Proceso de recomposición vital
Cuando falleció mi padre no
era consciente de lo que me esperaba una vez acabado el trasiego del proceso
funerario, que no tenía que ver con el papeleo. Tuve una primera señal al
contemplar a mi madre abatida en el sillón al día siguiente del entierro, yo
vivía con ellos, expresaba una sensación de vaciedad de pérdida de sentido de
la vida. Durante casi cinco años mi padre había sido una persona totalmente
dependiente tras haber sufrido dos embolias (quizá fuera más apropiado llamarles
ictus o infartos cerebrales); pasó de ser una persona con una intensa actividad
física e intelectual a otra que no podía expresarse y necesitaba constantemente
tener a alguien a su lado para realizar las funciones más básicas. Casi todo el
peso de su atención recayó en mi madre, que lo asumió con entereza pese al
castigo que suponía para su delicada constitución física. Y el desenlace se
produjo sin tener tiempo para despedirse, en pocas horas, tras un infarto de
miocardio.
Lo que aparentemente podría
parecer una liberación de la carga y tensión se tradujo, en mi caso, en una
serie trastornos somáticos que no comprendía y que me llevaron en poco tiempo a
visitar en varias ocasiones los servicios de urgencias, sin que detectasen alguna
anomalía reseñable. A ello se añadió la hipersensibilidad ante cualquier mala
noticia. Lo que más me costaba entender era que pensaba haber asumido la
pérdida mentalmente, pero el cuerpo daba señales que no era así, no me daba
cuenta de estar afectado psicológicamente. A partir de esa experiencia, de hace
casi veintiún años, suelo comentar cuando se produce un fallecimiento de
alguien cercano que lo peor empieza el día después, el momento en que comienza
a hacerse más patente el hueco que ha dejado el difunto en la vida de sus
allegados.
Descubrí en un tenderete de
libros que el día de Sant Jordi se había montado en la parroquia de Sant Vicenç
de Jonqueres en el barrio de la Creu Alta de Sabadell un libro escrito Alfons
Gea, actual rector de esa parroquia. Se titula Acompañando en la pérdida y se
centra en el proceso de duelo a partir de la experiencia pastoral del autor así
como de su participación en grupos de duelo en la época que ejercía su
ministerio en Terrassa. Incorpora argumentos teóricos procedentes en su mayor
parte de la psicología, pero está basado fundamentalmente en la praxis, lo que
le convierte en tremendamente útil para superar el trance del duelo, pudiendo
reconocer en su lectura los síntomas que acompañan a este episodio, que
difieren en cada persona, y poder descubrir herramientas que ayuden a
remediarlos.
La vivencia del duelo es íntima
y exclusiva, depende tanto de circunstancias internas como externas, pero en el
proceso de recomposición vital tras la pérdida en muy necesario contar con el
acompañamiento, como recuerda María Baqués en el Prólogo del libro: “El camino
del duelo. Acompañar para reconstruir. Es la otra persona la que reconstruye su
vida. Yo sólo soy un acompañante. Conducir su propia vida; y no ser conducido.
Una pérdida es el vacío, y el duelo es ir reestructurando ese espacio. Que la
otra persona vuelva a encontrar sentido a la vida, en su nueva situación. Deberá
aprender a convivir con aquella noticia para situarse otra vez en la vida.”
Pero el duelo no sólo
afecta a los óbitos: “Para entender el duelo, en primer lugar debemos entender
lo que se denomina apego, afección o vinculación. El duelo… remite a una
pérdida. Se pierde algo que se valora, y esto provoca dolor… El apego remite al
establecimiento de ciertos vínculos. Plásticamente, podría visualizarse como
una especie de cuerda o atadura entre una persona y un objeto (en un sentido
freudiano): el padre, la madre, la infancia, la profesión, la seguridad del
hogar, las vacaciones escolares… Cuando este vínculo se rompe, duele… Para que
exista dolor, la pérdida tiene que ser significativa… Esto es lo que la mayoría
de gente no entiende: se cree que todo el dolor es igual partiendo de la base
de lo que se ha perdido. Pero el objeto perdido remite a una significación muy
personal que se le había otorgado.”
Por su practicidad y por
estar abierto a todo tipo de personas, cualquiera que sea su creencia, este
libro se convierte en una buena guía para sobrellevar estas situaciones
críticas, traumáticas a veces, que a todos nos afectan tarde o temprano.
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| Mossèn Alfons Gea |
(1) Alfons Gea:
Acompañando en la pérdida. Título original: Acompanyant en la pèrdua (2007)
Editorial San Pablo - Colección Salud y Vida número 12 – 2ª edición (2007).
Traducción: Teresa Rofes y Buró Egara. 183 páginas. / La edición original en
catalán corresponde a Publicacions de l’Abadia de Montserrat. Los fragmentos escogidos están extraídos del Prólogo y del Capítulo I.










