viernes, 2 de febrero de 2018

El meollo de la educación

Los consejos de un educador santo


La educación es, sobre todo, fruto de una interrelación entre educador y educando. Siempre que no se quede en un trato superficial tiene efectos transformadores en ambos, convirtiéndose en un mutuo aprendizaje que incide en el ámbito de actuación de cada uno, una retroalimentación a distinta escala.

Es una tarea que compete exclusivamente a las personas. La tecnología puede instruir, estimular o facilitar el aprendizaje, pero nunca educar porque, aunque esté muy perfeccionada, le falta la autonomía para adaptar su discurso a los requerimientos y necesidades del interlocutor; no intercomunica, expulsa respuestas programadas.

El nucleo de la tarea educativa son las personas. Leyes, planes, modelos, proyectos, instalaciones, organización, medios, recursos… son herramientas que aportan utilidad si no se pierde de vista el objetivo principal: que todo el engranaje ha de estar encaminado al servicio de las personas y redundar en beneficio de la sociedad en su conjunto.

Coincidiendo con la festividad de San Juan Bosco, leí uno de sus escritos en los que transmite unos consejos a los miembros de la comunidad que fundó, que también pueden ser aplicables a todos aquellos que por razones familiares o profesionales tenemos encomendada la tarea de educar. Considero que merece la pena prestarles atención y dedicar unos minutos a reflexionar sobre su contenido cotejándolo con nuestra forma de actuar.

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar; amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez…

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor…

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como nos conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.” (1)

(1) De las cartas de San Juan Bosco: Trabajé siempre con amor (Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203). Texto completo de la carta en es.catholic.net/op/articulos/47887/cat/35/trabaje-siempre-con-amor.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario