Iluminar un camino de desarrollo personal
En su extenso tratado sobre
la moral cristiana Servais Pinckaers dedica la tercera y última parte a la
libertad, alrededor de 150 páginas. Distingue dos enfoques distintos. En el que
denomina ‘libertad de indiferencia’, la libertad se concibe como un conjunto de
decisiones inconexas entre sí de orden disyuntivo entre opuestos: o esto o lo
otro. Al concentrarse en los hechos concretos, se convierte en algo parecido a una
libertad de usar y tirar. Al otro enfoque lo llama 'libertad de calidad' y tiene
carácter conjuntivo. Se plantea como un proceso de capacitación para la toma de
unas decisiones que se relacionan entre sí por cuanto cada una de ellas tiene
una incidencia en la personalidad.
Como se hace a grandes
rasgos en el ser humano, distingue Pinckaers tres etapas en el desarrollo de la
libertad de calidad: “A la infancia corresponde lo que nosotros denominados la
etapa de disciplina; a la adolescencia corresponde la etapa del progreso, y con
la edad adulta concuerda la etapa de la madurez o de la perfección de la
voluntad” (1). Tiene claro además que es de calidad esa «libertad que no se da,
sino que se conquista», por la que «uno no se libera a sí mismo más que al
mejorar».
En la primera etapa tiene
especial importancia la educación que se recibe. A algunos que elucubran ‘más
educación, menos libertad’ les puede parecer antagónico; sería lo propio de
quien entiende la educación como adiestramiento. Pero educar supone a la vez
instruir (docere) y desarrollar potencialidades (educere), donde tan
importantes son los conocimientos que se imparten, como las actitudes positivas
que se fomentan y el ejemplo que se transmite. Víctor García Hoz hablaba de
pedagogía visible y educación invisible. La buena educación no constriñe, sino
que ilustra y abre horizontes.
Pinckaers recurre a Lucien
Laberthonnière, reproduciendo un fragmento de la Teoría de la Educación, publicada en los albores del siglo XX, para
ejemplificar las disposiciones con que el docente ha de afrontar la tarea
educativa para que redunde en mayor provecho del alumno. Aunque el autor circunscribe su relato a un contexto específico, los objetivos que traza son plenamente válidos
para otros ámbitos educativos: «El educador católico mentiría a su discípulo y
a su misión sí perdiendo de vista las condiciones en que vivimos, practicara la
máxima “laissez faire” (“dejar hacer”) y se abstuviera, bajo cualquier pretexto
de intervenir en la vida de los niños que le han sido confiados. Pero mentiría
igualmente a su título y a su misión si, por otra parte, perdiendo de vista el
ideal sublime de la salvación cristiana, tendiera a fabricar autómatas sin
iniciativas que no pensaran y obraran más que por una orden venida desde
arriba. Hay cosas mucho mejores que hacer que respetar libertades de
conciencia, y hay también cosas mucho mejores que hacer que apoderarse de las
almas al imponerles por fuerza o por habilidad unos pensamientos y unas
creencias. Su tarea es infinitamente más delicada y más noble, porque debe
contribuir a formar conciencias libres, de tal suerte que los pensamientos y
las creencias que les inspire se produzcan en ellos como frutos de vida que les
pertenezcan en propiedad» (2).
También para aquellos que realizan
un trabajo de orientación personal son convenientes estas disposiciones, como
expresa el obispo de Terrassa, Josep-Àngel Saiz, en su última carta dominical:
«El acompañamiento espiritual consiste en ayudar a la persona en el proceso de
conocimiento de sí misma, de aceptación de sí misma y de desprendimiento de
todo egocentrismo; en ayudarla a establecer correctamente la relación con los
demás, a ser consciente de la interdependencia, de que debe vivir en relación,
en apertura, en comunión con los demás; consiste en acompañar a las personas en
su proceso de crecimiento y maduración en libertad y responsabilidad, en la
búsqueda, descubrimiento y seguimiento de la voluntad de Dios, y en el
compromiso de servicio a Dios y a los demás.» (3) Palabras que, abstraído el
componente estrictamente espiritual, son extrapolables a otras facetas de la
vida.
El prelado también hace
referencia la retroalimentación que se produce en el ejercicio de esta tarea: «El
que acompaña también está en camino, es un compañero que ayuda a discernir la
voluntad de Dios y que busca la voluntad de Dios en su propia vida.» El maestro
José Antonio Fernández Bravo enfatizaba al respecto sobre lo que había
aprendido en el ejercicio de su profesión: “¿Qué me enseñaron los niños? Todo… Me
enseñaron todo y me siguen enseñando todo.” (4)
Esta relación enriquece a
ambas partes cuando cada una sabe estar en su sitio, que en ningún caso ha de
suponer la identificación de uno con otro. Ni el educador ha de pretender proyectarse
en el educando, ni el educando ha de convertirse en un imitador del educador. El
prelado acaba su reflexión dejando claro lo que se debe perseguir en el ámbito
que aborda: «La finalidad del acompañamiento es, en definitiva, ayudar a la
persona a descubrir el proyecto que Dios tiene sobre ella, ayudarla en su
camino de encuentro con Él, en su camino de maduración humana y cristiana, en
su camino de santificación, de desarrollo pleno de su realidad de hija de Dios,
de perfección cristiana como plenitud en Cristo. Este camino conduce hacia una
vida plena y feliz. Este es el camino para alcanzar la verdadera libertad.» (3)
(1) Servais Pinckaers: Las fuentes de la moral cristiana.
Título original: Les sources de la morale chretienne (1985) Editorial: Eunsa. Capítulo
XV: La libertad de calidad, páginas 423 y 425.
(2) Lucien Laberthonnière, Théorie de l’éducation (1901), Editorial:
Librairie Philosophique J. Vrin, 9ª edición, París 1935, pp. 64-65
(3) Josep Àngel Saiz
Meneses: La verdadera libertad. Full
dominical de l’Església Diocesana de Terrassa, número 28 año XVII, 12 de julio
de 2020
(4) José Antonio Fernández Bravo
en Aprendemos Juntos. Enlace:
https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/todo-lo-que-me-ensenaron-los-ninos-jose-antonio-fernandez-bravo/

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