sábado, 27 de abril de 2024

Carta a un dirigente político

La miel y la hiel

Apreciado dirigente:

En su reflexión sobre el poder escribe Leszek Kolakowski que «en su sentido más amplio, poder es todo aquello que nos permite influir en nuestro entorno, humano o natural, en la dirección que deseamos. Cuando hemos conseguido esto decimos que lo hemos dominado» (1). Pero en el acceso al poder se producen interferencias. El periodista y comunicador multimedia Carles Capdevila, en su último acto público, aludía con ironía, mientras escenificaba el monólogo Viure amb humor, que justo cuando uno alcanza una cota de poder, por pequeña que sea, inmediatamente aparece alguien interesado en quitártela. Alertado por ello, la preocupación creciente por la pérdida del cargo va ocupando un tiempo que se resta a la principal tarea que tiene encomendada (2). Cuando se anhela el cargo el atractivo son las mieles, cuando se ostenta aparecen las hieles.

Lo recuerda Kolakowski mencionando las declaraciones de un dirigente político: «Al preguntársele a un ex ministro de Finanzas británico, durante una entrevista en televisión, si le gustaría ser Primer ministro, contestó, un tanto sorprendentemente, que, por supuesto, a todo el mundo le gustaría ser Primer ministro. Esto, a su vez, me produjo cierto asombro, porque no estoy en absoluto convencido de que a todo el mundo le gustase ser Primer ministro. Por el contrario, estoy seguro de que muchísimas personas jamás han albergado tal sueño, no porque crean que sus probabilidades de alcanzar la meta son muy escasas sino, simplemente, porque creen que debe de ser un trabajo espantoso: incesantes quebraderos de cabeza, enormes responsabilidades y el convencimiento de que, haga uno lo que haga, será blanco permanente de ataques y ridiculización y de que se le atribuirán siempre las peores intenciones

Dos entusiastas y aguerridos seguidores, convencidos de su valía, le pidieron al líder del grupo por vía interpuesta un lugar de privilegio: ser su flanco derecho e izquierdo, algo así como el número 2 y 3. El líder ya había tenido que pararles los pies cuando pidieron aniquilar a unos que pasaron de ellos cuando les exponían las bondades de su proyecto. Esta vez el líder les dijo que no sabían muy bien dónde querían meterse, poniendo el acento en las cargas y sinsabores que conlleva cualquier cargo. Les dijo también que su estilo no es el habitual entre los que mandan, que tienden a tiranizar u oprimir, sino que entre los suyos quien ocupase el cargo más alto había de ser el primero en servir a todos los demás (3).

El poder como dominio, el poder como servicio. La convivencia reclama un marco en el que haya un equilibrio entre seguridad y libertad; la estabilidad necesaria para que cada uno pueda desarrollar sus potencialidades al servicio de la comunidad. Quien tiene la autoridad ha de velar para que ello sea posible, evitando la tentación de monopolizar el camino que se debe seguir. Como ocurre a menudo que la voluntad de dominio se impone a la de servicio -se requiere muchos arrestos para desoír los cantos de sirena y un alto grado de humildad para reconocer las propias limitaciones-, las sociedades suelen articular contrapesos para minimizar los efectos perversos de la ambición de poder. Lo escribe Kolakowski en su ensayo: «Los medios que permiten a un pueblo ejercer el control sobre su gobierno no son nunca perfectos. Pero el modo más eficaz que la humanidad ha inventado hasta ahora para evitar la tiranía consiste, precisamente, en reforzar los instrumentos de control social sobre los gobiernos y restringir el espectro de poderes gubernamentales al mínimo necesario para mantener el orden social: la regulación de todos los aspectos de nuestras vidas es, al fin y al cabo, lo que pretende el totalitarismo.»

Apreciado dirigente, el círculo vicioso en el que se mueve en tantas ocasiones la política te hará pensar, quizá, que de lo que se trata es de imponerse unos a otros; que, como oí en una serie televisiva, ‘a unos les toca gobernar y a los otros mirar como los unos gobiernan’. Quizá eleva tu autoestima sentirte vencedor con derecho a hacer lo que te venga en gana –o imponer tus postulados-, pero de esta manera la función que realizas no será provechosa para nadie, porque si no es para servir, el poder no sirve para nada bueno.

(1) Leszek Kolakowski: Libertad, fortuna, mentira y traición. Ensayos sobre la vida cotidiana. Freedom, Fame, Lying and Bretrayal – 1997. Ediciones Paidós. Colección Biblioteca del presente número 15. 1ª edición 2001. Traductor: Víctor Pozanco Villalba. 108 páginas. Capítulo 1. Del poder. Páginas 9-13

(2) Carles Capdevila: Viure amb humor. Monólogo en la presentación del libro 'La vida que aprenc' en el teatro L’Atlàntida de Vic el 23 de mayo de 2017. El monólogo completo se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=ScxgPfvcS3M

(3) Inspirado en Evangelio según san Lucas, capítulo 9, versículos 52-56 y Evangelio según san Mateo, capítulo 20, versículos 20-28

Lucas 9, 52-56

Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/

Mateo 20, 20-28

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos». Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/nuevo-testamento-mateo/

miércoles, 17 de abril de 2024

Desahogo impenitente

El orgullo no pinta nada

Un aristócrata ruso, Nikolai Vsevolodovich Stavrogin, está en apuros. Su altivez le impide transmitirlo a su entorno más cercano. Es el tapado para encabezar el régimen que surja de la revolución que algunos preparan, aunque él mantiene las distancias. Tiene fama de ateo, pero se dirige a un monasterio llevando unos papeles en el bolsillo, para ver a un controvertido obispo jubilado, Tijon, que reside allí desde hace seis años.

Tras saludarse y un breve intercambio, Nikolai se sincera: está inquieto por unas alucinaciones que está padeciendo en las cuales ve y siente “un ser maligno, burlón y «racional», bajo varios aspectos y en diferentes caracteres, pero siempre el mismo”, lo que le enfurece. El cronista destaca que Nikolai no parecía él: estaba hablando “con una extraña franqueza, en él jamás vista, con tal sencillez impropia de él que parecía como si su personalidad anterior se hubiera esfumado completa e inesperadamente. No sentía la menor vergüenza en poner de manifiesto el terror con que hablaba de su espectro” (1).

Sin embargo, a renglón seguido Nikolai hace un amago de marcharse, insinuando que quizá es mejor acudir a un médico. Tijon asiente sin darle excesiva importancia al comentario. Nikolai le pregunta si conoce algún caso parecido. Tijon le dice que sí, pero ocasionalmente. Nikolai le revela que hace un año que le está ocurriendo y le pregunta, entre otras cosas, si cree que puede ser efecto del demonio. Sin descartarlo del todo, Tijon le dice que lo más probable es que sea una enfermedad.

Las respuestas de Tijon tienen intrigado a Nikolai. Empiezan un toma y daca con el demonio y el ateísmo como protagonistas: “¿Pero es posible creer en el demonio sin creer por completo en Dios?” “Enteramente posible. Ocurre muy a menudo” “Y estoy seguro de que considera esa fe más respetable, a fin de cuentas, que el ateísmo completo...” “Al contrario. El ateísmo completo es más respetable que la indiferencia mundana” “¡Ajá! ¡Conque ésas tenemos!” “El ateo completo está en el penúltimo escalón para llegar a la fe absoluta (podrá o no llegar al último), mientras que el indiferente no tiene fe alguna salvo un miedo feo.” A continuación hacen referencia al pasaje del Apocalipsis sobre la iglesia de Laodicea (2).

El rifirrafe dialéctico desemboca en una contundente afirmación de Nikolai: “Escuche. No me gustan ni los espías ni los psicólogos, al menos los que bucean en mi alma. No invito a nadie a entrar en mi alma, no necesito a nadie y puedo arreglármelas solo. ¿Cree usted que le temo? Usted tiene el pleno convencimiento de que he venido a revelarle algún secreto «horrible» y lo espera con toda la curiosidad monacal de que es capaz. Pero sepa que no le revelaré nada, ningún secreto, porque no necesito de usted para nada.” A pesar de ello, poco después se saca el bolsillo los papeles que ha traído diciéndole: “Éstas son hojas destinadas a la publicidad. Si un solo hombre las lee, dejaré de ocultarlas y todo el mundo las leerá. Así lo tengo decidido. No necesito de usted, porque ya lo tengo todo resuelto. Pero léalas... Mientras las lee, no diga nada, pero cuando haya terminado de leerlas, dígalo todo...”

Nikolai espera una reacción de Tijon

al conjunto de acciones miserables que contiene el documento, una respuesta que encaje en los parámetros que ha concebido previamente, sin embargo Tijon, pone el dedo en la llaga de lo que echa en falta: Este documento emana directamente de la exigencia de un corazón mortalmente herido… Sí, el arrepentimiento y la necesidad natural de arrepentirse le han sojuzgado. Ha entrado usted por el gran camino, por el camino más inusitado de todos. Pero usted parece aborrecer ya de antemano a quienes lean lo que aquí está escrito y les lanza un reto. Si no se avergüenza de confesar sus delitos, ¿por qué se avergüenza de arrepentirse de ellos? ¡Que me miren!, dice usted; pero y usted ¿cómo los va a mirar a ellos? Algunos pasajes de su declaración parecen como subrayados. Se diría que se deleita usted con su propia psicología y echa mano de cualquier detalle para asombrar al lector, con una insensibilidad de que usted carece. ¿Qué es eso, sino un desafío orgulloso que lanza el reo al juez?”.

Clarividencia respecto al mal cometido, sinceridad al redactar el escrito, ponerlo en conocimiento de otro… no son medios suficientes de resarcimiento, sobre todo cuando subyace una actitud arrogante. El orgullo es una barrera infranqueable para pedir perdón, para obtener el perdón, incluso para perdonarse uno mismo. La sinceridad más crudamente manifestada, no cura ni sana ni salva, por sí misma, como mucho produce un alivio momentáneo y fugaz. La sinceridad debe ir acompañada de la humildad para ser eficaz, reconocer la propia debilidad y darse cuenta de la necesidad que tenemos de nuestro prójimo y de Dios para alcanzar la paz que anhelamos, aunque no sepamos cómo manifestarlo.

Los católicos experimentamos el perdón en el sacramento de la reconciliación. Se trata de restaurar, recomponer, restablecer o perfeccionar una relación que ha quedado trastocada de forma grave o leve por nuestras acciones u omisiones. Se busca el perdón y el aliento de Dios para que nuestra responda cada vez más al proyecto divino original de nuestra existencia: «creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (3). No es el sacerdote quien perdona sino la gracia de Dios que actúa a través de él. En ningún caso es un medio para tranquilizar la conciencia eludiendo responsabilidades, como algunos pregonan. Hilary Mantel lo deja claro en la novela Experimento de amor: “Aunque Dios sabe que no he pisado una iglesia desde que iba a la escuela, siempre me ha indignado que la gente considere que ser católico sea tan sencillo: que pecan cómo, cuándo y dónde quieren, luego se plantan en el confesionario y borrón y cuenta nueva. Me temo que no es tan simple. Y en primer lugar, tienes que arrepentirte de haber cometido el pecado. Segundo, tienes que intentar no repetirlo. Tercero, si puedes hacer algo para resarcirte, debes hacerlo. Si robas dinero, debes devolverlo. Si calumnias a alguien, debes pasarte el resto de la vida escribiendo sonetos alabando su buena reputación. Si hieres los sentimientos de alguien, tienes que intentar reparar el daño infligido” (4).

(1) Estos fragmentos forman parte del Apéndice del libro Los demonios de Fiódor Dostoievski, un capítulo que el director de la revista mensual Russkii Vestnik (El mensajero ruso), donde se ofrecía por entregas, se negó a publicar, modificando de esta manera el curso del relato. En internet lo podéis encontrar.

La referencia del libro que he leído es: Fiódor M. Dostoievski: Los demonios. Título original: Besy (1873). Editorial: Alba editorial – Colección: Alba Clásica Maior- - número: LXVIII – 1ª edición (2016). Traductor: Fernando Otero Macías. 791 páginas

(2) Ver Libro del Apocalipsis, capítulo 3, versículos 14 y siguientes. Referencia: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/apocalipsis/

(3) Libro del Génesis, capítulo 1, versículo 27. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/genesis/

(4) Hilary Mantel: Experimento de amor. Título original: An Experiment in Love (1995). Editorial: Ediciones Destino – Colección: Ancora y Delfín, número 1335 – 1ª edición (2016). Traductor: Albert Vitó i Godina. 316 páginas. Capítulo Dos, páginas 45-46