Orden de prioridades equilibrado
En época de rebajas, que estimula la búsqueda de chollos que incitan a las compras convulsivas, me valgo del reclamo comercial de unos grandes almacenes para referirme a un pasaje de la biografía novelada de Tomás de Aquino que escribió Louis de Wohl con el título La luz apacible en el que se narra la polémica suscitada por la publicación de un tratado escrito por el profesor de teología Guillermo de Saint Amour con el título Sobre los peligros de los tiempos modernos en el que se pedía la disolución de las llamadas ordenes mendicantes: los dominicos y los franciscanos. Los interpelados estaban convocados para defenderse de las acusaciones que se vertían en este documento ante un tribunal compuesto por cuatro cardenales.El dominico Tomás era el encargado de abrir la sesión de descargos. Había llegado con otros miembros de la orden de un largo viaje a Anagni, donde se celebraba la vista, sin conocer el contenido del tratado y disponía de 36 horas para hacer su exposición. El relato de Louis de Wohl, con sus dosis de ficción, indica que Tomás dedicó las primeras 12 horas a rezar delante de un crucifijo, las siguientes 12 horas a leer el documento, estudiarlo y preparar su intervención, y las últimas 12 horas a dormir. Durante la sesión Tomás desmenuzó el contenido del tratado haciendo hincapié en los errores que contenía, desmontando así las tesis que sostenía. No fue el único interviniente, pero dejó encarrilado el camino a los que le siguieron. El tratado de Saint Amour fue condenado posteriormente por el papa Alejandro IV.
Quiero centrarme en la actitud de Tomás para destacar tres aspectos que son cruciales para nuestra vida: un principio rector que la dirige, un servicio a la comunidad y el descanso. En otras formulaciones el descanso se obvia como en la famosa máxima benedictina: ora et labora (reza y trabaja) o en la ignaciana: ‘reza como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti’.
En la narración de Louis de Wohl estos tres aspectos aparecen ordenados y equilibrados –exageradamente-, para resaltar su importancia e interrelación. El orden significa que hay prelación de unos sobre otros, el equilibrio supone que cada uno se ha de ejercer en su justa medida. Si se desordenan o desequilibran nuestra vida no funcionará adecuadamente.
Para Tomás su principio rector era la relación con Dios unida a la fidelidad a su vocación religiosa; su trabajo intelectual y docente vivido con intensidad pero subordinado al primero. Del descanso poco sabemos en su caso, pero era necesario para mantener la mente en condiciones para dar lo mejor de sí y también para que el trabajo no se convirtiera en un ídolo.
Al margen de atender a nuestras necesidades biológicas, podemos reflexionar sobre como rigen en nuestra vida estos tres principios, qué orden siguen y si están equilibrados entre sí. Como las circunstancias personales son distintas, corresponderá a cada uno hacer su composición de lugar.
Termino con algunos ejemplos que tienen alguna relación con lo anterior. Uno lo proporciona un futbolista retirado que ahora ejerce de comentarista. Le preguntaron sobre su experiencia en Arabia y dijo que sólo estuvo unos seis meses a pesar del magnífico sueldo que recibía, porque consideró que no era un lugar adecuado para la formación de sus hijas. Otro hace referencia al máximo dirigente de un organismo internacional que ya ha fallecido. Me comentó alguien que le trató que una de las condiciones que puso para acceder al cargo era poder disponer diariamente de diez horas para él, es decir, desconectado de todo lo que tuviera que ver con el cargo. El tercero es el consejo que nos dio el director de la academia donde estudiaba el curso preuniversitario ante un examen que era crucial para no perder curso: procurar dormir nueve horas; antes se había preocupado de prepararnos bien. Ese examen me fue muy bien y lamento no haber seguido siempre este sabio consejo.
(1) Ver Louis de Wohl: La luz apacible. Novela sobre santo Tomás de Aquino y su tiempo. Título original: The Quiet Light (1950). Editor: Ediciones Palabra – 3ª edición (1984). Traductor: Joaquín Esteban Perruca. 397 páginas. Libro tercero, capítulo XV, páginas 298 y siguientes.





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