El orgullo no pinta nada
Un aristócrata ruso, Nikolai Vsevolodovich Stavrogin, está en apuros. Su altivez le impide transmitirlo a su entorno más cercano. Es el tapado para encabezar el régimen que surja de la revolución que algunos preparan, aunque él mantiene las distancias. Tiene fama de ateo, pero se dirige a un monasterio llevando unos papeles en el bolsillo, para ver a un controvertido obispo jubilado, Tijon, que reside allí desde hace seis años.
Tras saludarse y un breve intercambio, Nikolai se sincera: está inquieto por unas alucinaciones que está padeciendo en las cuales ve y siente “un ser maligno, burlón y «racional», bajo varios aspectos y en diferentes caracteres, pero siempre el mismo”, lo que le enfurece. El cronista destaca que Nikolai no parecía él: estaba hablando “con una extraña franqueza, en él jamás vista, con tal sencillez impropia de él que parecía como si su personalidad anterior se hubiera esfumado completa e inesperadamente. No sentía la menor vergüenza en poner de manifiesto el terror con que hablaba de su espectro” (1).
Sin embargo, a renglón seguido Nikolai hace un amago de
marcharse, insinuando que quizá es mejor acudir a un médico. Tijon asiente
sin darle excesiva importancia al comentario. Nikolai le pregunta si conoce
algún caso parecido. Tijon le dice que sí, pero ocasionalmente. Nikolai le
revela que hace un año que le está ocurriendo y le pregunta, entre otras cosas, si cree
que puede ser efecto del demonio. Sin descartarlo del todo, Tijon le dice que
lo más probable es que sea una enfermedad.
Las respuestas de Tijon tienen intrigado a Nikolai. Empiezan
un toma y daca con el demonio y el ateísmo como protagonistas: “¿Pero es
posible creer en el demonio sin creer por completo en Dios?” “Enteramente
posible. Ocurre muy a menudo” “Y estoy seguro de que considera esa fe más
respetable, a fin de cuentas, que el ateísmo completo...” “Al contrario. El
ateísmo completo es más respetable que la indiferencia mundana” “¡Ajá! ¡Conque
ésas tenemos!” “El ateo completo está en el penúltimo escalón para llegar a la
fe absoluta (podrá o no llegar al último), mientras que el indiferente no tiene
fe alguna salvo un miedo feo.” A continuación hacen referencia al pasaje del
Apocalipsis sobre la iglesia de Laodicea (2).
El rifirrafe dialéctico desemboca en una contundente
afirmación de Nikolai: “Escuche. No me gustan ni los espías ni los psicólogos,
al menos los que bucean en mi alma. No invito a nadie a entrar en mi alma, no
necesito a nadie y puedo arreglármelas solo. ¿Cree usted que le temo? Usted
tiene el pleno convencimiento de que he venido a revelarle algún secreto
«horrible» y lo espera con toda la curiosidad monacal de que es capaz. Pero
sepa que no le revelaré nada, ningún secreto, porque no necesito de usted para
nada.” A pesar de ello, poco después se saca el bolsillo los papeles que ha
traído diciéndole: “Éstas son hojas destinadas a la publicidad. Si un solo
hombre las lee, dejaré de ocultarlas y todo el mundo las leerá. Así lo tengo
decidido. No necesito de usted, porque ya lo tengo todo resuelto. Pero léalas...
Mientras las lee, no diga nada, pero cuando haya terminado de leerlas, dígalo
todo...”
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Clarividencia respecto al mal cometido, sinceridad al redactar el escrito, ponerlo en conocimiento de otro… no son medios suficientes de resarcimiento, sobre todo cuando subyace una actitud arrogante. El orgullo es una barrera infranqueable para pedir perdón, para obtener el perdón, incluso para perdonarse uno mismo. La sinceridad más crudamente manifestada, no cura ni sana ni salva, por sí misma, como mucho produce un alivio momentáneo y fugaz. La sinceridad debe ir acompañada de la humildad para ser eficaz, reconocer la propia debilidad y darse cuenta de la necesidad que tenemos de nuestro prójimo y de Dios para alcanzar la paz que anhelamos, aunque no sepamos cómo manifestarlo.
Los católicos experimentamos el perdón en el sacramento de la reconciliación. Se trata de restaurar, recomponer, restablecer o perfeccionar una relación que ha quedado trastocada de forma grave o leve por nuestras acciones u omisiones. Se busca el perdón y el aliento de Dios para que nuestra responda cada vez más al proyecto divino original de nuestra existencia: «creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (3). No es el sacerdote quien perdona sino la gracia de Dios que actúa a través de él. En ningún caso es un medio para tranquilizar la conciencia eludiendo responsabilidades, como algunos pregonan. Hilary Mantel lo deja claro en la novela Experimento de amor: “Aunque Dios sabe que no he pisado una iglesia desde que iba a la escuela, siempre me ha indignado que la gente considere que ser católico sea tan sencillo: que pecan cómo, cuándo y dónde quieren, luego se plantan en el confesionario y borrón y cuenta nueva. Me temo que no es tan simple. Y en primer lugar, tienes que arrepentirte de haber cometido el pecado. Segundo, tienes que intentar no repetirlo. Tercero, si puedes hacer algo para resarcirte, debes hacerlo. Si robas dinero, debes devolverlo. Si calumnias a alguien, debes pasarte el resto de la vida escribiendo sonetos alabando su buena reputación. Si hieres los sentimientos de alguien, tienes que intentar reparar el daño infligido” (4).
(1) Estos fragmentos forman parte del Apéndice del libro Los demonios de Fiódor Dostoievski, un
capítulo que el director de la revista mensual Russkii Vestnik (El mensajero ruso), donde se ofrecía por entregas, se negó a publicar,
modificando de esta manera el curso del relato. En internet lo podéis
encontrar.
La referencia del libro que he leído es: Fiódor M.
Dostoievski: Los demonios. Título
original: Besy (1873). Editorial: Alba editorial – Colección: Alba Clásica
Maior- - número: LXVIII – 1ª edición (2016). Traductor: Fernando Otero Macías.
791 páginas
(2) Ver Libro del Apocalipsis,
capítulo 3, versículos 14 y siguientes. Referencia: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/apocalipsis/
(3) Libro del Génesis, capítulo 1, versículo 27. Extraído de
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/genesis/



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