El regocijo procede de la lucha
En mi recorrido durante muchos años por campos de fútbol como jugador, entrenador y aficionado he oído innumerables insultos dirigidos al árbitro la mayor parte de las veces, pero también a jugadores, entrenadores y aficionados del equipo rival, o propio. Algún espectador, incluso, parecía entrenarse profiriendo insultos al árbitro antes de empezar el partido. Un abuelo que llevó a su nieto al campo se vio en un aprieto cuando el pequeño le preguntó: ‘Abuelo, qué quiere decir hijo de p.’, después de haberlo escuchado en la grada.
No sólo ocurre en los campos de fútbol. Algunos programas de
televisión se caracterizan por fomentar discusiones acaloradas y hurgar en la
vida íntima de ‘famosos’. Otros se especializan en el sarcasmo, el humor zafio e
hiriente. En las redes sociales amparándose a menudo en el anonimato se vierten
multitud de insultos y denigraciones. Incluso entre nuestros representantes
políticos, sus señorías, no es extraño que se repitan exabruptos y
descalificaciones. Los agentes polarizadores demonizan a los que consideran sus
rivales, o más bien sus enemigos, a los que consideran que no hay que darles ni agua. Se
ampararán unos en la inmensa audiencia que tienen, otros en el rédito político
que obtienen, sin prestar apenas atención a la laceración que producen en el
ambiente social.
Uno de los problemas que se derivan es el de acostumbrarse -‘es
lo que hay’-, apuntándose al carro para no desentonar o ser menos que los demás, o por temer que a uno
lo tomen por mojigato si no sigue la corriente. Una de las consecuencias es que
la postura acomodaticia no es inocua, no sienta bien a nuestro estado de ánimo,
ni a la relación con nuestros semejantes; porque en determinadas ocasiones puede
agriarnos el carácter, o impedirnos razonar con serenidad, o que impongamos barreras de conversación -temas que evitamos tratar-, o tornarnos verbalmente
agresivos en algunas cuestiones. Nadie está inmune de contagiarse, mucho menos
si no se hace ningún esfuerzo por evitar o revertir dichos efectos.
Todo un programa que de llevarse a cabo mejora sustancialmente el equilibrio emocional -afrontar la vida en positivo- y el trato
con los demás, viendo en ellos compañeros de viaje, no obstáculos y mucho menos
enemigos. Con esta actitud se evitan
muchas fricciones y difícilmente se producen peleas, aunque haya
incomprensiones; al contrario, es más fácil que haya una buena convivencia, un
ambiente colaborativo y sereno en el propio entorno.
Mirándonos en el espejo de las palabras del apóstol nos puede abrumar contemplarlo en su conjunto, sentirse lejos de esa meta; pero nos puede servir de pauta para ir indagando poco a poco en que podemos mejorar de cada una de esas indicaciones, sin impacientarse, ni desanimarse cuando no salen o parece que los defectos reviven. Vale la pena intentarlo y luchar por ir limando las asperezas que nos acompañan. Yo no soy maestro de nada en esta lid, pero he comprobado personalmente sus efectos benéficos en la vida cuotidiana.
He titulado el escrito ‘programa para la paz’, porque pienso
que la paz bien entendida empieza en uno mismo; y se concreta en la lucha interior por mejorar como personas. Y ese programa bien realizado es una gran ayuda para sembrar paz en uno mismo y difundirla allá donde nos encontremos.

