El rastro del acogimiento
Había leído hace un lustro Voces de Chernóbil, una recopilación de testimonios de víctimas de la catástrofe que se produjo en la central nuclear, recogidos y agrupados por la escritora Svetlana Alexiévich, galardonada con el premio Nobel en 2015. La autora no se detiene en explicar los detalles de lo que pasó, sino en cómo vivieron los entrevistados aquellos momentos y las secuelas que ha dejado en sus vidas.
Ahora he tenido la oportunidad de leer otro texto de Alexiévich que sigue la misma pauta narrativa, La guerra no tiene rostro de mujer, donde las protagonistas son mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial con el ejército soviético, movidas –por lo general- por un fervor patriótico que les impulsó a colaborar con los militares para repeler la invasión alemana de su país. Como en el libro anterior, se propone ahondar en lo que bulle en el interior de cada personaje al relatar su experiencia: «No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma.» (1)
Una de esas protagonistas es Zinaida Vasílevna Korzh que
sirvió como técnica sanitaria en el Cuarto Cuerpo de Caballería Cosaca. Vivía
en Pinsk *, tenía catorce años y medio pero, para poder enrolarse, dijo que
tenía dieciséis. De su extenso testimonio extraigo un fragmento en el que narra
su relación con los caballos:
«Nos dieron a cada una un uniforme y un caballo. Había que alimentar y cuidar al caballo, era una enorme responsabilidad. Menos mal que de pequeñas teníamos uno, me había acostumbrado, les había cogido cariño. Me dieron el caballo, lo monté y no me asusté. No todo salió a la primera, pero yo no tenía miedo. Mi caballito era pequeño, la cola le tocaba al suelo, pero era rápido, obediente, así que pronto aprendí a montarlo. Incluso alardeaba de mis logros… Después llegué cabalgar caballos húngaros, rumanos. Me encariñé tanto con los caballos, aprendí tanto de ellos, que incluso a día de hoy no paso nunca por delante de un caballo sin darle un abrazo. Dormíamos entre sus patas, se movían con sumo cuidado, nunca se tropezaban con una persona. Un caballo jamás pisará a un muerto y no abandonará a un herido. Es un animal muy inteligente. Para el soldado de caballería, su caballo es un amigo. Un fiel amigo.» (2)
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(1) Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer. Título original: U voini ne
zhenskoe lizo (2004). Editorial: Debate – 1ª edición (2015). Traductoras: Yulia
Dobrovolskaia y Zahara García González. 365 páginas. Epígrafe: La persona es más que la guerra, página 19
(2) Ibídem, Epígrafe: «Recuerdo aquellos ojos…». Página
184
*Pinsk es una ciudad de Bielorrusia perteneciente a la provincia de Brest. Dentro de la provincia, está constituida como ciudad subprovincial y es la sede administrativa del vecino distrito homónimo, sin formar parte del mismo… fue incorporada a la Unión Soviética en 1939. Entre 1941 y 1944 estuvo ocupada por la Alemania nazi. Extraido de https://es.wikipedia.org/wiki/Pinsk
**Tomada de https://concienciaequina.com/









