miércoles, 23 de agosto de 2017

Caminos tortuosos

Los réditos del terror

Desde que a los dieciséis años fui a una fiesta en un instituto barcelonés con unos amigos y fuimos agredidos por un grupo al salir a la calle porque uno de mis compañeros había ‘osado’ –según ellos- conversar brevemente con la chica de uno de ellos que estaba sentada a su lado en la sala de baile, tuve claro que cuando uno tiene ganas de pelea siempre encuentra un motivo, por insignificante, inconsistente o espurio que sea, para justificar su acción. El motivo es sólo el barniz de una decisión predeterminada, y por esta razón suele ser estéril entrar en el juego dialéctico de la sinrazón; el orgullo se sobrepone a la reflexión. Situaciones similares se viven con mayor o menor intensidad en eventos deportivos, centros escolares (bulling), lugares de ocio, grupos de jóvenes…

Pablo Escobar tenía ‘poderosas razones’ –según él- para sembrar el terror en Colombia con muchas víctimas de todos los estamentos sociales. Ni siquiera era capaz de atender la súplica de su hijo para que acabase con aquella locura: “No se te olvide que las primeras víctimas del llamado narcoterrorismo en Colombia fueron tu madre, tu hermanita y tú con el atentado al edificio Mónaco. Yo no me inventé eso. Lo usaron contra mi familia y mi respuesta es utilizar la misma arma que quisieron emplear para destruir lo que más quiero, que son ustedes”. En su lucha contra el Estado no reparaba en lo que eufemísticamente se denominan ‘daños colaterales’, como ocurre con los terroristas, para los que la riqueza que conlleva en sí cada persona queda reducida a un simple ‘objetivo’, una diana sobre la que actuar.

La historia que narra su hijo Juan Pablo (1) es la crónica de una obsesión unida a una ambición desmesurada: «Si a los treinta años no he conseguido un millón de pesos, me suicido» y, tras escarceos delictivos de poca monta, encontró el medio para conseguirlo: “elegí ser un bandido y eso es lo que soy”.

Como repite el estribillo de la Balada de Bonnie and Clyde que con un tono melifluo cantaban Los Mustang (2):
Lo malo fue que su primera infracción
Saliera bien resultando que
Su crimen sin castigo quedó.

El éxito en su primer propósito le llevó al desenfreno, al despilfarro económico del que se beneficiaban también familiares y en el que, junto a todo tipo de lujos, también había un hueco para destinar a los menesterosos. Hasta cierto punto emulaba al legendario gánster Al Capone: “Enzensberger recuerda que Capone y su banda eran idealistas, religiosos y ayudaban a los parados. Acciones que chocan con la cantidad de asesinatos que perpetraron” (3).

Pero no le bastaba con la inmensa riqueza económica: “A finales de 1981, mi padre se había consolidado como el número uno en el tráfico de cocaína. Pero no estaba dispuesto a ser un narcotraficante más…Muy bien, ya tenemos el poder económico, ahora vamos por el poder político.’”

Pablo Escobar y su hijo
Murió a los 44 años y a su hijo le quedó claro que no salía a cuenta imitar a su padre, a pesar de algunas amenazas: “me quieren matar por no seguir los pasos de mi padre” (4): “yo aprendí una lección en la vida y por eso siento que el narcotráfico es una maldición”, le dijo a los miembros del cártel de Cali que querían ajustar cuentas. Uno de ellos le replicó alardeando de lo que habían conseguido gracias a su actividad, y él le contestó: “entiéndame, la vida me ha mostrado algo muy diferente. Por el narcotráfico perdí a mi padre, familiares, amigos, mi libertad y mi tranquilidad y todos nuestros bienes. Me disculpa si lo ofendí de alguna forma, pero no puedo verlo de otra manera.

A Juan Pablo le preocupa que con el éxito que están adquiriendo series televisivas que narran la vida de su padre se idealice su figura y se convierta en un reclamo para futuros delincuentes. Estremece ver la fascinación que muestra mucha gente hacia Popeye, uno de los sicarios más sanguinarios de Pablo Escobar, queriéndose fotografiar con él en un documento de youtube (5).

Juan Pablo Escobar
El libro es asombroso, espeluznante, expresado en un tono sereno, con una emotividad contenida. Un testimonio claro donde sorprende que aparezcan personajes relevantes de la vida social y política con sus nombres y apellidos, donde se arroja luz sobre el complejo entramado que acompaña el sórdido mundo de la droga, y donde se revelan detalles íntimos que trastocan la idea que nos podemos hacer de un delincuente, cariñoso con los suyos, pero transformado al cruzar el umbral de la puerta de su casa.

Juan Pablo, que pese a todo siente amor por su padre, un sentimiento íntimo que no es incompatible con la lucidez para rechazar contundentemente la actividad delictiva de su padre que deja reflejada en el irónico colofón del texto: “A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer.

(1) Juan Pablo Escobar: Pablo Escobar, mi padre. (2014). Ediciones Península. Colección Huellas. 9ª edición (2016). 463 páginas - Fragmentos extraidos de capítulos 3, 5, 10 páginas 71, 110, 202-203 y 463
(3) Hans Magnus Enzensberger: La balada de Al Capone, mafia y capitalismo. Citado por Raquel Quelart en http://www.lavanguardia.com/sucesos/20170125/413652628268/mafia-al-capone.html
(4) Entrevista de Carles Francino en La ventana de la cadena Ser: El hijo de Pablo Escobar: "Me quieren matar por no seguir los pasos de mi padre". (https://www.youtube.com/watch?v=5_YEk5iJSYg)
(5) https://www.youtube.com/watch?v=EArXLKhKpCg

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