Los consejos de un educador santo
La educación es, sobre
todo, fruto de una interrelación entre educador y educando. Siempre que no se
quede en un trato superficial tiene efectos transformadores en ambos, convirtiéndose en un mutuo aprendizaje que incide en el ámbito de actuación de cada uno, una retroalimentación
a distinta escala.
Es una tarea que compete
exclusivamente a las personas. La tecnología puede instruir, estimular o
facilitar el aprendizaje, pero nunca educar porque, aunque esté muy
perfeccionada, le falta la autonomía para adaptar su discurso a los
requerimientos y necesidades del interlocutor; no intercomunica, expulsa
respuestas programadas.
El nucleo de la tarea
educativa son las personas. Leyes, planes, modelos, proyectos, instalaciones, organización,
medios, recursos… son herramientas que aportan utilidad si no se pierde de
vista el objetivo principal: que todo el engranaje ha de estar encaminado al
servicio de las personas y redundar en beneficio de la sociedad en su conjunto.
Coincidiendo con la
festividad de San Juan Bosco, leí uno de sus escritos en los que transmite
unos consejos a los miembros de la comunidad que fundó, que también pueden ser aplicables
a todos aquellos que por razones familiares o profesionales tenemos encomendada
la tarea de educar. Considero que merece la pena prestarles atención y dedicar
unos minutos a reflexionar sobre su contenido cotejándolo con nuestra forma de
actuar.
“¡Cuántas veces, hijos
míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme
de esta gran verdad! Es más fácil
enojarse que aguantar; amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso
que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los
rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez…
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar
por los arranques de vuestro espíritu.
Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria
para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer
prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor…
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos
ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación
de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo
lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos
sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.
…cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo
menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras
hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como
nos conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la
corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con
humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que
sirvan de provecho alguno a los culpables.” (1)
(1) De las cartas de San Juan Bosco: Trabajé siempre con amor (Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203). Texto completo de la carta en es.catholic.net/op/articulos/47887/cat/35/trabaje-siempre-con-amor.html
No hay comentarios:
Publicar un comentario