sábado, 26 de septiembre de 2020

¿Cómo lo gestionas?

 Sabiduría proverbial

He oído en varias ocasiones contar que en una facultad universitaria se realizó un referéndum para dirimir sobre la existencia de Dios. Un acto propio del fervor juvenil que, a pesar de su inexperiencia, se siente capacitado y autosuficiente para decidir lo que es, lo que no es o lo que debería ser. Por supuesto, la existencia de Dios, como la de otras muchas realidades, no depende del resultado de una votación.

En la Biblia Dios se define como el que es por sí mismo, la causa incausada, en el diálogo que mantiene con Moisés en el episodio de la zarza ardiendo: «Yo soy el que soy.» (1) A pesar de ello, el ser humano puede asumir, dudar o negar su existencia, explícita o implícitamente, entre otras razones porque la fe nos da confianza pero no seguridad.


Más allá del posicionamiento que tenga cada uno conviene prestar atención a la gestión que se hace del mismo. Entre los que creen, Dios puede ser un aderezo, una excusa, un remedio, una molestia, una costumbre, un hecho cultural o alguien que estimula y conforma la propia vida. Entre los que dudan puede primar la comodidad de obviar planteárselo o la indiferencia -¡que Dios sea lo que quiera! dijo un compañero de trabajo respondiendo a otro que había utilizado la manida expresión: ¡que sea lo que Dios quiera!-. Entre los que lo niegan los hay respetuosos con la conciencia ajena y también los que pretenden erradicarlo de las mentes de sus semejantes porque les irrita o desbarata sus planes.

Cada día tiene su propio afán, donde la creencia, la duda o la increencia real –no impostada- se ponen a prueba constantemente en muchas de las decisiones que se toman; no es algo meramente testimonial, una simple etiqueta externa que no traspasa al interior del ser humano. Hay creyentes que actúan en determinadas circunstancias ‘como si Dios no existiera’ -¡aquí no te metas!-. También no creyentes con actuaciones que apuntan a la trascendencia, ‘como si Dios existiera’, con una conducta honesta o sirviendo desinteresadamente a los demás.

Leía esta semana un fragmento del libro de los Proverbios que me ha servido de pauta para este comentario (2). Son reflexiones de un tal Agur que inciden en actitudes respecto a Dios basadas en la confianza: «Las palabras de Dios son de fiar, él es escudo para los que esperan en él. No añadas nada a sus palabras, te replicará y quedarás por mentiroso.» -lo interpreto como una alusión a no ser más papistas que el Papa, no atribuir a Dios lo que es cosecha propia-.

Tras esta sentencia el autor hace dos peticiones en forma de súplica: «Dos cosas te he pedido, no me las niegues antes de morir». La primera hace referencia al conocimiento de la realidad de las cosas, aunque sea ingrata: «aleja de mi falsedad y mentira». La segunda se centra en el bienestar: «no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo: "¿Quién es el Señor?"; no sea que robe por necesidad y ofenda el nombre de mi Dios». Cuántos hay que cuando las cosas les van bien económica y socialmente ‘pasan de Dios’ –no te necesito- y cuando se tuercen se rebelan contra Él con recriminaciones -¿para qué sirves?-, reacción propia del que quiere que Dios sea un ser que se acomode a su voluntad: que le proporcione lo que le apetece y no le moleste.


La pregunta nos atañe a todos si no nos conformamos con ir tirando: ¿cómo gestiono mi vida? Conviene realizársela con frecuencia para que la acumulación de situaciones a considerar no nos deslice hacia una esteril divagación.

*La frase de Virginia Satir está extraída de www.alimentatubienestar.es

(1) Libro del Éxodo capítulo 3, versiculo 14

(2) Libro de los Proverbios capítulo 30, versículos 5-9

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