El muro de la interlocución
Se recomienda a los padres
que cuando hablen directamente a sus hijos pequeños lo hagan poniéndose físicamente
de frente y a su misma altura. Algo análogo debería tenerse en cuenta al
dirigirse a nuestros semejantes cuando medie entre ambos un gran desnivel en el
rango social, cultural o económico. El respeto y la delicadeza deberían prevalecer
para facilitar una comunicación que permite el acercamiento y la confianza.
Pero, la eficacia de la interlocución radica en atinar con la sintonía, algo
que depende del modo de ser de cada persona. Mi padre me comentó que tenía a su
cargo en la empresa donde trabajaba a un operario al que tenía que tratar con
un tono brusco, porque de no ser así pensaba que te estabas mofando de él.
Hay ocasiones en que la
falta de entendimiento lo provoca el muro de la altivez, que provoca un
distanciamiento voluntario con los demás, a los que se considera inferiores, y
su corolario en estos casos es la cerrazón interior, una coraza que impide que
se aireen los pensamientos y convicciones –no tengo nada que aprender de…-.
En un fragmento de El
nombre de Dios es misericordia el papa Francisco lo aplica a los miembros de la
Iglesia (1): “Cuando uno se siente un poco más seguro, empieza a adueñarse de
facultades que no son suyas, sino del Señor. El estupor empieza a degradarse, y
esto está en la base del clericalismo o de la actitud de aquellos que se
sienten puros. La adhesión formal a las reglas, a nuestros esquemas mentales,
prevalece. El asombro degrada, creemos poder hacer las cosas solos, ser
nosotros los protagonistas. Y, si uno es un ministro de Dios, acaba por creerse
separado del pueblo, dueño de la doctrina, titular de un poder, sordo a las
sorpresas de Dios.”
Otro ejemplo en un ámbito
distinto lo muestra la película Sueño de invierno (2) cuando Nihal, la esposa
del protagonista, Aydin, le dice a su marido, en un tono temeroso que denota un
poso de amargura, cuando es interpelada por él: “Eres un hombre culto, veraz, justo
e íntegro. Generalmente hablando no puedo reprocharte nada. Pero a veces usas
tus cualidades para asfixiar a los demás, para menospreciarlos, humillarlos,
aplastarlos. Tu elevada moral hace que odies al mundo entero. No dejas de
hablar del interés general del pueblo, pero sospechas de todos… También odias
al pueblo.” Pero, el reproche no se queda ahí, sino le hace ver su actitud incoherente
cuando se expresa en público a través de sus artículos: “…por una vez, podrías
defender una posición incómoda, o tener un sentimiento que no fuera en
beneficio tuyo.” Altanería enmascarada para cuidar la imagen de un empresario
hostelero, actor jubilado y articulista, que goza de una posición económica
holgada y está a punto de empezar a escribir un libro. La arrogancia de Aydin está
carcomiendo su matrimonio y destrozando anímicamente a su esposa, cuestionando
toda iniciativa que no esté tutelada por él y sumiéndola en un estado de depresiva
melancolía, pero cuesta mucho bajar del burro cuando éste ha llegado a ser del
tamaño de un elefante.
Me sorprendió leer que el
complejo de superioridad, término introducido por Alfred Adler, es un mecanismo
reactivo ante un sentimiento de inferioridad. Por de pronto tiene efecto
aislante y produce ceguera y sordera intelectual. No todas las opiniones son
igualmente válidas, pero conocerlas no debilita las propias convicciones,
porque estas se fortalecen cuando se contrastan.
(1) Papa Francisco: El
nombre de Dios es misericordia. Título original: Il nome di Dio è Misericordia
(2016). Editorial Planeta (2016). Traductora: María Ángeles Cabré. 143 páginas.
Fragmento escogido en el capítulo VI. Pastores, no doctores de la ley.
(2) Sueño de invierno -
Título original: Kis uykusu. Año 2014. Duración: 195 min. País: Turquía.
Director: Nuri Bilge Ceylan.
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