miércoles, 30 de agosto de 2017

Afrontar el duelo

Proceso de recomposición vital


Cuando falleció mi padre no era consciente de lo que me esperaba una vez acabado el trasiego del proceso funerario, que no tenía que ver con el papeleo. Tuve una primera señal al contemplar a mi madre abatida en el sillón al día siguiente del entierro, yo vivía con ellos, expresaba una sensación de vaciedad de pérdida de sentido de la vida. Durante casi cinco años mi padre había sido una persona totalmente dependiente tras haber sufrido dos embolias (quizá fuera más apropiado llamarles ictus o infartos cerebrales); pasó de ser una persona con una intensa actividad física e intelectual a otra que no podía expresarse y necesitaba constantemente tener a alguien a su lado para realizar las funciones más básicas. Casi todo el peso de su atención recayó en mi madre, que lo asumió con entereza pese al castigo que suponía para su delicada constitución física. Y el desenlace se produjo sin tener tiempo para despedirse, en pocas horas, tras un infarto de miocardio.

Lo que aparentemente podría parecer una liberación de la carga y tensión se tradujo, en mi caso, en una serie trastornos somáticos que no comprendía y que me llevaron en poco tiempo a visitar en varias ocasiones los servicios de urgencias, sin que detectasen alguna anomalía reseñable. A ello se añadió la hipersensibilidad ante cualquier mala noticia. Lo que más me costaba entender era que pensaba haber asumido la pérdida mentalmente, pero el cuerpo daba señales que no era así, no me daba cuenta de estar afectado psicológicamente. A partir de esa experiencia, de hace casi veintiún años, suelo comentar cuando se produce un fallecimiento de alguien cercano que lo peor empieza el día después, el momento en que comienza a hacerse más patente el hueco que ha dejado el difunto en la vida de sus allegados.

Descubrí en un tenderete de libros que el día de Sant Jordi se había montado en la parroquia de Sant Vicenç de Jonqueres en el barrio de la Creu Alta de Sabadell un libro escrito Alfons Gea, actual rector de esa parroquia. Se titula Acompañando en la pérdida y se centra en el proceso de duelo a partir de la experiencia pastoral del autor así como de su participación en grupos de duelo en la época que ejercía su ministerio en Terrassa. Incorpora argumentos teóricos procedentes en su mayor parte de la psicología, pero está basado fundamentalmente en la praxis, lo que le convierte en tremendamente útil para superar el trance del duelo, pudiendo reconocer en su lectura los síntomas que acompañan a este episodio, que difieren en cada persona, y poder descubrir herramientas que ayuden a remediarlos.

La vivencia del duelo es íntima y exclusiva, depende tanto de circunstancias internas como externas, pero en el proceso de recomposición vital tras la pérdida en muy necesario contar con el acompañamiento, como recuerda María Baqués en el Prólogo del libro: “El camino del duelo. Acompañar para reconstruir. Es la otra persona la que reconstruye su vida. Yo sólo soy un acompañante. Conducir su propia vida; y no ser conducido. Una pérdida es el vacío, y el duelo es ir reestructurando ese espacio. Que la otra persona vuelva a encontrar sentido a la vida, en su nueva situación. Deberá aprender a convivir con aquella noticia para situarse otra vez en la vida.

Pero el duelo no sólo afecta a los óbitos: “Para entender el duelo, en primer lugar debemos entender lo que se denomina apego, afección o vinculación. El duelo… remite a una pérdida. Se pierde algo que se valora, y esto provoca dolor… El apego remite al establecimiento de ciertos vínculos. Plásticamente, podría visualizarse como una especie de cuerda o atadura entre una persona y un objeto (en un sentido freudiano): el padre, la madre, la infancia, la profesión, la seguridad del hogar, las vacaciones escolares… Cuando este vínculo se rompe, duele… Para que exista dolor, la pérdida tiene que ser significativa… Esto es lo que la mayoría de gente no entiende: se cree que todo el dolor es igual partiendo de la base de lo que se ha perdido. Pero el objeto perdido remite a una significación muy personal que se le había otorgado.

Por su practicidad y por estar abierto a todo tipo de personas, cualquiera que sea su creencia, este libro se convierte en una buena guía para sobrellevar estas situaciones críticas, traumáticas a veces, que a todos nos afectan tarde o temprano.

Mossèn Alfons Gea

(1) Alfons Gea: Acompañando en la pérdida. Título original: Acompanyant en la pèrdua (2007) Editorial San Pablo - Colección Salud y Vida número 12 – 2ª edición (2007). Traducción: Teresa Rofes y Buró Egara. 183 páginas. / La edición original en catalán corresponde a Publicacions de l’Abadia de Montserrat. Los fragmentos escogidos están extraídos del Prólogo y del Capítulo I. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Caminos tortuosos

Los réditos del terror

Desde que a los dieciséis años fui a una fiesta en un instituto barcelonés con unos amigos y fuimos agredidos por un grupo al salir a la calle porque uno de mis compañeros había ‘osado’ –según ellos- conversar brevemente con la chica de uno de ellos que estaba sentada a su lado en la sala de baile, tuve claro que cuando uno tiene ganas de pelea siempre encuentra un motivo, por insignificante, inconsistente o espurio que sea, para justificar su acción. El motivo es sólo el barniz de una decisión predeterminada, y por esta razón suele ser estéril entrar en el juego dialéctico de la sinrazón; el orgullo se sobrepone a la reflexión. Situaciones similares se viven con mayor o menor intensidad en eventos deportivos, centros escolares (bulling), lugares de ocio, grupos de jóvenes…

Pablo Escobar tenía ‘poderosas razones’ –según él- para sembrar el terror en Colombia con muchas víctimas de todos los estamentos sociales. Ni siquiera era capaz de atender la súplica de su hijo para que acabase con aquella locura: “No se te olvide que las primeras víctimas del llamado narcoterrorismo en Colombia fueron tu madre, tu hermanita y tú con el atentado al edificio Mónaco. Yo no me inventé eso. Lo usaron contra mi familia y mi respuesta es utilizar la misma arma que quisieron emplear para destruir lo que más quiero, que son ustedes”. En su lucha contra el Estado no reparaba en lo que eufemísticamente se denominan ‘daños colaterales’, como ocurre con los terroristas, para los que la riqueza que conlleva en sí cada persona queda reducida a un simple ‘objetivo’, una diana sobre la que actuar.

La historia que narra su hijo Juan Pablo (1) es la crónica de una obsesión unida a una ambición desmesurada: «Si a los treinta años no he conseguido un millón de pesos, me suicido» y, tras escarceos delictivos de poca monta, encontró el medio para conseguirlo: “elegí ser un bandido y eso es lo que soy”.

Como repite el estribillo de la Balada de Bonnie and Clyde que con un tono melifluo cantaban Los Mustang (2):
Lo malo fue que su primera infracción
Saliera bien resultando que
Su crimen sin castigo quedó.

El éxito en su primer propósito le llevó al desenfreno, al despilfarro económico del que se beneficiaban también familiares y en el que, junto a todo tipo de lujos, también había un hueco para destinar a los menesterosos. Hasta cierto punto emulaba al legendario gánster Al Capone: “Enzensberger recuerda que Capone y su banda eran idealistas, religiosos y ayudaban a los parados. Acciones que chocan con la cantidad de asesinatos que perpetraron” (3).

Pero no le bastaba con la inmensa riqueza económica: “A finales de 1981, mi padre se había consolidado como el número uno en el tráfico de cocaína. Pero no estaba dispuesto a ser un narcotraficante más…Muy bien, ya tenemos el poder económico, ahora vamos por el poder político.’”

Pablo Escobar y su hijo
Murió a los 44 años y a su hijo le quedó claro que no salía a cuenta imitar a su padre, a pesar de algunas amenazas: “me quieren matar por no seguir los pasos de mi padre” (4): “yo aprendí una lección en la vida y por eso siento que el narcotráfico es una maldición”, le dijo a los miembros del cártel de Cali que querían ajustar cuentas. Uno de ellos le replicó alardeando de lo que habían conseguido gracias a su actividad, y él le contestó: “entiéndame, la vida me ha mostrado algo muy diferente. Por el narcotráfico perdí a mi padre, familiares, amigos, mi libertad y mi tranquilidad y todos nuestros bienes. Me disculpa si lo ofendí de alguna forma, pero no puedo verlo de otra manera.

A Juan Pablo le preocupa que con el éxito que están adquiriendo series televisivas que narran la vida de su padre se idealice su figura y se convierta en un reclamo para futuros delincuentes. Estremece ver la fascinación que muestra mucha gente hacia Popeye, uno de los sicarios más sanguinarios de Pablo Escobar, queriéndose fotografiar con él en un documento de youtube (5).

Juan Pablo Escobar
El libro es asombroso, espeluznante, expresado en un tono sereno, con una emotividad contenida. Un testimonio claro donde sorprende que aparezcan personajes relevantes de la vida social y política con sus nombres y apellidos, donde se arroja luz sobre el complejo entramado que acompaña el sórdido mundo de la droga, y donde se revelan detalles íntimos que trastocan la idea que nos podemos hacer de un delincuente, cariñoso con los suyos, pero transformado al cruzar el umbral de la puerta de su casa.

Juan Pablo, que pese a todo siente amor por su padre, un sentimiento íntimo que no es incompatible con la lucidez para rechazar contundentemente la actividad delictiva de su padre que deja reflejada en el irónico colofón del texto: “A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer.

(1) Juan Pablo Escobar: Pablo Escobar, mi padre. (2014). Ediciones Península. Colección Huellas. 9ª edición (2016). 463 páginas - Fragmentos extraidos de capítulos 3, 5, 10 páginas 71, 110, 202-203 y 463
(3) Hans Magnus Enzensberger: La balada de Al Capone, mafia y capitalismo. Citado por Raquel Quelart en http://www.lavanguardia.com/sucesos/20170125/413652628268/mafia-al-capone.html
(4) Entrevista de Carles Francino en La ventana de la cadena Ser: El hijo de Pablo Escobar: "Me quieren matar por no seguir los pasos de mi padre". (https://www.youtube.com/watch?v=5_YEk5iJSYg)
(5) https://www.youtube.com/watch?v=EArXLKhKpCg

sábado, 12 de agosto de 2017

Metedura de pata provechosa

Cortesía desnaturalizada


Pensando en hacer un bien se puede crear un conflicto. La buena intención no basta cuando se intermedia entre personas y no se conoce suficientemente bien su sensibilidad personal y social. Lo he experimentado en diversas ocasiones, pero me quedó muy grabado un episodio en la que promoviendo un encuentro entre dos ancianos hermanos que hacía bastante tiempo que no se veían –aunque no habían perdido contacto-, me llevé un chasco (a medias).

Una alusión durante una conversación informal en el lugar de veraneo de uno de ellos fue la chispa para idear un plan para conseguir que se vieran. Ambos rondaban los 90 años, vivian distanciados unos cientos de kilómetros, espacio que se reducía considerablemente durante la época estival. El anciano veraneante había adquirido una posición relevante en la ciudad donde residía, forjada por la pujanza de un negocio que con gran esfuerzo había sacado adelante junto con su mujer. La situación de su hermana era muy precaria desde que enviudó y perdió casi todo su patrimonio arrastrada por la conducta de un chico al que había tutelado desde su nacimiento; apenas salía de la casa donde convivía con su hija.

Le propuse a mi madre darles una sorpresa a ambos llevando a la anciana al lugar de veraneo de su hermano, sin que ninguno de los dos supiera de antemano nada hasta el momento de verse. Propusimos a la anciana y su hija salir a dar una vuelta en coche a una zona costera. Recibió la propuesta con gran ilusión, nos tenía confianza y, además, era magnífica oportunidad para salir de su indeseada reclusión. Durante el trayecto iban -ella y su hija- admirando el paisaje, recordando quizá otros tiempos más benévolos. Al llegar al destino surgió el primer indicio de lo que vendría más tarde, cuando su hermano dijo cuando le advirtieron de quienes le visitaban: “¿Mi hermana, qué hace aquí?”. Había conseguido darles una gran sorpresa a ambos pero la forma en que se la tomaron fue muy distinta. Sin embargo, el tono en que se desarrolló el breve encuentro fue respetuoso y cordial, sin que en ningún momento asomara ningún atisbo de tirantez.

Hete aquí que, al poco de llegar a casa recibimos una llamada del anciano mostrando su disgusto por nuestra iniciativa y zanjó la excusa de que lo único que pretendíamos que se pudiesen ver teniendo en cuenta la dificultades que había para que ello se produjera por la distancia y la edad diciendo: “de la familia se quiere hablar, pero no se quiere oír hablar”. La situación en que se encontraba su hermana y la forma en que se había producido era motivo de comentarios peyorativos entre los miembros de su familia, algo que le dolía profundamente, y no quería que nadie se inmiscuyese; él por su cuenta procuraba ayudarla económicamente de forma periódica. La reprimenda llevó consigo la prohibición expresa para volverlos a visitar, ante el riesgo -supuesto- de repetir la iniciativa con otros familiares. Pero la coletilla que introdujo logró irritarme: “Si en algún momento necesitáis ayuda me lo pedís y yo os la daré”; yo no concebía que se quisiese compensar el rechazo personal con una condescendencia económica. Para su descargo, conviene tener en cuenta las múltiples peticiones de ayuda que, conscientes de su fortuna e influencia, recibía de familiares. La otra cara de la moneda fue la gran alegría y agradecimiento que mostró la anciana durante el viaje de regreso, que reiteró en una conversación telefónica posterior con mi madre.

He recordado este episodio observando la actitud de algunos personajes de la novela La compañera de Maxence van der Meersch, cuya lógica de pensamiento va unido al del ambiente sofisticado del entorno social que frecuentan, como lo expresa Marc hablando de su tía Madeleine: “lleva demasiado profundamente arraigada la creencia -confirmada indudablemente por una experiencia larga y cruel-, de que el dinero lo arregla todo, consuela a los hombres de todo. Tiene fe en muy pocas cosas… Y además, el negocio, las preocupaciones económicas, la lucha diaria… Ha llegado a decirse, y me lo repite todos los días: “El dinero es quien manda...” Está segura de que obra bien al inculcarme este principio. Procura quitarme de la cabeza todo lo quimérico, lo que no es práctico...”. Un modo de proceder que hace reflexionar a Denise, la obrera protagonista y pareja sentimental de Marc: “Pienso que esa idea, que el dinero lo puede todo, lo arregla todo, ha debido ayudar a los ricos a cometer muchas malas acciones, o a consolarse de ellas”.

Maxence van der Meersch
En otro pasaje Denise se refiere al trato que le prodiga la tía Madeleine; un párrafo revelador de que que no hay que confundir la cortesía con la naturalidad: “ella hacía cuanto podía para interesarse, encariñarse con aquel ser tan mísero, tan pobre, a quien se le pedía que además se empobreciera perdiendo incluso el recuerdo de sus sufrimientos. Fue buena conmigo, también fue cortés e intentó establecer entre ella y yo una cierta confianza y recíproca sinceridad. Muchas veces, en la intimidad tuve la impresión de considerarme muy cerca de ella y de que me estaba abriendo su corazón, pero aquello acababa en cuanto estábamos ante un tercero. Entonces, tía Madeleine, inconsciente e instantáneamente, se convertía en otra lejana, extraña, fría.” (1)

La novela me ha ayudado a comprender una lógica de comportamiento a la que no estoy habituado y que me hubiera venido muy bien conocer cuando preparaba llevar a cabo mi idea, lo que podía haberme ahorrado una experiencia agridulce. Seguramente hubiera evitado malentendidos, pero en este caso, quizá gracias a mi osada inconsciencia posibilitamos -mi madre y yo- que ambos hermanos se vieran por última vez en vida -la anciana falleció al poco tiempo- y, pese al enfado inicial del anciano -que no impidió que lo volviéramos a visitar en otras ocasiones- logramos dar una gran alegría a aquella que era más débil y tenía más necesidad. Nunca llueve a gusto de todos y, a veces, las meteduras de pata pueden ser provechosas.

Maxence van der Meersch: La compañera. Titulo original: La compagne (1951 –publicación póstuma en 1955-). Ediciones G. P. – Libros Plaza número 160 (1963) – Traducción: Matilde de Rafael – 154 páginas. Fragmentos utilizados: Segunda parte. Capítulo primero. Páginas 81-82 / Segunda parte. Capítulo V. Páginas 130-131 / Segunda parte. Capítulo III. Páginas 97-98