Un accidente que trastocó una mentalidad
Durante la charla de un arquitecto
y filósofo con pinta de sabio despistado no sé muy bien a cuenta de qué el
orador dijo que los edificios tienden a no caerse, porque de otro modo se
irían al traste muchísimos que presentan notables deficiencias constructivas.
Pero de tanto en tanto nos sobresalta la noticia de una aparente estabilidad que
se va al traste cuando concurre un cúmulo de circunstancias, como ocurrió hace
unos años con los edificios construidos con cemento aluminoso.
Puede ocurrir algo parecido
con algunos sistemas políticos que coartan sobremanera la libertad de los
ciudadanos que tras instaurarse se consolidan y perduran durante muchos años.
Medidas represivas, propaganda eficaz, aislamiento informativo… pueden ser
algunos de los motivos de la persistencia, a lo que puede añadirse un cierto un
acostumbramiento de la población que asimila los mensajes que recibe del
régimen y la impermeabiliza de aspirar a vivir en un sistema más abierto,
siguiendo la pauta del famoso refrán ‘más vale malo conocido que bueno por
conocer’. Sin embargo, también en este caso la consistencia del régimen puede
empezar a desmoronarse cuando un hecho inesperado irrumpe y el corsé ideológico
que impone el propio sistema impide que se gestione adecuadamente.
A la 01:23 del 26 de abril
de 1986 se produjo un accidente en la central nuclear de Chernóbil. La reacción
inicial de los gobernantes fue minusvalorarlo: “El reactor explotó y los
habitantes de Pripiat, a tres kilómetros, no recibieron ningún aviso durante
todo el 26 de abril. Una nube radioactiva se extendía por la zona, los niveles
de contaminación se disparaban y durante aquel sábado las familias pasearon por
la ciudad, los niños jugaron en los parques, los pescadores capturaron peces en
el río.” La magnitud del suceso obligó a evacuar a la población, sin embargo: “fuera
de Prípiat, las autoridades soviéticas ocultaron el desastre. La primera alarma
saltó dos días más tarde en Suecia, a mil cien kilómetros de Chernóbil, cuando
los técnicos de una central nuclear detectaron niveles altos de radiación.
Descartaron que se tratara de un problema propio y dedujeron que una nube
radiactiva venía del oeste de la Unión Soviética. Se estaba extendiendo por
toda Europa. El 29 de abril, tres días después de la explosión, la prensa
internacional empezó a dar noticias y los medios soviéticos se vieron obligados
a publicar algo. Ese día, en la portada del diario Ucrania Soviética, apareció
la foto de una carrera ciclista y justo encima una nota minúscula con las
siguientes explicaciones: ha ocurrido un accidente en la central nuclear de
Chernóbil, un reactor está afectado, ya se toman medidas para eliminar las
consecuencias, las víctimas reciben asistencia, se ha organizado un comité
gubernamental. Eso fue todo.”![]() |
| Vasili Koválchuk |
![]() |
| Svetlana Alexiévich |
La resaca de un suceso
traumático deja consecuencias visibles e invisibles. Chernóbil no sólo
transformó un territorio y causó heridas graves en la población, sino que
además resquebrajó la confianza de sus habitantes en sus dirigentes y el
sistema político que los albergaba. El episodio influyó en el colapso de la
Unión Soviética y su desaparición cinco años más tarde desmembrada en multitud
de estados.
(1) Ander Izaguirre: Las
cicatrices de Chernóbil. Publicado en la revista Nuestro Tiempo número 690,
páginas 20 a 31. Se puede ver completo en labuenaprensa.blogspot.com.es/2016/04/chernobil.html?m=1
junto con otros documentos que glosan la efeméride.
*Vasili Koválchuk era
soldado cuando fue reclamado para colaborar en las tareas de desescombro y
descontaminación de la central nuclear de Chernóbil tras el accidente.
** Svetlana Alexiévich,
escritora y periodista bielorrusa, premio Nobel de literatura 2015, autora de
Voces de Chernóbil







