El objetivo al que se apunta
“Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”
(1), es una impactante sentencia evangélica merecedora de ser reflexionada con
relativa frecuencia, sobre todo en momentos de atasco mental: ¿Qué lo produce?,
¿es algo realmente importante?, ¿afecta a mis prioridades?; ¿adónde me dirijo?, ¿conviene prescindir de
alguna rutina, lo accesorio convertido en imprescindible?...

Continuando la lectura secuencial que estoy haciendo de
la Biblia, prestando atención a las notas aclaratorias, abordaba hoy el salmo
115, cuyo versículo octavo es comentado por san Juan de la Cruz en Subida al monte Carmelo: «…es de saber
que la afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma
alma con la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace
semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por
eso dijo David (Salmo 115, 8), hablando de los que ponían su afición en los
ídolos: Similes illis fiant qui faciunt
ea, et omnes qui confidunt in eis, que quiere decir: Sean semejantes a
ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así, el que ama criatura, tan bajo
se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor
no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo que ama» (2).

Cuanto más se baja el listón en el amor más apego se produce,
quizá por la sensación, a menudo errónea, de que es algo que se puede controlar
y dominar. Conviene amar por elevación, a pesar de la incertidumbre que
conlleva la respuesta. Si se ama prioritariamente el bienestar y los bienes
materiales, se desdeña todo lo que no conduce a ello. Si el foco se pone en determinadas
personas por lo que nos aportan, nos alejaremos de ellas tan pronto percibamos
que no nos compensan suficientemente. Hay, sin embargo, Alguien que, si
queremos contar con Él, nos une a todos y eleva nuestras expectativas; queda
plasmado en unas palabras del obispo Celso Morga que hoy he descubierto en
internet mientras buscaba otra referencia semejante: «El amor a Dios y el amor
al prójimo representan dos caras de la misma moneda. El amor a Dios es fuente y
horizonte último del amor al prójimo. El que ama al prójimo ama siempre a Dios;
el que ama a Dios no puede no amar al prójimo» (3).

(1) Evangelio según
san Lucas, capítulo 12, versículo 34. Extraído de https://www.bibliatodo.com/la-biblia/La-sagrada-biblia-edicion-eunsa/lucas-12
(2) San Juan de la Cruz: Subida al monte Carmelo, libro primero, capítulo 4, punto 3.
Extraído de http://www.documentacatholicaomnia.eu/03d/1542-1591,_Ioannes_a_Cruce,_La_Subida_Del_Monte_Carmelo,_ES.pdf
(3) Mons. Celso Morga: Carta pastoral: Ama a Dios. Ama al hermano.
Extraído de https://lavozdelosobispos.wordpress.com/2020/03/16/ama-a-dios-ama-al-hermano/
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