miércoles, 13 de septiembre de 2017

Quien menos te esperas

El retrato que no pedimos


La fotografía publicada en la portada de la revista Hola de Isabel Pantoja sentada en un barco en alta mar (1) se convirtió en el principal tema de debate en una de las emisiones de Sálvame –no sé cuantas más se ocuparon de ello-. Los comentaristas discutían, entre otras cosas, si se trataba de ‘un posado’, ‘un robado’, ‘un robado pactado’… y si la artista habría cobrado para que se la hicieran.

De forma más sutil Barbara Buncle convierte a sus vecinos, sin contar con ellos, en protagonistas de una novela: les cambia los nombres, firma con seudónimo y adorna el relato con una fantasía que pronostica el camino tomarán algunos de ellos. Barbara no es una paparazzi que pretende entrometerse en la vida de los demás y dentro de su comunidad es más bien un personaje mediocre, pero se encuentra apurada porque le cuesta llegar a fin de mes al haber disminuido sus rentas y tiene que hacer algo para conseguir más ingresos. Cotejando alternativas se inclina por escribir un libro y como no tiene mucha imaginación habla de aquello conoce por experiencia: el pueblo donde reside y sus habitantes. Lo que no prevé Barbara es la repercusión que tendrá el texto, en primer lugar porque duda que obtenga el favor del editor al que le ha hecho llegar el manuscrito y, posteriormente, por el revuelo que originará la narración entre sus congéneres.

Dorothy Emily Stevenson
El editor se sorprende por la frescura que transmite la historia pese a la falta de experiencia que denota su autor: “Le hizo sonreír, lo tuvo pegado al sillón hasta la madrugada; el texto fluía, él se dejaba llevar y el tiempo no existía. Era la caracterización de los personajes, decidió el señor Abbott, lo que hacía bueno el libro. Toda la gente era bien real, cada uno de los personajes era convincente. Cada uno de los personajes respiraba el aliento de la vida. No había ningún personaje plano, bidimensional, en todo el libro -¡cosa extraña! Había, por supuesto, errores de construcción flagrantes (de hecho, no se notaba mucho esfuerzo de construcción)... Evidentemente era un pardillo, aquel tal John Smith! Pero, bien mirado, ¿lo era? ¿Seguro? ¿No formaban parte del encanto del libro, precisamente, aquellos errores de construcción?” (2)

El libro se convierte en un éxito y la reacción de sus vecinos al verse retratados en la narración es dispar: sorpresa, indignación y regocijo se entremezclan, pero al unísono se preguntan: ¿Quién es John Smith?, o más bien, ¿quién hay tras John Smith? El hecho es que la lectura del libro con la imagen que les retorna de sus vidas los transforma, algo análogo a lo que le ocurre a Mario, el apocado y pusilánime pescador de Isla Salina cuyo contacto con Pablo Neruda, al que lleva el correo, y su poesía actuarán como revulsivo para dar un giro a su modo de afrontar la vida liberándole de sus miedos en El cartero (3).

Quien menos te lo esperas te deja retratado se podría desprender de la lectura de El libro de la señorita Buncle, un relato divertido, irónico y con destellos de mordacidad, que constituye un atractivo pasatiempo que, además, puede inducir a reflexión si se quiere. Podemos rodearnos de una coraza o una máscara evitando mostrarnos como realmente somos en determinados ambientes. Suele ser una actitud defensiva que impide expresarse con naturalidad y quizá convendría entonces recordar el refrán: ‘aunque la mona se vista de seda, mona se queda’. Además, nos viene bien conocer la mirada exterior –el cómo nos ven-, aunque a veces escueza, para llegar a conocernos mejor y considerar si es preciso cambiar o retocar el rumbo de nuestra vida.

(2) Libro leído: D. E. Stevenson: El llibre de la senyoreta Buncle. Títol original: Miss Buncle’s Book (1934). Viena edicions – Colecció El cercle de Viena número 52 – 2ª edició 2016. Traducció: Marta Pera Cucurell. 360 págines. Fragmento escogido en el capítulo 2. El pertorbador de la pau, páginas 16-17.
(3) Película: El cartero (y Pablo Neruda). Título original: Il postino. Año: 1994. Duración: 115 min. País: Italia. Director: Michael Radford

jueves, 7 de septiembre de 2017

Estar a la altura

El muro de la interlocución

Se recomienda a los padres que cuando hablen directamente a sus hijos pequeños lo hagan poniéndose físicamente de frente y a su misma altura. Algo análogo debería tenerse en cuenta al dirigirse a nuestros semejantes cuando medie entre ambos un gran desnivel en el rango social, cultural o económico. El respeto y la delicadeza deberían prevalecer para facilitar una comunicación que permite el acercamiento y la confianza. Pero, la eficacia de la interlocución radica en atinar con la sintonía, algo que depende del modo de ser de cada persona. Mi padre me comentó que tenía a su cargo en la empresa donde trabajaba a un operario al que tenía que tratar con un tono brusco, porque de no ser así pensaba que te estabas mofando de él.

Hay ocasiones en que la falta de entendimiento lo provoca el muro de la altivez, que provoca un distanciamiento voluntario con los demás, a los que se considera inferiores, y su corolario en estos casos es la cerrazón interior, una coraza que impide que se aireen los pensamientos y convicciones –no tengo nada que aprender de…-.

En un fragmento de El nombre de Dios es misericordia el papa Francisco lo aplica a los miembros de la Iglesia (1): “Cuando uno se siente un poco más seguro, empieza a adueñarse de facultades que no son suyas, sino del Señor. El estupor empieza a degradarse, y esto está en la base del clericalismo o de la actitud de aquellos que se sienten puros. La adhesión formal a las reglas, a nuestros esquemas mentales, prevalece. El asombro degrada, creemos poder hacer las cosas solos, ser nosotros los protagonistas. Y, si uno es un ministro de Dios, acaba por creerse separado del pueblo, dueño de la doctrina, titular de un poder, sordo a las sorpresas de Dios.

Otro ejemplo en un ámbito distinto lo muestra la película Sueño de invierno (2) cuando Nihal, la esposa del protagonista, Aydin, le dice a su marido, en un tono temeroso que denota un poso de amargura, cuando es interpelada por él: “Eres un hombre culto, veraz, justo e íntegro. Generalmente hablando no puedo reprocharte nada. Pero a veces usas tus cualidades para asfixiar a los demás, para menospreciarlos, humillarlos, aplastarlos. Tu elevada moral hace que odies al mundo entero. No dejas de hablar del interés general del pueblo, pero sospechas de todos… También odias al pueblo.” Pero, el reproche no se queda ahí, sino le hace ver su actitud incoherente cuando se expresa en público a través de sus artículos: “…por una vez, podrías defender una posición incómoda, o tener un sentimiento que no fuera en beneficio tuyo.” Altanería enmascarada para cuidar la imagen de un empresario hostelero, actor jubilado y articulista, que goza de una posición económica holgada y está a punto de empezar a escribir un libro. La arrogancia de Aydin está carcomiendo su matrimonio y destrozando anímicamente a su esposa, cuestionando toda iniciativa que no esté tutelada por él y sumiéndola en un estado de depresiva melancolía, pero cuesta mucho bajar del burro cuando éste ha llegado a ser del tamaño de un elefante.

Me sorprendió leer que el complejo de superioridad, término introducido por Alfred Adler, es un mecanismo reactivo ante un sentimiento de inferioridad. Por de pronto tiene efecto aislante y produce ceguera y sordera intelectual. No todas las opiniones son igualmente válidas, pero conocerlas no debilita las propias convicciones, porque estas se fortalecen cuando se contrastan.

(1) Papa Francisco: El nombre de Dios es misericordia. Título original: Il nome di Dio è Misericordia (2016). Editorial Planeta (2016). Traductora: María Ángeles Cabré. 143 páginas. Fragmento escogido en el capítulo VI. Pastores, no doctores de la ley.
(2) Sueño de invierno - Título original: Kis uykusu. Año 2014. Duración: 195 min. País: Turquía. Director: Nuri Bilge Ceylan.