viernes, 19 de agosto de 2016

Corrupción de costumbres

Actitudes y opiniones que confunden

Hay opiniones que calan en la sociedad aunque, si se piensan bien, carecen de lógica. Tienen como base comportamientos incoherentes que distorsionan el sentido de aquello a lo que hacen referencia. Para algunos la confesión es el salvoconducto de los católicos para eludir responsabilidades, como lo expresaba hablando de corrupción el padre de una compañera de mi hija durante una conversación informal tras una reunión trimestral de curso: “Ya se sabe. España, país latino, católico, si haces algo mal, vas y te confiesas, y ya está. Sin embargo, en los países protestantes se descubre que has falseado el currículum o que has plagiado un trabajo universitario y has de dimitir.” En términos parecidos se manifestaba el redactor de un periódico catalán en una columna donde daba cuenta de la toma de posesión de los ministros del primer gabinete de Aznar. Ponía el acento en la fórmula elegida, casi todos juraron, para luego decir que era más exigente prometer, porque –razonaba- si juras y no cumples, luego te confiesas y ya está, pero cuando prometes te has comprometido con los ciudadanos. Escribí una carta al rotativo indicando que ambas fórmulas suponían un compromiso con los ciudadanos y, si acaso, jurar añadía una obligación personal ante de Dios.

Mossèn David Abadias
El papa Francisco hace mención en El nombre de Dios es misericordia, el libro que recoge la entrevista que le realizó el periodista Andrea Tornielli, a no tomar la confesión superficialmente, como si fuera una tintorería donde se limpian las manchas. Pienso yo que bastaría con recordar dos de las condiciones: ‘dolor de los pecados’ y ‘propósito de enmienda’. También alude a continuación a que el confesionario no debe convertirse en una sala de torturas; la persona que se confiesa se debe sentir acogida y el confesor ha de valorar sobre todo la disposición del penitente, no someterlo a un tercer grado. Es algo que transmitió el Santo Padre a los sacerdotes que iban a ejercer como misioneros de la misericordia cuando recibieron ese encargo en Roma, según refería el párroco de Sant Joan de Matadepera David Abadías, uno de los nombrados para la diócesis de Terrassa, en una charla que tuvo lugar en la parroquia de Sant Vicenç de Jonqueres de Sabadell.

Hay en el texto citado un apartado con un título significativo: Pecadores sí, corruptos no. Le pregunta el periodista: ¿Qué diferencia hay entre pecado y corrupción? Y Francisco inicia su respuesta con estas palabras: “La corrupción es el pecado que, en lugar de ser reconocido como tal y de hacernos humildes, es elevado a sistema, se convierte en una costumbre mental, una manera de vivir. Ya no nos sentimos necesitados de perdón y de misericordia, sino que justificamos nuestros comportamientos y a nosotros mismos.

El año jubilar de la misericordia me está descubriendo una dimensión de la vida cristiana sobre la cual apenas había reflexionado hasta ahora. Lo que percibo en los escritos y alocuciones del papa es que no se trata de relajar las exigencias de la fe sino de purificar el alma para asemejarla a la de Cristo, manteniendo viva la esperanza de que, a pesar de los pesares, Dios tiene siempre los brazos abiertos para acogernos. Sólo hace falta que queramos.

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