miércoles, 31 de mayo de 2023

El margen de lo aceptable

Sobre la tolerancia (1)


En unos momentos en que la polarización se hace cada vez más patente en el plano político, con pretensión de arrastrar al conjunto de la población a seguir sus pasos, puede venir bien versar sobre la tolerancia, un concepto ambiguo que se presta a muchas consideraciones y que básicamente se contrapone a las alergias de cualquier tipo.

Como en otros casos, ha sido un extenso artículo de tono académico publicado en la revista Nuestro Tiempo* el que me ha dado la pauta. Está escrito por Ana Marta González, profesora universitaria de Filosofía, hace un cuarto de siglo, pero su contenido es plenamente vigente. Se titula Las paradojas de la tolerancia. Reproduciré unos cuantos fragmentos repartidos en varias publicaciones de un texto que, quien quiera leerlo completo lo encontrará en el siguiente enlace: https://www.mercaba.org/ARTICULOS/L/las_paradojas_de_la_tolerancia.htm.

«Exigir tolerancia no es lo mismo que exigir paz. El ámbito de la tolerancia, no es el de una situación de excepción: tolerancia no es un concepto que se invoque en tiempos de guerra, pues más bien, como apunta Manfred Hättich, significa la renuncia consciente a la guerra como medio de solución de problemas. Ante un conflicto bélico cualquiera no nos viene a los labios la palabra "tolerancia" sino la palabra "paz". Sólo cuando hay paz se puede comenzar a hablar de tolerancia. Según esto, el marco de la tolerancia no es tanto el de una situación de excepción cuanto más bien el de una convivencia normal en la que comienzan a advertirse signos de deterioro. Ese deterioro no es algo repentino, ni tiene primariamente que ver con la mala voluntad; con frecuencia tiene como origen la escasez, por ejemplo la escasez de puestos de trabajo. Así suele darse razón, por ejemplo, de la crisis económica del 1929. Entonces se traduce este deterioro en violencia civil, o en la creciente marginación de minorías étnicas o religiosas. Naturalmente, si el clima de intolerancia prospera, puede desembocar en guerra (1)

Ahora advertimos con más claridad que los sistemas democráticos, aun entendiéndose a sí mismos como sistemas formales, abiertos en principio a cualquier concepción personal de la vida, no hacen superflua la invocación de un concepto que reclama, no sólo de las instituciones sino también de los individuos, el desarrollo de un talante moral por el cual se acepta al diferente. “Tolerancia” es, en efecto, el talante moral del demócrata, quien paradójicamente, se encarga a su vez de señalar al que se le opone como “fundamentalista”…

El concepto europeo de tolerancia tiene un significado político de origen relativamente reciente, muy ligado a la Europa de la Reforma Protestante. Tolerancia fue el concepto esgrimido por la ilustración para afrontar los problemas de convivencia entre las distintas confesiones en los siglos XVII y XVIII, particularmente agudos entonces debido a la confusión entre autoridad civil y religiosa. El concepto de tolerancia, tal y como hoy lo entendemos, germinó, pues, en un suelo muy concreto. Cuando hoy invocamos ese concepto lo hacemos desde una determinada tradición, concretamente desde la tradición ilustrada. Lo hacemos, sin embargo, como observa Robert Spaemann, convencidos de que esa palabra es portadora de algo extensible a todos los hombres (2).

Destacar lo universal del concepto de tolerancia, esto es, la idea que consideramos “exportable” a otras culturas, no puede hacerse sin precisar el significado de este concepto. “Tolerancia” es un concepto lo suficientemente vago como para ser manipulable (3). Por eso es muy fácil que adquiera significados tan diversos y enfrentados como diversas y enfrentadas son las posturas e intereses particulares de quienes lo usan (4). Manfred Hättich apuntaba al núcleo de la cuestión al formular preguntas como éstas: ¿Domina la tolerancia en una sociedad, cuando los hombres, deseando ser tolerantes, ya no se atreven a manifestar una opinión firme sobre algún tema, en el temor de herir a alguien?, ¿equivale tolerancia a indiferencia, o comporta más bien una actitud positiva?; ¿hay algo razonablemente intolerable?; ¿son las opiniones o las personas el objeto de tolerancia? Plantearse estas cuestiones es siempre necesario para precisar el sentido de la tolerancia. Para responderlas, sin embargo, sería conveniente esbozar antes, aunque sea de modo breve, la historia de este concepto. En la medida en que los conceptos tienen una historia es por lo menos aventurado prescindir de ella en nuestras reflexiones (5).

El contexto del concepto de tolerancia es político. Su origen histórico como concepto político hay que buscarlo en la Inglaterra del siglo XVII. John Locke tenía a la vista las revueltas que se sucedían en Inglaterra con ocasión de la sucesión en el trono de Carlos II cuando escribió en Holanda su Carta sobre la Tolerancia

Un personaje importante en la marcha de estos enfrentamientos fue Lord Shaftesbury. Precisamente Locke era secretario suyo. Esta circunstancia hizo aconsejable su retirada a Holanda, cuando la situación se volvió comprometida (6). Escribe entonces su Carta sobre la tolerancia, y por cierto desde una perspectiva anglicana. La carta comienza planteando la tolerancia como nota característica de la iglesia verdadera, aunque no vacile en excluir a los ateos (7) y a los católicos de la tolerancia, por considerar que estos debían obediencia a una autoridad extranjera…

Voltaire pocos años más tarde que Locke, en Francia, haría uso también del concepto de tolerancia como arma arrojadiza contra los cristianos (8). Su concepto de tolerancia se apoyaba en un escepticismo radical (9). Menos virulento y más confiado en el poder de la razón humana fue el concepto de tolerancia que desarrolló la Ilustración alemana en el siglo XVIII, principalmente de la mano de Lessing. El siglo XVIII conoce una abundante literatura en torno a este tema. Para este siglo la tolerancia es más que una palabra: es una tarea que merece el compromiso de la vida entera. La exigencia de tolerancia significa en este contexto, la lucha por un espacio vital para otras confesiones religiosas, y libertad de pensamiento (10).

En su inicio, sin embargo, se desarrolló el concepto de tolerancia en un contexto teológico, en el que se planteaba el tema de la crítica al dogma ortodoxo y la libertad de predicación (11). Mediante el concepto de tolerancia se pretendía además, crear un marco de diálogo con religiones no cristianas (12). En este sentido, una idea clave de este debate será entender como verdades fundamentales de la fe cristiana aquellas que no tienen que ver directamente con la persona de Jesucristo. Estas verdades pertenecerían a una hipotética religión natural común a todos los hombres, como condición de una tolerancia universal (13). En este sentido es el concepto ilustrado de tolerancia profundamente racionalista.

Hablar de un concepto racionalista de tolerancia, significa reconocer el fundamento de la tolerancia en una idea común de humanidad, que, fundada en la racionalidad común a todos los hombres, hace abstracción de la historia y la tradición. Precisamente la separación de verdades históricas y verdades racionales es un pensamiento ilustrado, que Lessing hace suyo (14). Que ese concepto no está exento de problemas lo pone indirectamente de relieve Hannah Arendt tratando de la cuestión judía (15). La Ilustración lee la Biblia con desconfianza. Para la Ilustración es la separación de Biblia y Religión la única salvación posible de la religión (16)

continuará

*Revista Nuestro Tiempo, número 503, mayo 1996

(1) Cf. Manfred Hättich: «Das Toleranzproblem in der Demokratie», en Grundprobleme der Demokratie, Hrsg. Ulrich Matz, Darmstadt, 1973, p. 399.

(2) Cf. Robert Spaemann: «Universalismo o eurocentrismo. La universalidad de los derechos humanos», en Anuario Filosófico, 23,1990 (1), traducción: Daniel Innerarity. Referencia: https://revistas.unav.edu/index.php/anuario-filosofico/article/download/30009/25676

(3) Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff. Eine theologische Studie, Vandenhoeck &Rupprecht, Göttingen, 1969, p. 20.

(4) Cf. Manfred Hättich: «Das Toleranzproblem in der Demokratie», p. 397.

(5) Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff. Eine theologische Studie, Vandenhoeck &Rupprecht, Göttingen, 1969, p. 20.

(6) Cf. Introducción de Julius Ebbinghaus a la edición bilingüe, inglés-alemán de John Locke: A Letter concerning Toleration, Verlag von Felix Meiner, Hamburg, 1957, pp. xiii-xxii.

(7) Cf. JohnLocke: A Letter concerning Toleration, Verlag von Felix Meiner, Hamburg, 1957, p. 94.

(8) Cf. Voltaire: Dictionnaiere philosophique, Edition de Etiemble, Garnier, Paris, 1969, p. 403.

(9) Cf. Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff, p. 19.

(10) Cf. Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff, p. 12.

(11) Cf. Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff, p.13.

(12) Cf. Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff, p.15.

(13) Cf. Harald Schultze: Lessings Toleranzbegriff, p. 16.

(14) Cf. Hannah Arendt: Aufklärung und Judenfrage, en Die verborgene Tradition, Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1976, pp.108-109.

(15) Ibidem

(16) Cf. Hannah Arendt: Aufklärung und Judenfrage, p. 111.


miércoles, 24 de mayo de 2023

Honrar a los difuntos

Guardarse juicios apriorísticos

Al introducir el texto literario que reproduce en su sección ‘Dos veces cuento’, el profesor universitario de literatura Joseluís González hace un recorrido por personajes que conforman el universo literario de Gabriel García Marquez (1). Se detiene en el protagonista del siguiente microcuento:

«El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida

Sin ánimo exegético, el cuento del premio Nobel colombiano me sugiere una llamada de atención a aquellos que atraviesan por un estado interior tenebroso para decirles algo así como lo que canta Chayanne en Madre Tierra:

«Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba

Disfruta las cosas buenas que tiene la vida».

Joseluís González toma otro camino al elegir este relato: «De todas las generaciones de personajes que perviven en la literatura de Gabriel García Márquez, me quedo… también con este desencantado del décimo piso de ese cuento sin título de aquello que llamó Como ánimas en pena. Siempre son un descubrimiento. Sobre todo, ahora que conozco que Santa Teresa escuchó una moción que le reprochaba el que no rezase por la gloria eterna de un pariente suyo que se había quitado la vida tirándose desde un puente a un río. La voz superior que entendió Teresa de Jesús le dijo con claridad: “Entre el puente y el agua estaba Yo” (2). Y a ver qué dos brazos miden esa apiadada distancia, a ver.»
Sintoniza esta apreciación de la santa abulense con lo que contó el papa Francisco en una de sus homilías durante la Misa celebrada en casa Santa Marta: «Recordemos la historia de la pobre viuda que fue a confesarse con el cura de Ars (su marido se había suicidado; había saltado del puente al río). Y lloraba. Y dijo: ‘Yo soy una pecadora, pobrecilla. ¡Pero, pobre mi marido! ¡Está en el infierno! Se suicidó y el suicidio es un pecado mortal. Está en el infierno’. Y el cura de Ars dijo: ‘Deténgase, señora, porque entre el puente y el río está la misericordia de Dios’. Hasta el final, hasta el final, está la misericordia de Dios.»

El piadoso deber de rezar por los que nos han precedido se sobrepone a las circunstancias de la vida y la muerte del difunto. Así lo entendía aquel abuelo que me dirigió la palabra mientras esperábamos en bancos contiguos la apertura de la ermita de la parroquia de Santa Eulàlia de Provençana donde se iba a celebrar la Misa. Me contó que lo primero que hacía al entrar era visitar el nicho donde están depositadas las cenizas de su nieto, que se había suicidado cuando tenía 17 años: desasosiego, desesperanza, reto, travesura adolescente… quién sabe que bullía en el interior de este chico en ese fatídico instante, porque había vivido mucho hasta entonces, me decía el abuelo, que pidió que sus cenizas estuvieran en el columbario de la parroquia. Él no le juzgaba, rezaba por él y le sentía cerca. Yo, desde entonces, tengo a menudo un recuerdo para este muchacho cuando rezo por los difuntos, y en este caso pido además por la reconciliación de su madre y su hermana, una relación maltrecha desde que ocurrió el suceso.

Joseluís González
(1) Joseluís González: Dos veces cuento. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 487-488, enero/febrero 1995.

(2) Otra versión de este mismo hecho: «Es conocida la anécdota de santa Teresa de Jesús al respecto. Cuando se enteró de que un joven por quien rezaba se había suicidado tirándose por el puente al río (una manera de hacerlo que hoy parece un tanto primitiva, pero que entonces era usual), la santa se encaró con el Señor, y oyó la respuesta divina: “Teresa, Teresa, ¿acaso no sabías que entre en puente y el río estaba Yo?”. Al parecer se arrepintió a tiempo.» Extraído de https://es.aleteia.org/2013/08/09/dado-que-el-suicidio-es-un-pecado-grave-el-que-se-quita-la-vida-se-condena/

(3) Papa Francisco: Homilía Casa Santa Marta 18 de marzo de 2019. Extraído de https://es.zenit.org/2019/03/18/misa-del-papa-en-santa-marta-no-juzguen-a-los-demas-no-condenen-y-perdonen/

jueves, 11 de mayo de 2023

El discurso del presidente

Primus inter pares (*)

De los discursos políticos que han dejado huella los hay que se han centrado en un futuro esperanzador como el pronunciado por Martin Luther King: ‘I have a dream’; los hay que plasman un compromiso personal como el del presidente del gobierno español Adolfo Suárez: ‘Puedo prometer y prometo’; los hay que instan a los ciudadanos a comprometerse como el de John F. Kennedy: ‘No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país’

Recién nombrado presidente de Checoslovaquia, tras más de cuatro décadas de dictadura totalitaria, Váklav Havel pronunció un discurso coincidiendo con la llegada del año 1990 (1). La caída del muro de Berlín había propiciado un efecto dominó en los países europeos sometidos al yugo soviético, y estrenaban su incipiente liberación de los tentáculos de la URSS. ¿Cómo dirigirse a los ciudadanos en estas circunstancias? ¿Cómo congeniar realidad y esperanza? ¿Cómo persuadir para que se abandonen los hábitos nocivos y apelar a un compromiso personal y colectivo?

En el discurso que reproduzco a continuación, Havel se dirige a sus ciudadanos como un primus inter pares, uniéndose a ellos para afrontar los retos que augura la nueva etapa. Me valgo de la traducción que hicieron Ricardo Hernández y Cristina Pineda para la revista Nuestro Tiempo (2). Es un texto que puede servir también de pauta para cotejarlo con los discursos que un día y otro formulan nuestros políticos actualmente.


«Mis queridos ciudadanos:

Durante cuarenta años oísteis de mis predecesores en este día diferentes variaciones del mismo tema; cómo floreció nuestro país, cuantos millones de acero produjimos, qué felices éramos todos, cómo confiábamos en nuestro gobierno y qué brillantes perspectivas se abrían ante nosotros.

Supongo que no me habéis propuesto para este cargo para que yo os mienta también.

Nuestro país no está floreciendo. El enorme potencial creativo y espiritual de nuestras naciones no se usa sensatamente. Ramas enteras de nuestra industria producen bienes que no interesan a nadie, mientras escasean las cosas que necesitamos. Un estado que se llama a sí mismo estado de los trabajadores humilla y explota a los trabajadores. Nuestra obsoleta economía está desperdiciando la poca energía de la que disponemos. Un país que una vez podía estar orgulloso del nivel educativo de sus ciudadanos gasta tan poco en educación que ocupa hoy el lugar 72 del mundo. Hemos polucionado nuestro suelo, nuestros ríos y bosques que nos legaron nuestros antepasados, y hoy tenemos el medio ambiente más contaminado de Europa. Las personas adultas de nuestro país mueren más jóvenes que en la mayoría de países europeos.

Permitidme una pequeña observación personal: cuando recientemente volaba hacia Bratislava tuve tiempo, entre varias conversaciones, de mirar por la ventana del avión. Vi el complejo industrial de la fábrica química Slovnaft y el gigantesco grupo de viviendas Petrzalka justo detrás. La visión fue suficiente para hacerme comprender que durante décadas nuestros estadistas y políticos no miraban o no querían mirar por las ventanillas de sus aviones. Ningún estudio de las estadísticas de que dispongo me haría capaz de entender más rápido y mejor la situación en que hemos caído.

Pero todo esto no es el principal problema. Lo peor es que vivimos en un ambiente moral contaminado. Nos sentimos moralmente enfermos porque nos hemos acostumbrado a decir algo diferente de lo que pensamos. Aprendimos a no creer en nada, a ignorarnos, a preocuparnos sólo por nosotros. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón han perdido su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros representaban tan sólo peculiaridades psicológicas, o parecían saludos anticuados de tiempos pasados, un poco ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales. Sólo alguno de nosotros fue capaz de gritar fuerte que los poderes no deben ser todopoderosos, y que las granjas especiales, que producen comida ecológicamente pura y de la más alta calidad sólo para ellos, deberían enviar su producción a escuelas, hospitales y orfanatos si nuestra agricultura era tan incapaz de ofrecerlos a todos. El régimen anterior, armado con su arrogante e intolerante ideología, redujo el hombre a una fuerza de producción y la naturaleza a una herramienta de producción. Con esto atacó tanto su sustancia como sus relaciones mutuas. Redujeron la gente autónoma y con talento, que trabajaba diestramente en su propio país, a tuercas y tornillos de una máquina monstruosamente enorme, ruidosa y maloliente, cuyo significado real no está claro para nadie.

Cuando hablo de atmósfera moral contaminada, no estoy hablando sólo de caballeros que comen vegetales orgánicos y no miran por la ventana de los aviones. Estoy hablando de todos nosotros. Todos nos acostumbramos al sistema totalitario y lo aceptamos como un hecho inmutable y esto contribuyó a perpetuarlo. En otras palabras, todos nosotros somos –aunque naturalmente en distinta medida– responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima; todos somos, además, sus co-creadores.

¿Por qué digo esto? Sería muy poco razonable entender el triste legado de los últimos cuarenta años como algo ajeno, algo que nos ha dejó un pariente lejano. Por el contrario, tenemos que aceptar esta herencia como algo que hicimos en nuestra contra. Si lo aceptamos de este modo, entenderemos que está al alcance de todos nosotros y sólo de nosotros hacer algo sobre ello. No podemos culpar a los gobernantes anteriores de todo, no sólo porque eso sería incierto, sino además porque podría debilitar el deber al que cada uno de nosotros se enfrenta hoy, a saber, la obligación de actuar independiente, libre, razonable y rápidamente. No nos permitamos equivocarnos: el mejor gobierno del mundo, el mejor parlamento y el mejor presidente no pueden avanzar mucho solos. Sería también un error esperar un remedio general sólo de ellos. La libertad y la democracia incluyen la participación y, por consiguiente, la responsabilidad de todos nosotros.

Si nosotros llevamos a cabo esto, todos los horrores heredados por la nueva democracia checoslovaca dejarán de parecer tan terribles. Si llevamos a cabo esto, la esperanza volverá a nuestros corazones.

En el esfuerzo necesario para rectificar temas que conciernen a todos tenemos algo en lo que apoyarnos. El período reciente –y en particular los últimos seis meses de nuestra pacífica revolución– ha mostrado el enorme potencial humano, moral y espiritual, y la cultura cívica que se había aletargado en nuestra sociedad bajo la forzosa máscara de la apatía. Cuando alguien afirmaba categóricamente que nosotros éramos esto o aquello, yo siempre objetaba que la sociedad es una criatura muy misteriosa y no es inteligente confiar sólo en la cara que te muestra. Estoy contento de no haber estado equivocado. En todos los lugares del mundo la gente se pregunta dónde encontraron los ciudadanos de Checoslovaquia, dóciles, humillados, escépticos y aparentemente cínicos la maravillosa fuerza que les ha permitido librarse en pocas semanas y de una forma pacífica y digna de alabanza, del yugo totalitario que les oprimía. Y preguntémonos: ¿de dónde han sacado, estos jóvenes que siempre ha vivido bajo el mismo régimen, el afán de verdad, su amor por la libertad de pensamiento, sus ideales políticos, su coraje y prudencia cívica? ¿Qué ha ocurrido que sus propios padres, la generación que se creía perdida, se les haya unido? ¿Cómo es posible que tantísima gente supiera inmediatamente qué hacer y no necesitaran instrucciones de ningún tipo?

Creo que se debe a dos razones: en primer término, la gente nunca es un mero producto del mundo externo. Siempre se tiene la capacidad de relacionarse con algo superior. No obstante, el mundo exterior siempre trata de matar esa capacidad tan propia de las personas. En segundo lugar, las tradiciones humanísticas y democráticas, de las que se habló muchas veces en vano, se abrieron finalmente paso en el subconsciente de nuestras naciones y minorías étnicas y de modo imperceptible, a los ojos de la mayoría, fueron pasando de generación en generación para que cada uno de nosotros pudiera descubrirlos plenamente en el momento preciso y transformarlos en hechos.

Pero nuestra libertad tenía su precio. Muchos ciudadanos murieron en las cárceles en los años cincuenta, otros muchos fueron ejecutados, miles de vidas humanas quedaron destrozadas, cientos de miles de personas de gran talento fueron obligados a abandonar el país. Los que defendieron el honor de nuestras naciones durante la Segunda Guerra Mundial, aquellos que se rebelaron ante las reglas totalitarias y aquellos que simplemente consiguieron salvar sus vidas y pensar libremente, fueron todos perseguidos. Tribunales independientes deberían juzgar la posible culpa de los responsables de estas persecuciones, para que nuestro pasado reciente salga a la luz.

También debemos considerar el hecho de que otras naciones han pagado un precio aún más alto que nosotros por su libertad, y que de forma indirecta también han pagado por la nuestra. Los ríos de sangre que han fluido en Hungría, Polonia y Alemania y no hace mucho y de forma terrorífica en Rumanía, así como en las Repúblicas soviéticas, ¡no deben ser olvidados! Primero porque el sufrimiento de cualquier hombre incumbe a los demás. Más aún, tampoco deben perderse en el olvido porque esos enormes sacrificios son los que han forjado la libertad de la que gozamos, y son la base de la gradual emancipación de las naciones del bloque soviético. Tampoco debemos olvidar que sin los cambios que se han producido en la Unión Soviética, Polonia, Hungría y la República Democrática Alemana, lo que ha pasado en nuestro país difícilmente se hubiera producido. No al menos, de una forma tan pacífica.

El hecho de que gozásemos de óptimas relaciones internacionales no significa que hayamos recibido durante las pasadas semanas ayuda de terceros. De hecho, tras cientos de años, nuestras naciones han alzado la cabeza por iniciativa propia y sin contar con la ayuda de naciones más fuertes o grandes potencias. Considero que esto constituye el fundamento moral del momento actual. Este momento contiene la esperanza de que en el futuro no sufriremos el complejo de aquellos que deben expresar continuamente su gratitud a alguien. Ahora depende enteramente de nosotros el que este deseo se realice y que la confianza en nosotros mismos como nación surja de forma históricamente nueva.

La confianza en uno mismo no es orgullo. Todo lo contrario: sólo una persona o una nación que confía en sí misma es, en el mejor sentido de la palabra, capaz de escuchar a otros, aceptándolos como semejantes, perdonando a sus enemigos y lamentando sus propias faltas. Tratemos de introducir esta confianza en la vida de nuestra comunidad y, como nación en nuestro comportamiento en el escenario internacional. Sólo de esta manera restauraremos el respeto hacia nosotros mismos, el respeto a los demás, así como el respeto a las demás naciones.

Nuestra nación nunca deberá a volver a ser un apéndice de otra o una pobre relación de otro. Es cierto que debemos aceptar y aprender muchas cosas de los demás pero debemos hacerlo como sus iguales, como gente que tiene algo que ofrecerles a cambio.

Nuestro primer Presidente escribió: “Jesús, no el César”. En esto siguió a nuestros filósofos Chelcicky (3) y Comenius (4). Me atrevo a decir que incluso podríamos difundir esta idea e introducir un nuevo elemento en la política europea y mundial. Nuestro país, si eso es lo que deseamos, puede irradiar constantemente amor, comprensión, el poder del espíritu y de las ideas. Es precisamente este brillo lo que podemos ofrecer como nuestra contribución específica a la política internacional.

Masaryk (5) basó su política en la moralidad. Intentemos, en un nuevo tiempo y de una nueva manera, restaurar este concepto de política. Aprendamos y enseñemos a otros que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que de una necesidad de engañarla o arruinarla. Aprendamos y enseñemos a otros, que la política puede ser no sólo el arte de lo posible, especialmente si eso significa arte de la especulación, cálculo, intriga, pactos secretos y maniobras pragmáticas, sino que incluso puede ser el arte de lo imposible, es decir, el arte de mejorarnos y mejorar el mundo.

Somos un país pequeño, incluso en alguna época fuimos la encrucijada espiritual de Europa. ¿Hay alguna razón por la que no podamos serlo de nuevo? ¿No sería otra riqueza con la cual podríamos corresponder a la ayuda que vamos a necesitar de otros?

Nuestra mafia local, esos que no miran por las ventanillas de los aviones y comen cerdos especialmente alimentados puede estar todavía merodeando, y a veces en aguas turbias, pero ya no son nuestro peor enemigo. Nuestro peor enemigo de hoy son nuestros propios defectos: indiferencia ante el bien común, vanidad, ambición personal, egoísmo y rivalidad. La principal batalla se ha de librar en este campo.

Hay unas elecciones libres y una campaña electoral ante nosotros. No permitamos que esta lucha ensucie la hasta ahora limpia cara de nuestra pacífica revolución. No permitamos que las simpatías del mundo que nos hemos ganado tan rápidamente se pierdan también rápidamente entre nuestras intrigas para conseguir el poder. No permitamos que el deseo aflore una vez más bajo la máscara justa del bien común. Realmente ahora no es importante qué partido, club o grupo ganará las elecciones. Lo importante es que los ganadores sean los mejores de entre nosotros, en el sentido moral, político y profesional, sea cual sea su afiliación política. Las futuras políticas y el prestigio de nuestro Estado dependerán de las personalidades que seleccionemos y después elijamos para nuestros cuerpos representativos.

Antes de las elecciones tuvimos éxito al establecer relaciones diplomáticas con Israel y el Vaticano. Me gustaría también contribuir a la paz por medio de mi visita de mañana a nuestros cercanos convecinos, la República Democrática Alemana y la República Federal Alemana. Tampoco debo olvidar a nuestros otros vecinos, la fraternal Polonia y las todavía más cercanas Hungría y Austria.

Como conclusión, me gustaría decir que quiero ser un presidente que hable menos y trabaje más. Ser un presidente que no sólo mirará por las ventanillas de su avión, sino que, primero y principalmente, siempre estará presente entre sus conciudadanos y los escuchará bien.

Podríais preguntar en qué tipo de república sueño. Dejadme contestar: sueño con una república independiente, libre y democrática; en una república económicamente próspera e incluso socialmente justa; en pocas palabras, en una república humana que sirva al individuo y que, por consiguiente, mantenga la esperanza de que el individuo pueda servirla en su momento. En una república de personas bien articuladas, porque sin ellas es imposible resolver ninguno de nuestros problemas humanos, económicos, ecológicos, sociales o políticos.

Mi predecesor más distinguido abrió su primer discurso con una cita del gran educador checo Comenius. Permitidme concluir mi primer discurso con mi propia paráfrasis de la cita: ¡Pueblo, tu gobierno ha vuelto a ti!”»

(*) La locución latina primus inter pares significa literalmente 'el primero entre iguales'. Viene a indicar que una persona, dentro de un grupo con un nivel de poder, de autoridad, homogéneo en diferentes ámbitos –bien sea social, político, cultural, religioso, etc– es la más relevante dentro de ese grupo. Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Primus_inter_pares

(1) En el siguiente enlace se puede oír a Havel pronunciar su discurso: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/20200515/481137956793/havel-checoslovaquia-revolucion-terciopelo-primavera-praga.html

(2) Vaclav Havel: El arte de lo imposible. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número 429, marzo 1990. Se puede encontrar otra traducción con pequeñas diferencias en http://www.radical.es/info/12621/discurso-presidencial-de-ano-nuevo-1989-de-vaclav-havel

(3) Petr Chelčický (Chelčice, Bohemia, 1390 - 1460) fue un dirigente y escritor cristiano pacifista checo, fundador de la Hermandad Bohemia (Jednota bratrská o Unitas Fratrum). Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Petr_Chel%C4%8Dick%C3%BD

(4) Jan Amos Komenský, en latín Comenius, (Uherský Brod, Moravia, 28 de marzo de 1592 - Ámsterdam, 15 de noviembre de 1670) fue un teólogo, filósofo y pedagogo nacido en la actual República Checa. Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Comenio

(5) Tomáš Garrigue Masaryk (Hódonin, Moravia, 7 de marzo de 1850-Lány, 14 de septiembre de 1937) fue un político y filósofo checoslovaco, conocido por haber sido fundador de la República de Checoslovaquia. Masaryk sigue siendo un símbolo de la antigua Checoslovaquia, ya que nació de madre checa y padre eslovaco en la frontera de ambos países. Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Tomáš_Masaryk