viernes, 21 de febrero de 2020

Removido por la inocencia

Una anécdota que dejó mella


Hay imágenes sobrecogedoras que no solo estremecen sino que, además, impactan en el sistema de valores por los que uno se ha regido hasta entonces, a la manera de entender la vida. En la novela Hillbilly, una elegía rural (1), que tiene mucho de autobiografía, J. D. Vance narra una experiencia que le removió interiormente mientras estaba destinado en Irak con el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos: “En nuestra misión en particular, algunos marines sénior se reunieron con funcionarios escolares mientras los demás garantizábamos la seguridad o estábamos con los niños, jugando al fútbol o repartiendo caramelos y material escolar. Se me acercó un niño muy tímido y me tendió la mano. Cuando le di una pequeña goma de borrar, su rostro se iluminó de alegría brevemente y salió corriendo hacia su familia, sosteniendo su premio de dos centavos en lo alto, en señal de triunfo. Nunca he visto ese entusiasmo en la cara de un niño.”

Podía haberse quedado en una simpática anécdota, pero caló hondo en Vance, que reflexionó sobre su actitud ante una vida que para él había sido bastante azarosa: Durante toda mi vida, he sentido resentimiento contra el mundo. Estaba cabreadísimo con mi madre y con mi padre, cabreadísimo por tener que ir en autobús al colegio mientras los demás niños compartían coches con sus amigos, cabreadísimo porque mi ropa no era de Abercrombie, cabreadísimo porque muriera mi abuelo, cabreadísimo porque vivíamos en una casa muy pequeña.”

Sabe que los sentimientos para cambiar de rumbo o enfoque que sobrevienen repentinamente se suelen desvanecer en poco tiempo, no se consolidan: No creo en las epifanías. No creo en los momentos transformadores, porque la transformación es algo demasiado difícil para hacerlo en un momento. He visto a demasiada gente repleta de un genuino deseo de cambiar, que luego, cuando se da cuenta de lo difícil que es en realidad cambiar, pierde la entereza.

Sin embargo para él “ese momento, con ese niño, fue para mí algo muy parecido.” Una revelación que le empujó a ampliar el foco de su existencia y darse cuenta de otras realidades que le acompañaban a las que apenas prestaba atención: El resentimiento no desapareció en un instante, pero mientras seguí allí, supervisando a una muchedumbre de niños en una nación arrasada por la guerra, en una escuela sin agua corriente y el niño loco de alegría, empecé a darme cuenta de la suerte que había tenido: había nacido en el más grande país de la tierra, con todas las comodidades modernas con sólo estirar el brazo, apoyado por dos hillbillies * (sus abuelos) que me querían y formaba parte de una familia que, a pesar de sus particularidades, me amaba incondicionalmente.”

Como le ocurrió a Vance, a lo largo de la vida aparecen señales que invitan a un cambio en algún aspecto de la conducta, la percepción, el estilo de vida… Anuncian que conviene ir por un camino distinto del que se transita, pero esperan que se dé el paso que propone el chispazo inicial, que debe romper el anquilosamiento producido por la rutina o del acomodamiento. Es necesario un propósito firme para que salga adelante aunque el trayecto sea largo, como comenta Vance: “Todavía no lo he conseguido del todo, pero sin ese día en Irak ni siquiera lo habría intentado.” Para Vance esta anécdota fue una de las lecciones que le permitieron emerger del entorno social depresivo en el que se vio inmerso, aunque no ha impedido que se siga identificando como un hillbilly agradecido por el apoyo que ha recibido de sus congéneres.

(1) J. D. Vance: Hillbilly, una elegía rural. Título original: Hillbilly Elegy (2016). Editorial: Ediciones Deusto – 1ª edición (2017). Traductor: Ramón González Férriz. 255 páginas. Fragmento en el Capítulo 10, páginas 171-172

*J. D. Vance aclara el origen del término hillbilly: americanos blancos de clase trabajadora y de ascendencia escocesa e irlandesa que no tienen un título universitario. Para esa gente, la pobreza es una tradición familiar: sus antepasados fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, después de eso aparceros, después de eso mineros del carbón, y en tiempos más recientes maquinistas y empleados de acerías. Los estadounidenses los llaman hillbillies, rednecks (cuello rojo) o basura blanca. Yo los llamo vecinos, amigos y familia.” (Introducción, página 13)