Primus inter pares (*)
De los
discursos políticos que han dejado huella los hay que se han centrado en un
futuro esperanzador como el pronunciado por Martin Luther King: ‘I have a dream’;
los hay que plasman un compromiso personal como el del presidente del gobierno español
Adolfo Suárez: ‘Puedo prometer y prometo’; los hay que instan a los ciudadanos
a comprometerse como el de John F. Kennedy: ‘No preguntes qué puede hacer tu
país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país’…

Recién
nombrado presidente de Checoslovaquia, tras más de cuatro décadas de dictadura
totalitaria, Váklav Havel pronunció un discurso coincidiendo con la llegada del
año 1990 (1). La caída del muro de Berlín había propiciado un efecto dominó en
los países europeos sometidos al yugo soviético, y estrenaban su incipiente
liberación de los tentáculos de la URSS. ¿Cómo dirigirse a los ciudadanos en
estas circunstancias? ¿Cómo congeniar realidad y esperanza? ¿Cómo persuadir
para que se abandonen los hábitos nocivos y apelar a un compromiso personal y
colectivo?
En el
discurso que reproduzco a continuación, Havel se dirige a sus ciudadanos como un
primus inter pares, uniéndose a ellos
para afrontar los retos que augura la nueva etapa. Me valgo de la traducción
que hicieron Ricardo Hernández y Cristina Pineda para la revista Nuestro Tiempo
(2). Es un texto que puede servir también de pauta para cotejarlo con los discursos que un día
y otro formulan nuestros políticos actualmente.
«Mis
queridos ciudadanos:Durante
cuarenta años oísteis de mis predecesores en este día diferentes variaciones
del mismo tema; cómo floreció nuestro país, cuantos millones de acero
produjimos, qué felices éramos todos, cómo confiábamos en nuestro gobierno y
qué brillantes perspectivas se abrían ante nosotros.
Supongo que no me habéis propuesto
para este cargo para que yo os mienta también.
Nuestro país
no está floreciendo. El enorme potencial
creativo y espiritual de nuestras naciones no se usa sensatamente. Ramas
enteras de nuestra industria producen bienes que no interesan a nadie, mientras
escasean las cosas que necesitamos. Un estado que se llama a sí mismo estado de
los trabajadores humilla y explota a los trabajadores. Nuestra obsoleta
economía está desperdiciando la poca energía de la que disponemos. Un país que
una vez podía estar orgulloso del nivel educativo de sus ciudadanos gasta tan
poco en educación que ocupa hoy el lugar 72 del mundo. Hemos polucionado
nuestro suelo, nuestros ríos y bosques que nos legaron nuestros antepasados, y
hoy tenemos el medio ambiente más contaminado de Europa. Las personas adultas
de nuestro país mueren más jóvenes que en la mayoría de países europeos.

Permitidme
una pequeña observación personal: cuando recientemente volaba hacia Bratislava
tuve tiempo, entre varias conversaciones, de mirar por la ventana del avión. Vi
el complejo industrial de la fábrica química Slovnaft y el gigantesco grupo de
viviendas Petrzalka justo detrás. La visión fue suficiente para hacerme comprender
que durante décadas nuestros estadistas
y políticos no miraban o no querían mirar por las ventanillas de sus aviones.
Ningún estudio de las estadísticas de que dispongo me haría capaz de entender
más rápido y mejor la situación en que hemos caído.

Pero todo
esto no es el principal problema. Lo
peor es que vivimos en un ambiente moral contaminado. Nos sentimos
moralmente enfermos porque nos hemos
acostumbrado a decir algo diferente de lo que pensamos. Aprendimos a no creer en nada, a
ignorarnos, a preocuparnos sólo por nosotros. Conceptos como amor, amistad,
compasión, humildad o perdón han perdido su profundidad y sus dimensiones, y
para muchos de nosotros representaban tan sólo peculiaridades psicológicas, o
parecían saludos anticuados de tiempos pasados, un poco ridículos en la era de
las computadoras y las naves espaciales. Sólo
alguno de nosotros fue capaz de gritar fuerte que los poderes no deben ser
todopoderosos, y que las granjas especiales, que producen comida
ecológicamente pura y de la más alta calidad sólo para ellos, deberían enviar
su producción a escuelas, hospitales y orfanatos si nuestra agricultura era tan
incapaz de ofrecerlos a todos. El
régimen anterior, armado con su arrogante e intolerante ideología, redujo el
hombre a una fuerza de producción y la naturaleza a una herramienta de
producción. Con esto atacó tanto su sustancia como sus relaciones mutuas. Redujeron la gente autónoma y con talento,
que trabajaba diestramente en su propio país, a tuercas y tornillos de una
máquina monstruosamente enorme, ruidosa y maloliente, cuyo significado real no
está claro para nadie.Cuando hablo de atmósfera moral
contaminada, no
estoy hablando sólo de caballeros que comen vegetales orgánicos y no miran por
la ventana de los aviones. Estoy hablando
de todos nosotros. Todos nos
acostumbramos al sistema totalitario y lo aceptamos como un hecho inmutable y
esto contribuyó a perpetuarlo. En otras palabras, todos nosotros somos
–aunque naturalmente en distinta medida– responsables del funcionamiento de la
maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima; todos somos,
además, sus co-creadores.

¿Por qué
digo esto? Sería muy poco razonable
entender el triste legado de los últimos cuarenta años como algo ajeno, algo
que nos ha dejó un pariente lejano. Por el contrario, tenemos que aceptar
esta herencia como algo que hicimos en nuestra contra. Si lo aceptamos de este modo, entenderemos que está al alcance de todos
nosotros y sólo de nosotros hacer algo sobre ello. No podemos culpar a los
gobernantes anteriores de todo, no sólo porque eso sería incierto, sino además
porque podría debilitar el deber al que cada uno de nosotros se enfrenta hoy, a
saber, la obligación de actuar independiente, libre, razonable y rápidamente. No nos permitamos equivocarnos: el mejor
gobierno del mundo, el mejor parlamento y el mejor presidente no pueden avanzar
mucho solos. Sería también un error esperar un remedio general sólo de
ellos. La libertad y la democracia incluyen la participación y, por
consiguiente, la responsabilidad de todos nosotros.Si nosotros
llevamos a cabo esto, todos los horrores heredados por la nueva democracia
checoslovaca dejarán de parecer tan terribles. Si llevamos a cabo esto, la
esperanza volverá a nuestros corazones.

En el
esfuerzo necesario para rectificar temas que conciernen a todos tenemos algo en
lo que apoyarnos. El período reciente
–y en particular los últimos seis meses de nuestra pacífica revolución– ha mostrado el enorme potencial humano,
moral y espiritual, y la cultura cívica que se había aletargado en nuestra
sociedad bajo la forzosa máscara de la apatía. Cuando alguien afirmaba
categóricamente que nosotros éramos esto o aquello, yo siempre objetaba que la
sociedad es una criatura muy misteriosa y no es inteligente confiar sólo en la
cara que te muestra. Estoy contento de no haber estado equivocado. En todos los
lugares del mundo la gente se pregunta dónde encontraron los ciudadanos de
Checoslovaquia, dóciles, humillados, escépticos y aparentemente cínicos la
maravillosa fuerza que les ha permitido librarse en pocas semanas y de una
forma pacífica y digna de alabanza, del yugo totalitario que les oprimía. Y
preguntémonos: ¿de dónde han sacado, estos jóvenes que siempre ha vivido bajo
el mismo régimen, el afán de verdad, su amor por la libertad de pensamiento,
sus ideales políticos, su coraje y prudencia cívica? ¿Qué ha ocurrido que sus
propios padres, la generación que se creía perdida, se les haya unido? ¿Cómo es
posible que tantísima gente supiera inmediatamente qué hacer y no necesitaran
instrucciones de ningún tipo?

Creo que se
debe a dos razones: en primer término, la
gente nunca es un mero producto del mundo externo. Siempre se tiene la
capacidad de relacionarse con algo superior. No obstante, el mundo exterior
siempre trata de matar esa capacidad tan propia de las personas. En segundo
lugar, las tradiciones humanísticas y
democráticas, de las que se habló muchas veces en vano, se abrieron finalmente paso en el
subconsciente de nuestras naciones y minorías étnicas y de modo imperceptible,
a los ojos de la mayoría, fueron pasando de generación en generación para que
cada uno de nosotros pudiera descubrirlos plenamente en el momento preciso y
transformarlos en hechos.Pero nuestra libertad tenía su precio.
Muchos ciudadanos murieron en las cárceles en los años cincuenta, otros muchos
fueron ejecutados, miles de vidas humanas quedaron destrozadas, cientos de
miles de personas de gran talento fueron obligados a abandonar el país. Los que
defendieron el honor de nuestras naciones durante la Segunda Guerra Mundial,
aquellos que se rebelaron ante las reglas totalitarias y aquellos que
simplemente consiguieron salvar sus vidas y pensar libremente, fueron todos
perseguidos. Tribunales independientes deberían juzgar la posible culpa de los responsables
de estas persecuciones, para que nuestro pasado reciente salga a la luz.

También
debemos considerar el hecho de que otras
naciones han pagado un precio aún más alto que nosotros por su libertad, y
que de forma indirecta también han pagado por la nuestra. Los ríos de sangre
que han fluido en Hungría, Polonia y Alemania y no hace mucho y de forma
terrorífica en Rumanía, así como en las Repúblicas soviéticas, ¡no deben ser
olvidados! Primero porque el sufrimiento
de cualquier hombre incumbe a los demás. Más aún, tampoco deben perderse en
el olvido porque esos enormes sacrificios son los que han forjado la libertad
de la que gozamos, y son la base de la gradual emancipación de las naciones del
bloque soviético. Tampoco debemos olvidar que sin los cambios que se han
producido en la Unión Soviética, Polonia, Hungría y la República Democrática
Alemana, lo que ha pasado en nuestro país difícilmente se hubiera producido. No
al menos, de una forma tan pacífica.El hecho de
que gozásemos de óptimas relaciones internacionales no significa que hayamos
recibido durante las pasadas semanas ayuda de terceros. De hecho, tras cientos
de años, nuestras naciones han alzado la
cabeza por iniciativa propia y sin contar con la ayuda de naciones más fuertes
o grandes potencias. Considero que esto constituye el fundamento moral del
momento actual. Este momento contiene la esperanza de que en el futuro no sufriremos el complejo de aquellos que
deben expresar continuamente su gratitud a alguien. Ahora depende
enteramente de nosotros el que este deseo se realice y que la confianza en
nosotros mismos como nación surja de forma históricamente nueva.

La confianza en uno mismo no es
orgullo. Todo lo
contrario: sólo una persona o una nación
que confía en sí misma es, en el mejor sentido de la palabra, capaz de escuchar
a otros, aceptándolos como semejantes, perdonando a sus enemigos y lamentando
sus propias faltas. Tratemos de introducir esta confianza en la vida de
nuestra comunidad y, como nación en nuestro comportamiento en el escenario
internacional. Sólo de esta manera restauraremos el respeto hacia nosotros
mismos, el respeto a los demás, así como el respeto a las demás naciones.Nuestra
nación nunca deberá a volver a ser un apéndice de otra o una pobre relación de
otro. Es cierto que debemos aceptar y aprender muchas cosas de los demás pero
debemos hacerlo como sus iguales, como gente que tiene algo que ofrecerles a
cambio.
Nuestro
primer Presidente escribió: “Jesús, no el César”. En esto siguió a nuestros
filósofos Chelcicky (3) y Comenius (4). Me atrevo a decir que incluso podríamos
difundir esta idea e introducir un nuevo elemento en la política europea y
mundial. Nuestro país, si eso es lo que deseamos, puede irradiar constantemente
amor, comprensión, el poder del espíritu y de las ideas. Es precisamente este
brillo lo que podemos ofrecer como nuestra contribución específica a la
política internacional.

Masaryk (5) basó
su política en la moralidad. Intentemos, en un nuevo tiempo y de una nueva
manera, restaurar este concepto de política. Aprendamos y enseñemos a otros que
la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de
la comunidad más que de una necesidad de engañarla o arruinarla. Aprendamos y
enseñemos a otros, que la política puede ser no sólo el arte de lo posible,
especialmente si eso significa arte de la especulación, cálculo, intriga,
pactos secretos y maniobras pragmáticas, sino que incluso puede ser el arte de
lo imposible, es decir, el arte de mejorarnos y mejorar el mundo.Somos un
país pequeño, incluso en alguna época fuimos la encrucijada espiritual de
Europa. ¿Hay alguna razón por la que no podamos serlo de nuevo? ¿No sería otra
riqueza con la cual podríamos corresponder a la ayuda que vamos a necesitar de
otros?
Nuestra
mafia local, esos que no miran por las ventanillas de los aviones y comen
cerdos especialmente alimentados puede estar todavía merodeando, y a veces en
aguas turbias, pero ya no son nuestro peor enemigo. Nuestro peor enemigo de hoy son nuestros propios defectos: indiferencia
ante el bien común, vanidad, ambición personal, egoísmo y rivalidad. La
principal batalla se ha de librar en este campo.
Hay unas elecciones libres y una
campaña electoral ante nosotros. No permitamos que esta lucha ensucie la hasta
ahora limpia cara de nuestra pacífica revolución. No permitamos que las simpatías del mundo que nos hemos ganado tan
rápidamente se pierdan también rápidamente entre nuestras intrigas para
conseguir el poder. No permitamos que el deseo aflore una vez más bajo la
máscara justa del bien común. Realmente ahora no es importante qué partido,
club o grupo ganará las elecciones. Lo importante es que los ganadores sean los
mejores de entre nosotros, en el sentido moral, político y profesional, sea
cual sea su afiliación política. Las futuras políticas y el prestigio de
nuestro Estado dependerán de las personalidades que seleccionemos y después
elijamos para nuestros cuerpos representativos.
Antes de las
elecciones tuvimos éxito al establecer relaciones diplomáticas con Israel y el
Vaticano. Me gustaría también contribuir a la paz por medio de mi visita de
mañana a nuestros cercanos convecinos, la República Democrática Alemana y la
República Federal Alemana. Tampoco debo olvidar a nuestros otros vecinos, la
fraternal Polonia y las todavía más cercanas Hungría y Austria.
Como
conclusión, me gustaría decir que quiero
ser un presidente que hable menos y trabaje más. Ser un presidente que no
sólo mirará por las ventanillas de su avión, sino que, primero y
principalmente, siempre estará presente entre sus conciudadanos y los escuchará
bien.
Podríais preguntar en qué tipo de
república sueño.
Dejadme contestar: sueño con una república independiente, libre y democrática;
en una república económicamente próspera e incluso socialmente justa; en pocas
palabras, en una república humana que
sirva al individuo y que, por consiguiente, mantenga la esperanza de que el
individuo pueda servirla en su momento. En una república de personas bien articuladas, porque sin ellas es
imposible resolver ninguno de nuestros problemas humanos, económicos,
ecológicos, sociales o políticos.
Mi
predecesor más distinguido abrió su primer discurso con una cita del gran
educador checo Comenius. Permitidme concluir mi primer discurso con mi
propia paráfrasis de la cita: ¡Pueblo, tu gobierno ha vuelto a ti!”»
(*) La
locución latina primus inter pares significa literalmente 'el primero entre
iguales'. Viene a indicar que una persona, dentro de un grupo con un nivel de
poder, de autoridad, homogéneo en diferentes ámbitos –bien sea social,
político, cultural, religioso, etc– es la más relevante dentro de ese grupo.
Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Primus_inter_pares
(1) En el
siguiente enlace se puede oír a Havel pronunciar su discurso:
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/20200515/481137956793/havel-checoslovaquia-revolucion-terciopelo-primavera-praga.html
(2) Vaclav
Havel: El arte de lo imposible. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número
429, marzo 1990. Se puede encontrar otra traducción con pequeñas diferencias en
http://www.radical.es/info/12621/discurso-presidencial-de-ano-nuevo-1989-de-vaclav-havel
(3) Petr
Chelčický (Chelčice, Bohemia, 1390 - 1460) fue un dirigente y escritor
cristiano pacifista checo, fundador de la Hermandad Bohemia (Jednota bratrská o
Unitas Fratrum). Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Petr_Chel%C4%8Dick%C3%BD
(4) Jan Amos
Komenský, en latín Comenius, (Uherský Brod, Moravia, 28 de marzo de 1592 -
Ámsterdam, 15 de noviembre de 1670) fue un teólogo, filósofo y pedagogo nacido
en la actual República Checa. Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Comenio
(5) Tomáš Garrigue Masaryk (Hódonin, Moravia, 7 de
marzo de 1850-Lány, 14 de septiembre de 1937) fue un político y filósofo
checoslovaco, conocido por haber sido fundador de la República de
Checoslovaquia. Masaryk sigue siendo un símbolo de la antigua Checoslovaquia,
ya que nació de madre checa y padre eslovaco en la frontera de ambos países.
Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Tomáš_Masaryk