Cortesía desnaturalizada
Pensando en hacer
un bien se puede crear un conflicto. La buena intención no basta cuando se
intermedia entre personas y no se conoce suficientemente bien su sensibilidad
personal y social. Lo he experimentado en diversas ocasiones, pero me quedó muy
grabado un episodio en la que promoviendo un encuentro entre dos ancianos hermanos que
hacía bastante tiempo que no se veían –aunque no habían perdido contacto-, me
llevé un chasco (a medias).
Una alusión
durante una conversación informal en el lugar de veraneo de uno de ellos fue la
chispa para idear un plan para conseguir que se vieran. Ambos rondaban los 90
años, vivian distanciados unos cientos de kilómetros, espacio que se reducía
considerablemente durante la época estival. El anciano veraneante había adquirido una
posición relevante en la ciudad donde residía, forjada por la pujanza de un
negocio que con gran esfuerzo había sacado adelante junto con su mujer. La
situación de su hermana era muy precaria desde que enviudó y perdió casi todo
su patrimonio arrastrada por la conducta de un chico al que había tutelado
desde su nacimiento; apenas salía de la casa donde convivía con su hija.
Le propuse a mi
madre darles una sorpresa a ambos llevando a la anciana al lugar de veraneo de
su hermano, sin que ninguno de los dos supiera de antemano nada hasta el
momento de verse. Propusimos a la anciana y su hija salir a dar una vuelta en
coche a una zona costera. Recibió la propuesta con gran ilusión, nos tenía
confianza y, además, era magnífica oportunidad para salir de su indeseada reclusión. Durante
el trayecto iban -ella y su hija- admirando el paisaje, recordando quizá otros
tiempos más benévolos. Al llegar al destino surgió el primer indicio de lo que
vendría más tarde, cuando su hermano dijo cuando le advirtieron de quienes le
visitaban: “¿Mi hermana, qué hace aquí?”. Había conseguido darles una gran
sorpresa a ambos pero la forma en que se la tomaron fue muy distinta. Sin
embargo, el tono en que se desarrolló el breve encuentro fue respetuoso y
cordial, sin que en ningún momento asomara ningún atisbo de tirantez.
Hete aquí que, al
poco de llegar a casa recibimos una llamada del anciano mostrando su disgusto
por nuestra iniciativa y zanjó la excusa de que lo único que pretendíamos que
se pudiesen ver teniendo en cuenta la dificultades que había para que ello se
produjera por la distancia y la edad diciendo: “de la familia se quiere hablar,
pero no se quiere oír hablar”. La situación en que se encontraba su hermana y
la forma en que se había producido era motivo de comentarios peyorativos entre
los miembros de su familia, algo que le dolía profundamente, y no quería que
nadie se inmiscuyese; él por su cuenta procuraba ayudarla económicamente de
forma periódica. La reprimenda llevó consigo la prohibición expresa para
volverlos a visitar, ante el riesgo -supuesto- de repetir la iniciativa con
otros familiares. Pero la coletilla que introdujo logró irritarme: “Si en algún
momento necesitáis ayuda me lo pedís y yo os la daré”; yo no concebía que se
quisiese compensar el rechazo personal con una condescendencia económica. Para
su descargo, conviene tener en cuenta las múltiples peticiones de ayuda que,
conscientes de su fortuna e influencia, recibía de familiares. La otra cara de
la moneda fue la gran alegría y agradecimiento que mostró la anciana durante el
viaje de regreso, que reiteró en una conversación telefónica posterior con mi
madre.
He recordado este
episodio observando la actitud de algunos personajes de la novela La compañera
de Maxence van der Meersch, cuya lógica de pensamiento va unido al del ambiente
sofisticado del entorno social que frecuentan, como lo expresa Marc hablando de
su tía Madeleine: “lleva demasiado profundamente arraigada la creencia
-confirmada indudablemente por una experiencia larga y cruel-, de que el dinero
lo arregla todo, consuela a los hombres de todo. Tiene fe en muy pocas cosas… Y
además, el negocio, las preocupaciones económicas, la lucha diaria… Ha llegado
a decirse, y me lo repite todos los días: “El dinero es quien manda...” Está
segura de que obra bien al inculcarme este principio. Procura quitarme de la
cabeza todo lo quimérico, lo que no es práctico...”. Un modo de proceder que
hace reflexionar a Denise, la obrera protagonista y pareja sentimental de Marc:
“Pienso que esa idea, que el dinero lo puede todo, lo arregla todo, ha debido
ayudar a los ricos a cometer muchas malas acciones, o a consolarse de ellas”.![]() |
| Maxence van der Meersch |
En otro pasaje
Denise se refiere al trato que le prodiga la tía Madeleine; un párrafo
revelador de que que no hay que confundir la cortesía con la naturalidad: “ella
hacía cuanto podía para interesarse, encariñarse con aquel ser tan mísero, tan
pobre, a quien se le pedía que además se empobreciera perdiendo incluso el
recuerdo de sus sufrimientos. Fue buena conmigo, también fue cortés e intentó
establecer entre ella y yo una cierta confianza y recíproca sinceridad. Muchas
veces, en la intimidad tuve la impresión de considerarme muy cerca de ella y de
que me estaba abriendo su corazón, pero aquello acababa en cuanto estábamos
ante un tercero. Entonces, tía Madeleine, inconsciente e instantáneamente, se
convertía en otra lejana, extraña, fría.” (1)
La novela me ha
ayudado a comprender una lógica de comportamiento a la que no estoy habituado y
que me hubiera venido muy bien conocer cuando preparaba llevar a cabo mi idea, lo que podía haberme ahorrado una experiencia agridulce. Seguramente hubiera evitado malentendidos,
pero en este caso, quizá gracias a mi osada inconsciencia posibilitamos -mi
madre y yo- que ambos hermanos se vieran por última vez en vida -la anciana
falleció al poco tiempo- y, pese al enfado inicial del anciano -que no
impidió que lo volviéramos a visitar en otras ocasiones- logramos dar una gran
alegría a aquella que era más débil y tenía más necesidad. Nunca llueve a gusto
de todos y, a veces, las meteduras de pata pueden ser provechosas.


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