sábado, 25 de noviembre de 2017

Amargo despertar

Un accidente que trastocó una mentalidad


Durante la charla de un arquitecto y filósofo con pinta de sabio despistado no sé muy bien a cuenta de qué el orador dijo que los edificios tienden a no caerse, porque de otro modo se irían al traste muchísimos que presentan notables deficiencias constructivas. Pero de tanto en tanto nos sobresalta la noticia de una aparente estabilidad que se va al traste cuando concurre un cúmulo de circunstancias, como ocurrió hace unos años con los edificios construidos con cemento aluminoso.

Puede ocurrir algo parecido con algunos sistemas políticos que coartan sobremanera la libertad de los ciudadanos que tras instaurarse se consolidan y perduran durante muchos años. Medidas represivas, propaganda eficaz, aislamiento informativo… pueden ser algunos de los motivos de la persistencia, a lo que puede añadirse un cierto un acostumbramiento de la población que asimila los mensajes que recibe del régimen y la impermeabiliza de aspirar a vivir en un sistema más abierto, siguiendo la pauta del famoso refrán ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’. Sin embargo, también en este caso la consistencia del régimen puede empezar a desmoronarse cuando un hecho inesperado irrumpe y el corsé ideológico que impone el propio sistema impide que se gestione adecuadamente.

A la 01:23 del 26 de abril de 1986 se produjo un accidente en la central nuclear de Chernóbil. La reacción inicial de los gobernantes fue minusvalorarlo: “El reactor explotó y los habitantes de Pripiat, a tres kilómetros, no recibieron ningún aviso durante todo el 26 de abril. Una nube radioactiva se extendía por la zona, los niveles de contaminación se disparaban y durante aquel sábado las familias pasearon por la ciudad, los niños jugaron en los parques, los pescadores capturaron peces en el río.” La magnitud del suceso obligó a evacuar a la población, sin embargo: “fuera de Prípiat, las autoridades soviéticas ocultaron el desastre. La primera alarma saltó dos días más tarde en Suecia, a mil cien kilómetros de Chernóbil, cuando los técnicos de una central nuclear detectaron niveles altos de radiación. Descartaron que se tratara de un problema propio y dedujeron que una nube radiactiva venía del oeste de la Unión Soviética. Se estaba extendiendo por toda Europa. El 29 de abril, tres días después de la explosión, la prensa internacional empezó a dar noticias y los medios soviéticos se vieron obligados a publicar algo. Ese día, en la portada del diario Ucrania Soviética, apareció la foto de una carrera ciclista y justo encima una nota minúscula con las siguientes explicaciones: ha ocurrido un accidente en la central nuclear de Chernóbil, un reactor está afectado, ya se toman medidas para eliminar las consecuencias, las víctimas reciben asistencia, se ha organizado un comité gubernamental. Eso fue todo.

Vasili Koválchuk
El reportaje escrito por Ander Izaguirre que publica la revista Nuestro Tiempo (1) con motivo de trigésimo aniversario del accidente nuclear detalla las consecuencias físicas, psicológicas y sociales del terrible episodio. El último epígrafe recoge algunos testimonios que inciden en cómo este hecho transformó la mentalidad de los habitantes de la zona: “«Éramos soviéticos -dice el liquidador Koválchuk*-. No éramos individualistas, lo importante era trabajar para la comunidad y por eso obedecíamos las órdenes del partido. Así se hacían las cosas. Si teníamos que ir a apagar Chernóbil, íbamos a apagar Chernóbil. Lo importante era cumplir con el deber, incluso arriesgando la vida. En la Unión Soviética yo sabía cuál era mi trabajo, todo estaba organizado, yo sabía qué debía hacer, cuáles eran las normas y las recompensas. Ahora las normas cambian cada mes. Y cada uno se busca la vida por su cuenta. Es un desastre». «Chernóbil fue la catástrofe de la mentalidad soviética», escribió el historiador Alexander Revalski. La mentalidad en la que «preocuparse por uno mismo era egoísta: siempre decíamos ‘nosotros’, nunca ‘yo’». Lo importante era la causa común, sacrificarse por el colectivo, obedeciendo a las autoridades que lo organizaban todo… «Nos educaron para ser... soldados. Nos educaron en aquella peculiar religión soviética, que pretendía reformar al ser humano y transformar el mundo»…

Svetlana Alexiévich
«Teníamos una visión infantil del mundo -le dijo Guenadi Grushevói, presidente de la Fundación para los Niños de Chernóbil, a la periodista Alexiévich- **. El socialismo soviético era una mezcla de prisión y jardín de infancia. Entregábamos el alma al Estado, le entregábamos la conciencia, el corazón, la responsabilidad, la iniciativa, y a cambio recibíamos una ración. Así vivíamos. Hasta que recibimos la ración de Chernóbil. Nos dejaron expuestos, intentaron ocultarlo todo para que no dudáramos de su autoridad, tuvimos que preocuparnos por nosotros mismos, por nuestra familia, tuvimos que tomar decisiones por nuestra cuenta. Ya no nos fiábamos. Por eso la catástrofe fue una gran transformación para nuestro espíritu, para nuestra cultura, para nuestra mentalidad. Ahora la gente cuestiona las cosas. Yo creo que Chernóbil nos enseñó a ser libres. Pero todavía no sabemos bien quiénes somos».

La resaca de un suceso traumático deja consecuencias visibles e invisibles. Chernóbil no sólo transformó un territorio y causó heridas graves en la población, sino que además resquebrajó la confianza de sus habitantes en sus dirigentes y el sistema político que los albergaba. El episodio influyó en el colapso de la Unión Soviética y su desaparición cinco años más tarde desmembrada en multitud de estados.

(1) Ander Izaguirre: Las cicatrices de Chernóbil. Publicado en la revista Nuestro Tiempo número 690, páginas 20 a 31. Se puede ver completo en labuenaprensa.blogspot.com.es/2016/04/chernobil.html?m=1 junto con otros documentos que glosan la efeméride.
*Vasili Koválchuk era soldado cuando fue reclamado para colaborar en las tareas de desescombro y descontaminación de la central nuclear de Chernóbil tras el accidente.
** Svetlana Alexiévich, escritora y periodista bielorrusa, premio Nobel de literatura 2015, autora de Voces de Chernóbil

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El protagonismo en la educación

Un orden que no debe ser alterado


Se habla con frecuencia de la necesidad de un pacto educativo en el que el protagonismo principal lo asumen los partidos políticos, aunque para formular sus propuestas incorporen aportaciones de los agentes sociales afectados. Para el papa Francisco, sin embargo, los actores principales de un pacto educativo que hay que reconstruir son “escuela, familia y los jóvenes”, según se desprende del discurso dirigido al Consejo de Superiores Mayores de los Escolapios  (1).

Instantánea de la audiencia
En su alocución el Pontífice aboga por una “educación completa” que permita “salir de la herencia que… dejó la Ilustración, que educar es llenar la cabeza de conceptos…”; para exponer a continuación los objetivos que se deberían perseguir: “Educar es hacer madurar a la persona mediante los tres lenguajes: el lenguaje de las ideas, el lenguaje del corazón y el lenguaje de las manos”, que “algunos pedagogos” expresan como “educar en contenidos, hábitos y valores”. Lo importante es “que haya armonía entre los tres”, que los “alumnos sientan lo que piensen y hagan lo que piensan y sienten.”

Para el Santo Padre, la labor docente con los jóvenes ha de estar impregnada de dinamismo: “la juventud hay que educarla en movimiento. La juventud quieta, hoy, no existe, y si no la ponemos nosotros en movimiento, la van a poner en movimiento mil cosas, principalmente los sistemas digitales que corren el riesgo, en esta velocidad líquida y gaseosa de nuestra civilización…, de quitar las raíces a los chicos.” Unas raíces que se han de buscar en un diálogo intergeneracional que llega más allá del nivel de los progenitores: “hoy los jóvenes necesitan hablar con los viejos: es la única manera que reencuentren sus raíces.”

Son pautas educativas que plantea el papa Francisco a una comunidad religiosa volcada desde su fundación en la enseñanza, una tarea que corre el riesgo de ser estatalizada por aquellos que pretenden que los poderes públicos tengan la primacía en esta materia, ahogando normativamente las iniciativas que parten de la sociedad civil, a la que se quiere relegar a ejercer exclusivamente un papel subsidiario, es decir, sólo tiene cabida allá donde la Administración pública no llega; una pretensión que cercena la libertad de enseñanza e invierte, además, el orden natural de la tarea educativa, cuya responsabilidad compete en primer lugar a madres y padres.

Crónica periodística: www.religionconfidencial.com/vaticano/Papa-Escolapios-rehabilitar-educativo-docentes_0_3038096161.html

viernes, 3 de noviembre de 2017

Ser buena gente

Una actitud a contracorriente


Rafa Nadal
Cantan por sevillanas Los amigos de Gines que ‘no se compra con dinero eso de ser buena gente’ (1), algo que comparte Rafa Nadal, a tenor de lo que dice en una entrevista publicada en El País: “Al final, lo más importante de todo es ser buena gente. Eso vale más que cualquier título o logro deportivo, a mi modo de entender.” (2) Estas palabras de Nadal dieron pie al debate que propuso el programa radiofónico No es un día cualquiera que dirige Pepa Fernández: ‘¿Qué es ser buena gente?’ (3). Las intervenciones se iban sucediendo entre los contertulios encaminándose a encuadrar ‘ser buena gente’ con una actitud ante la vida que puede tener distintas motivaciones, como más adelante apuntaba la psicóloga Pilar Varela: “los de mi oficio decimos no hay amor sino conducta amorosa, pues no hay bondad sino conducta bondadosa”. Todo ello se asemeja a lo que define a la virtud moral: “Hábito de obrar bien, independientemente de los preceptos de la ley, por sola la bondad de la operación y conformidad con la razón natural” (4).

El estribillo de la sevillana describe efectos de la bonhomía: ‘Vivan las buenas personas / Que vivan las buenas gentes / Que vivan las buenas gentes /Esas que nunca traicionan / Esos que nunca te venden’. ¿Cómo se llega a este comportamiento? El periodista Andrés Aberasturi señalaba: “La buena gente está reñida con cosas que también son buenas. ¿Hay que ser sincero en esta vida? ¿Hay que decir la verdad? Si quieres ser buena gente no puedes ser sincero. No puedes ser sincero sin interrupción. Tienes que mentir y tienes que engañar…”. La sorprendente aseveración fue reconducida por el escritor Juan Eslava Galán: “Eso entra ya en el terreno de lo que llamamos buena educación, que es la manera de ir por la vida sin arrollar. No puedes decirle las verdades a la cara a alguien si son ofensivas. Te la guardas…”.

Cabe el peligro de confundir la ‘buena gente’ con el melifluo, el dulzón, el ‘buenrrollista’, aquel que disfraza las malas noticia, el que evita cuestionar o advertir… La veracidad y la sinceridad generan confianza, pero hay momentos en que decir la verdad pone en un aprieto y ser sincero puede provocar malas caras. Ambas son virtudes –hábitos operativos buenos- que, como tales, forman un todo con la persona, como recuerda Salvador Canals: “Las virtudes dan unidad a la vida de las personas que las ejercitan… las falsas virtudes forman departamentos estancos en la conducta cotidiana y no pueden regar por falta de fecundidad toda la vida de una persona” (5) De este modo se podría decir que la sinceridad casa mal con lo brusco, lo burdo, lo grotesco o lo insolente. Y también que la veracidad chirria cuando la verdad se utiliza para herir, ridiculizar o cotillear.

Hablar de virtud produce alergia en algunos ámbitos y se prefiere sustituir por otro término con significado difuso: valores. Hay un cierto repelús social hacia todo aquello que lleva a la excelencia, sobre todo cuando no reporta beneficios crematísticos o eleva la posición social. Incluso la letra de la sevillana le resta mérito a la ‘buena gente’: ‘Quien nace con esa suerte / Ese va derecho al cielo’, es decir, factor genético y predestinación, la voluntad no pinta nada.

Aspirar a ‘ser buena gente’ supone darse cuenta de que para ser felices nuestra actitud respecto a los demás también cuenta, como desarrolla el filósofo Robert Spaemann en su ética de la benevolencia.

(1) Amigos de Gines: La buena gente
Párrafo completo: “Es la verdad. Yo, cuando estoy en casa, tengo una vida muy normal. Cuando estoy en Manacor soy una persona exactamente igual que cualquier otra, como cualquier otro amigo mío. Claro que en según qué cosas no puede ser como otros amigos míos, pero en general en las cosas básicas de la vida, pues sí, y esto para mí es lo más importante, mucho más que los éxitos deportivos. Para mí los éxitos humanos son más importantes, el tener amigos, tener una buena relación con la gente que tienes alrededor, que la gente que tienes a tu lado y te conoce hable bien de ti… Eso es lo más importante. Al final, lo más importante de todo es ser buena gente. Eso vale más que cualquier título o logro deportivo, a mi modo de entender. Después, evidentemente, todo lo demás son momentos de mucha felicidad y de adrenalina, de mucha satisfacción, pero a la larga la felicidad la aportan muchas otras cosas.
(5) Salvador Canals: Ascética meditada. 13. Virtudes verdaderas y virtudes falsas