Una anécdota que dejó mella
Hay imágenes sobrecogedoras que
no solo estremecen sino que, además, impactan en el sistema de valores por los
que uno se ha regido hasta entonces, a la manera de entender la vida. En la
novela Hillbilly, una elegía rural
(1), que tiene mucho de autobiografía, J. D. Vance narra una experiencia que le
removió interiormente mientras estaba destinado en Irak con el Cuerpo de
Marines de los Estados Unidos: “En nuestra misión en particular, algunos
marines sénior se reunieron con funcionarios escolares mientras los demás
garantizábamos la seguridad o estábamos con los niños, jugando al fútbol o
repartiendo caramelos y material escolar. Se me acercó un niño muy tímido y me
tendió la mano. Cuando le di una pequeña goma de borrar, su rostro se iluminó
de alegría brevemente y salió corriendo hacia su familia, sosteniendo su premio
de dos centavos en lo alto, en señal de triunfo. Nunca he visto ese entusiasmo
en la cara de un niño.”
Podía haberse quedado en una simpática
anécdota, pero caló hondo en Vance, que reflexionó sobre su actitud ante una
vida que para él había sido bastante azarosa: “Durante toda mi vida, he sentido
resentimiento contra el mundo. Estaba cabreadísimo con mi madre y con mi padre,
cabreadísimo por tener que ir en autobús al colegio mientras los demás niños
compartían coches con sus amigos, cabreadísimo porque mi ropa no era de
Abercrombie, cabreadísimo porque muriera mi abuelo, cabreadísimo porque
vivíamos en una casa muy pequeña.”
Sabe que los sentimientos para
cambiar de rumbo o enfoque que sobrevienen repentinamente se suelen desvanecer
en poco tiempo, no se consolidan: “No creo en las epifanías. No creo en los
momentos transformadores, porque la transformación es algo demasiado difícil
para hacerlo en un momento. He visto a demasiada gente repleta de un genuino
deseo de cambiar, que luego, cuando se da cuenta de lo difícil que es en
realidad cambiar, pierde la entereza.”
Sin embargo para él “ese
momento, con ese niño, fue para mí algo muy parecido.” Una revelación que le
empujó a ampliar el foco de su existencia y darse cuenta de otras realidades
que le acompañaban a las que apenas prestaba atención: “El resentimiento no
desapareció en un instante, pero mientras seguí allí, supervisando a una
muchedumbre de niños en una nación arrasada por la guerra, en una escuela sin
agua corriente y el niño loco de alegría, empecé a darme cuenta de la suerte
que había tenido: había nacido en el más grande país de la tierra, con todas
las comodidades modernas con sólo estirar el brazo, apoyado por dos hillbillies
* (sus abuelos) que me querían y formaba parte de una familia que, a pesar de
sus particularidades, me amaba incondicionalmente.”
Como le ocurrió a Vance, a lo
largo de la vida aparecen señales que invitan a un cambio en algún aspecto de la
conducta, la percepción, el estilo de vida… Anuncian que conviene ir por un
camino distinto del que se transita, pero esperan que se dé el paso que propone
el chispazo inicial, que debe romper el anquilosamiento producido por la rutina
o del acomodamiento. Es necesario un propósito firme para que salga adelante aunque
el trayecto sea largo, como comenta Vance: “Todavía no lo he conseguido del
todo, pero sin ese día en Irak ni siquiera lo habría intentado.” Para Vance esta
anécdota fue una de las lecciones que le permitieron emerger del entorno social
depresivo en el que se vio inmerso, aunque no ha impedido que se siga identificando como un
hillbilly agradecido por el apoyo que ha recibido de sus congéneres.
(1) J. D. Vance: Hillbilly,
una elegía rural. Título original: Hillbilly
Elegy (2016). Editorial: Ediciones Deusto – 1ª edición (2017). Traductor: Ramón
González Férriz. 255 páginas. Fragmento en el Capítulo 10, páginas 171-172

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