lunes, 29 de abril de 2019

La controversia de las judías verdes

La susceptibilidad como arma política


En uno de los episodios de El ala oeste de la Casa Blanca  (1) los cocineros de la Casa Blanca han invitado a colaboradores de revistas culinarias. Los visitantes se interesan por las preferencias gastronómicas del presidente y se lo preguntan a su ayudante personal, Charlie Young (Ch). Su respuesta motivará un ligero rifirrafe entre Charlie y la secretaria de prensa de la Casa Blanca, C. J. Cregg (C.J.):

Ch: Le dije a uno que no le gustan las judías verdes.
C. J.: ¿Por qué?
Ch: Porque es cierto.
C. J.: ¿Por qué lo dijiste? ¿Qué te preguntaron?
Ch: Qué le gustaba y qué no. Y dije que le gustan los dátiles, la langosta, los espagueti y los helados.
C. J.: ¿Y?
Ch: Y las judías no.
C. J.: ¿Dejaste una posibilidad?
Ch: ¿Posibilidad? ¡Pero si el odia las judías verdes!
C. J.: Ganamos en Oregón por 10.000 votos. No sé cuántos productores de judías verdes tienen allí, pero como haya 10.001 estamos fastidiados. Es un asunto muy serio.
Ch: Pues a mí me parece que lo estás exagerando un poco. La educación, el crimen y el paro sí son asuntos serios. He ido a Oregón cuatro veces en año y medio y no he visto allí a nadie que fuera imbécil.
C. J.: Todo el mundo es imbécil en año de elecciones.
Ch: No. Se les trata como imbéciles en año de elecciones.
C. J.: De acuerdo. De ahora en adelante no hay nada que no le guste al presidente.

Charlie, que no es un profesional de la política, se expresa con naturalidad, no ve ningún problema añadido en lo que ha dicho –sobre gustos no hay disputas-. C. J. pone el foco en la sensibilidad del electorado y las repercusiones negativas que puede tener el comentario de Charlie, que podrían incluso comprometer el futuro político del presidente y de su equipo.

Charlie apela a la sensatez de los ciudadanos, C. J. a su susceptibilidad. Cuando se rodó el capítulo no existían Facebook, Twitter y sus sucedáneos. ¿Qué recorrido hubiera tenido hoy en las redes la difusión de un comentario como el de Charlie? ¿Arderían? ¿Se convertiría en viral o trending topic? ¿Cuántos titulares de prensa se harían eco? ¿Cuántas tertulias políticas o de otro tipo hablarían de ello una y otra vez? ¿Cuántos programas de humor, que más bien cabría cualificar de sarcasmo, se cebarían con ello?

Charlie peca de ingenuo. A pesar de su corta experiencia debería saber que cualquier cosa, por pequeña que sea, que afecte al presidente –especialmente en un sistema político como el estadounidense- resuena en todo el país. Y eso obliga a ser muy discreto en todo lo que tiene que ver con su jefe.

C.J. reacciona desproporcionadamente, hasta cierto punto ‘terribiliza’ –siguiendo la terminología de Rafael Santandreu-; es decir, construye un relato dramático sobre las consecuencias que puede generar un hecho insustancial o de poca importancia que puede reconducir. Quizá sea una forma de alertar a Charlie: ‘ojo con lo que dices del presidente’, o también de evitar perder el control de todo lo que pueda afectar a su trabajo con la prensa.

El diálogo entre Charlie y C. J. puede advertirnos sobre la importancia que tiene ser cuidadosos con los comentarios que hacemos sobre los demás, especialmente en entornos frívolos. También de la conveniencia de actuar con serenidad para tratar cualquier contrariedad que surja, evitando alarmarse precipitadamente y sacar las cosas de quicio.

(1) El ala oeste de la Casa Blanca. Título original: The West Wing. Dirección: Aaron Sorkin. Segunda temporada, capítulo 9: Galileo

viernes, 26 de abril de 2019

Interpretaciones teológicas sui generis

Del conocimiento a la experiencia de Dios


Estaba distrayéndome mientras oía el relato de la Pasión en los oficios del Viernes Santo. Reacciono justo en el momento en que oía “Tengo sed”, una de las expresiones que formuló Jesús clavado en la cruz. Pensé en lo que significaron estas palabras para Teresa de Calcuta al oírlas pronunciar repetidamente a un mendigo –si la película que vi de la santa es fiel a los hechos-. Sintió una «llamada dentro de la llamada» que, por lo pronto, le iba a complicar mucho la vida, ya que le obligaba a abandonar la orden donde había profesado y consagrarse sirviendo a los «más pobres entre los pobres» sin abandonar las exigencias de la vida religiosa. Una tarea con un destino incierto que solo contaba con su propia persona para llevarla a cabo, alentada por una fe que le empujaba a cumplir esa misión. (1)

¿Qué tenían de especial para Teresa oír estas dos palabras en ese momento? El mendigo tan solo expresaba una necesidad fisiológica. Misterios de la vida que no tienen explicación estrictamente racional y, quizá por ello, hay quien se empeña en querer desbaratarlos, ensombrecerlos, con sospechas infundadas. Esos vocablos fueron la semilla de donde brotó, con la colaboración de un alma dispuesta a cumplir la voluntad de Dios, el árbol frondoso de las Misioneras de la Caridad.

Juan Manuel de Prada
A esa racionalidad a la que le cuesta entender los caminos de Dios se refiere Juan Manuel de Prada en un artículo reciente, donde alude  al “empeño de sedicentes teólogos y exegetas bíblicos que, después de someter los textos evangélicos –cada versículo, cada palabra, cada coma– a un análisis exhaustivo, concluyen que la resurrección de Cristo no ocurrió tal como nos la describen los evangelistas, sino que fue una ‘experiencia de fe’, una especie de ‘autosugestión’ que impulsó a los apóstoles a creer que su Maestro seguía presente en sus vidas, una ‘vivencia’ o ensoñación mística, consecuencia inevitable de su credulidad excitada por los anuncios que el propio Cristo les había hecho.” (2) Bastaría con recordar las palabras de San Pablo: “si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe” (7).

Sorprende sin embargo un hecho que se repite tras la resurrección de Jesús: a simple vista los discípulos –ellas y ellos- y los apóstoles se muestran incapaces de reconocerlo. ¿Cómo puede ser? No les cabía en la cabeza, a pesar de lo que habían visto y oído de sus labios. Una situación que coincide con lo que expresa en otro contexto el escritor y filósofo francés Henri Bergson: “El ojo ve sólo lo que la mente está preparada para comprender.” Dice el evangelio que fue necesario que Él les abriera el entendimiento para comprender las Escrituras y lo que les había anunciado. (3) Tras una larga disertación san Agustín concluye: “cree para comprender, comprende para creer” (4).

El papa Francisco defiende la labor de los teólogos: “La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio.” (5)

A los teólogos les puede ocurrir como a los pedagogos a los que se refiere Zavalloni, que escriben de pedagogía “sin jamás haber tenido experiencia directa alguna con chicos y chicas.” (6) Es decir, pueden estar muy preparados teóricamente pero faltos de la experiencia de Dios. Saben mucho sobre Él, pero poco de Él. Les falta el trato íntimo –oración- con Aquel de quien tanto hablan. Y eso condiciona su exégesis. Otros siguen un camino más cuestionable: contemplan los textos con el fin de encajarlos en una idea preconcebida; la interpretación queda así sesgada por la ideología.

A cualquier trabajo intelectual se le puede reclamar honestidad en el desarrollo de sus trabajos y humildad al exponer sus apreciaciones o conclusiones. Para el teólogo también importante la vida interior: abrirse a la trascendencia, dejarse seducir por la acción de la gracia, para atar algunos cabos que la mente humana por sí sola es incapaz de detectar.

(1) Ver, por ejemplo, José María Calderón: La experiencia de la sed de Jesús. Fuente: http://www.corpuschristimovement.com/spanish/meditaciones/Calderon1.html
(2) Juan Manuel de Prada: Resurrección. Publicado en XL Semanal y reproducido por Religión en libertad el 24 abril 2019. Fuente: https://www.religionenlibertad.com/opinion/473816718/Resurreccion.html
(3) Ver, por ejemplo, Lucas, 24, 35-48
(4) San Agustín: Sermón 43, punto 7: “amadísimos, aquel a quien me opuse, dando origen a una controversia que me llevó a pedir un profeta como juez, no profiere palabras vacías de significado cuando dice: «Tengo que entender para creer». Pues ciertamente lo que ahora mismo estoy hablando lo hablo para que crean los que aún no creen. Y, sin embargo, si no entienden lo que hablo, no pueden creer. Por lo tanto, en cierto modo es verdad lo que él dice: «Tengo que entender para creer»; también lo es lo que digo yo con el profeta: «Más bien, cree para entender». Ambos decimos verdad: pongámonos de acuerdo. En consecuencia, entiende para creer, cree para entender. En pocas palabras os voy a decir cómo hemos de entender lo uno y lo otro sin problema alguno. Entiende mi palabra para creer; cree la palabra de Dios para entenderla.” Fuente:
(5) Santo Padre Francisco: Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 24 de noviembre de 2013. Punto 133. Fuente: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
(6) Gianfranco Zavalloni: La pedagogía del caracolEditorial Graó – Colección: Micro-Macro Referencias, número 31
(7) 1ª carta a los Coríntios, capítulo 15, versículo 14. Versión de la Biblia de Navarra editada por EUNSA. Fuente: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/1corintios-15