lunes, 18 de abril de 2022

Efecto colateral

Fomento de la paz

Es difícil que en nuestro país alguien permanezca indiferente a la invasión de Ucrania por el ejército ruso, aunque es una opción que nunca se puede descartar por completo –hay gente para todo-. Además de la movilización que se está llevando a cabo para atender las necesidades de los damnificados y paliar su sufrimiento, también es una oportunidad al alcance de todos para que cada uno se pregunte si la contemplación de una situación tan dramática tiene alguna repercusión en su vida ordinaria, más allá del horror que produce un espectáculo tan estremecedor. ¿Cómo digerimos este conflicto? ¿Nos conformamos con tomar partido: opinando, criticando, juzgando, condenando... y basta? ¿Puede suponer un cambio de rumbo en nuestras ‘guerras particulares’?

Muchos grandes conflictos bélicos han sido alimentados por pequeñas disensiones que han ido creciendo con el tiempo estimuladas por unos y otros hasta que se produce un hecho, una situación, un comentario... que actúa como espoleta para que la violencia extrema se desate. Por eso puede ser un buen momento para plantearse cómo son nuestras relaciones con el prójimo: familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo..., especialmente aquellas en las que hay tirantez. ¿Estamos dispuestos a hacer todo lo que está a nuestro alcance para que mejoren, sin esperar a que sean los demás los que tomen la iniciativa? ¿Pensamos que no hay nada que hacer? ¿Los sentimientos que nos genera el sufrimiento de la población ucraniana los podemos trasladar también a las personas de nuestro entorno?

La guerra, la invasión, tiene efectos colaterales en cada uno de nosotros. Puede generar compasión o animadversión. Puede endurecer nuestro corazón o esponjarlo. Puede ayudar a mirar a quien tenemos al lado con benevolencia o con desconfianza... No desperdiciemos tiempo en pensamientos, palabras, comentarios y juicios que nos resecan e intentemos contribuir a una mejora en la convivencia allí donde estamos presentes.


jueves, 14 de abril de 2022

Inconmensurable

El amor auténtico no tiene medida

Durante una charla (1) pronunciada en el Monasterio de Sant Cugat del Vallés el obispo Antoni Vadell –fallecido recientemente- se dirigió a los asistentes diciéndoles 'sabéis que Jesús añadió dos mandamientos nuevos al decálogo', una observación que se recibió con perplejidad por el auditorio –al menos así me lo parece en el vídeo de Youtube- y también por mí mientras lo veía; después de un pequeño silencio los dijo. Y mira que uno de ellos está expuesto de manera suficientemente clara en el evangelio de Juan: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.” (2). El otro es una especie de corolario, porque el amor es por sí mismo expansivo, quien ama quiere contagiar su alegría: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura” (3).

Los apóstoles y los discípulos de Jesús tenían una referencia visible para seguir estos mandatos, aun así les podría pasar lo mismo que nos ocurre muchas veces, al menos a mí, que no sabemos apreciar suficientemente el afecto y el amor de los demás, nos acostumbramos, lo damos por sentado, como si fuera un derecho que hemos adquirido. Por el contrario, damos mucha más importancia a cualquier cosa que no funciona como nos gustaría, por pequeña que sea, tendiendo a poner el grito en el cielo. Convendría que nos preguntáramos a menudo de cuántas cosas buenas que nos pasan damos gracias, incluso de aquellas de las que sólo nos damos cuenta cuando ha pasado un cierto tiempo. Hay una oración que hace referencia a ello: 'Os doy gracias Señor por todos los beneficios que he recibido, también por los desconocidos por mí'.

Como ocurre con muchos vocablos sublimes, el amor es muy maltratado socialmente y suele confundirse con comportamientos que tienen muy poco que ver. 'La corrupción de lo mejor es la peor' (5), dice una sentencia de san Jerónimo que lo refleja. Quizá por eso me llamó la atención un fragmento de una homilía del Santo Padre Benedicto XVI, donde el evangelio que glosaba hacía mención a la actitud de María de Betania lavando los pies de Jesús con un valioso perfume, una locura a los ojos humanos, como lo son tantas cosas hechas por amor: «El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón» (5).

Concuerda con lo que expresa san Pablo en el capítulo 13 de la primera carta de a los Corintios. Aunque se puede consultar con facilidad en internet o en cualquier Biblia o Nuevo Testamento, lo reproduzco al final de las notas de este escrito (6). El amor es el ingrediente necesario para la excelencia de todo lo que hacemos, decimos y sentimos, no hay virtud como tal que no vaya acompañada por el amor.

*Los textos bíblicos están extraídos de la versión de la Bíblia Eunsa https://www.bibliatodo.com/la-biblia/version/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa

(1) Mons. Antoni Vadell: Ingredientes esenciales para una parroquia evangelizadora. Charla pronunciada en el Monasterio de Sant Cugat del Vallés el 21 de junio de 2021. La intervención completa la encontrará en https://www.youtube.com/watch?v=0SZAFgrxau0

(2) Evangelio según san Juan, capítulo 13, versículos 34-35

(3) Evangelio según san Marcos, capítulo 16, versículo 15

(4) Corruptio optima, pessima

(5) Benedicto XVI: Homilía en el 5º aniversario de la muerte de san Juan Pablo II el 29 de marzo de 2010. Extraído de https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-04-11

(6) Primera carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 13

1 Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos.

2 Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada.

3 Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía.

4 La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta,

5 no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal,

6 no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad;

7 todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

8 La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada.

9 Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía.

10 Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto.

11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño.

12 Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido.

13 Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad.

domingo, 10 de abril de 2022

La maledicencia no sale a cuenta

Tan contagiosa como desaconsejable 


René Girard me reveló algo que, pese a ser muy común en la sociedad, no lo asociaba directamente a la acción del maligno. Tiene unos corolarios que se rememoran durante la Semana Santa, aunque están constantemente presentes a nuestro alrededor
: «A partir del momento en que la comunidad en su conjunto ha sucumbido al contagio mimético, todo lo que diga es algo que el mimetismo violento dice por ella, es el mimetismo el que afirma la culpabilidad de la víctima y la inocencia de los perseguidores. No es ya realmente esa comunidad la que habla, sino aquel a quien los Evangelios llaman el acusador: Satán» (1).

Carlos Rodríguez Braun
Cuando una comunidad enloquece y se convierte en masa no atiende a razones, tanto da el grado de verosimilitud; reclama una víctima que se convierte en chivo expiatorio al que hay que reprender ejemplarmente para salvaguardar la comunidad: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación», les dice Caifás a los sacerdotes y fariseos preocupados por la competencia que suponía la fama que estaba adquiriendo Jesús (2). No en vano el economista Carlos Rodríguez Braun repite a menudo que ‘el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio’, alguien a quien endosarle los errores o desmanes que se cometen para exonerar al resto.

Ya en los primeros compases de la Biblia la acción acusadora se hace presente. Para seducir a Eva el maligno, representado en una serpiente, acusa veladamente a Dios de mentiroso y timorato a cuenta de la prohibición de comer del «fruto del árbol que está en medio del jardín»: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (3).

Alejar al ser humano de Dios es el objetivo primordial del maligno. En esta ocasión adula al ser humano incitando el deseo de autosuficiencia –“seréis como dioses”-, un objetivo que una y otra vez se repite en la historia, desde la construcción de la Torre de Babel hasta lo que pretenden hacer con el ser humano algunos proyectos tecnológicos del presente. Sin embargo, prescindir de Dios, o dejarlo al margen, conduce a la búsqueda de sucedáneos. Lo advierte Dostoievski en El adolescente: «El hombre no puede vivir sin arrodillarse. Si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo de madera, de oro o simplemente imaginario. Todos esos son idólatras, no ateos; idólatras es el nombre que les cuadra» (4). ¡Cuántos de los que reniegan de Dios no dudan de acusarle de no ocuparse de solucionar los conflictos generados por los propios humanos! Detrás del '¿dónde está Dios?', se suele esconder: 'quiero libertad pero no quiero problemas' –un Dios a mi servicio, un Dios que me contente.

Otro pasaje bíblico deja patente otras formas dañinas de acusación, que se presentan como sospecha, desconfianza, desenmascaramiento de intenciones ocultas. La víctima es Job, cuyo comportamiento es alabado por Yahveh y desdeñado por Satán en una alegórico diálogo: «¿Es que Job teme a Dios de balde?» y quiere que le ponga a prueba: «toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!» Yahveh confía en Job y permite a Satán que actúe sin herir directamente a Job. Satán lo utiliza para dejarle sin hacienda ni descendencia. Pero la reacción de Job no es la esperada: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh!» El espíritu perverso no ceja en su propósito y justifica su fracaso en la limitación que se le ha impuesto: «toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!» Se le concede siempre que deje con vida a Job. Recrudece su ataque con más saña: «hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza». Al sufrimiento físico se suma el sufrimiento moral, porque su entorno se rebela: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!», dice su esposa. Pese a ello Job no cede: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» (5)

La réplica de este comportamiento satánico es la desconfianza enfermiza hacia nuestros semejantes, la sospecha de que cualquier acto de bondad encubre un interés egoísta. ¡Cuánto daño se ocasiona a aplicar el dicho: ‘piensa mal y acertarás’! Cuántas víctimas son menospreciadas y acusadas de provocar su desgracia: ‘algo habrá hecho’, ‘se lo ha buscado’: se justifica al victimario, se condena a la víctima.

Hay algo que conviene tener claro: la maledicencia cualquiera que sea el motivo que la origine, es una práctica altamente nociva que se contagia con gran facilidad. No solo daña a aquel contra quien va dirigida, sino que, además, genera un ambiente turbio y corroe interiormente a quien la profiere. No sale a cuenta dejarse arrastrar por ella, especialmente cuando se tiene la tentación de seguir la corriente para no desentonar con el entorno.

La propuesta de Jesús, el gran antídoto ante la acción del 'acusador' se manifiesta en el resumen del decálogo: «‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’… ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» (6)

* Las citas bíblicas estan extraídas de la versión de la Biblia de Jerusalén

(1) René Girard: Veo a Satán caer como el relámpago. Título original: Je vois Satan tomber comme l’éclair (1999). Editorial: Anagrama – Colección: Argumentos, número 278 – 1ª edición (2002). Traductor: Francisco Díez del Corral. 249 páginas. Capítulo XI: El triunfo de la Cruz, página 187

(2) Evangelio según san Juan, capítulo 11, versículos 49 y 50

(3) Libro del Génesis, capítulo 3, versículos 4 y 5

(4) Extraído de https://www.elimparcial.es/noticia/167282/opinion/idolos

(5) Libro de Job, capítulo 1, versículos 9 a 11 y 21, capítulo 2, versículos 3 a 10

(6) Evangelio según san Marcos, capítulo 12, versículos 28 a 31