Respuesta a las expectativas
Hacía un tiempo muy
agradable y comentó en voz alta: ‘tendría que hacer siempre esta temperatura’.
Uno de sus compañeros –sin acritud- le replicó: ‘entonces estaríamos
aplatanados’. La rutina ambiental continuada, la sensación habitual de
bienestar, puede llegar a relajar tanto que adormezca la pulsión vital, física
y anímicamente, dejando desarmado a quien la experimenta ante cualquier cambio
que pudiera producirse. Spencer Johnson lo desarrolla en la fábula contenida ¿Quién se ha llevado mi queso?
Cuando se está a verlas
venir y las expectativas son poco halagüeñas cunde el temor paralizante que se
limita a confiar en que no se acaben cumpliendo o que no lleguen ser tan
adversas para sus intereses como se prevén. Una pasividad que atenaza llevar a
cabo cualquier iniciativa personal o colectiva que responda positivamente a las
circunstancias, que se refugia en un lamento estéril: ¿qué va a pasar?, cuando
la situación más bien exige una actitud propositiva: ¿qué voy/vamos a hacer?
Esta cuestión se la
planteaba hace casi un cuarto de siglo el filósofo Julián Marías en un artículo
periodístico centrado en la actividad política (1). Las consideraciones
del filósofo desenmascaran un conjunto de actitudes y prácticas nocivas que
dificultan y, a veces, impiden que el trabajo de los gobernantes repercuta en
provecho del conjunto de la población.
Las dudas e incertidumbres
que genere el clima social y político presente y previsible a corto plazo pueden
actuar como despertador o como refugio de lamentos, según como se aborden, tal
como indica el filósofo: “La existencia de dificultades, que es evidente, puede
ser un estímulo, un acicate, si existen proyectos atractivos. Pero la
movilización del país hacia todo eso, que es posible y puede llevar hasta al
entusiasmo, requiere algunas condiciones difíciles de cumplir por el desaliento
establecido, por la funesta tendencia a prestar atención a los que solo quieren
‘hacer daño’, por no distinguir a los que tienen una parcela de razón y
atienden a razones de aquellos que están cautivos de sus ‘fijaciones’ y, como
aquel general tan valiente, no se rinden ni a la evidencia.”
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| Julián Marías |
También el discurso
político –relato incluido- presentan para Marías dos caras: “Lo malo es que nuestra
época ha sustituido la ‘retórica’ por la ‘propaganda’… La retórica, la buena
retórica, consistía en mover a las personas mediante la palabra, y no
necesitaba mentir, sino apelar con el estilo literario a los resortes profundos
de lo humano. La propaganda -plaga del siglo XX- (y XXI –fake news, posverdad-)
manipula a los hombres profanándolos mediante la mentira, la distorsión de la
realidad, su ocultamiento.” Nota a faltar “la buena retórica veraz e
ilusionante”, necesaria para aunar voluntades, y, apoyándose en una cita de
Pericles hace hincapié en la importancia de saber comunicar: “‘El que sabe y no
se explica claramente, es lo mismo que si no pensara’. De ahí la necesidad de
la palabra justa y expresiva, capaz de hacer entender y de entusiasmar, de
movilizar lo mejor de los ciudadanos.” Una cualidad que debe acompañar al “político
honrado y creador” que debe “tener presente la realidad, no falsearla, no
ocultarla, no engañar -y esto requiere ante todo no engañarse-.” Además ha de
saber “distinguir los grados de importancia de los asuntos, los problemas, las
opiniones.” No han de ser los protestones profesionales los que dictaminen las
prioridades: “Me asombra el tiempo y la atención que se presta a minucias, que
interesan sólo a unos cuantos, y con frecuencia por motivos poco estimables,
mientras se pasan por alto cuestiones de verdadera importancia o se despachan
con ligereza.”
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| Busto de Pericles |
Espera Marías de los
gobernantes que promuevan “proyectos creadores que pueden mejorar la situación
y movilizar a los ciudadanos. Claro que hay que mostrarlos, explicarlos
claramente, justificarlos, reconocer sus dificultades o inconvenientes, ver si,
a pesar de ello, son inevitables o en definitiva valiosos.” En su ejecución: “extremar
el rigor, la exigencia, no pasar por movimiento mal hecho, no obstinarse en
ningún error y no renunciar al acierto, no dejarse intimidar por la jactancia o
la amenaza.” La honestidad en el ejercicio de la función comporta a la vez
tenacidad y humildad: “Hay que enmendar y rectificar lo que está mal; pero si
se acierta, hay que sostenerlo, no dejarse desanimar ni intimidar. La
obstinación es un error inaceptable; la entereza es una exigencia del que
pretende ejercer alguna magistratura o poder.”
Viendo el espectáculo que a menudo nos regalan los políticos podemos pensar que los planteamientos de Marías solo son posibles en el País de las Maravillas, pero viene bien apuntarlas para que nos ayuden a ejercer una cualidad fundamental para separar el grano de la paja y evitar que nos den gato por liebre: el discernimiento.
(1) Julián Marías: Qué vamos a hacer. Publicado en ABC el 12/9/96. El artículo completo se puede consultar en el siguiente enlace: http://www.conoze.com/doc.php?doc=1840


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