miércoles, 27 de junio de 2018

La prelación del servicio

Eficaz lubricante de las relaciones sociales


Dice Leibniz que “amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad”. Una de las manifestaciones de este amor benevolente es el espíritu de servicio, como transmite Teresa de Calcuta: “El fruto del amor es el servicio. El amor nos induce a decir: «Deseo servir». Y el fruto del servicio es la paz. Todos deberíamos trabajar por la paz.” (1)

Ese espíritu es un estímulo vital que no siempre está enraizado en una visión trascendente, como expresa una de las protagonistas de Nubosidad variable: “No sé si te ha pasado alguna vez estar muy mal y llegar a casa de amigos sin ganas de nada más que de decir: «Vengo aquí a caerme muerta, a que me recojáis con pala», y encontrarte con que ellos en ese mismo momento están metidos en un conflicto que puede ser más grave o más leve que tu pena, eso da igual, lo que importa es que lo entiendes mejor porque lo miras desde fuera, y eso te espabila, te distrae de lo tuyo y te devuelve la voluntad de poner a funcionar la neurona atrofiada, o sea de vivir, porque las ganas de vivir siempre resucitan un poco cuando te sientes útil y con facultades para echar una mano”. (2)

Esta actitud benéfica choca muchas veces con la incomprensión del entorno y la falta de reconocimiento de los beneficiarios –por inadvertencia o por ser incapaces de distinguir lo que supera la simple obligación- como se desprende del relato de Ida en El volumen de la ausencia: “Nunca entendí cómo mi madre pudo echar sobre sus hombros la tarea de animar a un hombre que siempre se había mostrado con ella entre tirano y despectivo: «Está derrumbado, hija mía», era su argumento, y sacaba fuerzas de no se sabía dónde para levantarle la moral.
 Creo que fue en aquella ocasión cuando de verdad conocí yo a mi madre. Hasta entonces lo único que sabía de ella era que había pasado por la vida, como tantas mujeres de su época, sometida al destino ancestral de su sexo… Me chocaba, eso sí, su forma de comportarse con todo el mundo; aquella necesidad de entrega que casi nadie apreciaba, aquel volcarse con los que sufrían o enfermaban y, sobre todo, aquella paz que irradiaba incluso en los momentos de mayor apuro. «Dios proveerá, hija; hay que confiar en ÉL»” (3). De nuevo la paz como consecuencia del servicio.

El verdadero espíritu de servicio es delicado: no busca entrometerse, ni hacerse notar; no es calculador, ni espera recompensa. En ocasiones es mal interpretado, porque no se concibe que se pueda realizar algo sin pretender algún tipo de contrapartida. Así puede ser objeto de mofa (¡es un ‘pringao’!), de reproche del entorno (¡nos dejas en mal lugar!) o recelo (¡qué se lleva entre manos!). No cabe en su esquema mental lo que Ida dice de su madre: “Para ella no había más ideología que la de auxiliar al prójimo”, la atención desinteresada que ilustra el refrán: ‘Haz bien y no mires a quien’.

El Papa Francisco en Santa Marta
No debe extrañar que el Papa Francisco lo inscriba entre las características que deben adornar, o al menos a las que deben aspirar los seguidores de Jesús: “El servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Servicio en la alegría… Hay alegría y también servicio. Siempre para servir”.


(1) Madre Teresa (Agnes Gonxha Bojaxhiu): El amor más grande. Título original: No Greater Love (1997). Editorial Urano (2010). Traductora: Amelia Brito A. 230 páginas. Fragmento en: El trabajo y el servicio. Páginas 91-92
(2) Carmen Martín Gaite: Nubosidad variable (1992). Círculo de lectores (1992). 373 páginas. Fragmento en: XVI. Petición de socorro. Páginas 293-294
(3) Mercedes Salisachs: El volumen de la ausencia (1983).Editorial Planeta (1987). 299 páginas. Fragmento en: Hora 19.10. Páginas 200-201
(4) Papa Francisco: Homilía en Santa Marta 31 de mayo de 2016: «El Señor está en el servicio, el Señor está en el encuentro». Fuente: http://mvcweb.org/papa-francisco/31mayo-visitacion-homilia-en-santa-marta-el-senor-esta-en-el-servicio-el-senor-esta-en-el-encuentro/

lunes, 25 de junio de 2018

Autoridad y respeto

La educación como enlace


Lluís Alegre
En un programa radiofónico trataban sobre el papel de los abuelos en las relaciones familiares. Lluís Alegre comentaba la sorpresa que le produjo presenciar en un autobús la forma en que un padre se disculpaba ante su hijo de 4 o 5 años: “no te enfades, pero hoy no podremos ir…”. Le pareció una actitud que podía alimentar actitudes desconsideradas del menor hacia aquellos que tienen sobre él una ascendencia (padres, abuelos, maestros…). Había mencionado antes una frase socorrida en su entorno: “a nosotros nos reñían nuestros padres y ahora nos riñen nuestros hijos, y a algunos hasta los nietos” y remarcaba la importancia de que cada cual sea consciente del papel que le corresponde en la educación, la necesidad de ejercer la potestas * (potestad): “capacidad de ordenar –dar órdenes- en función de responsabilidad que tienes, no de las ganas de chillar o del mal humor”. (1)

Esta misma semana se divulgaba con profusión la reprimenda que el presidente francés Emmanuel Macron le dio a un adolescente que se dirigió a él con una improcedente familiaridad (2). Un episodio que ha generado múltiples comentarios de diversa índole sobre la actitud de ambos, donde primordialmente se han barajado dos conceptos: respeto y autoridad, que adquieren especial relevancia cuando hacen referencia a la educación de los menores.

En un fragmento de El pequeño dictador Javier Urra, experto en tratar situaciones conflictivas, se refiere a los hijos maltratadores: “A la penosa situación en que un hijo arremete contra su progenitor no se llega porque éste sea un perverso moral… sino… básicamente, por el fracaso educativo, en especial en la transmisión del respeto”. Algunas de “las «causas» de la tiranía” que describe son:
-Una sociedad permisiva que educa a los niños en sus derechos pero no en sus deberes… Hay falta de autoridad.
-Unos medios de comunicación… en los que es incuestionable que la «cascada» de actos violentos… difuminan la gravedad de los hechos.
-Algunos padres no ejercen su labor. Han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y dedicación a los hijos, tratándolos con excesiva permisividad. De las tres formas clásicas de control: la autoridad, la competencia y la confianza, hoy pareciera que sólo funciona la última. Los padres quieren democratizar su relación con sus descendientes adoptando estas posiciones protectoras, pero añorando las relaciones de autoridad que facilitaban que las normas se cumplieran. Consiguen sólo a veces lo deseado, sin imponer autoridad, mediante el «chantaje emocional». Padres que parecen tener miedo a madurar, a asumir su papel.

Javier Urra
Concluye: “Hemos de educar a nuestros jóvenes, y ya desde su más tierna infancia hay que enseñarles a vivir en sociedad. Por ello han de ver, captar y sentir afecto; es preciso transmitirles valores. Entendemos esencial formar en la empatía, enseñándoles a ponerse en el lugar del otro, en lo que siente, en lo que piensa. La empatía es el gran antídoto de la violencia.” (3)

Autoridad y respeto son dos elementos esenciales en el engranaje de cualquier sociedad. Son necesarios para la organización la primera, y para posibilitar la convivencia el segundo. Para conseguir conjugarlos la educación es determinante.

(1) Radio Estel, programa Plusvalua del 21 de junio de 2018. Fuente: www.estelfitxers.com/audio/20180621-20_00PLUSVALUA.MP3 Minutos 38 a 40
(2) Macron, a un estudiante que le dijo «Manu»: «A mí me llamas señor presidente o señor» en ABC 19 de junio de 2018. Fuente: www.abc.es/internacional/abci-macron-estudiante-dijo-manu-llamas-senor-presidente-o-senor-201806181956_noticia.html
(3) Javier Urra: El pequeño dictador. Esfera de los libros (2006). Capítulo 1. Hijos maltratadores.

* En la cultura romana se distinguía la potestas de la auctoritas. Potestas era el poder que se poseía simplemente por ostentar un cargo jerárquico… Auctoritas era la cualidad por la que una persona se hacía merecedora del respeto y admiración de sus semejantes a través de la demostración continuada de experiencia, conocimiento y denotadas habilidades personales. Fuente: www.hispacolex.com/biblioteca/articulos-doctrinales/liderazgo-potestas-auctoritas/

lunes, 18 de junio de 2018

El juicio a juicio

Dardos lanzados sin ton ni son

El martilleo de los medios de comunicación y la gran fuerza expansiva de las redes sociales pueden convertirnos en jueces implacables de nuestros semejantes. Somos testigos de múltiples juicios apresurados y desmedidos que actúan como teas encendidas que inflaman la opinión pública, sin dar pie a una reflexión serena y ponderada.

El cebo justiciero, cuando se presenta hábilmente adornado, tiene su atractivo, pero ¿hacia dónde suele conducir?: “El juicio temerario produce inquietud, desprecio del prójimo, orgullo y complacencia en sí mismo y cien otros efectos por demás perniciosos, entre los cuales ocupa el primer lugar la maledicencia, como la peste de las conversaciones” (1), dice Francisco de Sales.

¿Dónde radican las causas de esta tendencia a juzgar a los demás con ligereza? El santo prelado ginebrino describe algunas de ellas:

Hay corazones agrios, amargos y ásperos de natural, que agrían y amargan todo lo que reciben…  no juzgando jamás al prójimo si no es con todo rigor y dureza… esta amargura de corazón es muy difícil de vencer… es algo contranatural; y, aunque esta amargura no sea pecado, sino solamente una imperfección; es, no obstante, peligrosa, porque hace que entre y reine en el alma el juicio temerario y la maledicencia.

Algunos hay que juzgan temerariamente… por orgullo, y les parece que, a medida que rebajan el honor de los demás, encumbran el propio; espíritus arrogantes y presuntuosos, se admiran a sí mismos y suben tan alto en su propia estima, que todo lo demás les parece pequeño y bajo…

Algunos… solamente sienten como una complacencia en considerar el mal del prójimo, para saborear y hacer saborear más dulcemente el bien contrario del cual se creen dotados; y esta complacencia es tan secreta e imperceptible, que si no se tiene muy buena la vista, no se descubre, y los mismos que la sienten no la conocen, si no se la muestran.

Otros, queriendo adularse y excusarse consigo mismos y atenuar los remordimientos de su conciencia, se apresuran a pensar que los demás padecen del vicio al cual ellos se han entregado, o de otro mayor, y les parece que la multitud de criminales hacen su pecado menos censurable.

Otros se entregan al juicio temerario por el solo placer que hallan en adivinar y filosofar acerca de las costumbres y humor de las demás personas, a manera de ejercicio ingenioso, y, si por desgracia aciertan alguna vez en sus juicios, la audacia y el prurito de continuar crece tanto, que harto trabajo hay en corregirles.

Otros juzgan por pasión, y siempre piensan bien del que aman, y mal del que aborrecen, fuera del caso sorprendente y, no obstante, verdadero, en que el exceso de amor induce a juzgar mal al que amamos: efecto monstruoso, procedente de un amor impuro, imperfecto, desequilibrado y enfermo, que son los celos…

Finalmente, el temor, la ambición y otras parecidas flaquezas de espíritu contribuyen, con frecuencia, al nacimiento de la sospecha y del juicio temerario.

El patrono de los periodistas no plantea el buenismo como contrapartida: “No es malo, pues, dudar del prójimo, porque no está prohibido dudar sino juzgar; no está, empero, permitido dudar ni sospechar, sino en la medida en que obliguen a ello los argumentos o las razones; de lo contrario, las sospechas son temerarias.” Aun así propone un remedio más elevado: “La caridad es la mejor medicina contra las enfermedades, y de un modo especial contra ésta. Todas las cosas parecen amarillas a los ojos de los que padecen ictericia… El vicio del juicio temerario es una especie de ictericia espiritual, que hace que todas las cosas parezcan malas a los ojos de los que están atacados de ella; pero el que quiera curar de esta dolencia ha de aplicar este remedio, no a los ojos ni al entendimiento; sino a los afectos, que son los pies del alma: si tus afectos son dulces, tu juicio será dulce; y si tus afectos son caritativos, tu juicio será caritativo.

La cautela y consideración con los demás ayudan al sosiego y favorecen la convivencia.

(1) San Francisco de Sales: Introducción a la vida devota. Capítulo XXVIII: De los juicios temerarios y XXIX: De la maledicencia. Fuente: http://www.dfists.ua.es/~gil/intro-vida-devota.pdf (Páginas 62 y 63)

miércoles, 13 de junio de 2018

Paz y palabra

Responsabilidad compartida


Oímos hablar con frecuencia de paz. Cada uno de nosotros lo habrá pronunciado en multitud de ocasiones como un anhelo en el que coincidimos con la mayoría de los seres humanos. Un deseo que adquiere mayor relevancia cuando lo expresa quien ha sido víctima de la irracionalidad del terror organizado: “Me encantaría poder abrir las mentes de los intolerantes, vaciar de odio a los violentos, enseñar al mundo a ser feliz. Todo sería mucho más fácil si fuéramos capaces de comprender a los demás, de ver la realidad desde otro punto de vista y de poder sonreír en los momentos más difíciles. Si pudiéramos comprender los motivos de quien piensa de otro modo, existiría el entendimiento. Si al menos fuéramos capaces de respetar otras posturas, existiría la paz”, escribe Irene Villa en un texto autobiográfico (1).

Tanto ella como otra víctima de la irracionalidad -en este caso del Holocausto-, Etty Hillessum, advierten que es necesaria una disposición interior para ser agentes de paz. “Creo que en un mundo cada vez más deshumanizado, hace falta mucha luz que inunde nuestros corazones y nos llene de energía para seguir albergando esperanza de paz”, dice Irene. “La paz sólo puede convertirse en una paz real… cuando cada individuo la encuentre en sí mismo, extermine y venza el odio hacia los demás, da igual de qué raza o pueblo, y lo transforme en algo que ya no sea odio, sino tal vez incluso amor. Pero probablemente eso sea exigir demasiado. Y aun así es la única solución”, escribe Etty en su diario (2).

Esta aspiración de paz tan ampliamente compartida, que a veces explota en manifestaciones multitudinarias, con frecuencia se manifiesta en suspiros o lamentos como el del estribillo del antiguo chotis:
Cómo está el mundo, señor Macario
cómo está el mundo, qué atrocidad,
con tanta radio, con tanto cine,
vamos pa lante, [o] vamos pa atrás. (3)

Sin embargo, todos podemos colaborar en la tarea de ser agentes de paz en nuestro entorno, como nos propone el catedrático de Filosofía Miguel Ángel Martí: “Para que haya paz en el mundo no es suficiente la paz de las pistolas, es todavía más necesaria la paz de las palabras que pululan por pueblos y ciudades, por las casas, por las habitaciones y pasillos, por la playa y los montes, por los bares, terrazas y garajes” (4). Y se podría añadir ‘por las redes sociales’, ‘por los medios de comunicación’, ‘por los espectáculos públicos’, ‘por los eventos deportivos’…

(1)Irene Villa: Saber que se puede. Veinte años después. Ediciones Martínez Roca (2011). Introducción, página 21.
(2)Etty (Esther) Hillesum: Diario 1941-1943. Una vida conmocionada (1943). Editorial Anthropos (2007). Epígrafe: Sábado por la noche (20 de junio, 1942), 00:30 horas. Traducción: Manuel Sánchez Romero. Páginas 106-107
(3)El Consorcio: Como está el mundo Sr. Macario. Fuente: www.youtube.com/watch?v=U3weALE7fqU
(4)Miguel-Ángel Martí García: La serenidad. Una actitud ante el mundo (2003). Ediciones Internacionales Universitarias. Segunda parte: La palabra como vehículo de la serenidad. Página 53