Corazón agriado
El deseo de mostrar la mejor
versión de nosotros mismos es una noble aspiración humana, que no hay que
confundir con las ansias por quedar bien. Una de las tentaciones que surgen en las redes
sociales es presentar una visión distorsionada de lo que somos: imágenes
retocadas, biografías fantasiosas…: conseguir followers (seguidores) y likes
(me gusta) se puede convertir en una obsesión; emular a quienes parecen tener
más éxito puede remover el horizonte vital que uno se había marcado.

Mirando aquí o allá; a este,
a ese o a aquel otro… podemos tener la sensación de que la vida nos trata
injustamente por nuestro aspecto físico, por nuestra procedencia, por nuestro
entorno familiar o social, por nuestro rol profesional, por nuestras
habilidades y competencias, por nuestro nivel económico… Azuzados por destellos
de envidia y codicia nos corroe una cierta indignación porque pensamos que
merecemos algo mejor o más digno según el criterio que previamente hemos
establecido. Y, por supuesto, lo merecemos más que aquel o aquel otro en quien
nos fijamos, que parecen estar usurpando un lugar o un reconocimiento que nos debería
corresponder a nosotros. Sentimientos que suelen desfigurar la realidad, tanto
nuestra como la de nuestros semejantes, bloquear nuestra inteligencia y
embrutecer nuestro corazón. ¡Mal negocio!Viene a colación este
comentario con la lectura de una de las parábolas más difíciles de comprender,
porque rompe con la lógica de las relaciones laborales, tal como lhabitualmente las entendemos. Si no fuera porque son palabras de Jesús, tenderíamos a ver
solo un “patrón injusto” y unos “obreros explotados”. Se trata de la parábola de los
viñadores en las que el dueño de la finca aplica un forfait salarial a todos los
empleados contratados durante una jornada, sin atender al número de horas que
ha trabajado cada uno.

Me ha arrojado luz sobre el
enigmático texto, que reproduzco completo en las notas finales (3), algunos
párrafos de un sermón pronunciado por un sacerdote y teólogo bávaro en la
Catedral de Münster a finales de 1.964 (1), cuando se estaban celebrando en
Roma las sesiones del Concilio Vaticano II, en el que él formaba parte como perito.
En dicho sermón Joseph Ratzinger hace una reflexión que en aquellos momentos
podía interpretarse como una provocación: «Ya no somos capaces de pensar, ni
estamos dispuestos a pensar, que nuestro vecino, que es una persona respetable
y buena, y en muchos aspectos mejor que nosotros, tenga que sufrir la
condenación eterna sólo porque no es católico». Los Padres de la Iglesia habían
repetido en múltiples ocasiones que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, una
sentencia que constituye un epígrafe del Catecismo de la Iglesia Católica, con
tres puntos que aclaran su significado -acorde con las palabras de Ratzinger-
tomando como base textos del Concilio Vaticano II; los reproduzco en las notas
del final (2).

Las palabras de Ratzinger podían
desconcertar, incluso escocer, a quienes pensaban que la salvación –el zenit al
que puede aspirar toda vida humana- es un privilegio reservado exclusivamente a
católicos. Tras unas consideraciones Ratzinger incide en lo
que representaría una reacción cicatera: «La cuestión que nos atormenta es más
bien por qué tenemos que ser justamente nosotros quienes realicemos todo el
servicio de la fe cristiana. Si hay tantos caminos diferentes que conducen al
cielo y a la salvación, ¿por qué se nos pide llevar, día tras día, todo el peso
del dogma y la moral eclesial?»Vivir como católico se puede
percibir como una pega, una cadena o losa que no permite disfrutar de la vida
como lo hacen muchos conciudadanos que no pertenecen a la Iglesia o viven
alejados de ella; una situación que al juzgarla se tiende a idealizar.
Ratzinger se refiere a ese sentimiento aludiendo al contenido de la parábola mencionada:
«Cuando nos hacemos la pregunta por el fundamento y el sentido de nuestra
existencia cristiana, tal como ha aparecido ante nosotros, miramos de reojo a
la vida supuestamente más fácil y cómoda de los otros que “también” van al
cielo. Nos parecemos demasiado a los trabajadores de la primera hora, de
quienes habla la parábola de los viñadores narrada por el Señor [Mateo, 20,
1-16]. Cuando vieron que el salario de un denario se podía obtener de una
manera mucho más sencilla, no comprendieron por qué habían trabajado durante
todo el día» -tuvieron la sensación que habían ‘hecho el primo’-. Continúa:
«Pero, ¿en qué se basaron exactamente para llegar a la convicción de que era
mucho más cómodo estar sin trabajar que trabajando? ¿Y, por qué su salario les
agradaba sólo con la condición de que a los otros les fuera peor que a ellos?»

La presunción unida al
orgullo nos juega malas pasadas, nos enreda en una interpretación mal entendida
de la justicia que nos obceca. Ratzinger traslada el sentido de la parábola a
la época actual, caracterizada en occidente por estar tremendamente
secularizada, ‘laica’, en la que un cristiano consecuente corre el riesgo de
ser relegado a ciudadano de segunda categoría: «Ahora bien, la parábola no fue
transmitida para los trabajadores de otro tiempo, sino para nosotros. Cuando
nos preguntamos por el porqué del cristianismo, hacemos exactamente lo mismo
que hicieron aquellos trabajadores. Damos por supuesto que el “desempleo”
espiritual –una vida sin fe y sin oración- es más agradable que el servicio
espiritual.
Pero, ¿en qué nos basamos
para suponerlo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana
y, al hacerlo, olvidamos que la fe no es sólo un peso que nos oprime, sino que
es al mismo tiempo una luz que nos guía y nos muestra un camino y un sentido.
En la Iglesia vemos sólo el ordenamiento exterior, que limita nuestra libertad
y, al hacerlo, pasamos por alto que ella es para nosotros una patria
espiritual, en la que estamos seguros en la vida y en la muerte. Vemos sólo
nuestro peso y olvidamos que existe también el peso de los otros, aunque no lo
conozcamos.
Y, sobre todo, ¿qué extraña
actitud es aquella que adoptamos cuando consideramos que el servicio cristiano
ya no merece la pena, ya que también se puede obtener el denario de la
salvación sin él? Parece que no queremos ser recompensados sólo con nuestra
salvación, sino sobre todo con la perdición de los otros –como los trabajadores
de la primera hora-. Esto es muy humano, pero la parábola del Señor pone el
acento en que tomemos conciencia de que es, al mismo tiempo, profundamente
anticristiano. Quien considera la condenación de los otros casi como la
condición para realizar su servicio como cristiano, al final sólo puede irse
murmurando porque esta clase de salario contradice la bondad de Dios.»
(1) Joseph Ratzinger: La fe
como servicio. Sermón pronunciado en la Catedral de Münster el 14 de diciembre
de 1964. El sermón completo se puede leer en https://ratzingerganswein.wordpress.com/category/ratzinger-2/page/11/
(2) Catecismo
de la Iglesia Católica, epígrafe “Fuera de la Iglesia no hay salvación”:
846 ¿Cómo entender esta
afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de
modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la
Iglesia que es su Cuerpo:
“El santo Sínodo [...]
«basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia
peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único
Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la
Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y
del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que
entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían
salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia
católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido
entrar o perseverar en ella» (Lumen Gentium 14).”
847 Esta afirmación no se
refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia:
«Los que sin culpa suya no
conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero
corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de
Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna» (Lumen Gentium, número 16).
848 «Aunque Dios, por caminos
conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, “sin la que es imposible agradarle”
(Hebreos, 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia,
corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el
derecho sagrado de evangelizar» (Ad Gentes, número 7). Enlace: https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a9p3_sp.html
(3) Evangelio según san
Mateo, capítulo 20, versículos 1 a 16:
1 'El Reino de los Cielos es
como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar
obreros para su viña.
2 Después de haber convenido
con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
3 Salió también hacia la hora
tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados,
4 y les dijo: 'Id también
vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo'.
5 Ellos marcharon. De nuevo
salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo.
6 Hacia la hora undécima
volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: '¿Cómo es que estáis
aquí todo el día ociosos?'
7 Le contestaron: 'Porque
nadie nos ha contratado'. Les dijo: 'Id también vosotros a mi viña'.
8 A la caída de la tarde le
dijo el amo de la viña a su administrador: 'Llama a los obreros y dales el
jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros'.
9 Vinieron los de la hora
undécima y percibieron un denario cada uno.
10 Y cuando llegaron los
primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario
cada uno.
11 Al recibirlo, se pusieron
a murmurar contra el dueño:
12 'A estos últimos que han
trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado
el peso del día y del calor'.
13 Él le respondió a uno de
ellos: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en
un denario?
14 Toma lo tuyo y vete;
quiero dar a este último lo mismo que a ti.
15 ¿No puedo yo hacer con lo
mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?'
16 Así los últimos serán
primeros y los primeros últimos.