Una realidad incómoda
El reconocimiento social
del sufrimiento suele ser bastante exiguo, aunque cabría matizar que en algunos
entornos se considera aceptable, admirable incluso, si conlleva un beneficio palpable
para quien lo soporta. Pensemos en el duro entrenamiento del deportista para
conseguir una marca, desarrollar sus músculos, estar en forma para acometer una
carrera popular batiendo el record personal; en el que se somete a una dieta
alimenticia rigurosa para estilizar su cuerpo; en el que soporta un atuendo
incómodo porque afianza su figura…; es decir, el sufrimiento orientado al
lucimiento personal: ‘qui vol lluïr, ha de patir’ *, sentencia un dicho catalán.
Sufrir por otro suele cuestionarse.
Sufrir por Dios supone para algunos un dislate. Sin embargo, el sufrimiento va
intrínsecamente unido a un valor mucho más atractivo: el amor. El poeta -entre
otras facetas- cordobés del siglo XI Ibn Hazm lo plasmaba en la siguiente
frase: «Corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida libre de amores» (1),
que incluyó el grupo Nuevo Mester de Juglaría en la canción A los árboles altos
(2).
Hay otra referencia poética,
cuyo origen desconozco, que me quedó grabada desde que la leí en una homilía de
Josemaría Escrivá, donde esa vinculación queda patente: «mi vida es toda de amor
/ y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante
mejor / que aquel que ha sufrido mucho» (3). Al igual que le ocurría al santo
barbastrense, según manifestaba, suponen para mí unos versos recurrentes.
La reflexión trazada hasta
aquí está inspirada en una respuesta del entonces cardenal Ratzinger a la
pregunta que le formulaba Peter Seewald: “Uno se ha acostumbrado a considerar
el sufrimiento como algo que se intenta evitar a cualquier precio. Y nada enoja
más a ciertos sectores sociales que la idea cristiana de que hay que tolerar el
sufrimiento, soportarlo, incluso entregarse a él para así superarlo. «El sufrimiento»,
opina Juan Pablo II, «forma parte del misterio de la persona.» ¿Por qué?”
El purpurado le contesta: “Hoy
el programa consiste en desterrar el sufrimiento del mundo. Para el individuo
eso significa evitar el dolor a todo trance. Pero hay que ver también que así
el mundo también se vuelve muy duro y muy frío. Porque el dolor forma parte del
ser humano. Y quien desee de verdad erradicarlo, también debería eliminar el
amor, que en absoluto existe sin dolor porque siempre exige autorrenuncia,
porque la diferencia de temperamentos y las situaciones dramáticas traerán
siempre consigo la renuncia, el dolor.
Cuando uno sabe que el
camino del amor –ese éxodo, ese salir de sí mismo- es el verdadero camino de la
humanización del ser humano, entonces comprende también que el sufrimiento es
un proceso de maduración. Quien ha aceptado en su interior el sufrimiento se
vuelve más maduro y comprensivo para el otro, más humano. El que ha esquivado
el sufrimiento no comprende a los demás, se vuelve duro y egoísta.
El amor mismo es una
pasión, un padecimiento. En él experimento primero la dicha, la vivencia de la
felicidad completa. Pero por otra parte soy arrebatado de mi cómoda
tranquilidad y he de dejarme transformar. Si decimos que el sufrimiento es el
reverso del amor, entenderemos también por qué es tan importante aprender a
sufrir, y por qué, en el caso contrario, evitar el dolor incapacita al ser
humano para la vida. Le tocaría en suerte un vacío del ser que sólo puede ir
unido a la amargura, el rechazo y no a la última aceptación y maduración.” (4)
* Qui vol lluïr, ha de patir: Quien quiere lucir, ha de sufrir.
(1) Citado en múltiples
ocasiones por el psiquiatra Enrique Rojas, que lo atribuye al libro El collar de la paloma de Ibn Hazm. Por
ejemplo en https://elcorreoweb.es/historico/tenemos-una-sociedad-tecnicamente-avanzada-pero-humanamente-perdida-ACEC622442
(2) Nuevo Mester de Juglaría:
A los árboles altos. Canción completa
(2 minutos) en https://www.youtube.com/watch?v=-84JZmFtOpw
(3) San Josemaría Escrivá: Amigos de Dios, homilía Trabajo de Dios.
Se puede consultar en: http://www.escrivaobras.org/book/amigos_de_dios-punto-68.htm
(4) Joseph Ratzinger: Dios y el mundo. Título original: Gott
un die Welt (2000). Editorial: DeBolsillo - número 20 – 1ª edición (2005).
Traducción: Rosa Pilar Blanco. 441 páginas. Fragmento en ‘Segunda parte: Sobre
Jesucristo. 14. Sobre la cruz. Páginas 303-304’.
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