lunes, 27 de enero de 2020

El mérito a Quien corresponde

A saltos y trompicones


Se narra en los Hechos de los Apóstoles que, tras ser interrogados por el sumo sacerdote en el Sanedrín, a los apóstoles se les quería matar, pero intervino un fariseo y maestro de la ley llamado Gamaliel para advertir a la asamblea acerca de lo que estaban dispuestos a hacer: “si este designio o esta obra procede de hombres se disolverá; pero si procede de Dios no podréis acabar con ellos”. (1)

Peter Seewald resaltaba el papel preponderante de la Iglesia católica respecto a otras confesiones cristianas en la larga conversación que mantuvo con el entonces cardenal Ratzinger (2). El purpurado, tras comentar que “no deberíamos en absoluto considerarlo un triunfo de nuestra eficacia como católicos, ni abusar de la fuerza siempre grande desde el punto de vista institucional y numérico”, ilustraba su argumento con dos anécdotas: “Quizá conozca usted esa historia medieval de un judío que viajó a la corte papal y se hizo católico. Cuando regresó, un conocedor de la corte papal le preguntó: «¿Pero llegaste a darte cuenta de todo lo que sucede allí?». «Sí», respondió él, «ciertamente, lo vi todo, hasta los asuntos escandalosos.» «¿Y a pesar de todo te hiciste católico?», replicó el otro, «¡eso es un completo disparate!» Y el judío repuso: «Precisamente por eso me hice católico. Porque si la Iglesia sigue existiendo a pesar de todo, verdaderamente debe haber alguien que la sustente». Y otra historia cuenta que Napoleón afirmó un día que iba a exterminar la Iglesia. Un cardenal contestó: «Eso no lo hemos conseguido ni siquiera nosotros».”

El cardenal continuaba: “Es cierto que en la Iglesia católica siempre ha estado presente la imprevisibilidad humana. Pero el hecho de que a pesar de todo se mantenga, aunque sea entre jadeos y suspiros, de que siga existiendo todavíademuestra de verdad que hay alguien que la sustenta… Y sólo se explica porque Él nos da aquello de lo que los seres humanos carecemos.”

Ese Él le había dicho al apóstol: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (3)

No hay motivo para ponerse medallas cuando las cosas salen bien, ni para perder la esperanza ante las dificultades que surjan, por grandes que sean. En uno y otro caso, pinten oros o pinten bastos para la Iglesia y sus miembros, permanece vigente la responsabilidad de cada cristiano de hacer fructificar los talentos recibidos.

(1)Hechos de los Apóstoles, capítulo 5, versículos 38-39. Referencia: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/hechos-5
(2)Joseph Ratzinger: Dios y el mundo. Una conversación con Peter Seewald. Título original: Gott und die Welt (2000). Editorial DeBolsillo - número 20 – 1ª edición (2005). Traductora: Rosa Pilar Blanco. 441 páginas. Fragmento: Introducción: fe, esperanza amor. ¿Dios sí, Iglesia no? Páginas 56-57
(3)Evangelio según san Mateo, capítulo 16, versículo 18. Referencia: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/mateo-16

lunes, 13 de enero de 2020

Tiempo de desperezarse

Respuesta a las expectativas


Hacía un tiempo muy agradable y comentó en voz alta: ‘tendría que hacer siempre esta temperatura’. Uno de sus compañeros –sin acritud- le replicó: ‘entonces estaríamos aplatanados’. La rutina ambiental continuada, la sensación habitual de bienestar, puede llegar a relajar tanto que adormezca la pulsión vital, física y anímicamente, dejando desarmado a quien la experimenta ante cualquier cambio que pudiera producirse. Spencer Johnson lo desarrolla en la fábula contenida ¿Quién se ha llevado mi queso?

Cuando se está a verlas venir y las expectativas son poco halagüeñas cunde el temor paralizante que se limita a confiar en que no se acaben cumpliendo o que no lleguen ser tan adversas para sus intereses como se prevén. Una pasividad que atenaza llevar a cabo cualquier iniciativa personal o colectiva que responda positivamente a las circunstancias, que se refugia en un lamento estéril: ¿qué va a pasar?, cuando la situación más bien exige una actitud propositiva: ¿qué voy/vamos a hacer?

Esta cuestión se la planteaba hace casi un cuarto de siglo el filósofo Julián Marías en un artículo periodístico centrado en la actividad política (1). Las consideraciones del filósofo desenmascaran un conjunto de actitudes y prácticas nocivas que dificultan y, a veces, impiden que el trabajo de los gobernantes repercuta en provecho del conjunto de la población.
Las dudas e incertidumbres que genere el clima social y político presente y previsible a corto plazo pueden actuar como despertador o como refugio de lamentos, según como se aborden, tal como indica el filósofo: La existencia de dificultades, que es evidente, puede ser un estímulo, un acicate, si existen proyectos atractivos. Pero la movilización del país hacia todo eso, que es posible y puede llevar hasta al entusiasmo, requiere algunas condiciones difíciles de cumplir por el desaliento establecido, por la funesta tendencia a prestar atención a los que solo quieren ‘hacer daño’, por no distinguir a los que tienen una parcela de razón y atienden a razones de aquellos que están cautivos de sus ‘fijaciones’ y, como aquel general tan valiente, no se rinden ni a la evidencia.”
Julián Marías

También el discurso político –relato incluido- presentan para Marías dos caras: Lo malo es que nuestra época ha sustituido la ‘retórica’ por la ‘propaganda’La retórica, la buena retórica, consistía en mover a las personas mediante la palabra, y no necesitaba mentir, sino apelar con el estilo literario a los resortes profundos de lo humano. La propaganda -plaga del siglo XX- (y XXI –fake news, posverdad-) manipula a los hombres profanándolos mediante la mentira, la distorsión de la realidad, su ocultamiento.” Nota a faltar “la buena retórica veraz e ilusionante”, necesaria para aunar voluntades, y, apoyándose en una cita de Pericles hace hincapié en la importancia de saber comunicar: ‘El que sabe y no se explica claramente, es lo mismo que si no pensara’. De ahí la necesidad de la palabra justa y expresiva, capaz de hacer entender y de entusiasmar, de movilizar lo mejor de los ciudadanos.” Una cualidad que debe acompañar al político honrado y creador que debe tener presente la realidad, no falsearla, no ocultarla, no engañar -y esto requiere ante todo no engañarse-.” Además ha de saber distinguir los grados de importancia de los asuntos, los problemas, las opiniones.” No han de ser los protestones profesionales los que dictaminen las prioridades: “Me asombra el tiempo y la atención que se presta a minucias, que interesan sólo a unos cuantos, y con frecuencia por motivos poco estimables, mientras se pasan por alto cuestiones de verdadera importancia o se despachan con ligereza.”

Busto de Pericles
Espera Marías de los gobernantes que promuevan proyectos creadores que pueden mejorar la situación y movilizar a los ciudadanos. Claro que hay que mostrarlos, explicarlos claramente, justificarlos, reconocer sus dificultades o inconvenientes, ver si, a pesar de ello, son inevitables o en definitiva valiosos.” En su ejecución: extremar el rigor, la exigencia, no pasar por movimiento mal hecho, no obstinarse en ningún error y no renunciar al acierto, no dejarse intimidar por la jactancia o la amenaza.” La honestidad en el ejercicio de la función comporta a la vez tenacidad y humildad: Hay que enmendar y rectificar lo que está mal; pero si se acierta, hay que sostenerlo, no dejarse desanimar ni intimidar. La obstinación es un error inaceptable; la entereza es una exigencia del que pretende ejercer alguna magistratura o poder.”

Viendo el espectáculo que a menudo nos regalan los políticos podemos pensar que los planteamientos de Marías solo son posibles en el País de las Maravillas, pero viene bien apuntarlas para que nos ayuden a ejercer una cualidad fundamental para separar el grano de la paja y evitar que nos den gato por liebre: el discernimiento.

(1) Julián Marías: Qué vamos a hacer. Publicado en ABC el 12/9/96. El artículo completo se puede consultar en el siguiente enlace: http://www.conoze.com/doc.php?doc=1840