Actitudes y opiniones que confunden
Hay opiniones que
calan en la sociedad aunque, si se piensan bien, carecen de lógica. Tienen como
base comportamientos incoherentes que distorsionan el sentido de aquello a lo
que hacen referencia. Para algunos la confesión es el salvoconducto de los
católicos para eludir responsabilidades, como lo expresaba hablando de
corrupción el padre de una compañera de mi hija durante una conversación
informal tras una reunión trimestral de curso: “Ya se sabe. España, país
latino, católico, si haces algo mal, vas y te confiesas, y ya está. Sin
embargo, en los países protestantes se descubre que has falseado el currículum
o que has plagiado un trabajo universitario y has de dimitir.” En términos
parecidos se manifestaba el redactor de un periódico catalán en una columna donde
daba cuenta de la toma de posesión de los ministros del primer gabinete de
Aznar. Ponía el acento en la fórmula elegida, casi todos juraron, para luego
decir que era más exigente prometer, porque –razonaba- si juras y no cumples,
luego te confiesas y ya está, pero cuando prometes te has comprometido con los
ciudadanos. Escribí una carta al rotativo indicando que ambas fórmulas suponían
un compromiso con los ciudadanos y, si acaso, jurar añadía una obligación personal
ante de Dios.![]() |
| Mossèn David Abadias |
El papa Francisco
hace mención en El nombre de Dios es
misericordia, el libro que recoge la entrevista que le realizó el
periodista Andrea Tornielli, a no tomar la confesión superficialmente, como si
fuera una tintorería donde se limpian las manchas. Pienso yo que bastaría con
recordar dos de las condiciones: ‘dolor de los pecados’ y ‘propósito de
enmienda’. También alude a continuación a que el confesionario no debe
convertirse en una sala de torturas; la persona que se confiesa se debe sentir
acogida y el confesor ha de valorar sobre todo la disposición del penitente, no
someterlo a un tercer grado. Es algo que transmitió el Santo Padre a los
sacerdotes que iban a ejercer como misioneros de la misericordia cuando
recibieron ese encargo en Roma, según refería el párroco de Sant Joan de Matadepera
David Abadías, uno de los nombrados para la diócesis de Terrassa, en una charla
que tuvo lugar en la parroquia de Sant Vicenç de Jonqueres de Sabadell.
Hay en el texto
citado un apartado con un título significativo: Pecadores sí, corruptos no. Le pregunta
el periodista: ¿Qué diferencia hay entre pecado y corrupción? Y Francisco
inicia su respuesta con estas palabras: “La corrupción es el pecado que, en
lugar de ser reconocido como tal y de hacernos humildes, es elevado a sistema,
se convierte en una costumbre mental, una manera de vivir. Ya no nos sentimos
necesitados de perdón y de misericordia, sino que justificamos nuestros
comportamientos y a nosotros mismos.”
El año jubilar de
la misericordia me está descubriendo una dimensión de la vida cristiana sobre
la cual apenas había reflexionado hasta ahora. Lo que percibo en los escritos y
alocuciones del papa es que no se trata de relajar las exigencias de la fe sino
de purificar el alma para asemejarla a la de Cristo, manteniendo viva la
esperanza de que, a pesar de los pesares, Dios tiene siempre los brazos
abiertos para acogernos. Sólo hace falta que queramos.
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