lunes, 15 de junio de 2026

El día después

El rastro de una visita

El día después del regreso del papa León a Roma tras su viaje pastoral a España, la Iglesia hacía memoria del Corazón Inmaculado de María. El oficio de lecturas de la liturgia de las horas nos regalaba un texto que glosa la actitud de la Virgen María (1), que puede ayudar a orientar las emociones, los sentimientos, las experiencias y las vivencias que ha conllevado la visita del Santo Padre.

Reproduzco algunas frases -en las notas podéis leer el fragmento completo-:

«María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente… Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe… Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie

El día después leía algunos titulares y artículos en la prensa digital y escuchaba comentarios en la radio. Presté especial atención al artículo del barcelonés Pablo J. Ginés que incluía un resumen de lo escrito en la prensa catalana. Leyendo y escuchando pensé en las distintas reacciones de los coetáneos de Jesús que nos narran los evangelios. Observé también guiños de la providencia divina en diversos actos, que aunque siempre está presente, en ocasiones se hace más perceptible. También descubrí ese día que un medio me ofrecía lo que estaba esperando desde el inicio del viaje: tener acceso a todos los discursos del Papa (3).

El día después recordaba los mensajes que había cruzado con dos amigos que habían estado presentes físicamente cerca del Santo Padre. Uno de ellos, cuyo hijo menor forma parte de la escolanía de Montserrat, vio como su hijo era una de las ‘voces blancas’ escogidas para cantar delante del Papa en el exterior de la basílica de la Sagrada Familia: ‘me parece increíble’, me dijo. Al otro, que desde hace más de veinte años colabora en una entidad social que atiende a jóvenes del Raval, le pregunté si su entidad, Braval, había estado presente en los actos de la parroquia de Sant Agustí. Me dijo que sí con tres de sus miembros, aunque a él le tocó estar en el exterior. Me envió una foto del paso del Santo Padre cerca de él.
El día después escribí a una amiga canaria preguntándole si había tenido oportunidad de estar cerca del Papa. Su respuesta me conmovió; encontré en ella la actitud sabia de quien quiere asentar aquello que ha vivido, que no quede en un recuerdo fugaz: “El jueves ha sido muy intenso, lleno de emociones, vivencias, cuestiones que me interpelan y que necesito tiempo para asimilar y encontrar respuestas… La visita del Santo Padre a la isla ha sido una gran bendición.” Más tarde me envía una foto con el comentario: 
“El Papa me regaló su bendición.”

Escribe san Pablo a los Corintios (4): «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer». El Papa ha sembrado la semilla que se nutre de la palabra de Dios. Algunos harán resonar esa palabra para que corazones ávidos de encontrase con Dios la puedan escuchar. Los frutos llegarán más pronto o más tarde con la ayuda de Dios.

(1) San Lorenzo Justiniano: Sermón 8: En la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María. Extraído de https://oraciondelashoras.blogspot.com/ correspondiente al 13 de junio de 2026:

«María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente. Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su propia humildad. Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios.

Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de María santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual.

Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo el Señor entra de buen grado.»

(2) Pablo J. Ginés: Desde el Guinardó miro la nueva cruz de luz de Barcelona... y repaso la prensa sobre el Papa. Publicado en Religión en Libertad el 11 de junio de 2026: https://www.religionenlibertad.com/opinion/260611/guinardo-nueva-cruz-luz-barcelona-repaso-prensa-viaje-papal_118649.html

(3) El Debate: Todos los discursos del histórico viaje de León XIV a España: https://www.eldebate.com/religion/20260613/todos-discursos-historico-viaje-leon-xiv-espana_428204.html

(4) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 3, versículo 6. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/

martes, 26 de mayo de 2026

En torno al Sínodo (Apéndice)

El Espíritu lo ha de conducir

Había dado por concluidas las reflexiones sobre el contenido del Documento final de Sínodo. Incluso había hecho una breve referencia en el último escrito a las intervenciones del Santo Padre al inicio y al final de la última Asamblea, reunida entre el 2 y el 26 de octubre de 2024 (1), pero me he dado cuenta de que no les había prestado suficiente atención, teniendo en cuenta lo que he descubierto al volver a leerlas.

Guzmán Carriquiry, un laico que estuvo vinculado a la curia romana durante casi medio siglo, ha dicho que al papa Francisco «le gustaba abrir procesos convencido de que el Espíritu Santo los iría conduciendo, incluso en la ambigüedad» (2). La convocatoria del Sínodo de la sinodalidad, que para unos suponía una ocurrencia o una locura, y para otros una oportunidad, era, de hecho, una manifestación de la confianza del Santo Padre en el Espíritu Santo en todas las iniciativas que llevaba a cabo. El Espíritu Santo es el 'gran desconocido' para muchos cristianos, como titula el presbítero dominico Antonio Royo Marín en uno de sus libros. Él es quien guía a la Iglesia en último término, aunque desde una visión estrictamente humana nos pueda costar entenderlo a veces.

Las reiteradas alusiones al Espíritu Santo en estos dos discursos pueden servir de ejemplo de la afinidad del papa Francisco con la tercera persona de la Santísima Trinidad. Al reproducirlas a continuación, aunque supongan que la extensión del texto supere con creces la longitud habitual, confío en que nos ayuden a invocar y tratar a esta “luz que penetra las almas” y es “fuente del mayor consuelo”, como expresa la Secuencia de Pentecostés.

Intervención del 2 de octubre de 2024

Desde que la Iglesia de Dios ha sido “convocada en Sínodo”, en octubre de 2021, hemos recorrido juntos una parte del largo camino al que Dios Padre llama desde siempre a su pueblo, enviándolo entre todas las gentes para llevar el alegre anuncio de que Jesucristo es nuestra paz (cf. Carta a los Efesios 2,14) y confirmándolo en la misión con el Santo Espíritu.

Esta Asamblea, guiada por el Espíritu Santo, que «infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero» (Secuencia de Pentecostés), deberá ofrecer su contribución para que se conforme una Iglesia sinodal en misión, que sepa salir de sí misma y habitar las periferias geográficas y existenciales cuidando que se establezcan lazos con todos en Cristo nuestro Hermano y Señor.

Hay un texto de un autor espiritual del siglo IV que podría resumir lo que sucede cuando se deja obrar al Espíritu Santo a partir del Bautismo, que nos genera a todos en igual dignidad (cf. Macario de Alejandría, Homilía 18, 7-11). Las experiencias que describe nos permiten reconocer lo que ha sucedido en estos tres años y cuanto podrá todavía suceder.

La reflexión de este autor espiritual nos ayuda a comprender que el Espíritu Santo es una guía segura, y nuestra primera tarea es aprender a distinguir su voz, porque Él habla en todos y en todas las cosas. Este proceso sinodal nos ha permitido experimentarlo.

El Espíritu Santo nos acompaña siempre. Es consuelo en la tristeza y en el llanto, sobre todo, cuando —precisamente por el amor que nutrimos por la humanidad— frente a lo que no va bien, a las injusticias que prevalecen, a la obstinación con la que nos oponemos a responder con el bien frente al mal, a la dificultad de perdonar, a la falta de valentía para buscar la paz, caemos en el desánimo, nos parece que no haya nada que hacer y nos entregamos a la desesperación. Así como la esperanza es la virtud más humilde pero también la más fuerte, la desesperación es lo peor.

El Espíritu Santo enjuga las lágrimas y consuela porque comunica la esperanza de Dios. Dios no se cansa, porque su amor no se cansa.

El Espíritu Santo penetra en aquella parte de nosotros que frecuentemente es muy parecida a las salas de los tribunales, donde ponemos a los imputados en el banquillo y formulamos nuestros juicios, normalmente para condenarlos. Precisamente Macario, en su homilía, nos dice que el Espíritu Santo enciende un fuego en quienes lo reciben, «los inflama con una alegría y amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos, sin distinción de buenos y malos». Esto porque Dios acoge a todos, siempre, no lo olvidemos: a todos, todos, todos y siempre; y a todos ofrece nuevas posibilidades de vida, hasta el último momento. Es por esto que nosotros debemos perdonar a todos y siempre, conscientes que la disposición a perdonar nace de la experiencia de haber sido perdonados. Solo uno es incapaz de perdonar: aquel que no ha sido perdonado…

También la humildad es un don del Espíritu Santo, y debemos pedírselo. La humildad como dice la etimología de la palabra nos restituye a la tierra, al humus, y nos recuerda el origen, donde sin el soplo del Creador continuaríamos a ser barro sin vida. La humildad nos permite mirar al mundo reconociendo que no somos mejores que los demás. Como dice san Pablo: «no os tengáis por sabios» (Carta a los Romanos 12,16)

Los invito a meditar en oración sobre este hermoso texto espiritual, y a reconocer que la Iglesia —semper reformanda— no puede caminar y renovarse sin el Espíritu Santo y sus sorpresas; sin dejarse modelar por las manos de Dios creador, del Hijo, Jesucristo, y del Espíritu Santo, como nos enseña san Ireneo de Lyon (cf. Contra las herejías, IV, 20, 1)

Desde que el Señor Jesús, crucificado y resucitado, derramó su Santo Espíritu en Pentecostés: desde entonces estamos en camino, como ‘misericordiados’, hacia el pleno y definitivo cumplimiento del amor del Padre. Y no olvidemos esta palabra: somos ‘misericordiados’…

Caminar juntos, todos, todos, todos, es un proceso en el cual la Iglesia, dócil a la acción del Espíritu Santo, sensible en el captar los signos de los tiempos (cf. Gaudium et spes 4), se renueva continuamente y perfecciona su sacramentalidad, para ser testigo creíble de la misión a la que ha sido llamada, para reunir a todos los pueblos de la tierra en el único Pueblo esperado al final, cuando Dios mismo nos hará sentar en el banquete que Él ha preparado (cf. Isaías 25,6-10)

Se deben individuar, en tiempos adecuados, distintas formas de ejercicio “colegial” y “sinodal” del ministerio episcopal (en las Iglesias particulares, en los agrupamientos de Iglesias, en la Iglesia toda), siempre respetando el depósito de la fe y la Tradición viva, siempre respondiendo a lo que el Espíritu pide a las Iglesias en este tiempo particular y en los distintos contextos en los que viven. Y no olvidemos que el Espíritu es la armonía. Pensemos en aquella mañana de Pentecostés: había un tremendo desorden, pero Él construía la armonía en medio de ese desorden. No olvidemos que Él es precisamente la armonía: no se trata de una armonía sofisticada o intelectual, sino de un todo, es una armonía existencial.

Es el Espíritu Santo a hacer posible la perenne fidelidad de la Iglesia al mandato del Señor Jesucristo y la perenne escucha de su palabra. El Espíritu guía a los discípulos hacia la verdad toda entera (cf. Juan 16,13). Nos está guiando también a nosotros, reunidos en el Espíritu Santo en esta Asamblea, para dar una respuesta, después de tres años de camino, a la pregunta “cómo ser Iglesia sinodal misionera”. Yo agregaría también, misericordiosa.

Con el corazón lleno de esperanza y de gratitud, consciente de la exigente tarea que se les ha confiado (y que se nos ha confiado), deseo a todos una apertura que sea disponible a la acción del Espíritu Santo, nuestro guía seguro, nuestra consolación.

Saludo final del 26 de octubre de 2024

Con el Documento final hemos recogido el fruto de años, tres por lo menos, en los cuales nos hemos puesto a la escucha del Pueblo de Dios para comprender mejor cómo ser “Iglesia sinodal” —se trata de la escucha del Espíritu Santo— en el tiempo presente. Las referencias bíblicas que abren cada capítulo disponen el mensaje confrontándolo con los gestos y las palabras del Señor resucitado que nos llama a ser testigos de Su Evangelio, antes con la vida que con las palabras…

Mi tarea, como bien saben, es custodiar y promover —como nos enseña san Basilio— la armonía que el Espíritu sigue difundiendo en la Iglesia de Dios, en las relaciones entre las Iglesias, no obstante todos los esfuerzos, tensiones y divisiones que caracterizan su camino hacia la plena manifestación del Reino de Dios, que la visión del profeta Isaías nos invita a imaginar como un banquete preparado por Dios para todos los pueblos. Todos, con la esperanza de que no falte ninguno. ¡Todos, todos, todos! Que nadie quede fuera, todos. Y la palabra clave es esta: la armonía. Lo que hace el Espíritu Santo, su primera manifestación fuerte en la mañana de Pentecostés, es armonizar todas las diferencias, todos los idiomas… Armonía.

Y esto es lo que enseña el Concilio Vaticano II cuando dice que la Iglesia es “como un sacramento”: que es signo e instrumento de la espera de Dios, que ya ha preparado la mesa y está esperando. Su Gracia, a través de su Espíritu, susurra palabras de amor en el corazón de cada uno. A nosotros nos toca amplificar la voz de este susurro sin obstaculizarlo; abrir puertas sin levantar muros.

¡Cuánto mal hacen las mujeres y los hombres de Iglesia cuando alzan muros, cuánto mal! ¡Todos, todos, todos! No debemos comportarnos como “dispensadores de la Gracia” que se apropian del tesoro atando las manos del Dios misericordioso. Recuerden que comenzamos esta Asamblea sinodal pidiendo perdón, sintiendo vergüenza, reconociendo que todos hemos sido misericordiados.

Esto no se trata del modo clásico para postergar al infinito las decisiones. Es lo que corresponde al estilo sinodal con el que también el ministerio petrino se ejercita: escuchar, convocar, discernir, decidir y evaluar. Y en estos pasos son necesarias las pausas, los silencios, la oración. Es un estilo que estamos aprendiendo juntos, poco a poco. El Espíritu Santo nos llama y nos sostiene en este aprendizaje, que debemos comprender como proceso de conversión

Todo esto es don del Espíritu Santo: Él es quien crea la armonía, Él es la armonía. San Basilio tiene una hermosa teología al respecto; si pueden, lean el tratado de san Basilio sobre el Espíritu Santo. Él es la armonía. Hermanos y hermanas, que la armonía también continúe saliendo de esta aula y el Soplo del Resucitado nos ayude a compartir los dones recibidos.

(1) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Conclusión: Un banqute para todos los pueblos. Apéndice. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(2) Publicado en Religión en Libertad. Extraído de https://www.religionenlibertad.com/vaticano/260213/leon-xiv-cambiara-curia-edad-guzman-carriquiry_116527.html

sábado, 16 de mayo de 2026

Una conversación en el autobús

El camino del amor

Camino de Jerez en un autobús de línea regular que inicia su recorrido en Sevilla, viajan tres mujeres jóvenes, dos de ellas sentadas en los asientos posteriores a los que ocupamos mi esposa y yo. La tercera, apoyada en el reposabrazos de un asiento contiguo, dirige una amistosa conversación con sus compañeras durante todo el trayecto como si no viajase nadie más con ellas.

Nos sorprende gratamente el contenido de la conversación, más profunda de lo que imaginamos en personas de su edad. Quien lleva la voz cantante va introduciendo temas que son al mismo tiempo inquietudes: vivienda, viajes, espiritualidad, relación de pareja… Da la impresión que quien lleva la iniciativa tiene una visión idealizada de esta última. El autobús llega al destino y oímos que se dirigen al aeropuerto, no hemos llegado a descubrir qué relación hay entre ellas y qué las unía en este viaje. Nosotros seguimos nuestro camino hacia el hotel donde pernoctaremos dos días.

En el vuelo de regreso a Barcelona leo una entrevista a Lucía Solla Sobral. En septiembre del año pasado se ha publicado su primera novela, Comerás flores, que en febrero de este año ha alcanzado la vigesimoprimera edición. En las bibliotecas de mi provincia el libro está solicitadísimo. Relata una relación tóxica entre una mujer, Marina, de veinticinco años y un hombre veinte años mayor, Jaime. El texto ha captado el interés de multitud de mujeres. Muchas de ellas han escrito a la autora para contarle sus experiencias, según comenta el entrevistador.

Le entrevista (1) es muy interesante porque aborda cómo vive la autora el proceso de elaboración del libro, la presentación del manuscrito, las sugerencias del editor, la publicación y la repercusión del texto en los lectores -lectoras, sobre todo-. Además, cómo interpreta ella las situaciones expuestas en el texto.

Un tanto sensibilizado por la conversación que escuché en el autobús, destaco unos fragmentos de la entrevista:

Le preguntan a Lucía Solla: Ha hablado del error que es poner el amor romántico como meta en la vida. ¿Lo opinaba antes de escribir el libro?

Contesta: «No lo pensé hasta que empecé a dar entrevistas y hablar de la novela en voz alta. A mí me encanta el amor romántico y estoy muy a favor, pero a través de la historia de Marina y Jaime vemos que es perjudicial fijarlo como meta. Es una crítica a entenderlo mal, a construirlo de manera ya enferma de base. El amor tiene que surgir, tienes que crearlo de forma sana, equilibrada, pero si te marcas como objetivo tener novio o novia, es muy probable que te saltes muchos límites por el camino para conseguirlo y que pases por alto cosas que no te gustan. Es lo que le sucede a Marina. En su caso, se le junta con un duelo que quiere cubrir con otra persona. Ella cree que el amor es la solución a todo, porque además su padre también se lo dijo. Y el amor no puede solucionar los problemas, los tienes que solucionar tú. Te puede ayudar la gente que te quiere a tu alrededor, pero no te va a salvar una persona en concreto.»

Se le pregunta a continuación: ¿Ha reflexionado sobre qué es una relación sana?

Y responde: «Lo he pensado en negativo: por qué o cómo empieza a construirse mal una relación. Cuando los cimientos ya están mal colocados o cuando empiezas desde una vulnerabilidad, o la otra persona se adentra en una herida y crea desde ahí el vínculo. Para que la relación sea sana lo importante es la comunicación y la confianza. Cuando no te atreves a ser tú, o a decir ciertas cosas porque igual molesta, o a salir con tus amigas o amigos porque eso le puede parecer incómodo a la otra persona. Si hay algún gesto que te despierte miedo a su reacción o incomodidad, por ahí no es. Donde hay urgencia tampoco; tiene que ser siempre con tiempo.»

La última frase abre un interrogante: ¿Urgencia?

Lucía aclara: «Con urgencia no se puede construir nada de forma sana. Es imposible con prisas. Con tiempo para conocer a la otra persona a lo mejor pasan los meses y te das cuenta de que no es quien creías, y está genial que te hayas dado cuenta. Pero, si cuando lo descubres ya estáis viviendo juntos porque has corrido, o le has hecho promesas, o tu familia cree que es el amor de tu vida, es muchísimo más difícil deshacerlo.»

Una breve pincelada de una sustanciosa entrevista que podéis leer completa en https://nuestrotiempo.unav.edu/w/lucia-solla-sobral-entrevista-relacion-sana

(1) Entrevista de Daniel Dols Bruno a Lucía Solla Sobral, publicada en la Revista Nuestro Tiempo, número 725, marzo 2026.

domingo, 26 de abril de 2026

La verdad de verdad

Liberadora de ataduras del espíritu

En la introducción que hace Alfonso López Quintás a la edición española de El Señor, obra de Romano Guardini (1), cita unas palabras de este autor en otro texto, que iluminan el tratamiento de esta palabra que tanto ha dado que hablar por ser a menudo mal usada, mal esgrimida y, tantas veces, mutilada:

«...Entre 1920 y 1943 desarrollé una intensa actividad como predicador y he de decir que pocas cosas recuerdo con tanto cariño como ésta. A medida que pasaba el tiempo, menos me importaba el efecto inmediato. Lo que desde un principio pretendía, primero por instinto y luego cada vez más conscientemente, era hacer resplandecer la verdad. La verdad es una fuerza, pero sólo cuando no se exige de ella ningún efecto inmediato, sino que se tiene paciencia y se da tiempo al tiempo; mejor aún: cuando no se piensa en los efectos, sino que se quiere mostrar la verdad por sí misma, por amor a su grandeza sagrada y divina» (2).

La verdad liberadora del espíritu; que no atiende a oportunismos, concesiones de parte o apropiaciones malsanas; ni es instrumento para herir o provocar discordia; la que engrandece el alma y la empuja hacia el bien. Esa verdad que Antonio Machado nos invita a buscar:

¿Tu verdad?  No, la Verdad,

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela. (3)


(1) Romano Guardini: El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo. Título original: Der Herr. Betrachtungen über die person und das leben Jesu Christi (1961).  Editorial: Ediciones Cristiandad – 4ª edición (2018). Traductor: Dionisio Mínguez. 572 páginas. (Versión Kindle). Introducción, página 9

(2) Ver Romano Guardini: Apuntes para una autobiografía. Editorial: Ediciones Encuentro, página 161

(3) Antonio Machado: Proverbios y cantares, número LXXXV. Extraído de https://www.poesi.as/amach213.85.htm

viernes, 6 de marzo de 2026

En torno al Sínodo (y 31)

Punto y seguido

Hace unas semanas leí la crónica de Pablo J. Ginés (1) sobre la intervención de Guzmán Carriquiry Lecour, laico uruguayo que ha trabajado durante 48 años en la Curia Romana y, tras su jubilación, ha ejercido como embajador de Uruguay en la Santa Sede, en un encuentro online organizado por del Club de Lectura de Corriente Social Cristiana con motivo de la publicación de su libro El testigo, en la que afirma: «A Francisco le gustaba abrir procesos convencido de que el Espíritu Santo los iría conduciendo, incluso en la ambigüedad».

Al convocar el papa Francisco el Sínodo de la sinodalidad, además de la perplejidad que para muchos suponía -quizá todavía lo supone- la palabra sinodalidad, surgieron temores y expectativas, algo que no debía extrañar por la magnitud que entrañaba dicha decisión: nada más y nada menos que convocar a los fieles de todo el mundo para que expresaran su parecer sobre la Iglesia. Hasta entonces parecía que el contenido de los Sínodos estaba reservado a algunos elegidos entre los miembros de la jerarquía católica.

Dicha convocatoria, además de poner de manifiesto un cierto desconcierto o confusión, podía sacar a relucir las tensiones que existen en el seno de la Iglesia entre diversas corrientes, algunas de ellas aparentemente antagónicas entre si; la Iglesia también se ve salpicada por ambientes sociales polarizados. Podría pensarse que el papa Francisco se alejaba con su propuesta de una de las reglas que indica el fundador de su camino espiritual, san Ignacio de Loyola, en los Ejercicios espirituales: «en tiempo de desolación nunca hacer mudanza» (2).

En la nota de acompañamiento al texto final escribe el papa Francisco: «El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos recoge los frutos de un camino marcado por la escucha del Pueblo de Dios y por el discernimiento de los pastores. Dejándose iluminar por el Espíritu Santo, toda la Iglesia ha sido llamada a leer su propia experiencia y a identificar los pasos a dar para vivir la comunión, realizar la participación y promover la misión que Jesucristo le confió.»

En su conclusión (3), el Documento final del Sínodo aspira a que cunda el ejemplo en una sociedad que en muchos aspectos se muestra tensionada: «la sinodalidad de la Iglesia se convierte en profecía social, inspirando nuevos caminos también para la política y la economía, colaborando con todos los que creen en la fraternidad y la paz en un intercambio de dones con el mundo.»

Continúa: «Viviendo el proceso sinodal hemos tomado nueva conciencia de que la salvación que hay que recibir y proclamar pasa a través de las relaciones. Se vive y se testimonia juntos. La historia se nos presenta trágicamente marcada por la guerra, la rivalidad por el poder, por miles injusticias y represiones. Sabemos, sin embargo, que el Espíritu ha puesto en el corazón de cada ser humano un deseo profundo y silencioso de relaciones auténticas y de vínculos verdaderos. La creación misma habla de unidad y de compartir, de variedad y de entrelazamiento entre las distintas formas de vida. Todo nace de la armonía y tiende a la armonía, incluso cuando sufre la herida devastadora del mal. El sentido último de la sinodalidad es el testimonio que la Iglesia está llamada a dar de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la armonía del amor que se derrama de sí misma para darse al mundo. Caminando en estilo sinodal, en el entrelazamiento de nuestras vocaciones, carismas y ministerios, y saliendo al encuentro de todos para llevar la alegría del Evangelio, podremos vivir la comunión que salva: con Dios, con toda la humanidad y con toda la creación. De este modo, gracias al compartir, comenzaremos ya a experimentar el banquete de vida que Dios ofrece a todos los pueblos.»

Dos referencias pueden dar aliento al espíritu sinodal que se ha abierto a todas las realidades eclesiales: un aforismo: «Solos llegamos más rápido, juntos llegamos más lejos» y una oración de Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien» (4). En el Saludo final a la asamblea el papa cita unas palabras de la poetisa francesa Madeleine Delbrêl: «hay lugares donde sopla el Espíritu, pero hay un Espíritu que sopla en todos los lugares.»

Una vez finalizada la asamblea sinodal se inició la fase de implementación que concluirá el año 2028. Se ha publicado un documento que da unas pistas para llevarlo a cabo. Todo el proceso ha de tener en cuenta que «la sinodalidad permite articular concretamente la implicación de todos (el Pueblo santo de Dios) y el ministerio de algunos (el Colegio episcopal) en el proceso de toma de decisiones sobre la misión de la Iglesia». Dicho de otra manera e incluyendo al Santo Padre: «El proceso sinodal ha ayudado también a revisar los modos de ejercicio del ministerio del Obispo de Roma a la luz de la sinodalidad. En efecto, la sinodalidad articula de manera sinfónica las dimensiones comunitaria (“todos”), colegial (“algunos”) y personal (“uno”) de cada Iglesia local y de toda la Iglesia. En esta perspectiva, el ministerio petrino es inherente a la dinámica sinodal, así como la dimensión comunitaria, que incluye a todo el Pueblo de Dios, y aquella colegial del ministerio episcopal» (5).

El Documento final concluye con una invocación a la Madre de Dios: «A la Virgen María, que lleva el espléndido título de Odigitria, Aquella que indica y guía el camino, confiamos los resultados de este Sínodo. Que Ella, Madre de la Iglesia, que en el Cenáculo ayudó a la comunidad naciente a abrirse a la novedad de Pentecostés, nos enseñe a ser un Pueblo de discípulos misioneros que caminan juntos: una Iglesia sinodal.»

(1) Publicado en Religión en Libertad. Extraído de https://www.religionenlibertad.com/vaticano/260213/leon-xiv-cambiara-curia-edad-guzman-carriquiry_116527.html

El video completo del evento se puede ver en la página web del organizador https://elcorrent.org/es/

(2) San Ignacio de Loyola: Ejercicios espirituales, número 318: «5ª regla. La quinta: en tiempo de desolación nunca hacer mudanza mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen spíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consexos no podemos tomar camino para acertar.» Extraído de https://ejerciciosespirituales.org/wp-content/uploads/2017/03/LIBRO_EE.pdf

(3) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Conclusión: Un banqute para todos los pueblos. Puntos 152 a 155. También se ha hecho mención a los puntos 127 y 130. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(4) Evangelio según san Lucas, capítulo 10, versículos 21-24: «En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron”.» Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/

(5) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión, obra citada, puntos 127 y 130.

jueves, 26 de febrero de 2026

En torno al Sínodo (30)

Formación permanente

“Ya soy senador. ¿Y ahora qué?”, le dice Bill McKay, el candidato, a su director de campaña tras ganar contra pronóstico la elección al Senado de los EE.UU. No hay respuesta en la película, que concluye en esta escena (1).

La misma pregunta se la pudieron hacer los discípulos de Jesús tras su muerte en la cruz: el episodio con aquellos discípulos que iban camino de Emaús es un ejemplo (2). También tras contemplar la ascensión y oír como les daban un toque mientras permanecían embobados (3). Y lo mismo pueden preguntarse aquellos que han tenido noticia del Sínodo de la sinodalidad, sobre todo los que han participado de una u otra manera.

La última parte del Documento final (4), al hablarnos de la misión a la que todos los bautizados estamos llamados a llevar a cabo y, también, al dar unas orientaciones para la implementación del estilo sinodal en todas las realidades eclesiales nos da pistas del camino que hay que recorrer.

Narran los evangelios que en una ocasión Jesús envía a ‘los Doce’ de dos en dos a predicar la conversión (5). En otra ocasión designa ‘otros setenta y dos’ para la que le precedieran en su predicación, también de dos en dos (6). Unos y otros tienen una misión que cumplir, aunque  con distintas herramientas y objetivos. Un anuncio pascual (7) da pie para abordar la última parte del Documento: «En la tarde de Pascua, Cristo entrega a los discípulos el don mesiánico de su paz y los hace partícipes de su misión. Su paz es plenitud de ser, armonía con Dios, con los hermanos y las hermanas, y con la creación; la misión es anunciar el Reino de Dios, ofreciendo a toda persona, sin excluir a nadie, la misericordia y el amor del Padre. El gesto delicado que acompaña las palabras del Resucitado recuerda lo que Dios hizo al principio. Ahora, en el Cenáculo, con el soplo del Espíritu comienza la nueva creación: nace un pueblo de discípulos misioneros.»

Una misión para la que hay que prepararse: uno no da de lo que no tiene. Y el Documento lo expone haciendo hincapié en el sello de la sinodalidad que debe acompañar la formación: «Para que el Pueblo santo de Dios pueda testimoniar a todos la alegría del Evangelio, creciendo en la práctica de la sinodalidad, necesita una formación adecuada: ante todo en la libertad de hijos e hijas de Dios en el seguimiento de Jesucristo, contemplado en la oración y reconocido en los pobres. La sinodalidad, en efecto, implica una profunda conciencia vocacional y misionera, fuente de un estilo renovado en las relaciones eclesiales, de nuevas dinámicas participativas y de discernimiento eclesial, así como de una cultura de la evaluación, que no puede establecerse sin el acompañamiento de procesos formativos específicos. La formación en el estilo sinodal de la Iglesia promoverá la conciencia de que los dones recibidos en el Bautismo son talentos que hay que hacer fructificar para el bien de todos: no pueden ocultarse ni permanecer inoperantes

Una formación que no se detiene con el paso del tiempo, ni con la recepción de un sacramento, ni con el aprendizaje de unas prácticas de piedad, sino que ha de ir creciendo y actualizándose: «La formación del discípulo misionero comienza con la iniciación cristiana y hunde sus raíces en ella… A veces, una vez terminado el camino de la Iniciación, el vínculo con la comunidad se debilita y se descuida la formación. Sin embargo, ser discípulos misioneros del Señor no es una meta que se alcanza de una vez para siempre. Implica conversión continua, crecimiento en el amor “hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo” (8) y apertura a los dones del Espíritu para un testimonio vivo y gozoso de la fe.»

En este contexto pone especial énfasis el Documento en la celebración eucarística: «Por eso es importante redescubrir como la celebración dominical de la Eucaristía forma a los cristianos: la plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo [...]: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” (9). Para muchos fieles, la Eucaristía dominical es el único contacto con la Iglesia: cuidar su celebración de la mejor manera, con particular atención a la homilía y a la “participación activa” (10) de todos, es decisivo para la sinodalidad. En la Misa, de hecho, acontece como una gracia concedida desde lo alto, antes de ser el resultado de nuestros propios esfuerzos: bajo la presidencia de uno y gracias al ministerio de algunos, todos pueden participar en la doble mesa de la Palabra y del Pan. El don de la comunión, de la misión y de la participación —las tres piedras angulares de la sinodalidad— se realiza y se renueva en cada Eucaristía

Aboga el Documento por una «formación integral, continua y compartida», cuya «finalidad no es sólo la adquisición de conocimientos teóricos, sino la promoción de la capacidad de apertura y encuentro, de compartir y colaborar, de reflexión y discernimiento en común, de lectura teológica de las experiencias concretas.» Todos estamos llamados a formarnos: «En la Iglesia nadie es mero destinatario de la formación: todos somos sujetos activos y tenemos algo que donar a los demás.»

La realidad personal o vocacional que a cada uno atañe no ha de ser motivo de encapsulamiento en el ámbito de un grupo o un entorno que le incomunique de las otras realidades eclesiales: «La formación sinodal compartida para todos los bautizados constituye el horizonte dentro del cual comprender y practicar la formación específica necesaria para los ministerios individuales y para los diversos estados de vida. Para ello es necesario que se realice como intercambio de dones entre las diversas vocaciones (comunión), en la perspectiva de un servicio a realizar (misión) y en un estilo de implicación y educación en la corresponsabilidad diferenciada (participación). Esta exigencia, surgida con fuerza del proceso sinodal, requiere no pocas veces un exigente cambio de mentalidad y un enfoque renovado de los ambientes y procesos formativos. Implica, sobre todo, una disposición interior a dejarse enriquecer por el encuentro con hermanos y hermanas en la fe, superando prejuicios y visiones partidistas.»

(1) Película El candidato, dirigida por Michael Ritchie, con la interpretación estelar de Robert Redford. Se puede ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=F4EbDtMD9hM&t=3635s

(2) Ver Evangelio según san Lucas capítulo 24, versículos 13 y siguientes. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/

(3) Ver Hechos de los Apóstoles, capítulo 1, versículos 10 y siguientes. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/hechos-apostoles/

(4) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Quinta parte: “También yo los envío”. Puntos 140 a 151. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(5) Ver Evangelio según san Marcos, capítulo 6, versículos 7 y siguientes. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/marcos/

(6) Ver Evangelio según san Lucas, capítulo 10, versículos 1 y siguientes. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/

(7) Evangelio según san Juan, capítulo 20, versículos 21-23: «Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.» Extraído de: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/juan/

(8) Carta de san Pablo a los Efesios, capítulo 4 versículos 11-13: «Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.» Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/biblia-efesios/

(9) Francisco: Carta apostólica Desidero desideravi, punto 41: «La plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo. Repito: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él. Esta es la finalidad para la cual se ha dado el Espíritu, cuya acción es siempre y únicamente confeccionar el Cuerpo de Cristo. Es así con el pan eucarístico, es así para todo bautizado llamado a ser, cada vez más, lo que recibió como don en el bautismo, es decir, ser miembro del Cuerpo de Cristo.» Extraído de https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/20220629-lettera-ap-desiderio-desideravi.html

(10) Concilio Vaticano II: Constitución Sacrosantum Concilium, punto 14: «Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano, y por lo mismo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral, por medio de una educación adecuada.» Extraído de: https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html

jueves, 12 de febrero de 2026

En torno al Sínodo (29)

Del primero al último

“Siervo de los siervos de Dios” es un título papal que a simple vista parece contradictorio: ¿cómo puede ser que quien está en la cúspide de la jerarquía, quien se supone que es el mandamás, se autodenomine siervo de aquellos que están bajo su jurisdicción? Bastaría recordar las palabras de Jesús para que no resultara tan extraño: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (1).

¿Cómo afecta la sinodalidad a la estructura jerárquica de la Iglesia? El Documento final del Sínodo (2) indica: «La sinodalidad articula de manera sinfónica las dimensiones comunitaria (“todos”), colegial (“algunos”) y personal (“uno”) de cada Iglesia local y de toda la Iglesia. En esta perspectiva, el ministerio petrino es inherente a la dinámica sinodal, así como la dimensión comunitaria, que incluye a todo el Pueblo de Dios, y aquella colegial del ministerio episcopal (3)

Una sinfonía difícil de interpretar armónicamente si se tiene en cuenta el gran número de actores y organismos implicados y las peculiaridades que les acompañan. A ello se refiere la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: «dentro de la comunión eclesiástica, existen legítimamente Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla» (4). Siendo «principio y fundamento de la unidad de la Iglesia» (5), el Papa «es el garante de la sinodalidad: a él corresponde convocar a la Iglesia en Sínodo, presidirlo y confirmar sus resultados. Como sucesor de Pedro, tiene un papel único en la salvaguardia del depósito de la fe y de las costumbres, asegurando que los procesos sinodales sean fructíferos para la unidad y el testimonio». Del mismo modo corresponde a los responsables episcopales «promover la sinodalidad en todas las Iglesias locales».

Respecto a la «reflexión sobre el ejercicio del ministerio petrino en clave sinodal» el Documento toma como referencia un punto de la Constitución apostólica Praedicate Evangelium, que reforma la Curia romana, ampliando las competencias de los organismos locales, regionales o nacionales: «Esta reforma se propone, en el espíritu de una saludable ‘descentralización’, dejar a la competencia de los pastores la facultad de resolver en el ejercicio de su propio cargo del magisterio y como pastores las cuestiones que conocen bien y que no afectan a la unidad de doctrina, disciplina y comunión de la Iglesia, actuando siempre con esa corresponsabilidad que es fruto y expresión de ese mysterium communionis específico que es la Iglesia» (6).

El Documento también se refiere al «servicio de la Curia romana en sentido sinodal y misionero» remitiéndose a dicha Constitución, que en uno de sus puntos indica cuál es su misión: «La Curia Romana está al servicio del Papa… En virtud de este vínculo, la obra de la Curia Romana está también en relación orgánica con el Colegio episcopal y con cada obispo… La Curia Romana no se sitúa entre el Papa y los obispos, sino que se pone al servicio de ambos en la forma que conviene a la naturaleza de cada uno» (7).

El Documento hace mención en este epígrafe el Colegio cardenalicio que en su labor de colaboración y asesoramiento al Papa se reúne en consistorios, como el realizado el mes pasado. También al Sínodo de los Obispos, del que dice «que la constitución apostólica Episcopalis communio ha transformado de ser un evento a un proceso eclesial» y añade que «aun conservando su naturaleza episcopal, ha visto y podría ver en el futuro, en la participación de otros miembros del Pueblo de Dios, la forma en que está llamado a asumir el ejercicio de la autoridad episcopal en una Iglesia consciente de ser constitutivamente relacional y por ello sinodal para la misión. En la profundización de la identidad del Sínodo de los Obispos es esencial que, en el proceso sinodal y en las Asambleas, aparezca y se realice concretamente la articulación entre la implicación de todos (el Pueblo santo de Dios), el ministerio de algunos (el Colegio episcopal) y la presidencia de uno (el Sucesor de Pedro)

Ya que el Santo Padre es especialmente protagonista en estos puntos del Documento final que he abordado, aprovecho para reproducir unos fragmentos de la homilía dirigida a los equipos sinodales y órganos de participación con motivo del Jubileo de la esperanza: «Se nos invita a contemplar y a redescubrir el misterio de la Iglesia, que no es una simple institución religiosa ni se identifica con las jerarquías o con sus estructurasLa Iglesia… es el signo visible de la unión entre Dios y los hombres, de su proyecto de reunirnos a todos en una única familia de hermanos y hermanas y de hacer de nosotros su pueblo, un pueblo de hijos amados, todos unidos en el único abrazo de su amor… En la Iglesialas relaciones no responden a las lógicas del poder sino a las del amor. Las primeras…  son lógicas “mundanas”, mientras que en la comunidad cristiana el primado atañe a la vida espiritual, que nos hace descubrir que todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros, llamados a servirnos los unos a los otros… La regla suprema en la Iglesia es el amor. Nadie está llamado a mandar, todos lo son a servir; nadie debe imponer las propias ideas, todos deben escucharse recíprocamente; sin excluir a nadie, todos estamos llamados a participar; ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos En la nota 8 tenéis el enlace para acceder al texto completo de la homilía.

(1) Evangelio según san Mateo, capítulo 20, versículos 25 a 28. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/nuevo-testamento-mateo/

(2) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Cuarta parte: “Una pesca abundante”. Puntos 130 a 139. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(3) Comisión teológica internacional: La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, número 64: «La dimensión sinodal de la Iglesia expresa el carácter de sujeto activo de todos los Bautizados y al mismo tiempo el rol específico del ministerio episcopal en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma.

Esta visión eclesiológica invita a desplegar la comunión sinodal entre “todos”, “algunos” y “uno”. En diversos niveles y de diversas formas, en el plano de las Iglesias particulares, sobre el de su agrupación en nivel regional y sobre el de la Iglesia universal, la sinodalidad implica el ejercicio del sensus fidei de la universitas fidelium* (todos), el ministerio de guía del colegio de los Obispos, cada uno con su presbiterio (algunos), y el ministerio de unidad del Obispo y del Papa (uno). Resultan así conjugados, en la dinámica sinodal, el aspecto comunitario que incluye a todo el Pueblo de Dios, la dimensión colegial relativa al ejercicio del ministerio episcopal y el ministerio primacial del Obispo de Roma.»

*El sensus fidei (sentido de la fe) es un instinto sobrenatural del Espíritu Santo dado a la universitas fidelium (totalidad de los fieles o pueblo de Dios) que permite discernir y adherirse a la verdadera fe. Extraído de https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html

(4) Concilio Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, número 13. Extraído de https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

(5) Ver Lumen Gentium, números 22 y 23

(6) Francisco: Constitución apostólica Praedicate Evangelium, apartado II, punto 2. Extraído de https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_constitutions/documents/20220319-costituzione-ap-praedicate-evangelium.html

(7) Praedicate Evangelium, apartado I, punto 8.

(8) León XIV: Homilía durante la Santa Misa en el marco del Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación, celebrado el 26 de octubre de 2025. Extraído de https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025/documents/20251026-giubileo-equipe-sinodali.html