martes, 24 de abril de 2018

Convicciones fructíferas

Un testimonio admirable

Las heroicidades no se planifican, sino que son fruto de un momento concreto en una circunstancia determinada. El héroe no se fabrica, es un estado latente que subyace en el interior de algunas personas que se activa cuando se dan las condiciones oportunas.

Desmond Doss condecorado
 por el Presidente Harry Truman
Es paradójico que quien no quiere empuñar un arma se aliste voluntariamente al ejército, aunque tan solo se pretenda formar parte del personal sanitario, pero Desmond Doss (1) se sentía impelido a servir a su país uniéndose a los soldados que iban a luchar en la Segunda Guerra Mundial, después que el ataque a la base de Pearl Harbor precipitase la participación de los Estados Unidos en la contienda.

Él sabía que la Constitución le amparaba para acudir al campo de batalla siendo a la vez objetor de conciencia. Pero la protección legal no siempre supone una salvaguarda real cuando quienes han de respetarla se resisten a aceptarlo. Así que Desmond será sometido a múltiples vejaciones y muestras de menosprecio encaminadas a que desista de su propósito de seguir en el ejército en esas condiciones.

A pesar de todo, Desmond resiste y desprovisto de armamento participa en la misión de su batallón para conquistar el acantilado de Hacksaw Ridge en la isla de Okinawa (2). Tras un duro enfrentamiento con las tropas japonesas, los estadounidenses se baten en retirada, pero en el campo de batalla quedan muchos soldados heridos que no pueden desplazarse por sí solos, quedando expuestos a ser rematados por los componentes del ejército rival. En estas circunstancias Desmond se siente empujado interiormente a intentar ayudar a sus compañeros para que puedan ser atendidos en el campamento base, logrando rescatar a 75 de ellos, de uno en uno.

La hazaña de Desmond sorprende a todo su entorno y la consideración que tenían hacia él cambia radicalmente, hasta el punto de que cuando toca volver al campo de batalla para continuar con la misión sus compañeros se muestran remisos a iniciarla sin su presencia. Él les transmitía la confianza que necesitaban para continuar luchando, aquel al que la mayoría habían repudiado se había convertido en un talismán.

La película Hasta el último hombre (3) recoge este episodio de la guerra de Okinawa deteniéndose previamente en los antecedentes de la vida de Desmond que influyen en su personalidad. El film no escatima escenas de gran crudeza que ayudan a hacerse una idea del repulsivo horror que acompaña a cualquier conflicto bélico.

Mel Gibson
En el breve epílogo documental se remarca que la proeza y los reconocimientos que obtuvo no envanecieron a Desmond. Él achacaba el mérito a una intuición y una fuerza sobrenaturales que procedía de sus convicciones religiosas: era un adventista del séptimo día que se inspiraba en la lectura frecuente de la Biblia (4).

(3) Hasta el último hombre. Título original: Hacksaw Ridge. Año: 2016. Duración: 131 min. País: Estados Unidos. Dirección: Mel Gibson
(4) Los adventistas del séptimo día, con casi 18 millones de miembros (datos hasta el 2013) es una iglesia Cristiana organizada en 1863 en los Estados Unidos. Creen en la Biblia como la revelación literal de Dios para nuestros días. Fuente: www.adventistas.org/es/institucional/

domingo, 15 de abril de 2018

Descorazonadora codicia

Acaparar y usurpar


Poco después de la muerte de su esposa un octogenario, o casi, reunió a sus dos hijos porque había decidido repartir el conjunto de los bienes del matrimonio en tres partes equitativas entre él y sus descendientes. Una vez lo puso de manifiesto le pareció observar en su hija un cierto desencanto: ‘¿no te parece bien el reparto?’, le dijo. ‘¡No, yo lo quería todo!', fue la respuesta que recibió. Desconozco las motivaciones de esta mujer para creerse con derecho a acaparar todo el patrimonio de sus padres, pero para aquel anciano, que era vecino de nuestra escalera, esa reacción fue un mazazo, a tenor de la pesadumbre que mostraba mientras se lo comentaba a mi padre.

Hay personas cuya actitud respecto a los bienes de otros responde al dicho: ‘lo mío mío y lo tuyo de los dos, o también mío’. Esta característica parecía adornar a Walter Keane uno de los protagonistas de Big Eyes (1).

El reconocimiento popular de la obra de arte es algo misterioso, porque no depende exclusivamente de la calidad o singularidad del trabajo realizado sino que intervienen otros factores coyunturales: culturales, publicitarios, económicos… que pueden encumbrarla o denostarla, pasando por sus estados intermedios. Conocemos biografías de muchos artistas que gozan de gran cotización en la actualidad, pero en la época que les tocó vivir eran marginados sociales y pasaron grandes apuros económicos.

Margaret Hawkins
Margaret Doris Hawkins (2) era una mujer recientemente divorciada con una hija cuando conoció a Walter Keane (3) en una exposición de cuadros al aire libre. Las pinturas de Margaret tenían una característica especial, los grandes ojos que mostraban los personajes que retrataba.

La película presenta a Walter como un amoral con don de gentes, una aguda visión comercial y habilidad para los negocios, que aprovecha la fragilidad emocional de Margaret para proponerle matrimonio y ésta acepta pese a estar advertida del historial donjuanesco de su pretendiente. A partir de entonces ella firmará sus cuadros como Keane. Un incidente ocurrido mientras exponían los cuadros de ella y los que supuestamente eran de él provocará que las pinturas de Margaret se den a conocer en sectores cada vez más amplios de la sociedad, favorecidos por la destreza publicitaria de su marido, que no tiene ningún reparo en atribuirse la autoría de los trabajos de Margaret.

Walter y Margaret
En una entrevista 'la Margaret real' hablaba así del que fue su marido: “Walter era un genio del marketing y la autopromoción, pero un mal hombre… Yo era extremadamente introvertida y solo me hacía feliz pintar. Y se aprovechó de eso. Antes de salir de casa me decía cosas como ‘estás horrible’, o, si teníamos una cita, ‘estás mejor con la boca cerrada’. Pasaba los días encerrada en casa. Tardé un par de años en darme cuenta de lo que estaba haciendo. Una noche fuimos a un club de jazz donde él vendía los cuadros. Con su ritual habitual, me dijo que me quedara en un rincón y que no hablara con nadie para no avergonzarnos. Hasta que alguien se me acercó, la conversación derivó a la pintura y me preguntó: ‘¿Así que tú también pintas, como Walter?’ Ahí estábamos, en un bar lleno de pinturas mías. Me sentí humillada.” (4)

Tim Burton
Cuando Margaret le abandonó, Walter la chantajeó para que siguiera pintando para él, hasta que ella decidió llevar a juicio su situación para que la verdad saliera a la luz y Walter fue condenado, aunque parece que él nunca quiso reconocer su delito.

De no haberse dejado llevar Walter por la codicia de dinero y honores, la relación entre ambos les podía haber beneficiado mutuamente: ella pintando y él promocionando, un complemento profesional cuasi perfecto donde cada uno aportaba lo que al otro le faltaba. Él podía haber explotado sus dotes sin necesidad de convertirse en un usurpador. Pero, a menudo, cuando el orgullo se apodera de alguien se convierte en un obstáculo para crecer como persona, porque ciega, deshumaniza e impide ver más allá de uno mismo.

(1) Título original: Big Eyes. Año: 2014. Duración: 106 min. País: Estados Unidos. Dirección: Tim Burton
(2) Nombre de soltera. Ver: es.wikipedia.org/wiki/Margaret_Keane
(4) elpais.com/elpais/2013/07/17/eps/1374077334_013717.html

martes, 10 de abril de 2018

Reconducir la irritación

La respuesta al exabrupto

Esperaba que el semáforo cambiase de tonalidad para cruzar la calle cuando oí de pronto: “esa de extrema derecha a la que han votado, esa tía buena, que dicen que la han votado por estar buena”. Me giré y vi a la joven mujer que había pronunciado esas palabras junto a un cochecito de bebé conversando con otras dos personas. Tanto el contenido como el tono empleado me sorprendieron y no sé qué puede haber de cosecha propia  y de opinión prestada en esa aseveración; ni conozco a la protagonista, ni lo que hablaron con anterioridad o posterioridad a aquel instante: el semáforo se puso verde y continué mi camino.

Comentarios despectivos como el expuesto los oímos con frecuencia por todos lados y las redes sociales se encargan muchas veces de difundirlos hasta la saciedad. Juicios precipitados, superficiales, temerarios y, en muchos casos, injustos en los que el desahogo se impone a la sensatez. Antes de vernos arrastrados por ellos -¡es tan fácil!- no estaría de más preguntarse en qué nos aprovechan, qué beneficio comportan para nuestra vida.

Chérie Carter-Scott advierte sobre la relación que hay entre la manera de expresarnos y lo que bulle en nuestro interior: “tus reacciones hacia los demás son  un barómetro de la percepción que tienes de ti mismo… no puedes amar u odiar algo en otra persona si no refleja algo que amas u odias en ti mismo” (1). Es decir, que una serena reflexión sobre la exteriorización de nuestros prontos, pueden ser una inestimable ayuda para el autoconocimiento.

San Agustín invita a hacer un ejercicio de autoexamen cuando se percibe una conducta que conviene corregir: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”. (2)

Dice también la escritora norteamericana que “no hay ningún aspecto de la vida que no contenga lecciones” (3). Valorados en frío nuestros comentarios hirientes, viscerales e irreflexivos pueden avergonzarnos, pero también ser alimento de la contumacia. De nosotros depende reconvertirlos en un estímulo de mejora personal si sabemos extraer de esas apasionadas expansiones emocionales un aprendizaje provechoso para nuestro itinerario vital.


(1) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Título original: If Life Is a Game, These Are the Rules (1998). Editorial Grijalbo (2000). Colección: Revelaciones. Traductor: Dimas Mas.  179 páginas. Capítulo 7.
(2) San Agustín: Sobre el Sermón de la Montaña, 2. Fuente: opusdei.org/es-es/article/la-correccion-fraterna/
(3) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Capítulo 5

miércoles, 4 de abril de 2018

Panegíricos anticipados

Una ficción y dos realidades


Gus es un chico apuesto y simpático de 17 años que está enamorado de Hazel, a la que ha conocido en un grupo de apoyo para jóvenes enfermos de cáncer. Tiene una gran inquietud: “a casi todo el mundo le obsesiona dejar huella en el mundo. Dejar un legado. Sobrevivir a la muerte. Todos queremos que nos recuerden. Yo también. Lo que más me preocupa es ser una olvidada víctima más de la antigua y poco gloriosa guerra contra la enfermedad. Quiero dejar huella. Pero… las huellas que dejamos los hombres suelen ser cicatrices… y piensas: «Ahora me recordarán», pero: a) no te recuerdan, y b) lo único que dejas tras de ti son más cicatrices.

John Green
Sabiendo que le queda poco tiempo de vida, Gus le pide a Hazel e Isaac, un amigo común, que le escriban un panegírico para ser leído en un simulacro de funeral que se realiza el ‘último día bueno’ -en palabras de Hazel- de Gus en la iglesia donde realizaban las reuniones. Cuando le llega el turno ella dice: Augustus Waters fue el fugaz gran amor de mi vida. La nuestra fue una historia de amor épica… No voy a contaros nuestra historia de amor porque… morirá con nosotros, como debe ser. Esperaba que él me hiciera un discurso fúnebre a mí, porque nadie podría habérmelo hecho mejor… Me has dado una eternidad en esos días contados, y te doy las gracias.”

Son fragmentos de Bajo la misma estrella (1) una emotiva historia de ficción escrita por John Green, que traigo a colación por dos acontecimientos que se han producido recientemente.

José María Caparrós
El primero de ellos fue enterarme de la muerte de una persona a la que conocí y admiré por su tesón y talento para ser fiel a su vocación profesional y espiritual, a pesar de las trabas que fue encontrando en su camino. ‘Como Caparrós no hay dos’ decían sus amigos. José María era un gran comunicador, al que no le recuerdo una mala cara. Incansable trabajador, ha dejado un extenso legado bibliográfico centrado en sus dos pasiones intelectuales: el cine y la historia. Poco antes de fallecer escribió una nota de despedida de la que reproduzco la primera estrofa: “Queridos amigos y colegas: Nunca pensé que la electrónica sería el medio utilizado para despedirme de todos ante la cercanía de mi viaje, a través de la muerte, hacia la próxima etapa de mi vida. Deseo agradeceros entrañablemente, a cada uno, lo que habéis hecho por mí durante todos estos meses -¡más de dos años!-, con vuestros ánimos, muestras de cariño y verdadera amistad, visitas, oraciones…, en fin, lo que a cada cual le ha salido de su corazón. Disculpad si en algo os he molestado a lo largo de estos años de trato; no habrá sido por mala voluntad sino por debilidad o no haber estado a la altura… El objetivo de mi vida ha sido – y espero que lo seguirá siendo- servir a Dios y a los hombres en toda circunstancia, especialmente en el trabajo profesional, tantas veces recompensado con vuestra colaboración, confianza y paciencia.” (2) Una muestra de serenidad y entereza ante el desenlace que se avecina cargado de fe y esperanza, que denotan una grandeza humana que me ha impresionado.

El segundo es mucho más íntimo. Durante la Semana Santa mi madre ha estado ingresada en un hospital. Durante los primeros días temí por su vida al ver su aspecto abatido, su mirada melancólica: un estado de ánimo que ella no podía expresar con palabras. Velándola junto a la cama y en las caminatas que hacía en dirección al hospital iba recordando vivencias conjuntas, lo que dio pie a pensar en una breve frase que definiese su trayectoria vital; y surgió esta: “Ha sabido amar sirviendo al prójimo”. Ya ha salido del hospital y su aspecto ha mejorado, aunque su salud es delicada.

(1) John Green: Bajo la misma estrella. Título original: The Fault in Our Stars (2012). Editorial Nube de Tinta – 1ª edición (2012). Traducción: Noemí Sobregués. 302 páginas
(2) cinececblog.wordpress.com/2018/03/20/triste-despedida-a-jose-maria-caparros-lera/amp/?