domingo, 19 de junio de 2016

El último legado

Biografía y autobiografía

En el transcurso de un diálogo entre Hamlet y Horacio, el primero manifiesta a su interlocutor: “Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi hora es llegada, no hay más qué esperarla; si no ha de venir ya, señal que es ahora; y si ahora no fuese, habrá de ser luego; todo consiste en hallarse prevenido para cuando venga. Si el hombre al terminar su vida ignora siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que la pierda tarde o temprano? Sepa morir.” (1)

Juan Antonio Vallejo-Nágera era un personaje muy conocido con amplias inquietudes intelectuales. Hijo de psiquiatra, también ejerció esta profesión con éxito, pero además destacó como docente universitario, escritor, conferenciante, encuadernador y pintor. Sus intervenciones en radio y televisión y la obtención del Premio Planeta incrementaron notablemente su popularidad.

Con sesenta y tres años y una privilegiada situación social se le diagnostica un cáncer de páncreas inoperable por haberse producido metástasis. Sabiendo que su muerte está cercana le propone a un escritor amigo, José Luis Olaizola, escribir un texto biográfico. Fruto de este encargo es La puerta de la esperanza. El texto tiene la peculiaridad de unir a los testimonios del biografiado y otros personajes relacionados con su vida, el relato de las sesiones que ambos protagonizaron en el domicilio de Vallejo-Nágera, donde quedan reflejados rasgos significativos de su carácter y el estado de ánimo con que afrontaba la situación adversa en la que se encontraba.

El libro es ameno e interesante, pero sobre todo es humano. La vida de Vallejo-Nágera parecía la viva imagen del triunfador, una especie de rey Midas capaz de convertir en éxito todas las actividades que afrontaba profesionalmente. Sin embargo, el relato transmite el recorrido vital de un ser humano con don de gentes que, sin disponer de unas cualidades excepcionales, supo, con su actitud, tomar decisiones arriesgadas que le permitieron afrontar y superar múltiples barreras.  

Releer este libro veinticinco años después ha sido una buena experiencia.


(1) William Shakespeare: Hamlet. Acto 5º, escena VIII

sábado, 18 de junio de 2016

Igualdad ante la ley

Fragmento de El Criterio escrito por Jaime Balmes y publicado en 1845. Capítulo 14: El juicio, epígrafe 5: Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad. Páginas 83 a 86. Se utiliza la edición realizada por la Editorial Ramón Sopena en 1981, colección Biblioteca Sopena, número 590.

¿Se encargarán los mismos negocios a Metternich que al más rudo patán? y aun cuando se quisiese, ¿podrían todos hacerlo todo?

-Esto es imposible; pero lo que no es imposible es la igualdad ante la ley. 

-Nueva retirada, nueva trinchera; vamos allá. La ley dice: el que contravenga sufrirá la multa de mil reales, y en caso de insolvencia diez días de cárcel. El rico paga los mil reales, y se ríe de su fechoría; el pobre que no tiene un maravedí, expía su falta de rejas adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley? 

-Pues yo quitaría esas cosas; y establecería las penas de suerte que no resultase nunca esta desigualdad. 

-Pero entonces desaparecerían las multas, arbitrio no despreciable para huecos del presupuesto y alivio de gobernantes. Además, voy a demostrarle a usted que no es posible en ninguna suposición esta pretendida igualdad.
Demos que para una transgresión está señalada la pena de diez mil reales; dos hombres han incurrido en ella, y ambos tienen de qué pagar; pero el uno es opulento banquero, el otro un modesto artesano. El banquero se burla de los diez mil reales, el artesano queda arruinado.
¿Es igual la pena? 


-No por cierto; más ¿cómo quiere usted remediarlo? 

-De ninguna manera; y esto es lo que quiero persuadirle a usted de que la igualdad es cosa irremediable. Demos que la pena sea corporal, encontraremos la misma desigualdad.
El presidio, la exposición a la vergüenza pública, son penas que el hombre falto de educación y del sentimiento de dignidad, sufre con harta indiferencia; sin embargo, un criminal que perteneciese a cierta categoría preferiría mil veces la muerte. La pena debe ser apreciada, no por lo que es en si, sino por el daño que causa al paciente y la impresión con que le afecta pues de otro modo desaparecerían los dos fines del castigo: la expiación y el escarmiento.
Luego, una misma pena aplicada a criminales de clases diferentes, no tiene la igualdad sino en el nombre, entrañando una desigualdad monstruosa. Confesaré con usted que en estos inconvenientes hay mucho de irremediable; pero reconozcamos estas tristes necesidades, y dejémonos de ponderar una igualdad imposible.

La definición de una palabra, y el discernir las diferentes aplicaciones que de ella podrían hacerse, nos ha atraído la ventaja de reducir a la nada un especioso sofisma, y de demostrar hasta la última evidencia que el pomposo orador o propalaba absurdos, o no nos decía nada que no supiésemos de antemano; pues no es mucho descubrimiento el anunciar que todos nacemos y morimos de una misma manera.

viernes, 17 de junio de 2016

Igualdad social

Fragmento de El Criterio escrito por Jaime Balmes y publicado en 1845. Capítulo 14: El juicio, epígrafe 5: Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad. Páginas 83 a 86. Se utiliza la edición realizada por la Editorial Ramón Sopena en 1981, colección Biblioteca Sopena, número 590.

-¿Dónde está la igualdad natural de que usted nos habla?

-Pero estas desigualdades no quitan la igualdad de los derechos... 

-Pasando por alto que usted ha cambiado ya completamente el estado de la cuestión, abandonando o restringiendo mucho la igualdad de la naturaleza, también hay sus inconvenientes en esa igualdad de derechos. ¿Le parece a usted si el niño de pocos años tendrá derecho para reñir y castigar a su padre? 

-Usted finge absurdos... 

-No señor, que esto y nada menos que esto exige la igualdad de derechos; si no es así deberá usted decirnos de qué derechos habla, de cuáles debe entenderse la igualdad y de cuáles no. 

-Bien claro es que ahora tratamos de la igualdad social. 
Klemens von Metternich

-No trataba usted de ella únicamente; bien reciente es el discurso en que hablaba usted en general y de la manera más absoluta, solo que arrojado de una trinchera se refugia usted en la otra. Pero vamos a la igualdad social.
Esto significará que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora pregunto, ¿en qué? ¿en autoridad? Entonces no habrá gobierno posible. ¿En bienes? Enhorabuena; dejemos a un lado la justicia, y hagamos el repartimiento: al cabo de una hora, de dos jugadores el uno habrá aligerado el bolsillo del otro, y estarán ya desiguales; pasados algunos días, el industrioso habrá aumentado su capital, el desidioso habrá consumido una porción de lo que recibió; y caeremos en la desigualdad.
Vuélvase mil veces al repartimiento, y mil veces se desigualarán las fortunas. ¿En consideración? pero ¿apreciará usted tanto al hombre honrado como al tunante? ¿se depositará igual confianza en éste que en aquél? ¿Se encargarán los mismos negocios a Metternich que al más rudo patán? y aun cuando se quisiese, ¿podrían todos hacerlo todo?

jueves, 16 de junio de 2016

El discurso de la igualdad

Fragmento de El Criterio escrito por Jaime Balmes y publicado en 1845. Capítulo 14: El juicio, epígrafe 5: Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad. Páginas 83 a 86. Se utiliza la edición realizada por la Editorial Ramón Sopena en 1981, colección Biblioteca Sopena, número 590.

Hay ciertas voces que expresando una idea general, aplicable a muchos y muy diferentes objetos y en los sentidos más varios, parecen inventadas adrede para confundir. Todos las emplean, todos se dan cuenta a sí mismos de lo que significan, pero cada cual a su modo; resultando una algarabía (1) que lastima a los buenos pensadores.

"La igualdad de los hombres, dirá un declamador (2), es una ley establecida por el mismo Dios. Todos nacemos llorando, todos morimos suspirando: la naturaleza no hace diferencia entre pobres y ricos, plebeyos y nobles; y la religión nos enseña que todos tenemos un mismo origen y un mismo destino. La igualdad es obra de Dios; la desigualdad es obra del hombre; sólo la maldad ha podido introducir esas horribles desigualdades de que es víctima el linaje humano; sólo la ignorancia y la ausencia del sentimiento de la propia dignidad han podido tolerarlas.

Esas palabras no suenan mal al oído del orgullo; y no puede negarse que hay en ellas algo de especioso. (3) Ese hombre dice errores capitales y verdades palmarias (4); confunde aquéllos con éstas; y su discurso seductor para los incautos, presenta a los ojos de un buen pensador una algarabía ridícula. 

¿Cuál es la causa? Toma la palabra igualdad en sentidos muy diferentes, la aplica a objetos que distan tanto como cielo y tierra; y pasa a una deducción general, con entera seguridad, como si no hubiese riesgo de equivocación.

¿Queremos reducir a polvo cuanto acaba de decir? He aquí cómo deberemos hacerlo.

-¿Qué entiende usted por igualdad?

-Igualdad, igualdad... bien claro está lo que significa.

-Sin embargo no estará de más que usted nos lo diga. 

-La igualdad está en que el uno no sea ni más ni menos que el otro


-Pero ya ve usted que esto puede tomarse en sentidos muy varios; porque dos hombres de seis pies de estatura serán iguales en ella, pero será posible que sean muy desiguales en lo demás; por ejemplo, si el uno es barrigudo como el gobernador de la ínsula Barataria, y el otro seco de carnes como el caballero de la Triste Figura. (4) Además dos hombres pueden ser iguales o desiguales en saber, en virtud, en nobleza, y en un millón de cosas más; con que será bien que antes nos pongamos de acuerdo en la acepción que da usted a la palabra igualdad. 

-Yo hablo de la igualdad de la naturaleza, de esta igualdad establecida por el mismo Criador, contra cuyas leyes nada pueden los hombres

-Así no quiere usted decir más sino que por naturaleza todos somos iguales... 

-Cierto. 

-Ya; pero yo veo que la naturaleza nos hace a unos robustos, a otros endebles, a unos hermosos, a otros feos, a unos ágiles, a otros torpes, a unos de ingenio despejado, a otros tontos, a unos nos da inclinaciones pacíficas, a otros violentas, a unos... pero sería nunca acabar si quisiera enumerar las desigualdades que nos vienen de la misma naturaleza. ¿Dónde está la igualdad natural de que usted nos habla?

(1) algarabía: Griterío confuso de varias personas que hablan a un tiempo
(2) declamar: Hablar en público / Expresarse con calor, en especial para realizar una crítica o invectiva
(3) especioso: Aparente, engañoso
(4) personajes principales de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. El gobernador es Sancho Panza y el caballero es Don Quijote