Reservarle un espacio preferente
En un pasaje bíblico se cuenta que el profeta Elías, angustiado por la infidelidad de su pueblo y la persecución que sufría, busca el consuelo divino. Se le anuncia que esté atento al paso del Señor. Entonces, pasa un violento huracán pero ahí ‘no estaba el Señor’. Después un terremoto pero ahí ‘no estaba el Señor’. Después fuego y tampoco ahí estaba el Señor. Después el susurro de una brisa suave, y ahí sí que estaba el Señor (1).
Teniendo en cuenta su repercusión inmediata, la primera Navidad fue un susurro que anunció la llegada del Mesías. Al margen de María y José nadie se enteró cuando llegó, a pesar de que había sido anunciado por los profetas y en determinados ámbitos judíos se especulaba que estaba a punto de ocurrir. Pero quizá esperaban una llegada más espectacular (huracán, tormenta, fuego en términos sociales) y cuando llegó el momento no fueron capaces de descubrirlo. Tan solo unos marginados sociales de la época, los pastores, oyeron el anuncio angélico y, ya fuera por lo atractivo del anuncio o por curiosidad, acudieron al establo a ver y contemplar al misterioso Niño que se les había anunciado.
No parece que hayamos aprendido. Seguimos dando prioridad al
estruendo: una locura en forma de luces, árboles, compras, comidas, regalos, representaciones…,
pensando que ahí se encuentra la alegría, pero acostumbra a convertirse en un
destello fugaz, una diversión que deslumbra o emboba, y en cuanto pasa apenas deja
un rastro que vaya más allá de la simple anécdota. Sin embargo, todo puede
transformarse si prevalece en ello la perspectiva de la Navidad: reservando espacio
para la lectura y contemplación del Misterio e impregnados por él, ser capaces
de pulir las aristas de nuestro carácter, resolver o atenuar las discrepancias en nuestras
relaciones, y levantar la cabeza dándonos cuenta que vale la
pena interesarnos por nuestro prójimo, porque hay Alguien que nos
une. Es una de las maneras por las que la alegría puede ir tomando cuerpo en
nuestro interior, independientemente de las circunstancias que nos acompañen.
El Misterio de la Navidad nos desconcierta, rompe con todos los criterios de felicidad que acostumbramos a percibir humanamente: riqueza, salud, honor, notoriedad, poder… Su anuncio es universal, sea cual sea nuestra situación; y como aquellos pastores, y luego los sabios de oriente, estamos invitados a descubrirlo y acogerlo.
(1) Ver Primer libro de los Reyes, capítulo 19
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