Confluencia en la verdad
Echaba un vistazo a unas revistas universitarias antiguas para decidir su futuro con una cierta resistencia a desprenderme de ellas totalmente, aunque me alivia pensar que hay quien puede alargar su existencia y permitir el acceso a otros lectores, hablo en concreto de Llibre Solidari. En el repaso al contenido de cada una de ellas me estoy llevando gratas sorpresas que suponen una apertura o ampliación de horizontes de pensamiento. Me he propuesto, antes de dar por finiquitado a 2022, compartir con vosotros algunos de esos escritos, confiando en que os resulten útiles y, por un momento, os alejen de la tiranía de la inmediatez.
Antes de abordar el comentario del libro de Pasqua, de Vicente hace unas consideraciones que me parecen especialmente reivindicativas de la honestidad intelectual y animan a huir de burdos encasillamientos que jibarizan el pensamiento.
Abro un paréntesis porque mientras escribo estas líneas se ha dado a conocer el fallecimiento del papa emérito Benedicto XVI, un preclaro ejemplo de que no existe incompatibilidad entre fe y razón cuando ambas se dirigen al conocimiento de la verdad; ¡cuánto hay que agradecerle su luminoso legado intelectual!; ¡qué gran ejemplo de humildad nos ha dado alguien tan sabio! Cierro el paréntesis.Escribe de Vicente lo que se puede aplicar también al trabajo intelectual de Joseph Ratzinger en todas las etapas de su vida: «Los pensadores cristianos no son un subgrupo dentro de los pensadores. Y ello porque el cristianismo no es un modo de pensar, ni una mentalidad ni una cultura. El cristianismo es una religión revelada. Y por eso, los pensadores no se dividen en dos bloques: los cristianos y los no cristianos.
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| Jorge de Vicente Arregui |
A veces, suele creerse que un pensador cristiano es un filósofo que respeta los límites impuestos por el dogma, cuya doctrina no contradice la dogmática cristiana. Pero ésta es una visión muy pobre, porque no se trata de ver la fe como un límite a la libertad intelectual, solo como una regla negativa del pensar, sino más bien se trata de ver la fe como una fuente de inspiración y de problemas.
Del mismo modo que no hay respuestas filosóficas a problemas religiosos, no hay respuestas religiosas a problemas filosóficos, y por ello, a un pensador cristiano no le es ahorrado ningún esfuerzo en la búsqueda de la verdad. El filosofar o el pensar de un cristiano es un pensar auténtico. El filósofo que es cristiano no es un tahúr que guarda en la manga las cartas que sacará en el momento oportuno. Un filósofo cristiano no hace como si filosofara, o como si buscara una verdad que en realidad ya posee desde el principio. Un cristiano no es un filósofo tramposo. Si un cristiano planteara así su quehacer intelectual, éste perdería inmediatamente su interés para los auténticos filósofos. Y sería muy extraño que los cristianos no pudiesen entrar en el diálogo que mantienen quienes buscan la verdad» (1).
(1) Jorge de Vicente: Un testimonio actual sobre Thibon. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número 387, septiembre de 1986.



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