domingo, 19 de marzo de 2017

Profesores y maestros

Reconocimiento y distinción

Los profesores, especialmente en las etapas obligatorias de la educación, acostumbran a estar faltos de reconocimiento. Hace un par de meses tuvo gran resonancia el discurso de una profesora delante del claustro de profesores de un instituto andaluz que denunciaba las dificultades que se encontraba para realizar su tarea. (1)

Ser profesor no es una tarea sencilla, requiere -entre otras cualidades- conocimientos, pedagogía y temple. Para ser un buen profesor es muy importante la experiencia como expresa Garrigou-Lagrange haciéndose eco de una antigua creencia: “los profesores jóvenes enseñan más de lo que saben, es decir enseñan muchas cosas que ignoran. Los de mediana edad enseñan lo que saben. Los viejos, en cambio, enseñan las cosas que son útiles a sus oyentes”. (2) No hay que confundir, sin embargo, experiencia con permanencia. No se trata simplemente de estar ejerciendo la profesión como de vivirla, que lleva aparejado el propósito de ir mejorando paulatinamente en el desempeño de su labor.

Víctor García Hoz
Tras leer un artículo del pedagogo Víctor García Hoz me interesé por conocer la etimología de las palabras docente, profesor y maestro. (3) Las tres tienen raíces latinas. Docente es el que enseña, mostrar algo a alguien. Profesor es el que declara en público, exponer unos conocimientos delante de otros. Maestro es el que destaca sobre los demás, ser un experto en una materia. Hablando de pedagogía invisible –una cualidad que no se busca directamente- García Hoz describe lo que para él es el tránsito de profesor a maestro: “el profesor llega a ser maestro cuando sobre la competencia para «transmitir» conocimientos, llega a «contagiar» la capacidad de percibir e impulsar la realización de valores.” (4)

A este tipo de ‘maestros’ –aunque les llame profesores- se refiere una alumna del colegio de mis hijas en un artículo titulado Salve Magistra! seleccionado para el concurso Excelencia Literaria. Aquellos que “nos dejan una huella memorable, puesto que no solamente nos enseñan contenidos, sino que también nos abren caminos y nos inspiran”; y también “muestran su pasión por educar, logrando que te sientas querido pero exigido a la vez”; para concluir diciendo que “son inolvidables”. Es sólo una pequeña muestra de un relato breve y jugoso –no pretendo hacer un spoiler- que os invito a leer por completo en el enlace http://www.excelencialiteraria.com/2016-2017/trabajos/articulos_de_opinion/laia_gabarro_salve_magistra.html, ¡vale la pena! ¡Felicidades Laia!

(2) Reginald Garrigou-Lagrange: Las tres edades de la vida interior (Les Trois Ages de la Vie Intérieure - 1938). Tercera edición 1950. Traducción Leandro de Sesma. 1285 páginas. Fragmento en la sección tercera, página 1073.
(3)

(4) Víctor García Hoz: La pedagogía invisible. Publicado en la revista Nuestro Tiempo nº 359 Mayo 1984.

sábado, 11 de marzo de 2017

Mentir con condiciones

La verdad y sus circunstancias

Decía un conferenciante que había residido en Japón que a los japoneses se les ponía en un apuro cuando se les formulaba una pregunta cerrada, esas que sólo se pueden responder con un sí o un no. El uso social les obliga a no defraudar a quien le hace un ofrecimiento, aunque sepan que no lo pueden complacer. La cortesía precede a la sinceridad. Te dirán que sí aunque de hecho sea que no.

No sé si este rasgo cultural persiste y si es tan generalizado como daba a entender el conferenciante, pero sirve para mostrar que hay circunstancias que impulsan a algunas personas a mentir a pesar de no tener intención de engañar. En el caso que nos ocupa quien hace la propuesta debe aprender a preguntar teniendo en cuenta la costumbre local para no llevarse un chasco.

En uno de los ensayos sobre la vida cotidiana que conforman Libertad, fortuna, mentira y traición, el filósofo polaco Leszek Kolakowski reflexiona sobre la mentira. Disiente de quienes defienden posturas morales radicales que prohíben mentir, porque considera que en determinadas circunstancias este imperativo puede ser contrario a otros como la amabilidad hacia nuestros semejantes o el interés público.

En el relato se pone de manifiesto una tensión interior en el autor, que ha de congeniar el ideal de veracidad -soporte de la confianza y condición necesaria para la buena convivencia-, con la experiencia cotidiana -lo empírico-: “aunque se dan circunstancias en las que mentir es permisible o incluso, por una buena causa, preferible, no hay que deducir de ello que podemos limitamos a decir: «Mentir a veces está mal y a veces no»”; porque no hay un principio general que diga cuando mentir sería permisible: “No existe tal principio, ninguna regla general puede abarcar todas las circunstancias morales imaginables, ni proporcionar una solución infalible”. Pero situados en el caso en que se utiliza la mentira como herramienta recomienda por cautela que se rija por cuatro reglas:

-La primera regla es que deberíamos esforzarnos para no mentirnos a nosotros mismos… cuando mentimos, debemos ser conscientes de que mentimos.

-La segunda regla es que el modo en que nos justifiquemos nuestras mentiras y la idea que tengamos de la «buena causa» en cuyo nombre mentimos son siempre sospechosos si la «buena causa»coincide con nuestros intereses.

-La tercera regla nos dice que debemos tener en cuenta que, incluso cuando la mentira está justificada en nombre de un bien moral mayor, sigue sin ser, en sí misma, moralmente buena.

-La cuarta regla nos señala que debemos percatarnos de que, si bien la mentira es a menudo lesiva para los demás, es más lesiva para nosotros mismos, porque tiene el efecto de corroer nuestro espíritu.

Mentiras con condiciones porque hay algo que tiene muy claro el filósofo: “Sería mejor enseñarles a los niños que mentir siempre está mal, sean cuales sean las circunstancias. De este modo, por lo menos, se sentirían mal cuando mintiesen. El resto pueden aprenderlo por sí mismos con rapidez, facilidad y sin la ayuda de los adultos.

El libro es ameno, con una temática cercana y un lenguaje sencillo –no parece escrito por un filósofo-. 18 reflexiones sobre distintos aspectos de la vida corriente expuestos en 100 páginas que se leen con facilidad y dan mucho de sí.


Libro leído: Leszek Kolakowski: Libertad, fortuna, mentira y traición. Ensayos sobre la vida cotidiana. Freedom, Fame, Lying and Bretrayal – 1997. Ediciones Paidós. Colección Biblioteca del presente número 15. 1ª edición 2001. Traductor: Víctor Pozanco Villalba. 108 páginas.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Desentrañar la verdad

Nesesidad de discernir

Antonio Machado
Un compañero de trabajo se había sacado de encima a un cliente diciéndole una trola (mentira). Cuando la oficina estaba cerrada al público le comenté distendidamente en voz alta que tenía un peculiar concepto de la verdad. De pronto otro compañero intervino para aseverar ‘no existe la verdad, existe mi verdad o tu verdad’. No conocía por entonces los versos de Antonio Machado… (1)

¿Tu verdad?  No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.


…pero de haberlo sabido no creo que hubiera respondido con ellos de tan pasmado que me quedé en aquel momento. Nuestra buena relación no se resintió y más adelante comprobé que la contundencia que empleó no era sinónimo de convencimiento.

En la biografía novelada de Tomás de Aquino que escribe Louis de Wohl en La luz apacible hay un fragmento que glosa sobre la verdad recogiendo las respuestas del filósofo y teólogo a sus alumnos:
-Maestro: ¿Cómo podemos saber qué es la verdad? Conozco a un hombre que duda de todo.
-Es imposible. No podéis conocer a un hombre así. Un hombre que dudase de todo tendría que dudar también de que duda de todo. Tendría que dudar hasta de su propia existencia, lo que no le permitiría dudar… Y tendría que admitir que su vida es una constante contradicción, porque dudando de que existan alimentos, comería; dudando de que exista el sueño, dormiría… La postura del escéptico total es completamente absurda. Por eso, tales escépticos no existen en realidad. Hay, desde luego, personas que pretenden que es imposible conocer la verdad, pero es porque reconocer que la verdad existe les llevaría a sentirse obligados moralmente.

La verdad es a veces incómoda, incluso puede resultar para alguien escandalosa en determinadas circunstancias: ‘quien dice las verdades pierde las amistades’, dice el refrán. Es útil entre otras cosas porque nos simplifica mentalmente, genera confianza y facilita la buena convivencia. Pero, como en tantos aspectos de nuestra vida se ha de manifestar cuando sea pertinente, no de manera frívola o con ánimo de herir; por eso es importante el cómo, el cuándo, el por qué y el para qué. Los niños suelen ser muy espontáneos y por eso tienen fama de ‘crueles’. La experiencia ha de servir también de aprendizaje para decir la verdad, no para enmascararla.

Louis de Wohl
En muchos casos no sabremos ‘toda la verdad’, pero sí la que es precisa para un momento determinado. No siempre es necesario conocer hasta el último detalle. Otro fragmento del libro de Wohl se refiere a ello:
-…¿podemos conocer la verdad total?
-No. Solo Dios -dijo Fray Tomás… -. Pero eso no quiere decir que nuestro conocimiento, aunque sea parcial, tenga que ser falso. Pensad, por ejemplo, que encontráis en la calle un trozo de estaño. Si pensáis que es de plata, os equivocáis. Pero si decís: «es un trozo de metal», acertáis y decís la verdad, aunque no sepáis que es un trozo de estaño perteneciente a una copa que ya no servía. Yo, por mi parte, puedo saber eso -porque vi quién la tiraba a la basura- y no saber, sin embargo, que vos lo ibais a recoger. Pero lo que yo sé también es verdad. El único que lo sabe todo -toda la verdad- es Dios. El sabe de dónde procedía ese trozo de estaño y cuál será su destino final. Conoce todas sus propiedades, muchas de las cuales nosotros ignoramos, y cuál ha sido, es y será su destino en el Universo. Lo cual no quiere decir que lo que vos y yo sabemos, por incompleto que sea, no sea verdad.

En otro poema Machado incide en que la verdad es nosotros mismos, no la crea el ser humano:

La verdad es lo que es, 
y sigue siendo verdad 
aunque se piense al revés.

Cuando nos encontramos con tanta información a nuestro alcance, nos podemos preguntar si seremos capaces de descubrir que hay de verdad en todo ello. Otro fragmento de La luz apacible ofrece la clave:
-Entonces, déjame que te haga una pregunta…: ¿Cuál es la facultad racional más importante del hombre?
-La de discernir la verdad -repuso Tomás…
-Hay quienes piensan que el hombre no es capaz de discernir la verdad.
-Se les puede refutar diciéndoles que tal postulado contradice su propia hipótesis. Si el hombre no es capaz de discernir la verdad, tampoco puede postular como verdad que es incapaz de discernir la verdad.

Formación, intuición y experiencia pueden ser de gran ayuda para aprender a discernir, una cualidad que cada vez se hace más necesaria si no queremos ser arrollados por la cantidad de opiniones sin fundamento que circulan.

(1)
Los Proverbios y Cantares son publicados en la segunda edición de Campos de Castilla (1917), aunque el profesor de francés  Antonio Machado, continuará su plegaria sumando Nuevas Canciones en una etapa posterior.

 LXXXV
 ¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

XXX 
El que espera desespera, 
dice la voz popular. 
¡Qué verdad tan verdadera! 
La verdad es lo que es, 
y sigue siendo verdad 
aunque se piense al revés.


(2) Libro leído: Louis de Wohl: La luz apacible (The quiet Light - 1949). Ediciones Palabra – 1984. Traductor: Joaquín Esteban Perruca. 397 páginas

sábado, 4 de marzo de 2017

Solidaridad y compromiso

Individualismo disfrazado

Lo viví con la enfermedad de mi padre que duró casi cinco años. Durante su vida se había implicado intensamente durante muchos años en diversos proyectos educativos para adultos y gente mayor de forma altruista, actividad que acrecentó al jubilarse. Pero sufrió en el intervalo de unos meses dos embolias que le inutilizaron para la labor que estaba llevando a cabo. ¿Qué respuesta obtuvo de los centros con los que colaboraba? De uno de ellos se interesaron exclusivamente en recuperar las llaves y sólo recibió la visita de un alumno de más de noventa años que se disculpó por no poder venir más a menudo. Del otro, al que había dedicado más de veinticinco años, se conformaron con enviarle lotes de Navidad durante tres años sin ninguna visita ni llamada telefónica para interesarse por su salud. Y de los allegados hubo de todo, al principio un alud de visitas, pero al prolongarse la enfermedad tan solo unos pocos continuaron visitándole.

Mucha gente se siente solidaria, pero pocos están dispuestos a asumir un compromiso que modifique sus agendas para que el ejercicio de la solidaridad entre en sus planes. Se puede asistir a manifestaciones o firmar manifiestos pensando que con esto basta, no se quiere ir más allá. Se puede clamar a favor de los refugiados y emigrantes a quien no se conoce y menospreciar o ignorar al vecino que se conoce. El barniz no elimina la carcoma. La solidaridad más que en los gestos está en los hechos.

Hace un tiempo leí El crepúsculo del deber del filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky un revelador libro que incide entre otras cosas en estos actos de solidaridad efímera que define como altruismo indoloro. Reproduzco a continuación un fragmento de este texto.  

 “Lo que está deslegitimizado no es el principio de la acción de ayuda, sino el vivir para el prójimo. El individualismo contemporáneo no es antinómico con la preocupación de beneficencia, lo es con el ideal de la entrega personal: se quiere ayudar a los otros pero sin comprometerse demasiado, sin dar demasiado de sí mismo. Sí a la generosidad pero a condición de que sea fácil y distante, que no esté acompañada de una renuncia mayor. Somos favorables a la idea de solidaridad si ésta no pesa demasiado directamente sobre nosotros…

Gilles Lipovetsky
… Individualismo no es sinónimo de egoísmo: aunque se le haga cuesta arriba la retracción del yo, el individualismo no destruye la preocupación ética, genera en lo más profundo un altruismo indoloro de masas…

… El individualismo posmoralista ha disuelto el ideal de renuncia completa y regular, sólo reconoce la dedicación limitada, principalmente en situación de urgencia, en situaciones excepcionales de vida o muerte. Hemos dejado de alabar la exigencia permanente de dedicación al prójimo, «siempre y en todo momento» decía Jankélévitch: el momento del imperativo categórico ha dado lugar a una ética mínima e intermitente de la solidaridad compatible con la primacía del ego.

Libro leído: Gilles Lipovetsky: El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos (Le crépuscle du devoir. L’éthique indolore des nouveaux temps démocratiques - 1992). Editorial Anagrama   Colección Argumentos número 148 – 2000. Traductora: Juana Bignozzi. 287 páginas. Fragmento seleccionado: Capítulo IV. Las metamorfosis de la virtud. El altruismo indoloro. Una ética mínima. Página 133 y sigientes.