sábado, 22 de junio de 2019

Vivir el trabajo

Aspiraciones de una profesora


Secuencia de La profesora de historia
Se trabaja para vivir, no se vive para trabajar’. Lo hemos oído en muchas ocasiones. Pero en ese vivir también se incluye el tiempo de trabajo, que para ser humanamente fructífero ha de orientarse más allá de la compensación económica o la relevancia social que acarree. Lo explica con sencillez la empleada de una empresa fabricante de juguetes a su exjefe, un veterano funcionario para el que el trabajo se ha convertido en una especie de tumba: ‘Antes tenía un poco de vida… Pero ahora no tiene disposición ni iniciativa’. El funcionario está asombrado por la vitalidad que transmite la chica, que ha osado abandonar un empleo seguro como funcionaria porque no soporta el desdén que rige en su departamento. ‘¿Cómo tiene tanta vitalidad?’, pregunta el funcionario. La chica responde sorprendida: Sólo hago juguetes como este. Pero me divierto. Es como si todos los bebés de Japón fuesen amigos míos. ¿Por qué no hace usted algo parecido?’

El mundo de la burocracia mastodóntica y autorreferencial, que trata Akira Kurosawa en Vivir (1) será tema de otro escrito –esa es la intención-. Vivir la profesión supone ir más allá de la estricta obligación, darle un sentido que trascienda el simple cumplimiento de la tarea, un para qué que estimule el perfeccionamiento humano y profesional.

Una de las tareas más sensibles y con mayor repercusión en la sociedad –a pesar de que no se reconozca suficientemente- es la que desarrollan los maestros, de quienes se espera que actúen vocacionalmente, es decir, que además de tener dominio suficiente de la materia que tienen asignada, tengan una disposición positiva hacia los alumnos que educan, nutriéndoles de conocimientos y guiando su desarrollo para que puedan dar lo mejor de sí mismosQuerer no es siempre poder. El profesor vocacional ha de adaptar su inquietud y disposición a las condiciones en que ha de desarrollar su trabajo, pero con su actitud puede ayudar a salvar obstáculos, limar asperezas y cambiar hábitos nocivos del entorno.

William Saroyan contrapone en un capítulo de La comedia humana (2) dos conductas docentes antagónicas: la del profesor de deporte que “no ha aprendido nada más que a dar coba a los que considera superiores”, pretendiendo favorecer a los alumnos de familias acomodadas; y la de la profesora de historia antigua alabada por su director: “es la mejor profesora y la más veterana que hemos tenido en esta escuela”. Tras una discrepancia entre ambos docentes por un asunto disciplinar, la profesora expresa sus sentimientos a uno de sus alumnos –el protagonista principal de la novela-, que incluyen las motivaciones que alientan su trabajo:

“Estoy ansiosa porque mis chicos y chicas empiecen a esforzarse por actuar de forma honorable. No me importa lo que mis criaturas parezcan en la superficie. No me engañan ni los modales elegantes ni los malos modos. Me interesa lo que hay debajo de los modales de cada clase. No me importa si una de mis criaturas es rica o pobre, brillante o lenta, genial u obtusa, con tal de que tenga humanidad, de que tenga corazón, de que ame la verdad y el honor, de que respete tanto a sus inferiores como a sus superiores. Y si las criaturas de mi clase son humanas, no quiero que todas sean humanas del mismo modo. Con tal de que no sean corruptas, no me importan sus diferencias. Quiero que cada una de mis criaturas sea ella misma. No quiero que seáis otra persona solamente para complacerme o para facilitar mi trabajo. Me hartaría muy pronto de una clase llena de jóvenes damas y caballeros perfectos. Quiero que mis criaturas sean gente, todos distintos, todos especiales, que cada uno de ellos sea una variación agradable y excitante de los demás.”

Nobles deseos que engrandecen a una profesional, que aunque parezcan utópicos, en el escenario educativo actual, y anacrónicos, por el lenguaje utilizado –la novela se publicó en 1943-, pueden actuar como revulsivo para valorar, desde dentro y desde fuera, el buen hacer de muchos profesores.

(1) Vivir. Título original: Ikiru. Año: 1952. Duración: 143 min. País: Japón. Dirección: Akira Kurosawa
(2) William Saroyan: La comedia humana. Título original: The Human Comedy (1943). Editorial: Acantilado – Colección: Narrativa del Acantilado, número 76 – 4ª reimpresión (2013). Traductor: Javier Calvo. 210 páginas. Capítulo 12: La señorita Hicks.

jueves, 20 de junio de 2019

La experiencia es enseñanza


Maduración forzosa


La infancia de Joseph Joffo se ve perturbada cuando Francia es ocupada por el ejército alemán. Sus padres deciden que la familia se disgregue para evitar ser capturados y diseñan un plan para reencontrarse en una zona libre. Son judíos, aunque Joseph no sepa muy bien en ese momento qué es lo que eso significa. Tiene diez años y su destino inmediato irá ligado a partir de entonces al de su hermano Maurice, dos años mayor que él.

(2)
Joseph relata treinta años más tarde en Un saco de canicas sus experiencias trashumando por Francia y utilizando múltiples argucias para librarse de las garras del ejército nazi. Ese ir de un lado para otro en constante vigilia se convierte en algo plenamente asumido: “Mañana estaremos en Aix-les-Bains. Si algo va mal, si surge una complicación cualquiera, nos iremos a otra parte, más lejos, al este, al oeste, al norte, al sur, no importa hacia dónde. Me importa un rábano. En el fondo, a lo mejor es que ya no me importa demasiado la vida es sólo que el fuego está en marcha, la partida sigue, y la regla manda que la presa corra siempre delante del cazador, y aún me siento con fuerzas. Haré todo lo posible para evitar darles el gusto de cogerme.”

Joseph Joffo falleció el 6 de diciembre de 2018
Su carácter también se verá lastrado por ese estado de tensión constante que le empuja a una forzada madurez para tomar decisiones necesarias para sortear los obstáculos a los que se ve sometido y sobrevivir: “Crecer, endurecer, cambiar… Tal vez también el corazón se ha acostumbrado, se ha gastado a fuerza de catástrofes, tal vez se ha vuelto incapaz de sentir pena profunda… El niño que yo era hace dieciocho meses… sé muy bien que no es el mismo que el de hoy… se fue desvaneciendo poco a poco, cada día de huida… Me pregunto si aún soy un niño… Me parece que las tabas ya no me tentarían ahora, ni las canicas, un partido de fútbol sí, pero no mucho… Y, sin embargo, esas son las diversiones de los chicos de mi edad, aún no he cumplido los doce años, todo eso debería gustarme, bueno pues no me gusta. Tal vez hasta ahora he venido creyendo que saldría indemne de esta guerra, y tal vez ahí estaba el error. No me han quitado la vida, pero seguramente han hecho algo peor, me han robado mi infancia, han matado en mí el niño que hubiese podido ser…”

¿Qué hubiera sido de Joseph en otras circunstancias más previsibles, más adecuadas a las condiciones estándar del ambiente en que se movía antes de la ocupación nazi? Quien lo sabe. Se puede entretener la atención baldiamente construyendo un futurible que a menudo prescinde de las circunstancias concatenadas que acompañan cualquier cambio de escenario. Además, el camino de nuestra vida no está trazado de antemano como nos recuerdan los versos de Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.” (3)

Las experiencias positivas y negativas de nuestra vida conforman lo que hoy somos e influirán en lo que seremos. No conviene dejarse atenazar por nostalgias y añoranzas que conducen a la melancolía. Si bien cada día tiene su propio afán, también nos proporciona alicientes que estimulan la superación de las dificultades y el aprovechamiento de las oportunidades, siempre que se afronten con un ánimo bien dispuesto.

(1) Joseph Joffo: Un saco de canicas. Título original: Un sac de billes (1973). Editorial: Grijalbo Mondadori. Colección: Libro de mano, número 14, 1ª edición (1995). Traductor: Luis María Todó. 290 páginas. Capítulo 10. Páginas 248-249
(2) Una bolsa de canicasTítulo original: Un sac de billes. Año: 2017. Duración:
110 min. País: Francia. Dirección: Christian Duguay
(3) Antonio Machado: Proverbios y cantares, XXIX
Poema completo:

sábado, 15 de junio de 2019

Huellas que perduran

El final es solo el principio


La vida continúa se suele decir, a menudo cuando ocurre algún hecho desagradable. A la noche le sigue el día cantaba Jimmy Fontana en El mundo (1), un mundo que gira y gira por el espacio infinito. La vida continúa, pero no de la misma manera, porque la actuación de cada ser humano incide en la realidad que le envuelve. Cada vida humana es más bien un todo de sentidolo que aquí y ahora ha hecho o dejado de hacer es algo irrevocable y forma ya parte de su vida para siempre” dice el filósofo Robert Spaemann. (2)

No solo de su vida, porque la biografía de cada ser humano repercute en su entorno: “Yo soy Matthew Macauley, hace dos años que fallecí, pero una importante parte de mi vida sigue viviendo y ahora comprendo que el fin es solo el principio. Al mirar hacia abajo, a mi tierra natal de Ithaca, California, con sus manchas de viñedos y huertas, tengo la sensación de que todavía una gran parte de mi ser sigue allí en sus campos, calles, en la iglesia y sobre todo en mi casa donde mis esperanzas, mis sueños, mis ambiciones, mi credo, siguen vivos en la actualidad de mis seres queridos, introduce en el guion el narrador de La comedia humana. (3)

Matthew contempla como su tránsito vital incide en los miembros de su familia y en la comunidad en la que ha residido, una interrelación que no se transforma en inoperante con su ausencia. “No sabemos lo que a la larga se sigue de nuestras acciones. Podemos esperar que los que vienen detrás de nosotros acepten y prosigan de alguna manera nuestras intenciones. Nosotros mismos somos para ellos destino, lo mismo que ellos para nosotros”, aunque “no tenemos en la mano este destino”, dice el filósofo alemán. (2)

Al dejar rastro se desconoce la totalidad del efecto que producirá. Cuando se produce una despedida se abren huecos que acaban rellenándose; al faltar algo o alguien su entorno sufre una recomposición. Lo tengo más presente desde que hace poco más de dos meses me quedé sin un pequeño órgano enfermo para evitar males mayores. Ahora el cuerpo está reajustando su funcionamiento sin la pieza que le falta y al individuo que debe controlarlo le toca sobrellevar decorosamente las molestias que conlleva el proceso, sin refugiarse en vanos lamentos. Recuerdo la impresión que me produjo leer la reacción de Irene Villa –tenía once años- al escuchar la reflexión de su madre pocos días después del atentado que ambas sufrieron:

“-Irene, tenemos dos opciones. La primera es vivir siempre amargadas, sufriendo, maldiciendo a quienes nos han hecho esto y encerrarnos a llorar. La segunda es mirar hacia delante y luchar con valor y optimismo por recuperar nuestras vidas.
No me lo pensé dos veces y, a pesar de mi corta edad, contesté:
-Mamá, elijo lo segundo. Decido que mi vida empieza aquí. Que he nacido sin piernas.” (4)

Una respuesta no se ha quedado en simples palabras. Lo que conozco de la vida de Irene -lo que he leído y lo que he escuchado- es admirable; refleja la grandeza que anida en el ser humano cuando asume la realidad que le ha tocado vivir –por dolorosa que sea- para proyectar su vida a partir de ahí: dando lo mejor de sí mismo, aprovechando las oportunidades que se le presentan, exprimiendo el jugo escondido en las circunstancias; viviendo intensamente, en definitiva.

Todos los seres humanos transmiten y dejan huella a su alrededor, aunque en algunos casos parezca imperceptible. Topamos “con amores que comienzan, con amores que se han ido; con las penas y alegrías de la gente como yo” en este mundo que “no se ha parado ni un momento”, donde “su noche muere y llega el día”. Sabemos que en el camino la vida se suceden tramos llanos, con otros sinuosos o escarpados; donde la senda a seguir se ve a veces con nitidez y otras se torna borrosa u oscura; pero nunca deja de tener sentido seguir transitándolo; por muy negro que se nos pueda presentar en ocasiones “ese día vendrá” (1).

(1) Jimmy Fontana: El Mundo. Título original: Il mondo. Se puede escuchar la canción y leer la letra en https://www.musica.com/letras.asp?letra=2267754
(2) Robert Spaemann: Ética: cuestiones fundamentales (1987). Editorial: Eunsa. Capítulo VIII: Serenidad o actitud ante lo que no podemos cambiar
(3) La comedia humana. Título original: The Human Comedy. Año: 1943. Duración: 118 min. País: Estados Unidos. Dirección: Clarence Brown. Basada en el libro del mismo título de William Saroyan.
(4) Irene Villa: Saber que se puede. Veinte años después (2011). Editorial: Ediciones Martínez Roca. 315 páginas

jueves, 6 de junio de 2019

Para aprender o para pasar

La competencia de los títulos


Tras el revuelo originado por un examen de Matemáticas de la EvAU en Valencia que los estudiantes consideran demasiado difícil -se están recogiendo firmas para exigir que se repita-, una profesora de Matemáticas conocedora del contenido de ese examen y de cómo se preparan estas pruebas concluía en un espacio radiofónico –valorando los argumentos de los que se quejaban- que “lo que tenemos que plantearnos es si estamos enseñando a los jóvenes a que se aprendan las cosas de memoria o les estamos enseñando a razonar” porque “matemáticas no te lo puedes estudiar de memoria.” (1)

Teóricamente se estudia para aprender, para conocer más a fondo una materia. Sin embargo cuando de ello depende un futuro académico o profesional el planteamiento puede cambiar, porque prima ir superando asignaturas y cursos para conseguir una habilitación oficial.

Mercedes Siles
Pero un título tan solo informa que has realizado unos estudios que teóricamente te habilitan para ejercer una actividad determinada, porque los conocimientos adquiridos luego se han de poner a prueba en el ejercicio profesional diario. Mi padre me comentó que siendo encargado de sección en una empresa en la que se fabricaban motores para motocicletas tuvo que explicarle a su jefe, un ingeniero recién licenciado, cómo funcionaban unas máquinas que él solo había visto en planos. ¡Cuántos chascos se llevan quienes piensan que basta con tener el título para tener abiertas de par en par las puertas de un futuro profesional halagüeño! Tener un reconocimiento académico ayuda mucho pero hay que sacarle lustre en el tajo.

Hay grandes profesionales que sin haber realizado estudios superiores –habitualmente por falta de recursos económicos- han adquirido un nivel de excelencia en sus profesiones que no han alcanzado muchos titulados con un currículo envidiable. Se han curtido en la experiencia y han afrontado con tesón los retos que les iba planteando la tarea a la que se dedican.

A este respecto le preguntan al historiador Stanley Payne en una entrevista: “¿Qué piensa de los historiadores que no han pasado por la universidad?” Y responde: Historiador es el que escribe de historia de modo sistemático y profesional. En la mayoría de los casos cuenta con un título universitario, pero no es indispensable. Lo contrario es un pensamiento napoleónico: es el Estado el que dice si eres historiador, y esto no es cierto. El criterio clave es la capacidad de análisis intelectual y la aportación de una perspectiva crítica, original y fundamentada. Un profesor puede tener su doctorado y ser un mal historiador porque falta a la verdad o porque se ha entregado a la ideología, que viene a ser lo mismo. Otra cuestión, muy importante, es que la mayoría de los profesores de Historia no son verdaderos historiadores porque no investigan o porque su investigación es mala. Se han quedado en su tesis doctoral y poco más. No escriben, no publican... Es recomendable que un historiador haya pasado por la facultad, pero algunos de los mejores no lo han hecho.” (2)

(1) Mercedes Siles, presidenta del Comité Español de Matemáticas y vicepresidenta de la Real Sociedad Española de Matemáticas y catedrática de Álgebra en la Universidad de Málaga. Entrevistada por Pilar Cisneros en La Tarde de Cope donde se trata el tema entre los minutos 9:25 y 20 del podcast incluido en la siguiente dirección https://www.cope.es/programas/la-tarde/audios/tarde-5-6-2019-horas-20190605_767679
(2) Stanley Payne, entrevista de Ignacio Uría publicada en la Revista Nuestro Tiempo, número 694, primavera 2017, páginas 6-15.