sábado, 17 de abril de 2021

Delirios totalitarios

Infección de sospecha

Dice lord Acton: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Se puede asociar la corrupción exclusivamente al lucro económico deshonesto; sin embargo todo ejercicio del poder que no tiene como objetivo prioritario el servicio es corrupto en su entraña. En los países totalitarios se manifiesta en el engreimiento de unos dirigentes que se creen con derecho a disponer de los ciudadanos a su antojo; pero esos hábitos corruptos cabe extenderlos a todo ejercicio del poder como medio para ‘servirse de’ en lugar de ‘servir a’.

 

Arthur Koestler, ambientó su novela El cero y el infinito en las purgas estalinistas de los años 30 y los juicios de Moscú. Había abandonado su militancia comunista un par de años antes de escribir el libro y conocía a algunos de los damnificados por este proceso (1). El protagonista de su relato es Nikolái Rubashov, un viejo bolchevique de la Revolución rusa de 1917 que pese a haber sido comisario del Pueblo cae en desgracia. Las nuevas directrices del mando supremo cuestionan su labor y es encarcelado. Siendo comisario deja claro a un entusiasta militante alemán que iba a ser expulsado el leitmotiv de la organización: «El Partido no se equivoca jamás. Tú y yo podremos equivocarnos. Pero el Partido, no… La Historia conoce su camino. Nunca comete errores. El que no tiene una fe absoluta en la Historia no debe estar en las filas del Partido.» Sin embargo, mientras es interrogado reflexiona sobre el camino emprendido: «Todo lo que él había creído y predicado, todo aquello por lo que había luchado durante cuarenta años le inundó el alma en marejada irresistible. El individuo no era nada, el Partido lo era todo…» (2)

Koestler novela una realidad que tiene su origen en las directrices que emanan de un personaje que identifica como Número uno, que tiene como referente al mandatario soviético Iósif Stalin, cuya manera de entender el poder queda reflejado en múltiples episodios y decisiones propias de una mente enfermiza que desconfía de todo el mundo y pone todo su empeño en erradicar cualquier atisbo de disidencia real o imaginario.

Me llamó la atención el caso que narra la película La clase de esgrima. El protagonista es un campeón de esgrima soviético de origen estonio, que debe esfumarse, ayudado por algunos de sus compañeros, para evitar ser encarcelado. Cuando su país fue invadido por los alemanes todos los jóvenes fueron forzados a reclutarse. Luego el país pasó a formar parte de la Unión Soviética, pero esos jóvenes fueron considerados por Stalin enemigos del pueblo y, en consecuencia, objeto de persecución y encarcelamiento, como le acaba ocurriendo al protagonista tras ser denunciado por el director de la escuela donde trabaja. La liberación le llega tras el fallecimiento de Stalin.

Otros casos me han causado más estupor. Los relata la premio Nobel Svetlana Alexiévich en La guerra no tiene rostro de mujer. Son testimonios de esposas de combatientes que fueron encarcelados tras regresar del frente una vez acabada la guerra. El primero lo relata Liudmila Mijáilovna Káshechkina: «Haber vivido en los territorios ocupados, haber caído prisionero de guerra, haber pasado por los campos de trabajo en Alemania, haber estado en los campos de exterminio: todo levantaba sospechas. La pregunta básica era: ¿cómo habías salido con vida? ¿Por qué no habías muerto? Incluso los muertos estaban bajo sospecha… Incluso ellos… Nadie parecía tener en cuenta que habíamos luchado, que lo habíamos sacrificado todo por la Victoria. Que habíamos vencido… ¡Que el pueblo había logrado la Victoria! Stalin no confiaba en el pueblo. Ese era el agradecimiento de la Patria. Por nuestro amor, por nuestra sangre…».

Prisioneros de Kolimá
El segundo caso que refiero recoge el testimonio de Valentina Evdokímovna -no consta su apellido-, que muestra cómo la situación de estos presos repercutía en sus familiares: «Recuperé a mi marido al cabo de siete años… Durante cuatro años, mi hijo y yo estuvimos esperando que volviera de la guerra; y, después de la Victoria, esperamos otros siete a que volviera de la región de Kolimá. De los campos de prisión. Pasamos once años esperando. Mi hijo creció…

»Aprendimos a callar… “¿Dónde está su marido?” “¿Quién es tu padre?” Cualquier formulario oficial incluía la pregunta: “¿Hay algún prisionero de guerra entre sus familiares?” Una vez se me ocurrió contestar la verdad y me negaron el empleo de señora de la limpieza en una escuela. No confiaban en mí para fregar los suelos. De pronto yo era el enemigo del pueblo, la mujer del enemigo del pueblo. De un traidor. Tiraron mi vida por la borda… Antes de la guerra, yo era maestra de escuela, me había graduado, después de la guerra cargaba ladrillos» (3).

Episodios que pueden parecer anecdóticos, si se tiene en cuenta otros más devastadores como el Holodomor (4), pero que denotan el comportamiento de una mente corrompida -endiosada y timorata al mismo tiempo- y corruptora –arrastra a otros muchos para ejecutar sus planes-, como también ocurría en el nazismo. Podríamos considerar si estas actitudes son fruto de una indigestión ideológica o de la erótica del poder (5), o de ambas a la vez, pero pienso que es mejor poner el acento en los que nos puede concernir, porque lo que subyace en todo ser humano que desprecia a sus semejantes –cualquiera que sea la razón en que se justifique- es la codicia y la soberbia, que apuntan al último y al primero de los mandamientos. Y, en esto, todos estamos implicados.

(1) Recogido de https://es.wikipedia.org/wiki/El_cero_y_el_infinito

(2) Arthur Koestler: El cero y el infinito (1940) [en inglés Darkness at Noon -Oscuridad y mediodía-, en alemán Sonnenfinsternis (Eclipse solar)], Editorial: Destino, colección: Áncora y delfín, número 37 (1957), capítulos IX y XIV, que forman parte del primer interrogatorio.

(3) Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer. Título original: U voini ne zhenskoe lizo (2004). Editorial: Debate – 1ª edición (2015). Traductoras: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. 365 páginas. Capítulo: «Mamá, ¿cómo es papa?»

(4) Holodomor: también conocido como Genocidio ucraniano u Holocausto ucraniano, es el nombre atribuido a la hambruna que devastó el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania, Kubán, Ucrania Amarilla y otras regiones de la URSS, en el contexto de la colectivización de la tierra emprendida por la URSS, durante los años de 1932-1933, en la cual habrían muerto de hambre entre 1,5 y 12 millones de personas. Referencia: https://es.wikipedia.org/wiki/Holodomor

(5) Cuando hablamos de la erótica del poder, nos referimos a dos vertientes, por un lado a la atracción y excitación que sienten los poderosos al ejercer esa función, que hace que luchen y se empeñen en llegar a la cúspide por el placer que les produce, y por otro lado a la atracción que sienten unos y otros hacia los poderosos, permitiendo que alguien absolutamente anodino, se convierta de repente en objeto de deseo. Referencia: https://www.recursosyhabilidades.com/videos/la-erotica-del-poder.html