Abriendo camino
Mi hija menor me invitó
a hacer una excursión con ella y dos de sus amigas. ‘Te va a ir bien hacer
ejercicio, además necesitamos que alguien nos lleve en coche hasta los
aledaños’, me vino a decir. Propuse hacer un camino distinto al que solíamos
hacer, que es muy concurrido, recordando mis primeras ascensiones a Sant
Llorenç de Munt, popularmente llamado La Mola, pasando por un peñasco llamado
Cavall Bernat. Rememorando el espíritu aventurero escogí una ruta equivocada
para ir a este peñasco, subiendo a través de torrenteras hasta llegar a él. A
partir de ahí pudimos seguir caminos habilitados que conducían a la cumbre,
aunque nos desviaran del itinerario más corto. La actitud de mis compañeras
durante todo el trayecto ayudó a llegar a la cima con buen ánimo, pese al
abrupto inicio; no recuerdo ninguna queja, aunque no les faltaran motivos para
ello.Podemos andar
desorientados para encontrar el mejor camino para nuestra vida, pero nunca hay
que perder la esperanza. En una Audiencia General (1) disertaba el papa León
XIV sobre la parábola del sembrador, un personaje que «no se preocupa de dónde
cae la semilla. La arroja incluso donde es improbable que dé fruto: en el
camino, entre las piedras, entre los espinos.» ¡Qué desperdicio!, nos advierte
la lógica racional, pero ésa no es la lógica del amor.
«Estamos acostumbrados a
calcular las cosas —y a veces es necesario—, ¡pero esto no vale en el amor! La
forma en que este sembrador “derrochador” arroja la semilla es una imagen de la
forma en que Dios nos ama. Es cierto que el destino de la semilla depende
también de la forma en que la acoge el terreno y de la situación en que se
encuentra, pero ante todo, con esta parábola, Jesús nos dice que Dios arroja la
semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier
situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y
distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos
agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los
que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano
la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno,
siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él
confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es
la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de
Dios.»
Destaco estas palabras «Dios
arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en
cualquier situación en la que nos encontremos». Esto sirve tanto a los que
estamos en la Iglesia como para los que están fuera; Dios no se cansa de
buscarnos para que le permitamos orientar nuestra vida: «Cada palabra del
Evangelio es como una semilla que se arroja al terreno de nuestra vida… La
palabra de Jesús es para todos, pero actúa en cada uno de manera diferente.»
Nadie puede decir conscientemente ‘no tengo remedio, hay demasiados obstáculos
que vencer’.
Sabemos que la fe es un
don, un regalo que no merecemos, que nos ayuda a transitar por la vida con
esperanza. Ese don, semilla divina, necesita cuidarse para que se fortalezca: «No
es posible comprender plenamente el Bautismo sino dentro de la Iniciación cristiana,
es decir, el itinerario a través del cual el Señor, por el ministerio de la
Iglesia y el don del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y en la comunión
trinitaria y eclesial», dice el Documento final del Sínodo (2).
El Bautismo y los otros sacramentos
de la Iniciación cristiana (Confirmación, Reconciliación, Eucaristía) abren
camino impulsados por la gracia que transmiten, con su recepción no se completa
el itinerario, como a veces ocurre en ambientes culturales cristianos en los
que una vez recibidos estos sacramentos y celebrados se da por concluido el
ciclo formativo y practicante, especialmente entre los jóvenes.

Continúa el Documento: «Este
itinerario conoce una importante variedad de formas, según la edad en la que se
emprende, los diferentes acentos propios de las tradiciones orientales y
occidentales, y las especificidades de cada Iglesia local. La iniciación nos
pone en contacto con una gran variedad de vocaciones y ministerios eclesiales.
En ellos se expresa el rostro misericordioso de una Iglesia que enseña a sus
hijos a caminar, caminando con ellos. Los escucha y, al mismo tiempo que
responde a sus dudas e interrogantes, se enriquece con la novedad que cada uno
aporta, con su historia y su cultura. En la práctica de esta acción pastoral,
la comunidad cristiana experimenta, a menudo sin ser plenamente consciente de
ello, la primera forma de sinodalidad». Hay una relación bidireccional, necesitamos
el soporte de la Iglesia para continuar el camino emprendido y la Iglesia
necesita de nuestra aportación para cumplir con su misión allí donde nos encontremos.
«Vuestra soy, para Vos
nací, ¿Qué mandáis hacer de mí?», escribe santa Teresa en un poema. El obispo
Toni Vadell, auxiliar de Barcelona que falleció antes de cumplir los cincuenta
años, hablaba en metáfora de la Iglesia (3) como una zapatería en la que cada
uno debía encontrar el calzado que más se le ajustaba para seguir el camino,
pero al final de ese camino Dios nos quiere a todos descalzos: «No hay judío y
griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús», escribe san Pablo (4); el atuendo no será lo importante sino la
unión con Cristo que, a su vez, nos une como cristianos, como expresa el lema
papal: In Illo uno unum (5). De esa unión
habla san Juan de la Cruz: «En el atardecer de la vida, seremos juzgados en el
amor.»

La semilla divina necesita
de los sacramentos y la oración para crecer en nosotros. «El sacramento de la
Confirmación enriquece la vida de los creyentes con una particular efusión del
Espíritu con miras al testimonio… Todos los creyentes están llamados a
contribuir a este impulso, acogiendo los carismas que el Espíritu distribuye
abundantemente a cada uno y comprometiéndose a ponerlos al servicio del Reino
con humildad e ingenio creativo.»Y, como no, el que se
nos presenta como alimento cotidiano y vínculo con la comunidad: «La
celebración de la Eucaristía, especialmente el domingo, es la primera y fundamental
forma en la que el Pueblo santo de Dios se encuentra y reúne. Por medio de la celebración
eucarística, “se significa y se realiza la unidad de la Iglesia” (6). En la “participación
plena, consciente y activa” (7) de todos los fieles, en la presencia de los diversos
ministerios y en la presidencia del obispo o presbítero, se hace visible la
comunidad cristiana, en la que se realiza una corresponsabilidad diferenciada
de todos para la misión.»
Dejar crecer la semilla,
nutriéndola y quitándole aquello que estorba, una tarea esperanzada para toda
la vida, porque no andamos solos.
(1) Papa León XIV:
Audiencia General del 21 de mayo de 2025. Extraído de https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2025/documents/20250521-udienza-generale.html
(2) Francisco, XVI
Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal:
comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale:
comunione, participazione, missione. Documento finale puntos tratados 24 a 27.
Enlace oficial:
https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(3) Entrevista al obispo
Toni Vadell el 26 de noviembre de 2021 en el programa Camins de Radio Estel.
Enlace: https://www.radioestel.cat/programes/camins/page/47/
(4) Carta de san Pablo a
los Gálatas, capítulo 3, versículo 28. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/galatas/
(5) In Illo uno unum
significa ‘en Cristo somos uno’. Está extraído de San Agustín: Comentario al
Salmo 127, número 3: «Estos cristianos, con su Cabeza, que subió
al cielo, son un solo Cristo; no es El uno y nosotros muchos, sino que, siendo
nosotros muchos en Aquel uno, somos uno.» Extraído de
https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_185_testo.htm
(6) Concilio Vaticano II,
Decreto Unitatis redintegratio, número 2: «La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad. Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado", e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos e mandato nuevo del amor mutuo y les prometió el Espíritu Paráclito, que permanecería eternamente con ellos como Señor y vivificador.» Extraído de https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html
(7) Concilio Vaticano II,
Constitución Sacrosanctum Concilium, número 14: «La santa madre Iglesia desea
ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena,
consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de
la Liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del
bautismo, el pueblo cristiano, "linaje escogido sacerdocio real, nación
santa, pueblo adquirido" (1 Pe., 2,9; cf. 2,4-5).» Extraído de https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html