sábado, 12 de agosto de 2017

Metedura de pata provechosa

Cortesía desnaturalizada


Pensando en hacer un bien se puede crear un conflicto. La buena intención no basta cuando se intermedia entre personas y no se conoce suficientemente bien su sensibilidad personal y social. Lo he experimentado en diversas ocasiones, pero me quedó muy grabado un episodio en la que promoviendo un encuentro entre dos ancianos hermanos que hacía bastante tiempo que no se veían –aunque no habían perdido contacto-, me llevé un chasco (a medias).

Una alusión durante una conversación informal en el lugar de veraneo de uno de ellos fue la chispa para idear un plan para conseguir que se vieran. Ambos rondaban los 90 años, vivian distanciados unos cientos de kilómetros, espacio que se reducía considerablemente durante la época estival. El anciano veraneante había adquirido una posición relevante en la ciudad donde residía, forjada por la pujanza de un negocio que con gran esfuerzo había sacado adelante junto con su mujer. La situación de su hermana era muy precaria desde que enviudó y perdió casi todo su patrimonio arrastrada por la conducta de un chico al que había tutelado desde su nacimiento; apenas salía de la casa donde convivía con su hija.

Le propuse a mi madre darles una sorpresa a ambos llevando a la anciana al lugar de veraneo de su hermano, sin que ninguno de los dos supiera de antemano nada hasta el momento de verse. Propusimos a la anciana y su hija salir a dar una vuelta en coche a una zona costera. Recibió la propuesta con gran ilusión, nos tenía confianza y, además, era magnífica oportunidad para salir de su indeseada reclusión. Durante el trayecto iban -ella y su hija- admirando el paisaje, recordando quizá otros tiempos más benévolos. Al llegar al destino surgió el primer indicio de lo que vendría más tarde, cuando su hermano dijo cuando le advirtieron de quienes le visitaban: “¿Mi hermana, qué hace aquí?”. Había conseguido darles una gran sorpresa a ambos pero la forma en que se la tomaron fue muy distinta. Sin embargo, el tono en que se desarrolló el breve encuentro fue respetuoso y cordial, sin que en ningún momento asomara ningún atisbo de tirantez.

Hete aquí que, al poco de llegar a casa recibimos una llamada del anciano mostrando su disgusto por nuestra iniciativa y zanjó la excusa de que lo único que pretendíamos que se pudiesen ver teniendo en cuenta la dificultades que había para que ello se produjera por la distancia y la edad diciendo: “de la familia se quiere hablar, pero no se quiere oír hablar”. La situación en que se encontraba su hermana y la forma en que se había producido era motivo de comentarios peyorativos entre los miembros de su familia, algo que le dolía profundamente, y no quería que nadie se inmiscuyese; él por su cuenta procuraba ayudarla económicamente de forma periódica. La reprimenda llevó consigo la prohibición expresa para volverlos a visitar, ante el riesgo -supuesto- de repetir la iniciativa con otros familiares. Pero la coletilla que introdujo logró irritarme: “Si en algún momento necesitáis ayuda me lo pedís y yo os la daré”; yo no concebía que se quisiese compensar el rechazo personal con una condescendencia económica. Para su descargo, conviene tener en cuenta las múltiples peticiones de ayuda que, conscientes de su fortuna e influencia, recibía de familiares. La otra cara de la moneda fue la gran alegría y agradecimiento que mostró la anciana durante el viaje de regreso, que reiteró en una conversación telefónica posterior con mi madre.

He recordado este episodio observando la actitud de algunos personajes de la novela La compañera de Maxence van der Meersch, cuya lógica de pensamiento va unido al del ambiente sofisticado del entorno social que frecuentan, como lo expresa Marc hablando de su tía Madeleine: “lleva demasiado profundamente arraigada la creencia -confirmada indudablemente por una experiencia larga y cruel-, de que el dinero lo arregla todo, consuela a los hombres de todo. Tiene fe en muy pocas cosas… Y además, el negocio, las preocupaciones económicas, la lucha diaria… Ha llegado a decirse, y me lo repite todos los días: “El dinero es quien manda...” Está segura de que obra bien al inculcarme este principio. Procura quitarme de la cabeza todo lo quimérico, lo que no es práctico...”. Un modo de proceder que hace reflexionar a Denise, la obrera protagonista y pareja sentimental de Marc: “Pienso que esa idea, que el dinero lo puede todo, lo arregla todo, ha debido ayudar a los ricos a cometer muchas malas acciones, o a consolarse de ellas”.

Maxence van der Meersch
En otro pasaje Denise se refiere al trato que le prodiga la tía Madeleine; un párrafo revelador de que que no hay que confundir la cortesía con la naturalidad: “ella hacía cuanto podía para interesarse, encariñarse con aquel ser tan mísero, tan pobre, a quien se le pedía que además se empobreciera perdiendo incluso el recuerdo de sus sufrimientos. Fue buena conmigo, también fue cortés e intentó establecer entre ella y yo una cierta confianza y recíproca sinceridad. Muchas veces, en la intimidad tuve la impresión de considerarme muy cerca de ella y de que me estaba abriendo su corazón, pero aquello acababa en cuanto estábamos ante un tercero. Entonces, tía Madeleine, inconsciente e instantáneamente, se convertía en otra lejana, extraña, fría.” (1)

La novela me ha ayudado a comprender una lógica de comportamiento a la que no estoy habituado y que me hubiera venido muy bien conocer cuando preparaba llevar a cabo mi idea, lo que podía haberme ahorrado una experiencia agridulce. Seguramente hubiera evitado malentendidos, pero en este caso, quizá gracias a mi osada inconsciencia posibilitamos -mi madre y yo- que ambos hermanos se vieran por última vez en vida -la anciana falleció al poco tiempo- y, pese al enfado inicial del anciano -que no impidió que lo volviéramos a visitar en otras ocasiones- logramos dar una gran alegría a aquella que era más débil y tenía más necesidad. Nunca llueve a gusto de todos y, a veces, las meteduras de pata pueden ser provechosas.

Maxence van der Meersch: La compañera. Titulo original: La compagne (1951 –publicación póstuma en 1955-). Ediciones G. P. – Libros Plaza número 160 (1963) – Traducción: Matilde de Rafael – 154 páginas. Fragmentos utilizados: Segunda parte. Capítulo primero. Páginas 81-82 / Segunda parte. Capítulo V. Páginas 130-131 / Segunda parte. Capítulo III. Páginas 97-98

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