viernes, 22 de septiembre de 2023

El germen de la degeneración

El enemigo como espantajo

‘No hacerle el juego al enemigo’ es uno de los latiguillos que utilizan los dirigentes de algunas organizaciones para silenciar en su seno cualquier crítica, cualquier sugerencia u opinión que se aparte de los postulados emanados de la dirección, cualquier denuncia de actos reprobables, cualquier reconocimiento de errores o corrupciones. Adentrados en este escenario no se contempla más lealtad en los miembros de la organización que la de someterse a los dictados de la dirección, que a menudo se confunden con los del líder: el bien sagrado de la organización obliga a ser sumiso con quien detenta el poder.

Cuándo se toman decisiones que contravienen los principios que se han defendido hasta entonces, ¿cómo lo asumen los miembros o seguidores de dicha organización, especialmente aquellos más entusiastas? Las respuestas van desde la desafección a la justificación, una vez pasado por el filtro moral, intelectual, emocional, pragmático o cínico. Para ilustrarlo extraigo un fragmento de El visionario, la novela de Abel Quentin: «Sabemos que Robert Willow admiró a Sartre, que a su vez admiró a Aimé Césaire. Como Willow, Césaire se desligó del Partido Comunista en 1956. Ese año, el informe Kruschev desvelaba los crímenes de Stalin: las deportaciones masivas, las detenciones arbitrarias, el culto a la personalidad. En su carta de ruptura a Maurice Thorez, primer secretario de la organización, Césaire denunciaba la ceguera del Partido Comunista francés en su obsesión por salvar las apariencias, “su inalterable autosatisfacción” y su reticencia a condenar abiertamente los métodos estalinistas. Los meses siguientes terminarían de desmantelar las últimas esperanzas de aquellos que todavía soñaban con un socialismo de rostro humano: Moscú enviaba sus carros de combate a Budapest para aplastar un levantamiento pacífico.»

Quentin une este hecho, que convulsionó a los militantes y simpatizantes comunistas, con otro anterior para mostrar un abanico más amplio de reacciones; lo pone en boca de un personaje conocedor del Partido Comunista francés: «Sí, hubo muchas deserciones en el Partido Comunista francés en el cincuenta y seis. Pero la cosa llevaba diez años preparándose. En el cuarenta y siete, un tránsfuga de la URSS publicó un informe sobre el gulag que vendió quinientos mil ejemplares. El problema es que el tema fue tabú durante mucho tiempo en el seno de la izquierda. Nadie quería ser sospechoso de "hacerle el juego al anticomunismo". Algunos se sentían torturados por culpa de ese dilema. Otros se obcecaban en la pura negación. Hablar de los campos era hacerle el juego a la burguesía y a Estados Unidos. Otros intentaron resolver la contradicción con una pirueta, diciendo que los gulags eran un mal necesario y transitorio.»

Jean Roscoff, el atribulado profesor de historia jubilado protagonista de la novela, apostilla: «¿Se cansó Willow de esta retórica? Me conocía la cantinela de no hacerle el juego al enemigo. Y me daba mala espina (1)

Esto atañe a una organización concreta, pero se pueden encontrar muchos paralelismos, especialmente en la política, pero no sólo en ella. ¡Cuántos silencios cómplices son responsables de la degeneración de una organización! ¡Cuánta lealtad pervertida se esconde en la obsesión por mantener un cómodo estatus! ¡Cuánta impermeabilidad para reconocer errores conduce a situaciones putrefactas! Se puede perseguir un ideal, acertada o equivocadamente, pero la honestidad exige no dejarse cegar por él y ser capaces de rectificar si es preciso o actuar en consecuencia con los principios que llevaron a seguirlo cuando sea necesario, aunque produzca dolor. De otro modo ese ideal se convierte en opresión.

(1) Abel Quentin: El visionario. Título original: Le Voyant d’Étampes (2021). Editorial: Libros del Asteroide, número 290, 1ª edición (2023). Traductora: Regina López Muñoz. 371 páginas. Capítulo 2, páginas 78-79

lunes, 11 de septiembre de 2023

La bondad no es una pose

El regusto de la lucha interior

¿Nos atraen los cotilleos? ¿Disfrutamos con ellos? ¿Frivolizamos colocando etiquetas? ¿Despotricamos en las redes sociales? ¿Emitimos juicios temerarios?… Actitudes que, paradójicamente, pueden ser habituales en quien se considera ‘buena persona’. «La bondad, afirma Francisco Pérez, no es una pose ante los demás con las apariencias de aires bondadosos cuando tal vez por dentro, en la interioridad del alma, se vive en podredumbre vital y espiritual (en pecado). Pero ocurre que para justificarnos nos fijamos en las debilidades y fallos de los demás» Sin embargo, «cuando uno se considera limitado y pecador es más comprensible y misericordioso ante los demás pues, de lo contrario, uno se dedica a husmear en los pecados y debilidades ajenas» (1).

Mirar hacia fuera para evitar mirar qué hay dentro; establecer un muro que impide observar lo que conviene corregir para mejorar como personas. El prelado pamplonés cita a san Agustín que, comentando el salmo 50, advierte: «Vivamos santamente y, aun viviendo santamente, no presumamos en absoluto de carecer de pecado. Que la alabanza de la vida sea tal que reclame el perdón. En cambio, los hombres sin esperanza, cuanto menos atentos están a reconocer sus pecados, tanto más curiosos son respecto de los ajenos. No buscan tanto qué pueden corregir sino de qué murmurar, y como no pueden excusarse a sí mismos, se muestran dispuestos a acusar a los demás» (2).

Dice Joseph de Maistre: «No conozco el corazón de un criminal, pero sí el de un hombre honesto y lo que veo allí me aterroriza» (3). Observar nuestros defectos nos puede asustar, desanimar incluso, de ahí la tentación de obviarlos endosando el marrón a los demás. Porque ser buenos nunca es fácil, supone a menudo luchar contra un ambiente que nos arrastra y contra algunas efervescencias interiores que surgen de inmediato. La bondad es un hábito cuyo efecto no es instantáneo; hidrata el alma apaciguándola, dulcificándola, haciéndola propensa a una alegría que es expansiva: no se queda en uno mismo, sino que se transmite al trato que se dispensa a los demás.

(1) Monseñor Francisco Pérez González: Presunción de ser bueno y sin pecado, publicado en Religión en Libertad el 3 de septiembre de 2023. Extraído de https://www.religionenlibertad.com/opinion/838871532/presuncion-bueno-pecado.html

(2) San Agustín: Sermón 19. Extraído de https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_023_testo.htm

(3) Joseph de Maistre: «Je ne connais pas le cœur d’un criminel, mais celui d’un honnête homme et ce que j’y vois m’épouvante». Extraído de https://www.croirepublications.com/croire-et-vivre/40/gouttes-de-rosee


jueves, 7 de septiembre de 2023

Reparar heridas del alma

Tras una válvula de escape liberadora

La mujer de don Juan, uno de los relatos de Irène Némirovsky que conforman el texto Domingo (1) está protagonizado por Clémence Labouheyre, antigua criada de un matrimonio de la alta sociedad con un trágico final, que escribe una larga carta redactada durante una semana a Monique, la hija de dicho matrimonio, que tenía doce años cuando se produjo el suceso que convulsionó la vida familiar. El matrimonio lo componían una rica heredera, Nicole, y un hombre libertino que se aprovecha de la fortuna de su esposa, Henry, que son primos hermanos y tienen dos hijos. La vida licenciosa de él y la actitud acomplejada de ella deterioran día a día la relación conyugal.

Como sugiere el título, la carta presta especial atención a Nicole. Clémence, que se encuentra en un delicado estado de salud, quiere sincerarse con Monique, ahora casada y con dos hijos, para explicarle su versión sobre la relación de sus padres y lo que motivó el trágico desenlace. En los dos párrafos que reproduzco referidos a Nicole se puede intuir el estado interior en el que se encontraba: «Un año antes del drama, yo había empezado a ver que la señora cambiaba. Era su forma de vestirse. Era su forma de moverse, más desenvuelta, y un aire de esperanza en su cara y sus palabras. Con razón se dice que lo que la mujer desea, Dios lo ampara. Sin duda, ella deseaba como nunca antes ser atractiva, y casi lo conseguía. Hasta entonces se había vestido de forma correcta, formal, como si le diera miedo que se fijaran en ella, diría yo. Y, de repente, vestidos bonitos y lencería fina. Otro día, un peinado nuevo. Pensé que quería reconquistar a su marido

Pero poco después Clémence relaciona el sufrimiento de Nicole con el trato que dispensaba a sus hijos: «Fue una mujer muy desgraciada. Su carácter le impedía aceptar las cosas como eran y su orgullo, intentar cambiarlas. Y con sus hijos, lo mismo: trataba de consolarse con ellos de no tener el amor de los hombres y, al ver que eso no la consolaba lo suficiente, se lo reprochaba a los pobres niños. Nunca le parecían lo bastante guapos, lo bastante sanos ni lo bastante buenos como para resarcirla de todo lo que se perdía.»

Los seres humanos utilizamos válvulas de escape para exteriorizar el dolor interior, las heridas del alma. Algunas tienen efecto reparador, otras no. Unas ayudan a recuperar la paz interior; otras ahondan la herida. Unas fortalecen los lazos con nuestros semejantes; otras nos separan de ellos… Nicole vertía en sus hijos la desazón que le producía el trato que recibía de su esposo. Clémence tiene algo que le reconcome desde que abandonó la casa en la que servía y busca desahogo en la carta que le escribe a Monique ante la imposibilidad de comunicárselo personalmente.

Necesitamos liberarnos de todo aquello que nos duele interiormente, abordarlo sinceramente, dejarse ayudar por quien puede hacerlo: psicólogo, psiquiatra, sacerdote, amigo…; cada uno en el ámbito y con las herramientas que están a su disposición. Si se buscan sucedáneos es muy probable que la herida permanezca y se vayan generando otras heridas como consecuencia de no haber afrontado la primera como se debía.

(1) Irène Némirovsky: Domingo. Título original: Dimanche (1934-1942). Editorial: Salamandra – Colección: Narrativa -1ª edición (2017). Traductor: José Antonio Soriano Marco. 345 páginas. Relato: La mujer de don Juan, páginas 265-266