Lo visible y lo invisible
Uno de los ejemplos que muestra para exponer el ambiente social que se vivía lo protagoniza un tendero que “ha puesto en el escaparate, entre las cebollas y zanahorias, el eslogan: «¡Proletarios de todo el mundo, uníos!»”. Para él es algo normal, lo coloca porque toca: “Lo hace desde hace años, porque lo hacen todos y porque así tiene que ser. Si no lo hiciera podría tener un disgusto… Lo ha hecho porque este gesto entra en la norma de salir adelante; porque es una de las mil «naderías» que le aseguran una vida relativamente tranquila «en consonancia con la sociedad»” (1)
Más allá de la literalidad, el texto supone un lema ideológico;
incorporarlo al escaparate supone una muestra de adhesión a los dirigentes del
régimen imperante: “transmite un mensaje preciso aunque secreto. A la letra
sonaría así: yo, tendero de verduras XY, estoy aquí y sé lo que tengo que
hacer; mi comportamiento es el esperado; soy de fiar y no se me puede reprochar
nada; obedezco y, por tanto, tengo derecho a una vida tranquila… Es el escudo
con el que el tendero se defiende de posibles delatores” (2).
Ese soporte ideológico es la tela de araña en la que quedan atrapados los ciudadanos para someterse al poder político: “El sistema… con sus pretensiones toca al individuo casi a cada paso. Obviamente le toca con los guantes de la ideología. De ahí que en él la vida esté atravesada de una red de hipocresías y de mentiras… El individuo no está obligado a creer todas estas mistificaciones, pero ha de comportarse como si las creyese o, por lo menos tiene que soportarlas en silencio o comportarse bien con los que se basan en ellas. Por tanto, está obligado a vivir en la mentira. No tiene que aceptar la mentira. Basta que haya aceptado la vida con ella y en ella. Ya con esto ratifica el sistema, lo consolida, lo hace, lo es” (3).
La ideología es el pegamento social que necesita el régimen para perdurar: “Nuestro sistema dispone de una ideología… lógicamente estructurada, generalmente comprensible y, por su esencia, muy elástica, que por su globalidad y su exclusivismo adquiere casi la importancia de una religión secularizada: ofrece al hombre una respuesta rápida a cualquier pregunta, no es posible aceptarla solo en parte y el abrazarla incide profundamente en la existencia humana. En la época de la crisis de las certezas metafísicas y existenciales como en la época del desarraigamiento del hombre, de la alienación y de la pérdida del sentido del mundo, esta ideología ejerce necesariamente una particular sugestión hipnótica; ofrece al hombre extraviado «casa» -basta asumirla e inmediatamente todo se vuelve claro de nuevo-, la vida vuelve a tener sentido y de su horizonte desaparecen el misterio, los interrogantes, la inquietud y la soledad. Por esta modesta «casa» el hombre en general paga un alto precio: la abdicación de su razón, de su conciencia, de su responsabilidad; en efecto, una parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la conciencia en manos de los superiores, esto es, el principio de identificación del centro del poder con el centro de la verdad” (4).
En este ambiente claustrofóbico para la libertad le tocó vivir
a Havel durante muchos años, sufriendo persecución y cárcel por no ‘tragar’ con
las consignas que emergían del poder político. Ejercer la libertad tiene un
precio, que no todo el mundo está dispuesto a pagar.
Lo que nos transmite el libro de Havel va más allá de una época o un contexto determinados, porque situaciones análogas se han vivido a lo largo de la historia y en distintos ámbitos. ¡Cuántas maldades se silencian o amparan bajo paraguas ideológicos, patrióticos, reputacionales, étnicos, clasistas…! ¡Cuántos prejuicios! ¡Cuántas rigideces! ¡Cuánta ceguera! ¡Cuánta esclavitud mental! ¡Cuánto deterioro humano!... En todo aquello en lo que uno está implicado, conviene valorar la bondad del compromiso adquirido y lo anejo que lo excede o pervierte… y, luego, actuar en consecuencia.
(1) Václav Havel: El
poder de los sin poder. Título original: Moc bezmocných (1978). Editor:
Ediciones Encuentro (2011). Traductor: Vicente Martín Pindado. 128 páginas.
Capítulo 3, página 17
(2) Havel, o.c., capítulo 4, página 20
(3) Havel, o.c., capítulo 4, página 23
(4) Havel, o.c., capítulo 2, páginas 13-14



