que más cercanamente me rodea. Porque soy consciente de que la intensidad humana de mi vida no viene dada por situaciones que se me adscriban desde fuera, sino por las acciones que yo mismo soy capaz de realizar y los empeños que logro –o, al menos, intento- promover, por mi sola cuenta o riesgo o en libre asociación con otros ciudadanos.»

(1) Sinopsis en la contraportada del libro Humanismo cívico de Alejando Llano: El humanismo cívico es la actitud que fomenta la responsabilidad de las personas y las comunidades ciudadanas en la orientación y desarrollo de la vida política. Lo cual equivale a potenciar las virtudes sociales como referente radical de todo incremento cualitativo de la dinámica ciudadana. No se trata de una nueva apelación al protagonismo de la «sociedad civil», ni de otro llamamiento al «rearme moral», como antídoto de la corrupción o complemento de una burocracia esclerotizada y un mercantilismo miope. Se trata, más bien, de una apelación a la activa libertad social de los ciudadanos y un cuestionamiento del actual funcionamiento del «tecnosistema»: esa implacable emulsión de politización y economicismo que convierte a la gente de la calle en pasivos convidados de piedra. El antídoto contra el despotismo «blando» no es un simple proceso de privatizaciones ni la tópica disminución del tamaño del Estado: es el temple ético e intelectual de un pueblo, sólo alcanzable sobre la base de una educación humanística. Frente a la separación entre ética pública y moral privada, el autor de este libro propugna la autónoma emergencia pública de la libertad ciudadana, como núcleo de un nuevo modo de pensar la sociedad.” Extraído de https://www.casadellibro.com/libro-humanismo-civico/9788434487567/677273

lunes, 10 de abril de 2023

Subsidiariedad frente a tutela

Espacio para las iniciativas de los ciudadanos

Séptimo fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.

«...Y es que el amor, que constituye el fin de la vida humana, no se agota en el deseo y en la posesión, sino que culmina en la efusividad, en la donación y en la entrega. El amor arrastra a las demás virtudes, que suponen un incremento en la cabal autoposesión de la persona humana, un avance hacia nosotros mismos....»

continuación

«Poco a poco se va abriendo paso la idea de que la Administración Pública es una mala administradora y una pésima gestora. Lo cual no implica que se deban privatizar todas sus competencias, porque en ocasiones las empresas privadas que se hacen cargo de los correspondientes servicios no le van a la zaga en incompetencia. Llegados a este punto, hemos de recordar el principio de subsidiariedad, actualmente vigente en la propia Unión Europea, según el cual las tareas deben ser realizadas por sus protagonistas naturales, mientras que la función de las Administraciones Públicas consiste en ayudar a tales instituciones sociales cuando no son capaces de desarrollar una tarea por sí solas, y únicamente sustituirlas cuando no quepa otro remedio. Y en todo caso, se deben preferir las instituciones más cercanas a los ciudadanos y más alejadas de la Administración Central del Estado. Tan escasamente entendido es este principio de sana filosofía política que algunos entienden que la ayuda en cuestión (el subsidium) han de prestarlo las entidades privadas a las públicas, es decir, justamente al revés de lo que la subsidiariedad reclama.

La clave de la cuestión estriba en recapacitar en la dimensión social de la libertad, es decir, en la realidad de que la libertad personal está llamada a tareas que trascienden el estrecho cerco de los intereses privados. De lo cual se deriva la responsabilidad social de las iniciativas sociales, entre las que hoy el voluntariado desempeña un papel creciente.

Como dice Donati, el Estado ha dejado de ser el centro y el vértice de la vida social
(1). Lo que tenemos en la sociedad compleja es una realidad multicéntrica y relacional. El Estado ya no es, por supuesto, el absoluto objetivado de los ideales románticos. Pero es que ni siquiera constituye el interlocutor único de todos los actores sociales, como entienden todavía las ideologías de cuño liberal o socialista. En términos de una Teoría de Sistemas, como la desarrollada por Niklas Luhmann (2), habría que decir que el Estado es hoy una especie de “subsistema” organizador y orientador. Mientras que en los términos humanistas que yo prefiero, el Estado tiene una función arquitectónica y de salvaguarda supletoria respecto a los agentes sociales. Más aún: la propia política ya no es –si es que alguna vez lo fue- la función social decisiva. Desde luego las innovaciones del siglo XX no han surgido precisamente del ámbito político. Lo que la ciudadanía posmoderna –en su mejor sentido- ha captado con notable agudeza es que el parámetro clave para la captación actual de la ciudadanía es la cultura. Desde esta dimensión básica –la cultural- se puede entender lo que significa la llamada “nueva ciudadanía” como factor de integración y responsabilidad cívica en la presente complejidad social.»

(1) Pierpaolo Donati utiliza esta expresión en dos ocasiones en el artículo: Ciudadanía y sociedad civil: Dos paradigmas (ciudadanía lib/lab y ciudadanía societaria), que se puede leer o consultar en https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/280846.pdf


(2) Del artículo de José María García Blanco: Por fin, Luhmann: “Según Luhmann, todo sistema (desde una célula hasta la más sofisticada arquitectura social) se constituye y mantiene como una unidad diferenciada respecto de un ambiente que siempre ofrece más posibilidades existenciales de las que él puede materializar en cada momento. Luhmann entiende que esta asimetría sólo puede formularse con proposiciones sobre el sistema y el ambiente como unidades.” Extraído de https://www.revistadelibros.com/la-teoria-social-de-niklas-luhmann/


viernes, 7 de abril de 2023

Humanizar el bienestar

Cuidar de personas

Sexto fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.

«...la vida propiamente humana –trátese de una anciana con salud de hierro, de un joven tetrapléjico o un adulto con marcapasos incorporado- está rodeada de rostros conocidos y voces cercanas, que tratan diferenciadamente a esas personas, sea cual fuere su productividad social o su aportación al pequeño mundo en el que conviven...  Porque, en rigor, la aportación de cualquiera de ellos es insustituible, pues, en algún sentido, toda persona es la mejor de todas y no puede ser sustituida por ninguna otra...»

continuación

«Hemos de reconocer, siguiendo a Sergio Belardinelli (1), que los actuales sistemas de protección social tienden realmente a funcionar como si los hombres y las mujeres no existieran: se atienen a parámetros específicos (el dinero, el poder, la audiencia) que no atienden apenas a aquello que es propiamente humano. Frente a tal sesgo, es preciso humanizar el bienestar, acercar sus prestaciones a las personas, para que a través del bienestar logren realmente estar bien.
Y es aquí, en este aspecto complementario y cualitativo, donde el voluntariado ha de desempeñar un decisivo papel. Porque a estas alturas sabemos bien que ni el Estado ni el mercado están interesados directamente en las personas como tales, que difícilmente pasan de significar un número en sus estadísticas y planes estratégicos. La atención diferenciada a cada mujer, a cada hombre, sólo puede provenir de esa actitud antropológica y ética tan profunda que es el cuidado. Y parece evidente que sólo una persona puede cuidar a otra. Con lo cual resulta claro que el valor añadido del voluntariado no es sólo el de completar la red asistencial y educativa, para hacerla más capilar y diferenciada. Lo más específico del voluntariado es que facilita la realización de aportaciones personales, es decir, de comparecencias de seres humanos en toda su peculiaridad y riqueza interna, para acercarse a otros seres humanos no menos característicos y llenos de matices, a los que prestan una ayuda que ninguna máquina ni sistema comercial o burocrático sería capaz de conferir.

Aquí reside precisamente la retroalimentación, el feed-back, que el cooperante voluntario recibe al otorgar su ayuda benévola: que actualiza la ilimitada capacidad de donación que es propia de cada persona y sin cuyo ejercicio la vida puede llegar a tornársenos odiosa

Como dice Antonio Machado (2),
Moneda que está en la mano
quizá la puedas guardar.
La monedita del alma
se pierde si no se da.

Y es que el amor, que constituye el fin de la vida humana, no se agota en el deseo y en la posesión, sino que culmina en la efusividad, en la donación y en la entrega. El amor arrastra a las demás virtudes, que suponen un incremento en la cabal autoposesión de la persona humana, un avance hacia nosotros mismos.

Por eso no ha de extrañar que el voluntariado cultural y social se proponga como el objetivo de un nuevo “humanismo cívico”. La posibilidad de ayudar a los demás es una oportunidad que no debemos dejar ordinariamente pasar de largo, porque en ella tenemos mucho que ganar, ya que al ejercitarla aumenta nuestra estatura humana y perfeccionamos nuestras capacidades operativas. Cuando los Padres Fundadores norteamericanos afirman en sus documentos inaugurales que el fin del hombre es la búsqueda de la felicidad, no están pensando en el confort ni en la vida fácil. Se refieren a la posibilidad que todos los ciudadanos han de tener de participar en empeños de interés común que les perfeccionan al perfeccionar a los demás (3).

Por el contrario, en otros países como el nuestro, comparece ante este tipo de tareas la actitud de sospecha a la que antes me refería. ¿Qué habrá detrás de todo esto? ¿Qué es lo que estarán buscando? ¿Qué se esconde detrás de esta supuesta benevolencia?, se pregunta quien parte de que tal actitud benévola, de ayuda pura y simple a los demás no puede ser real.
De ahí la constitutiva incapacidad de algunos para comprender la necesidad de ayudar con fondos públicos tareas de la iniciativa privada que tienen un fin social. En el campo de la enseñanza, por ejemplo, todavía hay quien mantiene el anticuado lema “el dinero público, para la escuela pública”. Y yo suelo contestar irónicamente: “El dinero privado, para la escuela privada”. De manera que se haga un reparto que consista en que a la escuela estatal vayan a parar los beneficios de las empresas públicas. Mientras que lo recabado en los impuestos, procedente en su mayoría de la actividad privada, beneficie a las instituciones que proceden de la iniciativa social.»

(1) Sergio Belardinelli, catedrático de Filosofía Política de la Universidad de Bolonia. Fragmento de la ponencia titulada El contexto socio-económico y doctrinal en la época de la «Rerum Novarum» extraído de https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/6391/1/SERGIO%20BELARDINELLI.pdf
(2) De los “Consejos” de Antonio Machado
(3) «En la Declaración de Independencia, Thomas Jefferson consagró la “búsqueda de la felicidad” como un derecho básico, escribiendo: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”» Extraído de https://rdi.org/definiendo-la-democracia-la-busqueda-de-la-felicidad/

miércoles, 5 de abril de 2023

Compromiso altruista

Brote benevolente

Quinto fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.

«Hoy día el voluntariado es un fenómeno emergente que compone, junto con otras iniciativas cívicas semejantes, el llamado “tercer sector” o sector non profit, que ocupa –normalmente en régimen de dedicación parcial- a decenas de miles de personas...»

continuación

«¿Por qué se produce en apenas dos lustros esta explosión que algunos vislumbramos ya hace quince años? Por múltiples motivos, algunos de los cuales ya se han avanzado. Pero hay uno que a mi juicio constituye el factor clave. Consiste en la necesidad de poner en circulación –además del dinero, el poder y la influencia- un cuarto medio de intercambio simbólico en el que no rija el modelo del
do ut des
*, de los intercambios caracterizados por la reciprocidad, sino que se caracterice porque las donaciones de tiempo, de dinero, de dedicación, de trabajo o de afecto sustituyen a los intereses egoístas. Lo que rige en ellas es la benevolencia, el servicio, el cuidado, la autorrealización a través de la entrega personal.

Se trata de una necesidad profundamente humana que nada tiene de sentimental o emotiva. El voluntariado no es un modo de calmar la conciencia ante el espectáculo de los miserables y dedicarles un par de horas a la semana. Ciertamente, algunos pueden creer que se trata de algo semejante, y los responsables de las ONG están hartos de jóvenes incompetentes que de vez en cuando se acercan a cuidar minusválidos o quieren veranear en países exóticos mientras juegan a médicos o albañiles. Todo movimiento importante tiene su caricatura y aquí no falta. Pero la cosa es muy seria, como serio es el afán que cualquier persona honrada y generosa tiene de ayudar a saciar las hambres de pan, de abrigo o de cultura que hoy aquejan por lo menos a un tercio de la humanidad.

Hoy día tendemos a separar dos tipos de motivaciones. Por un lado se encontrarían las pretensiones de eficiencia y profesionalidad, movidas por las normas objetivas de la elección racional y del cálculo de intereses. Por otro, estarían los movimientos de simpatía y compasión, impulsados por sentimientos y emociones de carácter subjetivo. Pues bien, lo que yo quiero mantener hoy aquí es que esta tajante escisión entre la eficacia y la misericordia es uno de los rasgos más regresivos y decadentes de la sociedad actual, anclada en el modelo pragmatista y abocada a dificultar una reforma en clave humanista del llamado Estado del Bienestar, que se encuentra actualmente en una profunda crisis.

Las dificultades para superar esta especie de esquizofrenia mental y motivacional no son de tipo organizativo o funcional, como lo demuestra el propio funcionamiento –ejemplar en algunos países- de las iniciativas de voluntariado. Las dificultades para superar ese aburguesamiento que consagra el grueso de la vida al provecho material y malamente lo compensa con presuntos sentimientos compasivos, esas dificultades, digo, son de tipo cultural y ético. Y consisten en que ignoramos o no valoramos las virtudes que MacIntyre llama “virtudes de la dependencia reconocida” (1), entre las que se sitúan el servicio a los más necesitados, el cuidado de los más débiles, el respeto a la corporalidad decaída, la capacidad de sacrificio, el reconocimiento de la dignidad intocable de cada una de las personas, la misericordia, la ternura y el agradecimiento.

Vivimos todavía según el modelo de la
“muchedumbre solitaria”, de miles de personas que se hacinan en las ciudades ignorándose unos a otros o limitándose –en el mejor de los casos- a las atenciones que exige una familia convertida desgraciadamente en una institución cada vez más frágil. Cuando en realidad la vida propiamente humana –trátese de una anciana con salud de hierro, de un joven tetrapléjico o un adulto con marcapasos incorporado- está rodeada de rostros conocidos y voces cercanas, que tratan diferenciadamente a esas personas, sea cual fuere su productividad social o su aportación al pequeño mundo en el que conviven. Contribución que puede consistir en cuidar a una persona durante toda una vida sin expectativa de retribución ninguna o, más difícil aún, en dejarse cuidar durante toda una existencia sin esperanza de poder corresponder en el mismo plano. Porque, en rigor, la aportación de cualquiera de ellos es insustituible, pues, en algún sentido, toda persona es la mejor de todas y no puede ser sustituida por ninguna otra. Esta es por cierto una buena definición del ser humano: aquel que en algún sentido es mejor que cualquiera de sus semejantes y que no puede ser sustituido por ninguno de ellos

*Doy para que me des.

(1) Del resumen del libro de Alasdair MacIntyre: Animales Racionales Dependientes realizado por Alejandro Ochoa: MacIntyre propone que la independencia racional requiere para su ejercicio adecuado estar acompañada por lo que denominará las virtudes de la dependencia reconocida. Identificar cómo y porqué estas virtudes son necesarias es una condición para entender su lugar esencial en el tipo de vida humana que permita el florecimiento humano.” Extraído de https://eticasocial.wordpress.com/2007/06/06/capitulo-1-vulnerabilidad-dependencia-y-animalidad-resumen/

De la tesis doctoral de Manuel García de Madariaga Cézar titulada: La educación en Alasdair MacIntyre, contextos y proyectos: La virtud es el medio de transformación de los deseos, pero MacIntyre introduce la distinción de dos tipos de virtudes:
- virtudes de la dependencia reconocida: son virtudes que nos acercan a nuestra condición animal, pero elevadas mediante una instancia reflexiva que implica el reconocimiento de los lazos que nos unen a nuestro entorno, a otras personas y a la sociedad en su conjunto; comporta una actitud de reciprocidad ante las prestaciones que hemos recibido para ayudarnos a conseguir la independencia racional o cualquiera otros bienes humanos;
- virtudes del agente racional independiente, que no se apoya en factores externos, sino en su propia certeza de actuación racional, con lo cual no depende de la presencia inducida de esos factores externos en su acción sino que l motivación viene de sí mismo. Es lo que MacIntyre denomina actuación racional independiente.” Extraído de https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/5034/4/La educación en A. MacIntyre.pdf