sábado, 21 de agosto de 2021

Sabiduría de la vida

El camino hacia la realización personal 


En una entrevista para el proyecto educativo Aprendemos Juntos, Xesco Espar –entrenador, profesor, coach- dice: «para mí, el significado de la vida, o mi misión de la vida, creo que lo más bonito que nosotros podemos tener como entrenadores, como profesores, como padres, es darnos cuenta primero de que todos tenemos talento. Todos somos especiales en alguna cosa. Dios, el universo, la naturaleza, nos ha hecho especiales en algo. Yo creo que nuestro deber es tomar ese talento o esos talentos, hacerlos crecer, amplificarlos y ponerlos al servicio de la sociedad» (1).

Tenemos unas cualidades potenciales que están esperando que pongamos los medios para desarrollarlas dentro de un entorno que puede ser alternativamente propicio, dificultoso o, tal vez, hostil. A veces, el peor enemigo de ese desarrollo se encuentra en uno mismo, bien sea por acedía, bien sea por temor –al compromiso, al fracaso, al éxito (por las consecuencias personales o sociales que se derivan de él)-. La peor decisión en este sentido es no moverse  -¡Virgencita, que me quede como estoy!-, que supone renunciar a una realización personal que va unida a la sabiduría de la vida.

Ayer la Iglesia Católica hacía memoria de san Bernardo de Claraval, un monje cisterciense nacido como Bernard de Fontaine a finales del siglo XI, que fue abad de la Abadía de Claraval y tuvo una gran influencia en la vida política y religiosa de Europa (2). Entre sus sermones se encuentra uno dedicado a la sabiduría (3). Leerlo me ha recordado la petición que Salomón le hace a Dios cuando le propone: «Pídeme lo que quieras que te dé», poco después de suceder a su padre David como rey de Israel. Salomón le pide las cualidades necesarias para cumplir bien su misión: «oh Yahveh Dios, que se cumpla la promesa que hiciste a mi padre David, ya que tú me has hecho rey sobre un pueblo numeroso como el polvo de la tierra. Dame, pues, ahora sabiduría e inteligencia, para que sepa conducirme ante este pueblo tuyo tan grande» (4). La petición agrada tanto a Dios que Salomón es recompensado muy por encima de su demanda, a tono con el consejo que Jesús da a sus discípulos, preocupados por el porvenir que les espera: «ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (5).

Bernardo plantea la búsqueda de la sabiduría como una exigencia: «Trabajemos para obtener la sabiduría, ya que ella afirma: Los que trabajan para alcanzarme no pecarán» (6). Requiere esfuerzo encontrarla y lo asimila a «un tesoro que debemos desenterrar. Tal es la sabiduría, que ha de ser extraída de lo oculto. Todos la buscamos, todos la deseamos.» La constancia es vital: «Búscala, pues, mientras puede ser encontrada; invócala, mientras está cerca.» Pero necesita una buena disposición: «Cerca está la palabra, en tu boca y en tu corazón; sólo a condición de que la busques con un corazón sincero

El elogio va acompañado de una advertencia ante la posible indigestión: «Así es como encontrarás la sabiduría en tu corazón y tu boca estará llena de inteligencia, pero vigila que esta abundancia de tu boca no se derrame a manera de vómito.» El mismo Salomón es ejemplo de cómo se pueden desperdiciar unas grandes cualidades cuando la vanidad y sus derivadas se anteponen, perjudicando gravemente al pueblo que se había comprometido a servir. ¡Qué decepción cuando leí por primera vez el lamentable final de Salomón, tras muchos años de tenerlo encaramado en un pedestal por su prometedores inicios en el reinado!

La buena sabiduría llena pero no colma: «Come de manera que siempre quedes con hambre. Porque dice la misma sabiduría: El que me come tendrá más hambre de mí» (6). La perseverancia resulta imprescindible para que sea provechosa: «Del mismo modo que es dichoso el hombre que encuentra sabiduría, así también es dichoso, o mejor, más dichoso aún, el hombre que es constante en la sabiduría». Y también la humildad: «No tengas en mucho lo que has alcanzado.»

Concluye Bernardo el sermón indicando cómo distinguir si en ese próposito de adquirir sabiduría se transita por la buena senda: «En estas tres cosas se conocerá que tu boca está llena en abundancia de sabiduría o de prudencia: si confiesas de palabra tu propia iniquidad, si de tu boca sale la acción de gracias y la alabanza y si de ella salen también palabras de edificación…: lo primero que hace el justo al hablar es acusarse a sí mismo; y así, lo que debe hacer en segundo lugar es ensalzar a Dios, y en tercer lugar (si a tanto llega la abundancia de su sabiduría) edificar al prójimo.»

(1) Entrevista a Xesco Espar para el proyecto educativo Aprendemos Juntos patrocinado por el BBVA y El País. Intervención completa en https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/la-motivacion-es-un-amplificador-del-talento-xesco-espar/

(2) Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

(3) San Bernardo de Claraval: Sermón 15 sobre diversas materias. Citas extraídas de http://sigilummilitumxpisti.blogspot.com/2011/10/sermon-15-sobre-la-sabiduria.html, donde se puede seguir el desarrollo argumental ordenado que hace el santo.

(4) Ver 2º Libro de las Crónicas, capítulo 1, versículos 7 a 12

(5) Ver Evangelio según san Mateo, capítulo 6, versículo 33. El contexto abarca los versículos 25 al 34.

(6) Ver Libro del Eclesiástico (también llamado Sirácida o Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac), capítulo 24 versículos 19 a 22 sobre la sabiduría: «Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos. Que mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que panal de miel. Los que me comen quedan aún con hambre de mí, los que me beben sienten todavía sed. Quien me obedece a mí, no queda avergonzado, los que en mí se ejercitan, no llegan a pecar Extraído de https://www.bibliacatolica.com.br/es/la-biblia-de-jerusalen/eclesiastico/24/

lunes, 16 de agosto de 2021

El criterio en la cuerda floja

Antídoto al pensamiento inoculado

Somos proclives a aplicar la ley del embudo en las relaciones con nuestros semejantes… ¡Cuántos juicios de valor contaminados por una malentendida autoprotección. teñida de dependencia social o emocional, que distorsiona e incluso pervierte el criterio! Hay mucho ruido exterior que no ayuda; nos llega a través de los medios de comunicación, de las redes sociales, del discurso político institucionalizado…, que pretende empujarnos hacia posiciones maniqueas de las que resulta difícil desembarazarse por la presión que ejercen para decantarnos irracionalmente.

No es nada nuevo. Hace más de tres décadas Martín Descalzo denunciaba en uno de los artículos recogidos en Razones para la alegría el «lastre de la obligación de ‘pensar en bloque’». Hablaba de lo que observaba a su alrededor: «En nuestro tiempo la gente no piensa en cada caso lo que cree que debe pensar. Más bien la sociedad te empuja a elegir una determinada postura ideológico-socio-política, y una vez adoptada, tú ya tienes que pensar forzosamente lo que ‘corresponde’ a la postura elegida» (1). Su postura al respecto la expresaba en otro artículo: «nunca he creído que la verdad esté en bloque a la derecha o a la izquierda, en el ayer o en el mañana. Y creo que debo conservar libre mi juicio para reconocerla allí donde esté o donde yo la vea. Claro que para esto hace falta otra segunda libertad de espíritu: la de ponerse por montera lo que la gente pueda decir de uno.» (2)

Y para darnos cuenta que en esto, como en tantas otras cosas, el ser humano no ha cambiado en lo esencial, aunque los escenarios difieran, el patrón de periodistas y reporteros, san Francisco de Sales, dirigía una de las cartas a la ficticia Filotea, argumentando sobre la conveniencia de ‘tener el criterio justo y razonable’ (3). Sus reflexiones de hace medio milenio nos pueden ir bien para capear la vorágine que en forma de información, moda o estado de opinión nos asalta a diario, apartándonos del razonamiento equilibrado:

«Si nosotros somos hombres, es debido a la razón, y, a pesar de ello, es cosa rara encontrar hombres verdaderamente razonables, pues el amor propio nos aparta ordinariamente de la razón y nos conduce, de una manera insensible, a mil clases de pequeñas, pero perversas injusticias e iniquidades, las cuales, como las raposillas de que nos habla el Cantar de los Cantares (4), devastan las villas; porque, por lo mismo que son pequeñas, nadie las vigila, y porque son muchas, causan mucho daño. ¿Acaso las que te voy a enumerar no son iniquidades y sinrazones?

Acusamos por una nonada al prójimo, y nos excusamos de cosas muy graves; queremos vender muy caro y comprar muy barato; queremos para nuestra casa misericordia y tolerancia; queremos que se echen a buena parte nuestras palabras, y somos susceptibles y nos dolemos de lo que dicen los demás. Quisiéramos que el prójimo nos dejara tomar lo que es suyo, mediante indemnización; pero, ¿no es más justo que él conserve sus bienes y que nos deje a nosotros con nuestro dinero?

Nos enojamos cuando no quiere acomodarse a nosotros, pero ¿no tiene él mayor motivo de queja de que queramos nosotros incomodarle? Si tenemos afición a un ejercicio, despreciamos todos los demás y miramos, con desdén, todo lo que no es conforme a nuestro gusto. Si alguno de nuestros inferiores nos es antipático o le tenemos entre dientes, todo lo suyo nos parece mal, haga lo que haga; no cesamos de contristarle, y siempre tenemos el ojo puesto sobre él; al contrario, si alguno nos es simpático con simpatía sensual, excusamos todo cuanto hace. Hay hijos virtuosos, a quienes los padres o las madres aborrecen por algún defecto corporal; y los hay viciosos, que son sus favoritos, únicamente por alguna gracia externa.

Perdiz de Paflagonia
Alectoris chukar
En todo, preferimos los ricos a los pobres, aunque no sean de mejor condición ni más virtuosos; más aún preferimos a los que andan mejor vestidos. Exigimos nuestros derechos con todo rigor, y queremos que los demás se queden cortos en la exigencia de los suyos; nos mantenemos inflexiblemente altivos, y queremos que los demás se humillen y se rebajen; fácilmente nos quejamos del prójimo, y no queremos que nadie se queje de nosotros; siempre nos parece mucho lo que hacemos por los demás, y nos parece que es nada lo que ellos hacen por nosotros. En una palabra, somos como las perdices de Paflagonia (5), que tienen dos corazones, porque tenemos un corazón dulce, benévolo y delicado para con nosotros, y un corazón duro, severo y riguroso para con el prójimo. Tenemos dos pesas: una para pesar nuestras comodidades, con las mayores ventajas, y otra para pesar las del prójimo, con las mayores desventajas; ahora bien, como dice la Escritura: “por sus labios engañosos habla un corazón doblado (6), es decir, tienen dos corazones; y el tener dos pesas: una maciza, para recibir y otra ligera, para dar, es una cosa abominable delante de Dios.

Busto de Trajano
Filotea, seas equitativa y justa en tus acciones: ponte siempre en el lugar del prójimo y pon al prójimo en el tuyo, y así juzgarás bien; hazte vendedora cuando compres, y compradora cuando vendas, y venderás y comprarás según justicia. Es verdad que todas estas injusticias son leves, pues no obligan a la restitución, y sólo consisten en que procedemos con todo el rigor de la justicia únicamente en lo que nos favorece; pero no por ello dejan de obligarnos a que procuremos la enmienda, ya que son graves defectos contrarios a la razón y a la caridad; y, al fin, no son más que engaños, pues nada perdemos en vivir con generosidad, nobleza y cortesía y con un corazón regio, igual y razonable. Acuérdate, pues, amada Filotea, de examinar con frecuencia tu corazón, para ver si, con respecto al prójimo, es tal como tú quisieras que el suyo fuese para contigo, si te encontrases en su lugar, pues este es el verdadero punto de vista de la razón. Trajano, al ser censurado por sus confidentes, porque, según su parecer, hacía demasiado accesible la majestad imperial, replicó: “Bien, ¿no he de ser con respecto a los particulares el emperador que yo quisiera encontrar, si fuese yo un particular?” (7)

(1) José Luis Martín Descalzo: Razones para la alegría (1985). Editorial: Ediciones Sígueme (2001). Capítulo: ‘Caperucita violada’.

(2) Id., capítulo ‘Vivir con la lengua fuera’.

(3) San Francisco de Sales: Introducción a la vida devota. Tercera parte, capítulo XXXVI: ‘Que es menester tener el criterio justo y razonable’. Extraído de: http://es.catholic.net/op/vercapitulo/5113/redireccion.html

(4) Biblia de Jerusalén: Cantar de los cantares, capítulo 2, versículo 15: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas, pues nuestras viñas están en flor.»

(5) José-Alberto Sutil Lorenzo: La perdiz de Paflagonia, publicado en el periódico La Opinión de Zamora el 3 de marzo de 2019: «Paflagonia es una región situada en Asia Menor, al sur del Mar Muerto, donde existe una variedad de perdices, la perdiz chukar (alectoris chucar), que tiene dos corazones en lugar de uno, como ya señalara Plinio el Viejo en su Historia natural

(6) Biblia de Jerusalén: Salmo 12, versículos 1-2: «¡Salva, Yahveh, que ya no hay fieles, se acabaron los veraces entre los hijos de Adán! / Falsedad sólo dicen, cada cual a su prójimo, labios de engaño, lenguaje de corazones dobles

(7) World History Encyclopedia: Trajano: «Trajano, o Marco Ulpius Traianus, fue emperador romano desde el 98 al 117 EC. Conocido como un gobernante benevolente, su reinado se destacó por obras públicas que beneficiaron a la población… Trajano también fue un exitoso general…, lo que resultó que el Imperio romano alcanzara su máxima extensión hasta esa fecha… Dion Casio escribió, "Trajano se destacó por su justicia, por su valentía, y por la simplicidad de sus hábitos". Como emperador que se preocupaba tanto por el buen gobierno como el bienestar público…». Extraído de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-678/trajano/