La gran conductora
La más excelente de las virtudes cuando se entiende bien, la prudencia, se define como recta ratio agibilium, recta razón que dirige nuestros actos, también como auriga virtutum, conductora de las virtudes morales. Sobre esta última definición Réginald Garrigou-Lagrange incluye en una nota de Las tres edades de la vida interior (1) un fragmento de La vraie vie chrétienne de Ambroise Gardeil, quien como él era miembro de la Orden de Predicadores y fue su maestro, en el que desarrolla este último concepto unido a la función del auriga en la competición de cuadrigas en los circos romanos: «Los antiguos filósofos compararon la prudencia con el noble conductor de una cuadriga: auriga virtutum. Fija la mirada en la carrera por la que ha de atravesar, tiene éste a los caballos al arbitrio de sus manos. Su ojo está atento a todo: a los accidentes del camino, a la marcha de sus rivales, a los menores movimientos de sus caballos cuyas modalidades conoce a fondo. Éste se encabrita, el otro es espantadizo, el de más allá se echa contra las varas. El auriga, las riendas en la mano, con su voz y, si es preciso, con el látigo, los contiene o excita según las necesidades, interviniendo y modificando su modo de obrar en cada momento de la carrera, velando así con su intervención por la buena marcha de su carro. Todas estas consideraciones las hemos de trasladar a los dominios de nuestro comportamiento sobrenatural…; y esto mediante la propia experiencia y con vigor y decisión constantemente renovados y alimentados en las fuentes del más vivo amor de Dios» (2).Garrigou-Lagrange apostilla:
«De este
modo debe el justo dirigir y regular los movimientos de la sensibilidad, el
director de obras a sus subordinados, el superior a sus inferiores, el obispo
su diócesis, y el pastor supremo a la Iglesia entera.
Por ahí se
echa de ver la alteza de la virtud de la prudencia, inferior sin duda a las
teologales, mas superior a la misma virtud de religión cuyos actos dirige, así
como los de la justicia, fortaleza y templanza, que son como los corceles que
tiran del carro.»
Ser prudente es necesario para todos, pero especialmente para los que tienen como función gobernar, dirigir, orientar o aconsejar. Conviene ejercerla con tino, en su justa medida, para que sea eficaz en su desempeño; como el auriga que conduce los caballos que tiran de la cuadriga con diligencia en la buena dirección y sorteando los obstáculos que se interponen en el camino hacia la meta.
(1) Réginald Garrigou-Lagrange: Las
tres edades de la vida interior. Título original: Les trois âges de la vie
intérieure (1938) Ediciones Desclée de Brouwer - Versión castellana de Leandro
Sesma – 3ª edición (1950). Tercera parte - Capítulo octavo - Nota en las
páginas 629-630