sábado, 31 de diciembre de 2022

Honestidad intelectual

Confluencia en la verdad

Echaba un vistazo a unas revistas universitarias antiguas para decidir su futuro con una cierta resistencia a desprenderme de ellas totalmente, aunque me alivia pensar que hay quien puede alargar su existencia y permitir el acceso a otros lectores, hablo en concreto de Llibre Solidari. En el repaso al contenido de cada una de ellas me estoy llevando gratas sorpresas que suponen una apertura o ampliación de horizontes de pensamiento. Me he propuesto, antes de dar por finiquitado a 2022, compartir con vosotros algunos de esos escritos, confiando en que os resulten útiles y, por un momento, os alejen de la tiranía de la inmediatez.

Siendo profesor de Antropología en la Universidad de Navarra, Jorge de Vicente Arregui comenta un libro de Hervé Pasqua sobre la filosofía de Gustave Thibon, al que de Vicente califica como «uno de los grandes pensadores cristianos del siglo XX», apuntando que la «expresión pensador cristiano suele ser mal comprendida», aclarando que «de entrada esas palabras no constituyen una definición en la que se añada a un género una diferencia específica».

Antes de abordar el comentario del libro de Pasqua, de Vicente hace unas consideraciones que me parecen especialmente reivindicativas de la honestidad intelectual y animan a huir de burdos encasillamientos que jibarizan el pensamiento.

Abro un paréntesis porque mientras escribo estas líneas se ha dado a conocer el fallecimiento del papa emérito Benedicto XVI, un preclaro ejemplo de que no existe incompatibilidad entre fe y razón cuando ambas se dirigen al conocimiento de la verdad; ¡cuánto hay que agradecerle su luminoso legado intelectual!; ¡qué gran ejemplo de humildad nos ha dado alguien tan sabio! Cierro el paréntesis.

Escribe de Vicente lo que se puede aplicar también al trabajo intelectual de Joseph Ratzinger en todas las etapas de su vida: «Los pensadores cristianos no son un subgrupo dentro de los pensadores. Y ello porque el cristianismo no es un modo de pensar, ni una mentalidad ni una cultura. El cristianismo es una religión revelada. Y por eso, los pensadores no se dividen en dos bloques: los cristianos y los no cristianos.

Jorge de Vicente Arregui
Tampoco un pensador cristiano es un sujeto que piense en torno al cristianismo. La religión al menos la cristiana, no es algo que hay que pensar, sino algo que hay que vivir. Convertir el cristianismo en el objeto de especulaciones eruditas es errar el camino. Los misterios de la fe no son enigmas que descifrar, ni ideas interesantes, sino verdades que vivir. El cristianismo no es una ocupación intelectual.

A veces, suele creerse que un pensador cristiano es un filósofo que respeta los límites impuestos por el dogma, cuya doctrina no contradice la dogmática cristiana. Pero ésta es una visión muy pobre, porque no se trata de ver la fe como un límite a la libertad intelectual, solo como una regla negativa del pensar, sino más bien se trata de ver la fe como una fuente de inspiración y de problemas.

Del mismo modo que no hay respuestas filosóficas a problemas religiosos, no hay respuestas religiosas a problemas filosóficos, y por ello, a un pensador cristiano no le es ahorrado ningún esfuerzo en la búsqueda de la verdad. El filosofar o el pensar de un cristiano es un pensar auténtico. El filósofo que es cristiano no es un tahúr que guarda en la manga las cartas que sacará en el momento oportuno. Un filósofo cristiano no hace como si filosofara, o como si buscara una verdad que en realidad ya posee desde el principio. Un cristiano no es un filósofo tramposo. Si un cristiano planteara así su quehacer intelectual, éste perdería inmediatamente su interés para los auténticos filósofos. Y sería muy extraño que los cristianos no pudiesen entrar en el diálogo que mantienen quienes buscan la verdad» (1).

(1) Jorge de Vicente: Un testimonio actual sobre Thibon. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número 387, septiembre de 1986.

lunes, 31 de octubre de 2022

Al nivel de lo que amas

El objetivo al que se apunta

“Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” (1), es una impactante sentencia evangélica merecedora de ser reflexionada con relativa frecuencia, sobre todo en momentos de atasco mental: ¿Qué lo produce?, ¿es algo realmente importante?, ¿afecta a mis prioridades?; ¿adónde me dirijo?, ¿conviene prescindir de alguna rutina, lo accesorio convertido en imprescindible?...

Continuando la lectura secuencial que estoy haciendo de la Biblia, prestando atención a las notas aclaratorias, abordaba hoy el salmo 115, cuyo versículo octavo es comentado por san Juan de la Cruz en Subida al monte Carmelo: «…es de saber que la afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma alma con la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por eso dijo David (Salmo 115, 8), hablando de los que ponían su afición en los ídolos: Similes illis fiant qui faciunt ea, et omnes qui confidunt in eis, que quiere decir: Sean semejantes a ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así, el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo que ama» (2).

Cuanto más se baja el listón en el amor más apego se produce, quizá por la sensación, a menudo errónea, de que es algo que se puede controlar y dominar. Conviene amar por elevación, a pesar de la incertidumbre que conlleva la respuesta. Si se ama prioritariamente el bienestar y los bienes materiales, se desdeña todo lo que no conduce a ello. Si el foco se pone en determinadas personas por lo que nos aportan, nos alejaremos de ellas tan pronto percibamos que no nos compensan suficientemente. Hay, sin embargo, Alguien que, si queremos contar con Él, nos une a todos y eleva nuestras expectativas; queda plasmado en unas palabras del obispo Celso Morga que hoy he descubierto en internet mientras buscaba otra referencia semejante: «El amor a Dios y el amor al prójimo representan dos caras de la misma moneda. El amor a Dios es fuente y horizonte último del amor al prójimo. El que ama al prójimo ama siempre a Dios; el que ama a Dios no puede no amar al prójimo» (3).

(1) Evangelio según san Lucas, capítulo 12, versículo 34. Extraído de https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/lucas-12

(2) San Juan de la Cruz: Subida al monte Carmelo, libro primero, capítulo 4, punto 3. Extraído de http://www.documentacatholicaomnia.eu/03d/1542-1591,_Ioannes_a_Cruce,_La_Subida_Del_Monte_Carmelo,_ES.pdf

(3) Mons. Celso Morga: Carta pastoral: Ama a Dios. Ama al hermano. Extraído de https://lavozdelosobispos.wordpress.com/2020/03/16/ama-a-dios-ama-al-hermano/


martes, 4 de octubre de 2022

Riqueza y pobreza

Cómo lo llevas

Ricos y pobres, eterna discusión que alimenta la demagogia de políticos y charlatanes. Quién es rico, quién es pobre: dónde situamos el listón, porque según el lugar del globo terráqueo en que nos encontremos será uno u otro. Hablo de la riqueza o pobreza material, porque hay otras pobrezas o riquezas que no son objeto de este escrito aunque no dejan de tener alguna relación; todo lo que afecta al ser humano está relacionado. La exclusión se hace presente en los polos de ambas realidades; unos están en riesgo de exclusión, otros buscan ambientes exclusivos.

¿Qué es pobreza? ¿Qué es riqueza? Lo plantea un fragmento de Les terres promeses. Lucía habla de sus vivencias en un islote cubano el periodo anterior a la revolución castrista: «¿Que como era la vida en el cayo? La vida en el cayo, ¿qué les podría decir? Por encima de todo recuerdo los olores. Porque una cosa es la pobreza y otra la escasez. Nosotros no éramos pobres, porque la pobreza surge de la comparación con la riqueza. Y a los ricos de La Habana nunca los veíamos por nuestra islita. Digamos, pues, que íbamos escasos. Y eso de la escasez sólo lo aprendes cuando vas por el mundo y te entretienes a estudiar el contenido de los cubos de basura y a mirar por las aceras y hurgar en las papeleras, y entonces piensas que la escasez es, al fin y al cabo, un lugar donde nunca habrá ni papeleras ni basura, porque en la escasez no hay nada que sobre... En la escasez nada huele mal. Sólo apesta lo que no se puede aprovechar. La peste de lo que ha salido del cuerpo y nunca más volverá al cuerpo. Pero la sabiduría de la gente consiste en saber transformar el olor en aroma» (1).

Al leerlo pensé en la generosidad de mi madre, que no se hacía preguntas –como yo sí me las hago- para dar una limosna cuando veía a alguien pidiéndola. O a lo que me contaba de mi abuela, su madre, que regaba el huerto de su ‘casa barata’ con las aguas residuales que bajaban por la calle sin alcantarillar, mi madre decía que ella y sus numerosos hermanos encontraban la cosecha buenísima. A pesar de su situación precaria, mi abuela enviaba a mi madre regularmente con un paquete de comida para que la llevara a una familia que consideraba que estaba más necesitada. Hay ejemplos que nos invitan a reflexionar sobre la actitud que adoptamos ante estas realidades.

En el evangelio la Misa dominical del 25 de septiembre se leía la parábola del rico anónimo, mal llamado Epulón, y el pobre Lázaro (2). Uno de los puntos de reflexión propuestos en evangeli.net era una cita de san Agustín: «Aprended a ser ricos y pobres tanto los que tenéis algo en este mundo, como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. ¡Dios mira al interior!» (3). Una de las cosas que noto a faltar en muchas citas es que se indique el autor pero no de dónde procede la cita. En este caso descubrí que forma parte del comentario que el santo de origen africano -universal por sus escritos- hace del primer versículo del Salmo 85: ‘Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado’ (4).

Vale la pena seguir el razonamiento de san Agustín, que sirve tanto para valorar la riqueza y la pobreza, como para examinarnos acerca de cómo usamos los bienes que poseemos:

«Inclina, Señor, tu oído, y escúchame, que soy un pobre desamparado. Luego no inclina su oído al rico, sino al pobre y al indigente, es decir, al humilde y al que reconoce su necesidad de misericordia; no al que vive en la hartura, y que se engríe y se jacta, como si nada le faltase, y dice: Gracias te doy porque no soy como ese publicano. El rico fariseo se jactaba de sus méritos; el pobre publicano confesaba sus pecados (5a).

No toméis con rigor, hermanos, lo que dije, que Dios no inclina su oído al rico, como si no prestase atención a los que tienen oro, plata, servidumbre y campos; sea que nacieron de familia adinerada, o que ocupen una tal posición social; lo único que sí quiero es que recuerden lo que dice el Apóstol a Timoteo: Dile a los ricos de este mundo que no se ensoberbezcan (5b). Porque los que no son soberbios, ante Dios son pobres; y es a los pobres, a los indigentes y desamparados, a los que Dios inclina su oído. Pues saben muy bien que su esperanza no puede estar en el oro, ni en la plata, ni en las cosas en que parecen abundar temporalmente. Basta con que las riquezas no les pierdan; que no les sean un obstáculo, ya que tampoco les van a beneficiar. Al contrario, es provechoso como obra de misericordia, tanto para el rico como para el pobre: para el rico, por deseo y por obra; para el pobre basta con la sola voluntad. Cuando uno tiene actitud de desprecio hacia todo aquello por lo que la soberbia se suele engreír, éste es pobre a los ojos de Dios; y entonces Dios inclina su oído hacia él, pues ve un corazón contrito y humillado. Sin duda, hermanos que leemos y creemos lo de aquel pobre cubierto de llagas, que se hallaba a la puerta del rico, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Y en cambio el rico, que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba opíparamente cada día, fue llevado al infierno, al lugar de tormentos (5c). ¿Por ventura el pobre fue llevado por los ángeles como premio a su pobreza, y el rico, en cambio, fue llevado a los tormentos por el pecado de sus riquezas? Debemos interpretar bien que en el pobre se recompensa y se alaba la humildad, y en el rico lo que se condena es la soberbia. Por cierto, el pobre fue llevado al seno de Abrahán, del que curiosamente dice la Escritura que poseía en este mundo abundante oro y plata, y que fue rico en la tierra (5d). Si el rico es arrojado a los tormentos, ¿cómo es que Abrahán había precedido al pobre, para recibir en su seno al llevado por los ángeles? Está claro: Abrahán, en medio de sus riquezas, era pobre, humilde, respetuoso y cumplidor de todos los mandamientos. Hasta tal punto tenía en nada sus riquezas, que Dios le ordenó inmolar a su hijo (5e), para quien él las conservaba. Aprended, pues, a ser ricos y pobres a la vez, sea que tengáis algo en este mundo, o que no tengáis nada; pues os encontraréis con el mendigo que se ensoberbece, y con el acaudalado que se humilla y confiesa su miseria. Dios se opone a los soberbios, estén vestidos de seda o de harapos; pero da su gracia a los humildes (5f), ya posean haberes mundanos, o carezcan de ellos. Dios ve nuestro interior: allí pesa, allí examina; tú no ves la balanza de Dios, la que calibra tu pensamiento. Fijaos en el motivo que el salmista pone para ser escuchado: Porque yo soy un pobre desamparado. Cuídate, no sea que tú no lo seas; si no lo eres, no serás escuchado. Todo lo que haya en ti o a tu alrededor, que pueda hacerte presumir, arrójalo lejos de ti. Sea Dios toda tu presunción: siéntete indigente de él, y así serás de él colmado. Todo lo que poseas sin él, te causará un mayor vacío» (5).

(1) Joan Barril: Les terres promeses (2010). Editorial: Edicions 62 – Edición especial para Unnim Obra Social (2011). 244 páginas. Premio Sant Joan Unnim 2010. Segona part: Nàufrags, página 51

(2) Ver Evangelio según san Lucas, capítulo 16, versículos 19-31

(3) Ver https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-09-25

(4) Extraído de https://www.franciscanos.org/oracion/salmo085.htm

(5) San Agustín: Exposición sobre el Libro de los Salmos, comentario del Salmo 85, puntos 2 y 3. Extraído de https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_104_testo.htm

Referencias bíblicas del texto:

5a Lucas 18, 11-13

5b 1ª Carta de san Pablo a Timoteo 5, 17

5c Lucas 16, 19-24

5d Génesis 13, 2

5e Génesis 22, 10

5f Carta de Santiago 4, 6

domingo, 21 de agosto de 2022

El juego de las comparaciones

Corazón agriado

El deseo de mostrar la mejor versión de nosotros mismos es una noble aspiración humana, que no hay que confundir con las ansias por quedar bien. Una de las tentaciones que surgen en las redes sociales es presentar una visión distorsionada de lo que somos: imágenes retocadas, biografías fantasiosas…: conseguir followers (seguidores) y likes (me gusta) se puede convertir en una obsesión; emular a quienes parecen tener más éxito puede remover el horizonte vital que uno se había marcado.

Mirando aquí o allá; a este, a ese o a aquel otro… podemos tener la sensación de que la vida nos trata injustamente por nuestro aspecto físico, por nuestra procedencia, por nuestro entorno familiar o social, por nuestro rol profesional, por nuestras habilidades y competencias, por nuestro nivel económico… Azuzados por destellos de envidia y codicia nos corroe una cierta indignación porque pensamos que merecemos algo mejor o más digno según el criterio que previamente hemos establecido. Y, por supuesto, lo merecemos más que aquel o aquel otro en quien nos fijamos, que parecen estar usurpando un lugar o un reconocimiento que nos debería corresponder a nosotros. Sentimientos que suelen desfigurar la realidad, tanto nuestra como la de nuestros semejantes, bloquear nuestra inteligencia y embrutecer nuestro corazón. ¡Mal negocio!

Viene a colación este comentario con la lectura de una de las parábolas más difíciles de comprender, porque rompe con la lógica de las relaciones laborales, tal como lhabitualmente las entendemos. Si no fuera porque son palabras de Jesús, tenderíamos a ver solo un “patrón injusto” y unos “obreros explotados”. Se trata de la parábola de los viñadores en las que el dueño de la finca aplica un forfait salarial a todos los empleados contratados durante una jornada, sin atender al número de horas que ha trabajado cada uno.

Me ha arrojado luz sobre el enigmático texto, que reproduzco completo en las notas finales (3), algunos párrafos de un sermón pronunciado por un sacerdote y teólogo bávaro en la Catedral de Münster a finales de 1.964 (1), cuando se estaban celebrando en Roma las sesiones del Concilio Vaticano II, en el que él formaba parte como perito. En dicho sermón Joseph Ratzinger hace una reflexión que en aquellos momentos podía interpretarse como una provocación: «Ya no somos capaces de pensar, ni estamos dispuestos a pensar, que nuestro vecino, que es una persona respetable y buena, y en muchos aspectos mejor que nosotros, tenga que sufrir la condenación eterna sólo porque no es católico». Los Padres de la Iglesia habían repetido en múltiples ocasiones que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, una sentencia que constituye un epígrafe del Catecismo de la Iglesia Católica, con tres puntos que aclaran su significado -acorde con las palabras de Ratzinger- tomando como base textos del Concilio Vaticano II; los reproduzco en las notas del final (2).

Las palabras de Ratzinger podían desconcertar, incluso escocer, a quienes pensaban que la salvación –el zenit al que puede aspirar toda vida humana- es un privilegio reservado exclusivamente a católicos. Tras unas consideraciones Ratzinger incide en lo que representaría una reacción cicatera: «La cuestión que nos atormenta es más bien por qué tenemos que ser justamente nosotros quienes realicemos todo el servicio de la fe cristiana. Si hay tantos caminos diferentes que conducen al cielo y a la salvación, ¿por qué se nos pide llevar, día tras día, todo el peso del dogma y la moral eclesial?»

Vivir como católico se puede percibir como una pega, una cadena o losa que no permite disfrutar de la vida como lo hacen muchos conciudadanos que no pertenecen a la Iglesia o viven alejados de ella; una situación que al juzgarla se tiende a idealizar. Ratzinger se refiere a ese sentimiento aludiendo al contenido de la parábola mencionada: «Cuando nos hacemos la pregunta por el fundamento y el sentido de nuestra existencia cristiana, tal como ha aparecido ante nosotros, miramos de reojo a la vida supuestamente más fácil y cómoda de los otros que “también” van al cielo. Nos parecemos demasiado a los trabajadores de la primera hora, de quienes habla la parábola de los viñadores narrada por el Señor [Mateo, 20, 1-16]. Cuando vieron que el salario de un denario se podía obtener de una manera mucho más sencilla, no comprendieron por qué habían trabajado durante todo el día» -tuvieron la sensación que habían ‘hecho el primo’-. Continúa: «Pero, ¿en qué se basaron exactamente para llegar a la convicción de que era mucho más cómodo estar sin trabajar que trabajando? ¿Y, por qué su salario les agradaba sólo con la condición de que a los otros les fuera peor que a ellos?»

La presunción unida al orgullo nos juega malas pasadas, nos enreda en una interpretación mal entendida de la justicia que nos obceca. Ratzinger traslada el sentido de la parábola a la época actual, caracterizada en occidente por estar tremendamente secularizada, ‘laica’, en la que un cristiano consecuente corre el riesgo de ser relegado a ciudadano de segunda categoría: «Ahora bien, la parábola no fue transmitida para los trabajadores de otro tiempo, sino para nosotros. Cuando nos preguntamos por el porqué del cristianismo, hacemos exactamente lo mismo que hicieron aquellos trabajadores. Damos por supuesto que el “desempleo” espiritual –una vida sin fe y sin oración- es más agradable que el servicio espiritual.

Pero, ¿en qué nos basamos para suponerlo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana y, al hacerlo, olvidamos que la fe no es sólo un peso que nos oprime, sino que es al mismo tiempo una luz que nos guía y nos muestra un camino y un sentido. En la Iglesia vemos sólo el ordenamiento exterior, que limita nuestra libertad y, al hacerlo, pasamos por alto que ella es para nosotros una patria espiritual, en la que estamos seguros en la vida y en la muerte. Vemos sólo nuestro peso y olvidamos que existe también el peso de los otros, aunque no lo conozcamos.

Y, sobre todo, ¿qué extraña actitud es aquella que adoptamos cuando consideramos que el servicio cristiano ya no merece la pena, ya que también se puede obtener el denario de la salvación sin él? Parece que no queremos ser recompensados sólo con nuestra salvación, sino sobre todo con la perdición de los otros –como los trabajadores de la primera hora-. Esto es muy humano, pero la parábola del Señor pone el acento en que tomemos conciencia de que es, al mismo tiempo, profundamente anticristiano. Quien considera la condenación de los otros casi como la condición para realizar su servicio como cristiano, al final sólo puede irse murmurando porque esta clase de salario contradice la bondad de Dios

(1) Joseph Ratzinger: La fe como servicio. Sermón pronunciado en la Catedral de Münster el 14 de diciembre de 1964. El sermón completo se puede leer en https://ratzingerganswein.wordpress.com/category/ratzinger-2/page/11/

(2) Catecismo de la Iglesia Católica, epígrafe “Fuera de la Iglesia no hay salvación”:

846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:

“El santo Sínodo [...] «basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella» (Lumen Gentium 14).”

847 Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia:

«Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (Lumen Gentium, número 16).

848 «Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, “sin la que es imposible agradarle” (Hebreos, 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar» (Ad Gentes, número 7). Enlace: https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a9p3_sp.html

(3) Evangelio según san Mateo, capítulo 20, versículos 1 a 16:

1 'El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña.

2 Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados,

4 y les dijo: 'Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo'.

5 Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo.

6 Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: '¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?'

7 Le contestaron: 'Porque nadie nos ha contratado'. Les dijo: 'Id también vosotros a mi viña'.

8 A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: 'Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros'.

9 Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno.

10 Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño:

12 'A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor'.

13 Él le respondió a uno de ellos: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti.

15 ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?'

16 Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.

jueves, 11 de agosto de 2022

Amor y verdad

Binomio vital

Solo percibimos una ínfima parte de lo que sucede a nuestro alrededor, pero no por ello esas realidades ocultas para nosotros dejan de existir. Ocurre lo mismo con la verdad, no somos capaces de conocerla en su plenitud, pero no implica que sea una simple apreciación subjetiva la que llegamos a aprehender. Nos lo recuerda Antonio Machado: ¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela (1).

¿Vale la pena buscar la verdad? A algunos les repele -incluso hay quien declara que es algo propio de intransigentes- bien sea porque compromete, o porque les hace sentir vulnerables, o porque piensan que les condiciona, o porque quieren crear su propia realidad o, al menos, aparentarla… Edith Stein ve en ello una sublimación del espíritu: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios» (2).

La santa filósofa judía nos advierte que la manifestación de la verdad siempre va acompañada: «No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad.» Al mencionar esta cita el día en que fue canonizada como santa Teresa Benedicta de la Cruz, san Juan Pablo II añade: «El uno sin la otra se convierte en una mentira destructora» (3).

El binomio amor-verdad es el hilo conductor de la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, uno de cuyos puntos alude a su incidencia en las relaciones humanas: «Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal

(1) Antonio Machado: Proverbios y cantares, LXXXV

(2) Homilía de san Juan Pablo II durante la Misa de Canonización de Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, el 11 de octubre de 1998, punto 6. Enlace: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1998/documents/hf_jp-ii_hom_11101998_stein.html

(3) Ibídem, punto 5

(4) Benedicto XVI: Encíclica Caritas in veritate, punto 3. Enlace: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

sábado, 6 de agosto de 2022

Discernimiento

 

El sabueso del cielo # 5


Me contaba un agente comercial jubilado una estrategia comercial que consiste en acortar los procesos para realizar un determinado servicio o tarea productiva, aunque sea a costa de prescindir de algunas verificaciones necesarias para comprobar que se ofrece en condiciones óptimas. Esta labor de control de calidad se deriva a los clientes, involuntarios conejillos de indias, que con sus quejas permiten a la compañía corregir las deficiencias que se produzcan. Un antiguo refrán definía los trabajos mal acabados (chapuceros) como ‘tente mientras cobro’. Yo viví los graves problemas operativos que generó en mi empresa la puesta en marcha de un proceso informático encargado a una multinacional de la consultoría, sin embargo, el informe que presentó dicha multinacional los obviaba e indicaba que había sido un éxito porque se había activado el día previsto, cómo se había hecho no parecía importar.

Cuando lo único importante es el escaparate -la apariencia-, la consistencia se resiente. Lo mismo ocurre cuando centramos nuestra vida en hacer cosas y acumular experiencias movidos por impulsos o modas, sin prestar atención a su conveniencia o al provecho que aportan. Con la ayuda de la formación y el poso que deja una experiencia reflexionada se consigue apreciar los matices que acompañan a cada situación, aprendiendo a hacer las distinciones precisas entre aquello que se valora o se juzga. Es el discernimiento que nos permite actuar juiciosamente, alejándonos de actuar impulsiva o mecánicamente.

Cuando inicié el recorrido por el poema de Francis Thompson tan solo contaba con lo expuesto en uno de los capítulos de Dios y el hombre. Desentrañar el contenido de los fragmentos, con la dificultad que supone para alguien poco versado en inglés traducir poesía que, además, contiene usos lingüísticos arcaicos, ha permitido adentrarme en los entresijos del comportamiento humano cuando se siente instado a recorrer un camino que se resiste a transitar.
El final del poema de Thompson se puede resumir en la conocida frase de san Agustín: «Nos has hecho Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (1). El Venerable Fulton Sheen recita algunos versos de este último fragmento del poema en una de sus alocuciones filmadas, los asocia al llamamiento de Jesús: «venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (3). La charla, que versa sobre el diablo y sus manifestaciones, dura 37 minutos. La inicia con destellos de humor y el tono general es ameno, instructivo y profundo. Os invito a verla en el enlace que indico al final. Hay una reflexión que a mí me ha parecido especialmente iluminadora que se desarrolla a partir del minuto 23:30 y trata de la forma de actuar de Jesús y el diablo en cada uno de nosotros ante el pecado –lo que nos aleja de Dios-, antes y después de cometerse. 

THE HOUND OF HEAVEN / 5

155 Now of that long pursuit

156 Comes on at hand the bruit;

157 That Voice is round me like a bursting sea:

158 'And is thy earth so marred,

159 Shattered in shard on shard?

160 Lo, all things fly thee, for thou fliest Me!

161 Strange, piteous, futile thing!

162 Wherefore should any set thee love apart?

163 Seeing none but I makes much of naught' (He said),

164 'And human love needs human meriting:

165 How hast thou merited---

166 Of all man's clotted clay the dingiest clot?

167 Alack, thou knowest not

168 How little worthy of any love thou art!

169 Whom wilt thou find to love ignoble thee,

170 Save Me, save only Me?

171 All which I took from thee I did but take,

172 Not for thy harms,

173 But just that thou might'st seek it in My arms.

174 All which thy child's mistake

175 Fancies as lost, I have stored for thee at home:

176 Rise, clasp My hand, and come!'

177 Halts by me that footfall:

178 Is my gloom, after all,

179 Shade of His hand, outstretched caressingly?

180 'Ah, fondest, blindest, weakest,

181 I am He Whom thou seekest!

182 Thou dravest love from thee, who dravest Me.'



EL SABUESO DEL CIELO / 5

155 Ahora, de esa larga persecución

156 viene el soplo;

157 esa Voz me rodea como un mar embravecido:

158 «¿Está tu corazón estropeado,

159 destrozado, hecho añicos?

160 ¡Mira, todo lo que te inquieta procede de Mi!

161 ¡Ser extraño, lamentable, fútil!

162 ¿Por qué deberían apartarte del amor?

163 Me has visto hacer mucho de la nada» (Dijo),

164 «El amor humano necesita merecerse:

165 ¿Qué mérito tiene,

166 el grumo más lúgubre de toda la arcilla macerada?

167 ¡Ay, no sabes

168 cuán poco digno eres de cualquier amor!

169 ¿A quién encontrarás que acoja tu innoble amor marchito,

170 salvo a Mí, tan solo a Mí?

171 Todo lo que te quité, lo tomé,

172 no por tus faltas,

173 sino para que lo busques en Mis brazos.

174 Todos los errores de niño

175 que imaginabas perdidos, los conservo para ti en casa:

176 ¡Levántate, toma Mi mano y ven!»

177 Me detengo:

178 ¿Es mi oscuridad, después de todo,

179 la sombra de Su mano, extendida acariciadoramente?

180 «Ah, el más cariñoso, el más ciego, el más débil,

181 ¡Yo soy Aquel a Quien tú buscas!

182 Conduce tu amor a quien te conduce a Mí.»


El poema completo lo podéis encontrar en el siguiente enlace:

(1)San Agustín: Confesiones, libro primero, capítulo I. Enlace: http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/conf_01_libro.htm 

«Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza1; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene medida2. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti

(2) Arzobispo Fulton John Sheen: Sobre el Diablo. Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=vYr5_MkRpDA

(3) Evangelio según san Mateo, capítulo 11, versículo 28




miércoles, 3 de agosto de 2022

Lección de esperanza

El toque de atención de Judit


En una de las tramas de la serie televisiva catalana Com si fos ahir un seminarista tiene una hermana enferma de cáncer que ha desechado el tratamiento convencional para acogerse a uno alternativo. Esta situación angustia sobremanera al muchacho y a su padre, que piensan que esta actitud la llevará a la tumba en poco tiempo. El seminarista reza intensamente para que su hermana cambie de actitud, pero se cansa al observar que su petición no es atendida tal como desea: la obstinación de su hermana le desarma. Hablando con un amigo de ambos, el seminarista se plantea qué sentido tiene seguir en el Seminario cuando su hermana se está muriendo y dice que ha dejado de rezar porque no le sirve para nada (1).

Un relato que hay que enmarcar en el contexto de una ficción televisiva, pero refleja someramente una situación por la que pasan muchos creyentes que se desaniman cuando se dirigen a Dios con una petición y no obtienen los resultados apetecidos a corto plazo. No ayuda un ambiente poco proclive a la paciencia en una sociedad donde la tecnología hace creer que todo se puede conocer o solucionar en un momento: con un clic, con una búsqueda en internet, con un tutorial… Nos frotamos las manos al oír: «Pedid y se os dará… porque todo el que pide recibe…» sin unirlo a lo que dice un poco más adelante: «vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden» (2). Cabría preguntarse, ¿confiamos en que el Señor nos dará cosas buenas aunque no concuerden exactamente con lo que deseamos?; ¿nos conviene siempre que se conceda lo que pedimos?; ¿qué es lo que realmente motiva nuestra súplica? No iría mal recordar las palabras del padrenuestro cuando hacemos una petición: ‘hágase Tu voluntad’. No nos ha de sorprender que en alguna ocasión el cuerpo se resista a aceptarlo; a la humanidad de Jesús le costó sudar sangre en el huerto de los olivos: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (3).

Un fragmento del libro de Judit puede ayudarnos a orientar la oración de petición. Los habitantes de Betulia, estaban asediados por las tropas asirias comandadas por un poderoso militar, Holofernes, que arrasaba con todo lo que se le ponía por delante, tanto si se le oponían como si intentaban negociar. Estaban desesperados: «la gente, desmoralizada por la falta de agua, había protestado contra los jefes de la ciudad y que Ozías –uno de los jefes- había jurado entregar la ciudad a los asirios al cabo de cinco días.» Pero entre ellos había una joven viuda, Judit, que se rebela ante este propósito, y les dice a los ancianos del pueblo: «Escuchadme, jefes de Betulia. Es un desatino lo que habéis dicho hoy a la gente, jurando ante Dios entregar la ciudad a nuestros enemigos si el Señor no os manda ayuda en unos días. ¿Quiénes sois vosotros para tentar así a Dios y alzaros en público por encima de él? Habéis puesto a prueba al Señor todopoderoso. Nunca llegaréis a entender nada. Si no sois capaces de sondear el fondo del corazón humano, ni de conocer el pensamiento, ¿cómo vais a comprender a Dios, el Creador de todas las cosas? ¿Cómo vais a conocer sus pensamientos y penetrar sus designios? Hermanos, no irritéis al Señor, nuestro Dios. Si no quiere ayudarnos en el plazo de cinco días, puede hacerlo cuando quiera, como si quiere destruirnos ante nuestros enemigos. No intentéis forzar las decisiones del Señor, nuestro Dios, porque Dios no es como un hombre, al que se mueve con amenazas y se le impone lo que ha de hacer. Imploremos, pues, su ayuda y esperemos de él la salvación, y escuchará nuestro clamor si lo tiene a bien» (4).

En Judit se cumple aquella sentencia de Jesús: «sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (5); se jugará después el tipo y la honra por defender a su pueblo. Cuando Judit regresa de cumplir su misión, Ozías le dice: «Tu esperanza permanecerá en el corazón de los hombres que recuerdan el poder de Dios por siempre» (6).

Judit tenía una firme esperanza porque confiaba en Dios; humanamente se enfrentaba a una misión imposible. Las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- van concatenadas. Muchas crisis de fe son consecuencia de una esperanza frágil o de una caridad malentendida: no acabamos de confiar en que se va a cumplir aquello que más conviene, aunque no sea exactamente lo que habíamos previsto, o perdemos el norte respecto a las prioridades. Dios no es un consentidor que solo busca complacernos, quiere siempre nuestro bien y sabe lo que necesitamos, pero tiene sus modos y cuenta con nuestra colaboración; por eso nos dice que pidamos y, como algunos santos manifiestan, también admite quejas confiadas –estoy pensando en una anécdota de santa Teresa de Jesús (7).

Pedir a nuestros semejantes es habitual en nuestra vida cotidiana, aunque a menudo no le demos importancia porque lo damos por descontado –sobran exigencias y faltan agradecimientos-; es una señal de menesterosidad, de que no llegamos a todo y necesitamos ayuda y, al mismo tiempo, confianza en alguien. Lo mismo ocurre cuando nos dirigimos a Dios, directamente o a través de intercesores, sabiendo que Él lo puede todo, sabe lo que necesitamos y nos beneficiará siempre, aunque no se acomode a nuestros planes.

Las citas bíblicas están tomadas de la edición oficial de la Conferencia Episcopal Española. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/

(1) Serie televisiva emitida por el canal catalán TV3 Com si fos ahir, capítulo 955

(2) Confrontar Evangelio según san Mateo, capítulo 7, versículos 7-11

(3) Confrontar Evangelio según san Lucas, capítulo 22, versículos 42-44

(4) Libro de Judit, capítulo 8, versículos 11-17

(5) Evangelio según san Mateo, capítulo 10, versículo 16

(6) Libro de Judit, capítulo 13, versículo 19

(7) Anécdota extraída de https://www.pradonuevo.es/teresa-amigos/

“Va la Madre Teresa camino de Burgos a fundar. Es enero, y el frío de Castilla es intenso. Llueve torrencialmente; los caminos están anegados. Todos coinciden en que emprender el camino desde Ávila es una locura, pero ella va decidida, pues el Señor la anima: «No hagas caso de los fríos, que soy yo la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación; ponlas tú de mi parte porque se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho».

Sería mucho alargarse narrar las peripecias y peligros del camino. Llegados ante el Arlanzón, los de la comitiva sólo divisan unas pasarelas provisionales (los puentes los ha destruido la riada). Hay que pasar con los carros por ahí. Las descalzas pedían la absolución a los frailes descalzos, y estos, la bendición a la Madre. Ella se la dio alegremente.

—¡Ea, mis hijas! ¿Qué más bien queréis que ser aquí mártires por amor de Nuestro Señor?

Su carro se aventuró el primero y obligó a sus compañeros y compañeras a que le prometiesen volver a la cercana posada en caso de que ella se ahogase. Pero el Señor ya le había dicho: «¿Cuándo te he faltado?». Allá iba.

En la aventura del paso del Arlanzón lo pasó mal y llegó a lastimarse. Como siempre, su lamento fue una invocación a Dios y se quejó:

—Señor, entre tantos daños y me viene esto.

La Voz respondió:

—Teresa, así trato yo a mis amigos.

—¡Ah, Señor!, por eso tenéis tan pocos.

No era falta de respeto, sino confianza filial. Ella podía decirle al Señor cosas de este estilo.”